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Espeluznante Durante

Todos se reían de él. No tenía amigos, y a excepción de Clara, su hermana melliza, y Elvira, una amiga de esta, todos le llamaban Espeluznante Durante burlándose del muchacho. Eduardo Durante, que así se llamaba el chico, tenía tan solo doce años cuando empezó todo. Dos años recibiendo burlas en el colegio por su aspecto. Incluso algunos chicos le pegaban y lo humillaban por diversión. Ninguna chica quería acercarse a Eduardo. Ningún chico tampoco. Algunos lo hacían por miedo a convertirse en el nuevo objetivo de los matones, pero la mayoría, se dejaban llevar por la fanática caza al rival más débil.
Taciturno y abatido, se encerraba en su cuarto después de clase escondiendo las heridas de otro día en el infierno. Pero para el adolescente, las heridas más dolorosas eran las que llevaba por dentro, y su cuerpo, ya no tenía espacio para más cicatrices.
Durante, iba apuntando mentalmente todas las ofensas. Los opresores, los indiferentes, los temerosos, y así, día tras día soportaba los temores cotidianos con estoica sed de venganza.

Esto se produjo un día cualquiera, durante en último curso de instituto. Eduardo tenía quince años, y en su mochila ya pesaban demasiado tres años de insultos, amenazas y golpes.
Nadie sabe como empezó todo, ni siquiera como ese al que todos llamaban Espeluznante Durante, pudo hacerse con ese Kalashnikov y un buen surtido de cargadores.
Eduardo esperó a que todos entraran en clase. Roberto, uno de los chicos que aterrorizaba diariamente al muchacho no tuvo tiempo a insultarlo al verlo, pues cayó fulminado con el pecho lleno de plomo.
El pánico se apoderó del instituto. Durante disparaba, recargaba, disparaba, y volvía a recargar con gesto impasible, con la mirada nublada por la ira y la venganza. Sabía muy bien a quienes quería eliminar. Avanzaba clase por clase, ejecutando a sus objetivos. Luego, dejaba salir a los demás que corrían aterrorizados hacia el exterior. La última clase era la de Clara y Elvira. La suya propia. Allí, Javier, Laura, Iván, y Richard cayeron fulminados sin tiempo a pedir perdón, pues Eduardo ya los había condenado. «Nos veremos en el Infierno, y allí seré yo quien os joda por toda la eternidad», fue lo último que escucharon antes de morir.
Todos salieron corriendo cuando Eduardo ordenó a todo el mundo que saliera de allí y lo dejaran solo. Tan solo Clara y Elvira desobedecieron. El muchacho lloraba desconsolado, y su hermana y su amiga lo abrazaron. Los tres lloraban. Así estuvieron un buen rato. Nadie dijo nada.
Clara y Elvira acompañaron a Eduardo a la salida. Lo habían convencido para que se entregara a las autoridades. Este accedió. Una vez fuera, la policía le dio el alto. Las chicas avanzaron pensando que Eduardo las seguía, pero este se había parado.

-¡Tira el arma!- gritó uno de los policías.

Los agentes sacaron a las muchachas de la zona caliente. Clara lloraba, pues sabía lo que ocurriría a continuación.
Eduardo llevaba una pistola escondida. Esta, no la había utilizado, pues no era para matar a quienes le habían hecho insoportable estos últimos tres años. La había reservado para él. Durante sacó la pistola haciendo caso omiso a los agentes, que continuaban pidiéndole que dejase el arma y se arrojase al suelo. El muchacho se metió el cañón en la boca y apretó el gatillo sin dudarlo ni un segundo. «Por fin soy libre», sonrió. Este fue su último pensamiento antes de ser devorado por la oscuridad eterna.
Dieciocho víctimas se llevó Eduardo tras de sí. Ocho chicos, siete chicas y tres profesores. Todos ellos fueron descubiertos en una libreta que Eduardo guardaba escrupulosamente en un rincón de su habitación. Allí, el muchacho, apuntaba detalladamente todas las ofensas de sus futuras víctimas, justificando el porqué merecían ese dramático final. La investigación se llevó con el máximo secretismo que el mediático acontecimiento pudo permitir.

Esta historia no es más que una historia. Ficción, por suerte. Sin embargo, por desgracia, casos similares en diversas partes del mundo se han dado, llegando a estos excepcionales y dramáticos extremos. Por otra parte, muchos niños y niñas, jóvenes y no tan jóvenes, sufren diariamente acoso en sus centros de estudio o trabajo, en las calles de su ciudad o de su pueblo, haciendo mella diariamente en su cuerpo y espíritu.
Actuemos contra el acoso, sea escolar, laboral o en cualquiera de sus formas desde la raíz. Denunciemos a los acosadores, enfrentémonos a ellos con valentía.
Todo empieza con la educación desde los colegios. Para que nadie más se convierta en Espeluznante Durante:

¡¡¡Stop Bullying!!!

etiquetas: microrrelato, relato, crítica social, drama, educación, stop bullyng
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4comentarios 92 lecturas relato karma: 43
#1   Bello, has tocado muy bien un tema que me importa. Muchas gracias.
votos: 1    karma: 29
#2   #1 A ti por leerme compañero
Saludos
votos: 0    karma: 9
#3   muy buena historia te felicito, saludos
votos: 1    karma: 24
#4   #3 Muchas gracias
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