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Una primera vez

¡Qué bonita es la nieve! Se repetía una y otra vez Jack, que observaba como caían los copos a través de un gran ventanal. Mientras tanto, el capitán de la nave ordenaba prepararse para el aterrizaje. El joven cabo Jack Slimer estaba emocionado. Llevaba mucho tiempo esperando este momento. Para él, este sería su primer invierno fuera de casa, así como también, su primer invierno en el planeta Tierra.
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Diario de a bordo

21 de octubre de 2151:
Después de más de tres años de camino, por fin, vemos en la distancia nuestro destino. Estamos cansados, pero muy ilusionados por lo que está por venir. Después del colapso de nuestro planeta, tan solo unos pocos conseguimos sobrevivir y escapar de la gran epidemia que siguió a la Gran Guerra, la cual, asoló nuestro mundo y prácticamente nos extinguió como raza. Por suerte, unos pocos conseguimos escapar a la extinción total a bordo de esta nave estelar, a la cual hemos bautizado con el nombre de “Esperanza”. Parece ser, que existe vida parecida a la nuestra en este lugar, ya que nuestros científicos, conocían desde hace miles de años este planeta, incluso, en los antiguos manuscritos de los “Primeros”, los fundadores de nuestra civilización, ya sale nombrado. Existen leyendas que cuentan que nuestros antiguos ya estuvieron aquí, y que intercambiaron tecnología y conocimientos con estos seres.
A medida que nos acercamos, las lágrimas nublan tan extraordinaria visión, pues es prácticamente un calco a nuestro viejo planeta. El azul es tan intenso que ya imagino las criaturas marinas que debe albergar, y la tierra, dulce tierra, donde cultivar y comenzar una nueva vida. Hemos lanzado una señal de socorro y nos han contestado. Hemos podido comunicarnos con ellos, ya que su idioma no nos es tan extraño como podríamos imaginar. Estos nos han dado permiso y unas coordenadas para aterrizar. Mañana llegaremos a nuestro destino. De momento, nos han dado la bienvenida y hemos intercambiado unas cuantas palabras cordiales. Después de tanto sufrimiento, por fin hemos llegado al planeta que sus habitantes denominan Tierra.
Almirante Adam Lubock.
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Arcadia: Última esperanza para la humanidad

Año 4689. El planeta Tierra agoniza tras largos años de guerras interestelares y epidemias. La población mundial ha descendido a más de la mitad, y los recursos naturales del planeta escasean a un ritmo imparable. Los Gorks, una raza guerrera de seres antropomorfos quiere hacerse con el control de la galaxia, y durante años han intentado hacerse con el dominio del planeta, provocando numerosos daños en sus frecuentes incursiones. El Imperio ha estabilizado temporalmente la situación, pero la raza humana se encuentra bajo una seria amenaza. La tierra se vuelve por momentos más estéril, los animales mueren sin explicación lógica, y ni tan siquiera los alimentos creados genéticamente aseguran la supervivencia de los hombres. Tras largas deliberaciones, el Consejo Imperial ha ordenado el envío de una flota de reconocimiento en busca de un planeta habitable para los humanos. Durante años, el hombre ha investigado diferentes galaxias, pero ninguno de esos planetas era adecuado para asentarse definitivamente, unos por su atmosfera y composición, otros por la falta de recursos, y la gran mayoría por la invasión de los Gorks.
Una de esas naves es la Arcadia, comandada por el Almirante Lars Bishop, veterano de las guerras imperiales en el planeta K-P21. Uno de los pocos lugares donde el Imperio ha podido establecer una base permanente. Según los exploradores de la Liga Imperial de defensa, en la galaxia Icarus X-23, se ha localizado un planeta de características muy similares a la Tierra, prácticamente idénticas, aunque se desconoce su habitabilidad y si hay vida inteligente en él. La misión de la tripulación de la Arcadia es descubrir la habitabilidad del planeta, y en caso afirmativo, organizar un puesto de enlace con la Tierra y un cordón defensivo contra posibles enemigos.
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Por un puñado de dólares

Año 2159.

