Verso clásico Verso libre Prosa poética Relato
Perfil Mis poemas Mis comentarios Mis favoritos
Cerrar sesión

Ella siempre será París

Todavía no se por qué elegí ese lugar. Seguramente, estudié las diversas opciones y me acabé decantando porqué era el que se encontraba mejor comunicado, o muy posible, porqué era el más económico. De todas maneras, la elección fue un acierto dolorosamente casual.
Regresaba de dar una vuelta por la ciudad, y me disponía a descansar un rato en la vieja pero acogedora habitación de mi tranquilo hostel parisino. La ciudad de París me había resultado interesante, aunque un poco oscura y vacía del encanto romántico que tanto acentuaban las películas y la novelas. La verdad, es que me encontraba un poco solo desde hacía mucho tiempo, pero no podía permitirme no viajar, aunque fuera con la única compañía de mi mochila.
Al abrir la puerta de la Maison Bellerose, la tranquilidad que había dejado a primera hora del día, se había convertido en una especie de reunión de un grupo de gente celebrando no se qué. No les presté demasiada atención. Luego, por unos instantes, sentí como todo dejaba de dar vueltas y toda la sala se quedaba en un jaleoso silencio. En ese momento fue cuando la descubrí a ella.
Quizá no fuera la más guapa, pero sin duda, era la más magnífica de entre todas las personas que se encontraban en aquel salón de recepciones. Mis ojos se habían posado en ella nada más entrar. Ya le pertenecían; no pude evitarlo. Su luz se convirtió en el faro que guía a las intrépidas naves entre los puntiagudos escollos que acechan en la costa, y yo, acababa de convertirme por unos instantes en un barco a la deriva. Así, esquivando a la gente que se interponía entre su magnificencia y mi nerviosa posición, me dirigí de forma hipnótica hacia mi propio faro. Lo curioso, es que por alguna misteriosa razón, ella parecía interesada también en mi presencia, aunque eso, lo supe más tarde.

Me acerqué lentamente, intentando construir un plan de acción en mi cabeza. «¿Qué le diría?» «¿Cómo reaccionará ella?» Sinceramente, no me dio tiempo a pensar demasiado, pues cuando me di cuenta, ya estaba delante de ella. Aparté la silla y me senté enfrente. Tan solo nos separaba una mesa de madera, la suerte, y por supuesto, el destino. Pronto, su cálida voz me sacó de mi ensoñación, pues como si de un hechizo se tratara, no pude articular palabra.

- Te estaba esperando.- dijo ella tomando la iniciativa de la situación.

- ¿A mi?.- contesté desconcertado. Mi sensación fue de una estupidez absoluta, aunque por lo visto, a mi interlocutora le pareció de lo más gracioso.

- Realmente, estoy esperando a alguien interesante. ¿ Eres tú esa persona?.- volvió a hablar, esta vez con una sonrisa picarona que me sonrojó al instante.

- Espera un segundo.- contesté de manera espontanea. Por unos segundos creí estar poseído por alguien.

La misteriosa desconocida se quedó perpleja con mi reacción. Su seguridad regia se había convertido en una innegable curiosidad por ver lo que me disponía a hacer. Sus grandes ojos pardos brillaron todavía con más fulgor que de costumbre.
Me levanté rápido como el rayo, hacia ningún sitio concreto. Lo cierto, es que no sabía que demonios iba a hacer en un principio, pero de pronto, accedí a la solución. Era todo o nada. debía sorprenderla gratamente, pues mi destino estaba ligado a una única jugada. Cogí una botella de vino y dos copas de manera disimulada de la barra de un pequeño mueble bar que había a un lado del salón. Mi hurto pasó desapercibido para el resto de los presentes.
Jamás había hecho algo así, y sin lugar a dudas, ese pequeño delito dibujaría por completo los acontecimientos que estaban a punto de suceder. Regresé disimulando a la mesa donde la chica me esperaba divertida.