Desde hace más de setenta y cinco años, la empresa Biox Genetics se ha convertido en el máximo exponente de la investigación genética con ADN humano. Sus avances científicos, han permitido erradicar enfermedades como el cáncer o el sida en los países desarrollados del primer mundo, aunque todavía, una gran cantidad de pueblos, están sufriendo las consecuencias de tan agresiva búsqueda. Millones de personas de los países pobres, han sido expuestas a cepas contagiosas, con el único pretexto de conseguir una cura universal para toda la humanidad. Aunque esto no es así.
Henry Nart, un reputado abogado afincado en Washington, lleva más de diez años investigando y combatiendo las irregularidades cometidas por la empresa Biox Genetics, entre las cuales, se encuentra la del uso de humanos para sus experimentos. Ellos lo niegan todo, así como también lo hacen parte de los políticos más influyentes del país, entre ellos, el Senador Albert Forrester.
El acceso a estos medicamentos es proporcional al poder adquisitivo de las personas, y quien no paga, muere. La ética y los derechos humanos con lo que tanto se llenan la boca los responsables de Industrias Biox Genetics es únicamente papel mojado. Las gentes del denominado primer mundo tienen un pañuelo en los ojos que les impide ver la realidad. Para la gran mayoría, los responsables de esta maquinaria empresarial son algo similar a divinos salvadores, los cuales han erradicado la peste que llevaba asolando la humanidad desde hacía siglos. Pero lo que ellos no saben, es que, para salvar sus vidas, han tenido que morir pueblos enteros, niños inocentes, padres, madres y abuelos…, es decir, gente inocente, las cuales, su único delito había sido no disponer del suficiente dinero para satisfacer a los despiadados dirigentes de industrias Biox Genetics.

Esto es solamente una pequeña historia, aunque no deja de ser cierto. Muchas empresas ganan dinero a costa de las vidas de personas inocentes, que lo único que buscan es ganarse dignamente la vida, y poder llevarse tanto ellos, como sus familias, algo de pan a la boca. Cientos de ejemplos están a la vista de todos nosotros, aunque la gran mayoría debe quitarse aún la venda de los ojos.
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Al otro lado del espejo

Alicia anda perdida al otro lado del espejo. El sombrerero no la invita hoy a tomar el té. Detrás de aquel conejo inquieto y divertido, se deja conducir por agujeros que la agrandan y empequeñecen, dependiendo de la botella que tome. Al dorso del papelito que dice "Bébeme" escribe un aviso de socorro y lo clava en un árbol, justo cuando la reina de corazones grita que le corten la cabeza.

¿Quizás aquel mundo le resulta superfluo? ¿Acaso le parece banal? Tal vez en su medio orden todo se vuelve siempre medio caos, la superficie del cristal se distorsiona y desencaja, la fantasía la aplasta y se mezcla entre ella y la realidad, envolviéndola como niebla en una fría y húmeda mañana de noviembre. Aquella extraña irrealidad la engatusa. Guarda dentro de su país de las maravillas el lado más hermoso del universo y se gira hacia el otro cuando quiere llorar. Busca el rincón más recóndito y a la vez más cercano. Intenta esconderse, hacerse invisible, correr rápido para que no la vean. Pero sus huellas se hacen aún más profundas con cada paso que da. Su rastro es obvio. Su intención evidente. Y su silueta, antes compuesta de una miríada de sonidos y colores, ahora semeja tan sólo una sombra retorciéndose entre el silencio y la soledad.

La locura la sigue, la acecha, la atormenta... por mucho que se esconda en el más inaccesible agujero o en la más inverosímil madriguera. Se expande en torno a ella de un modo tan desesperante que la hace balbucir y sollozar. Gime buscando ese cariño que siempre quiso, pero jamás logró. Se encoge. Tirita. Sus extremidades se retuercen, sus fuerzas flaquean; la oscuridad cegadora quema y se muestra inmisericorde ante aquella pequeña y asustadiza criatura. El resplandor y su nitidez siempre vuelven, regresan cada mañana y, al despertar, ella se indigna. No hay salida, la huida es en vano; la única manera es encarar el camino con la conciencia tranquila y la cabeza bien alta. Y tal vez, sólo tal vez, afrontar de nuevo el principio con la certeza de lo antes evitado. Y con la fortaleza de la verdad que siempre tanto había anhelado. Los niños siempre saben soñar despiertos. E incluso en los grises y tenebrosos días de tormenta, descubrir sonrisas de Cheshire suspendidas entre aquellas lágrimas prendidas de los párpados del cielo

Alicia abre sus ojos, grandes y asustados. Es su no cumpleaños justo hoy, pero no lo festeja. Una nube de tristes recuerdos ha ocultado para siempre su país de las ilusiones. ¿Y algo más? Sí, por supuesto. Que sea a este mundo real, sin sueños ni maravillas, al que por fin le corten la cabeza.

Juanma
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Trebor

Por alguna razón, jamás encontré placer en el amor, pues en mi configuración, se trataba tan solo de una necesidad para poder encajar. Comer, beber, dormir, amar, y poco más. Eran mis funciones básicas. Todo lo demás, lo iría aprendiendo con el tiempo, que se me presentaba intrascendente, pues no podía envejecer como lo hacen los humanos. Mi nombre verdadero es TR-380R, aunque todos me conocen como Trebor.
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Había una vez… “ 8 ” Cuentitos de error, Ironía, humor y doble sentido sin pudor…

Había una vez… “ 8 ” Cuentitos de error, Ironía, humor y doble sentido sin pudor… de una pareja muy despareja que se aman, pero siempre se quejan, y es porque…

Él vive de fantasías donde vuela y vuela,y ella le pincha el globo para que baje a la tierra, entonces llega la cigüeña con el globo pinchado en la mano, un niño con la cara del padre llorando, y ni un pan bajo el brazo…

Y le encantan las golosinas y cuando comen nunca convidan, porque si no se muere sin chocolate, y si no respiran…

Hay días que quieren mudarse a una isla, pero no se deciden por cual, y acaban ahogándose en discusiones boca a boca hasta la última gota de… saliva, es porque viven muy lejos del mar…

Ella vive de antojos y cuando quiere quiere, aunque sea fiesta y no haya súper abierto cercano, y si quiere huevos fritos en pleno verano, lo manda a tomar sol hasta que estén para salarlos…

Se amaban y deseaban tanto, que a veces hasta babeaban de pensarse como si fueran dulces, y comían todo el día paletas o chupetines, por no olvidarse lo dulce que era amarse hasta acabarse, sin darse cuenta, con la boca empalagada y pegoteada, pero sin vergüenza…


Él le miente, le miente siempre y ella lo sabe, como sabe que no hay forma de cambiarle, entonces le cree y también le miente, y él se lo cree…

Cualquier parecido con su irrealidad, no alcanzaba la ficción, y no tenía suspenso porque iba sin ropa interior, y no era degenerado, vivía solo y hacía calor, y algunas vecinas salían seguido y disimulando a mirar por el balcón…


A él le gustan los perros y a ella los gastos, y ya no hay dinero que alcance, en su cumpleaños él regala un gato y ella grita y maúlla, y ahora está sin dinero y peleando entre y como, perros y gatos…

Pero también hay noches de brindis y festejos, cuando duermen los niños que no tienen, y se saludan desde lejos, copa en mano balcones a 20 metros, y besos por chat en excesos…

Y así fueron los cuentos, cortos y malos, aburridos y mal educados, como ellos y sus malos hábitos…

soundcloud.com/lola-bracco/habia-una-vez-cuentitos-8-1 (Lola)
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Miradouro de los versos con sabor a no sé qué

Como no sabía lo que buscaba, tampoco sé si lo he encontrado.

Es así. Me he pasado toda la vida —para qué voy a decir media, como quien acicala un deseo intentando que parezca realidad— procurando localizar esa cosa que me tiene hambrienta, carente, vacía, huérfana de ella. Fuera lo que fuese, lo necesitaba. Era valioso, era fantástico, era único, era... Ya ves, cómo de beneficioso no sería para insistir tantas veces y tantos días y tantos años. Toda la vida esperando de manos pegadas a la baranda de este miradouro, observando el contorno del abismo que era la vida misma, traspasada la línea de la tristeza, más allá, más allá, siempre y mucho más allá.

Del codazo del tiempo, mi postura. Inclinada como el árbol delgaducho que mueve las ramas al vaivén de la brisa o de un huracán furioso. Lo mismo me da. Porque he llegado a sonreírme en el espejo igual que a otros, ensayando la media luna apropiada que no preocupe, barbilla alta, conforme a las expectativas que tenían de mí misma y a mí no logro engañarme. ¡Ya está bien de simulacros! Cuando da la impresión de que respiro, no respiro; pero piensan que respiro porque es lo que parece y mi ahogo incomprensible desconcierta.