- Si lo deseas, podemos continuar esta conversación en la habitación que tengo arriba. Tú, yo, y esta botella de vino. ¿Qué te parece?

Mi voz sonó con tal seguridad, que hasta yo me sorprendí, pues mis rodillas temblorosas no pensaban lo mismo. Por suerte, todavía estaba sentado. La mujer se levantó decidida. Me hizo un gesto con la cabeza, y sin mediar palabra, entendí que había aceptado mi invitación. Subimos a la habitación, abrimos la botella de vino, y comenzamos a hablar animadamente. Al parecer, nos conocíamos bastante bien, a pesar de que jamás nos habíamos visto antes. Las palabras, las risas, la complicidad, y la increíble conexión que habíamos creado, nos llevó a lo inevitable. Los dos sonreímos mientras nuestras miradas se fusionaban en una sola, pues desde hacía rato, lo estábamos deseando.
Hicimos el amor tan delicadamente salvaje, que todavía puedo sentir el calor de sus dedos recorriéndome la espalda y el perfume de su piel atravesándome los pulmones.
Pero al despertar, ella ya no estaba; se había ido. Todo había quedado en silencio. Me levanté de la cama y miré por la ventana intentando encontrarla. Tan solo pude sentir la ajetreada vida de la ciudad. París, pensé, la ciudad del amor. Intenté encontrar la Torre Eiffel en la lejanía, pero no se podía apreciar desde mi punto de observación. Desde la ventana de la habitación poco podía verse más allá de la inmensa estación de tren, unas cuantas islas cuadriculadas repletas de bloques de pisos, y un bullicioso mercado lleno de vida y variados olores.
París, dije esta vez en voz alta. Luego, suspiré y regresé a la cama vacía con la esperanza de que al despertar de nuevo, ella estuviese allí otra vez. Por unos segundos, contemplé la botella de vino vacía encima de la mesita. Una de las copas, aún conservaba reminiscencias de un brillante carmín carmesí que me transportó directamente a los labios de mi amada. Me tumbé en la cama, cerré los ojos, y me quedé dormido. No pasó demasiado tiempo, puede que quince o veinte minutos, pero al despertar nuevamente, caí en la cuenta.

«¡Maldita sea! ¡Pero que idiota he sido!» exclamé enfadado conmigo mismo. No hubo intercambio de teléfonos ni de redes sociales, ni tan siquiera de una dirección conocida. Nada de nada. tan solo conocía su nombre.
Bajé corriendo a la recepción de mi alojamiento y pregunté por la misteriosa dama, pero no sabían nada. Nadie con ese nombre se encontraba alojada ni lo había hecho en las últimas semanas. La descripción de la mujer tampoco llevó a ninguna otra pista. Mi investigación había sido un fracaso incluso antes de haber comenzado. Regresé resignado a la habitación.

Tiempo después, su rostro comienza a hacérseme borroso donde su sonrisa se difumina en el recuerdo de una marca de carmín en una copa de vino. Incluso, empiezo a olvidar su perfume, a perder el calor de sus dedos recorriéndome la espalda, acariciándome suavemente el rostro. Tan solo consigo recordar una cama deshecha, vacía, y unos grandes y luminosos ojos pardos. Una magnífica y reluciente mirada con un brillo inolvidables.
La verdad, es que he regresado varias veces al mismo lugar con la esperanza de volver a encontrarla. He recorrido las calles de la ciudad del amor, buscando la luz de ese faro que me guie entre los puntiagudos riscos que acechan los intrépidos navíos, evitando su naufragio. Todo ha sido en vano, y yo, continúo a la deriva.
Únicamente me queda un nombre, unos brillantes ojos pardos y una ciudad que anhela todavía su recuerdo, pues para mi, ella siempre será París.

etiquetas: amor, microrrelato, poesía
6
sin comentarios 117 lecturas relato karma: 49
comentarios cerrados