Es así. Vivirán mis amapolas siendo más que poesía. Ya estoy harta de los versos con sabor a no sé qué, que me falte no sé qué, que me pongan por delante la belleza de lo simple que lo es todo y yo, mientras, embargada de saudade, esperando no sé qué...

Solo hay algo bien seguro, por ahora: tengo en mí la totalidad de lo que tengo.
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Divagando en este mundo

Juré jamás vestirme de recuerdos,
no quiero retroceder la película
ni volver a palpar alegrías efímeras;
Recordar es morir dos veces
y yo ya me cansé de resucitar
todas las noches.
A veces es bueno no sentir nada,
ser un ente inmune al dolor
no percibir los colores
ni saborear los placeres;
el deleite de vivir
sin esperar un mañana prometedor
resulta perturbador,
pero anular el futuro
suele ser divertido,
si la energía está enfocada
en un solo presente,
en el hoy…
Me desgasto pensando
en posibles desenlaces,
mi cabeza quiere explotar
en mil pedazos
y mi mente solo quiere viajar
sin el pasaje de regreso.
Sigo divagando en este mundo
mis pasos no son firmes
mis sueños son de trapo
y mis despertares son trágicos.
Busco la manera de encajar
en bocas sinceras
pero mis besos son falsos,
mis caricias rebosan
en cuerpos en llamas
y el amor no se encuentra en una cama.
Y yo no quiero verlo
ni sentirlo
ni olerlo.
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Controversias Sobre el Anden

Una vez más la tarde se posesionó de la atmósfera que flota en el andén, el vértigo que prosigue a la espera, se hizo presente, de los huesos a la piel, presionando sobre las neuronas más susceptibles a los estímulos dolorosos. Detrás de la cortina de vapores contaminados que emana desde el suelo, veo al tren verter su carga de hombres cansados.
Yo esperaba otra cosa; pero en una ciudad con trenes, las cosas mueren, igual que los recuerdos. En un recodo del camino a casa, había una gran roca: gigantesca. Su inmensidad nos daba sombra en las fatigantes tardes veraniegas; un sórdido amanecer escuchamos un estruendo descomunal, las casas se estremecieron como cuando ocurre un terremoto, la onda expansiva rompió, no solo vasos, platos y ventanas, sino también los tejidos y pulmones de mamíferos y aves que cohabitaban en el lugar. La gran roca había sido destruida para dar paso al tren, varios días duraron los camiones para transportar los restos de su cadáver.
La otra tarde en el andén — jean Paolo Terso, rememoraba su etapa de constructor de trenes en Italia, hablaba sin parar de las cargas implícitas, que actuaban en el desplazamiento de los trenes. Hacía mención de la suma recurrente de unos factores atemporarios, que a su vez eran imposibles de sumar por su propia naturaleza atemporal, —según él — Newton , debió desestimarlas por precarias e inconsistentes, y Einstein, las rechazó de plano por considerarlas tautologías metafísicas. Su acción, acarrea demoras apreciables en la consumación de los eventos, aunque imposibles de notar en los instrumentos convencionales usados para medir el tiempo.
También se refirió a un viejo instrumentista muy sabio (después convertido en vagabundo) de apellido Scarafaggio, que invirtió muchas horas de su vida, tratando de transpolar estos sucesos atemporales dentro de los mecanismos de los trenes, a una escala visible en los registros de tiempo usuales. Enfatizaba sus argumentos, explicando que: «el tiempo pasado, puede acertadamente considerarse tiempo muerto, ya que este, del mismo modo que las cosas, en las ciudades con trenes, puede morir» pero siempre deja evidencias de algo que ocurrió, durante su trayectoria; una construcción, un deceso, una erupción volcánica o un suspiro, o una impertinente flatulencia, desde un hecho magno a uno vulgar e insignificante puede quedar registrado durante ese segmento vectorial.
Pero fuera de los límites del tiempo, también ocurren fenómenos con incidencia directa en la manifestación del efecto propiciado, es decir; sucesos que ocurren en ausencia del tiempo, o, sin gastar una fracción de segundo del mismo. Por ejemplo: un deja vu.
No quise auto persuadirme de la veracidad del relato anterior, sin antes preguntar al inefable Jean Paolo Terso, si este hecho acaeció antes o después de que él, se declarara persona imaginaria. Sonriente, me miró a los ojos, me fulminó con su incisivo tono incontrovertible, respondió:
— Antes.
Me desenfoca de la conversación un patético personaje que desciende del tren; refleja un agotamiento ancestral en su mirada, la primera impresión de su rostro es un desaliento que trasciende el plano espiritual , la piel ajada en desesperanzas reciprocas , el sujeto, simula un proceder ciudadano adosado en unas obligaciones superfluas , como si atendiera mas al miedo que al orgullo, sus pasos son los de un sobreviviente a un arco radiactivo, Ocupa el espacio con una indisputable sumisión. De pronto, sucumbe mi impresión por las cosas que mueren y los eventos que ocurren a espaldas del tiempo.
—Me estoy viendo en un espejo.

Foto: Vieja Estación de Chascomus Cortesia de: Bafilm, provincia de Buenos Aires
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Reflejo de un Espejismo

En una época en que sus habitantes eran casi todos analfabetas, San Catarino de la Uña llegó a tener la biblioteca más grande y mejor equipada de la región, funcionaba en la antigua sede de la primera gallera que tuvo el pueblo, eso fue después de la brutal epidemia de peste aviar que extinguió en su totalidad todas las aves de corral y contagió a los caseríos limítrofes, y a cuanto bicho andante tuviera el cuerpo cubierto con plumas.
La biblioteca estaba bajo el resguardo de un sacerdote franciscano de apellido Uriretagollena, quien fijó su sitio de residencia en las verdes laderas del cerro el Peine, y emprendió la referida actividad, una vez que se vio forzado a cerrar la iglesia de modo permanente, ya que los habitantes de San Catarino se negaron masivamente a acudir a las misas, a las citas matinales de los domingos solo asistían cuatro viejas solteronas de la comunidad, por lo cual desde el punto de vista espiritual y económico dejó de ser un acto posible.

Esta historia me lo contó Jean Paolo Terso durante uno de los días de su breve periodo de abstinencia etílica, en la sede del registro principal de ese pueblo, cuando fungía como registrador principal de la entidad. La reunión se efectuó en su despacho, fui invitado por mi amigo: Enio Vandermosth , la conversación se centró sin darnos cuenta , en determinar el gentilicio de los nacidos en San Catarino de la Uña, estuvimos largo rato apelando a espontaneas construcciones que intencionalmente ahogabamos en los sorbos de café por absurdas y disparatadas. Luego, en un giro inesperado de las expresiones semióticas, nos miramos las caras con el desconcierto propio de quien no entiende lo evidente, — no pueden tener gentilicio. Exclamó el registrador, en un gesto de extrema sorpresa, y en cierto modo absorto sentenció: —el pueblo nunca fue fundado. En un intento por recuperar el equilibrio emocional, tomé una ligera bocanada de aire, cerré los ojos por un par de segundos, al abrirlos ya no estaba Jean Paolo Terso detrás de su escritorio.

Enio, notando mi inquietud, me colocó una palma en el hombro derecho, no dijo nada y me miro con acento de comprensión, me resigné ante el reflejo de las ilusiones que se proyectaban en sus pupilas y eran convertidas en palabras por un código traductor de espejismos, fue entonces cuando inferí que en esa biblioteca aun siendo la más grande y mejor equipada de la región, los libros están llenos de historias que nunca han acontecido.


Mayo 26/2016
Fotografía: Biblioteca Palafoxiana;Puebla de los Ángeles, México.
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Historia de un profeta sin vocación

Historias del café. A concurso.

RELATO INICIAL

Luis García Montero

Continuacuón del Relato:

Pedro Manuel Calzada ajete: (aún no Saltamontes)

Título:
Historia de un profeta sin vocación.

Juan el Loco ha llegado al café más silencioso, más esquivo que nunca. No se ha empeñado en darme conversación, no ha pedido que ponga un disco de Joaquín Sabina o de Javier Ruibal, no ha hecho bromas pesadas a costa de ningún cliente. Entró, saludó con la mano y se escondió en la mesa del fondo. Tuve que acercarme al cabo del rato para preguntarle si quería tomar algo. Estaba cohibido, le costó trabajo sonreírme, pronunció mi nombre con una timidez extraña y tardó en atreverse a pedir su whisky.

Pensé que no había ido bien el viaje a Madrid. Un fracaso ese esperado y cacareado fin de semana con la cantautora que había conocido aquí en febrero. Demasiada suerte para Juan, supuse al verlo tan encerrado en sí mismo. Daba pena su calamidad, sin una conversación en toda la noche, sin más equipaje que dos copas y tres escapadas solitarias a la calle para encender un cigarro.

Cuando se fueron los clientes más trasnochadores, cerré la puerta, me serví una copa y decidí enterarme de lo que pasaba. ¿Qué ocurre?, pregunté mientras me sentaba.

— Qué sé lo que me va a suceder en los próximos 20 años.

Esa salida de humor inesperado y melancolía confusa era un regreso a la normalidad. Debió leerme el pensamiento en los ojos, porque enseguida empezó a explicar que esta vez no se trataba de una de sus locuras. Me contó que había sido feliz con la cantautora, que habían quedado en repetir el próximo fin de semana, que ella lo había acompañado al aeropuerto, que lo había despedido con un beso interminable. Pero después… Juan sacó la tarjeta de embarque, pasó los controles de seguridad, entró en el avión y encontró su asiento ocupado.

Era yo -me confesó-, de verdad que era yo mismo el que estaba sentado en la plaza 12A. Con 20 años más, muy canoso, viejo, una ropa elegante y hablando con una calma misteriosa. Pero de verdad que era yo. Me di cuenta antes de que él dijera hola, soy tú. Iba a advertirle que se había equivocado de sitio, a preguntarle ¿qué asiento tiene usted?, pero dejó de leer el periódico, se volvió para mirarme y me vi allí, con 20 años más. No hizo falta ninguna explicación

— Es una casualidad que hayamos coincidido en este viaje, un imprevisto. Siéntate aquí, el asiento 12B está vacío. No puedo explicarte lo que ocurre, pero ya que estamos juntos, sí puedo contarte lo que será de tu vida durante los próximos años.

Comprendí que Juan no me estaba engañando. No era una de sus bromas, hablaba con la luz de la verdad y el convencimiento. ¿No te gusta lo que has sabido?, me atreví a murmurar. ¿Tal vez una desgracia? Bueno –sonrió-, no está mal, no voy a ser un pintor de éxito, pero me defenderé bien como representante de artistas. Después de un silencio prolongado me miro a los ojos. No me he resistido murmuró, a preguntarle también por ti.

— No me jodas, Juan, protesté, no estoy yo para profecías, vamos a dejarlo.

Pero había caído en una trampa. Serví dos copas y me dispuse a escuchar. Empezó por tranquilizarme, me dijo que no me preocupara:

— Lo que te va a pasar no es ni bueno ni malo, todo depende, todo será según te lo tomes, una oportunidad o una catástrofe, así que prefiero contártelo para que la sorpresa no acabe contigo. Verás…

Fuente: www.cafedelevantecadiz.com


Nota: Aquí comienza la parte escrita por mi (como continuación de la Historia): Pedro M. Calzada Ajete (Entonces no tenía el seudónimo de Saltamontes):

...
—Un momento… —Le interrumpí.

Vacié mi copa y la volví a llenar. Al servirle a él, por torpeza viré la copa y se vertió el líquido sobre la mesa. Poniéndose de pie apartó la silla y frotó sus manos en la parte mojada del pantalón.

—Te has puesto nervioso —Me dijo.

A pesar de nuestra confianza, me disculpé reconociendo que me sentía perturbado. El asunto no es para menos, le dije. La expresión de mi rostro…–pensé- debía ser parecida a la de él cuando entró al café.

—Si lo prefieres, hagamos como que no te he dicho nada y no te cuento… —Me dijo compasivo.

No tenía escape…, mi curiosidad por la historia crecía y quise llegar al fondo, sin medir las consecuencias…: “no serían buenas ni malas…, una oportunidad o una catástrofe”. Decidí que lo mejor era salir de esa incertidumbre y así se lo hice saber, pero que antes, debíamos llenar nuevamente nuestras copas, “a la roca”, sin hielo… El asintió y se adelantó a agarrar la botella.

—Mejor sirvo yo el whisky, aún te noto descompensado.

Una vez llenas las copas, colocó la botella al centro de la mesa, con el seño fruncido me miró y extendiendo una mano me dio tres palmadas en el hombro. Interpreté el gesto como una forma de querer disminuir mi contrariedad. Lo agradecí. Amigo Juan, le dije, adelante con esa historia. Alcé mi copa para tomar un sorbo, pero resulto un grueso trago que me hizo carraspear. Soy todo oído…

—Verás… — Comenzó e hizo una pausa para imitar mi trago. Ambos reímos.

Juan el Loco se arrellenó en la silla y sin más preámbulo me dijo, Amigo Lucas…, sentado a mi propio lado y hablando conmigo mismo; solo nos diferenciaba el físico, un yo afectado por la pátina del tiempo y el otro, tal y como lo vez compartiendo tragos contigo. Durante el viaje, de incomprensible pero amena conversación, me pedí prestado el periódico: Léelo –me dije- poniéndolo en mis manos. Era grueso: “El transparente de Cádiz”, de tirada mensual, correspondiente a febrero del año 2037, que ojeándolo, pude apreciar publicaba todos los temas de interés nacional e internacional, pero con mayor énfasis en nuestra región; y profundizaba en las noticias culturales, destacando con amplitud las concernientes al desarrollo de actividades e intríngulis de las tertulias de Cafés en todos sus aspectos. La calidad del papel era óptima y su diseño ilustrado a todo color con excelentes fotografías y detalles. Es una lástima que no se me haya ocurrido permitirme arrancar la página dónde aparecían las fotos de Joaquín Sabina en ocasión de celebrar su cumpleaños 88 aquí, en este propio Café, en una de las cuales aparecemos los tres; “él, tú y yo”. Si vieras la vitalidad que mostraba su imagen, sin desdorar las nuestras, que a decir verdad todavía eran envidiables. En el artículo de reseñas se aludía que conservaba su característica e inigualable voz, así como también que además de cantar declamó poemas de su autoría, que a juzgar por la crítica eran anónimos y exquisitos….

En este punto, Juan se detuvo. Cogió su copa y me instó a hacer un brindis por el presente futuro aclarando o futuro presente. Nos pusimos de pie para hacer chocar nuestras copas, tras lo cual tomamos otro largo trago.

—Me dices que la conversación contigo mismo en el avión, era incompresible, aunque amena… —Le dije en tanto el sacaba de uno de los bolsillos de su chaqueta de cuero la petaca de cigarros, extraía uno, se lo ponía en los labios y tanteaba los demás bolsillos en busca del encendedor. Más rápido que él, saqué el mío, lo encendí y llevé la llama a su cigarrillo…
— ¿Y qué decir de la que tenemos ahora? —Continué diciendo.

Siempre llevo conmigo un encendedor, aunque no fumo y Juan lo sabe; por eso no me brindó un pitillo.

—Loco, estás enrareciendo el ambiente y me contaminas —Le dije y agregué — Sal a fumar a la calle mientras voy al retrete y regreso para escucharte...

— ¿No te motiva la conversación? —Se adelantó a preguntar cuando lo llamé y nuevamente nos sentamos a la mesa escrutándonos mientras nos dábamos otro trago.

—A decir verdad, te he escuchado atentamente, pero sin dejar de preguntarme que giro darás a la historia que se me haga comprensible. Descarto las ironías, burlas y “buen sentido del humor” que te caracterizan, porque te conozco mejor que tu propia madre y mi sicología no me engaña. Al menos hoy, eres otra persona y eso es lo que me hace vacilar, porque se que a mí no me tomarías el pelo. Pero coño, Juan…, dime cómo digerir lo que me cuentas.

A mi amigo, se le aguaron los ojos. Se puso tenso. Me juró por Dios y las Once mil vírgenes que no me engañaba… Se puso de pie, de un tirón tomó un trago e hizo “mutis” al baño.

Regresó secándose el rostro con el pañuelo y se dispuso a acabar su narración.

—Lucas… ¡Fíjate bien! A nadie le contaría lo que te relato. ¡Es increíble! Es incomprensible incluso para mí, pero tan cierto como que me llamo Juan y tu Lucas, que estamos uno frente al otro. Me conocí viejo, hablé con ese otro yo canoso, elegante y mesurado que no soy, pero no me caben dudas que seré dentro de veinte años… —Hizo una pausa sin dejar de mirar la puerta por la que minutos antes había entrado tras fumar su cigarrillo y continuó —Créeme, se nos acercó la azafata con un refrigerio en bandeja y me lo brindó. Le aclaré al tomar la oferta:

—Somos dos, Señorita —y respondió con una amplia sonrisa, como si yo bromeara. Miré a mi acompañante y ya no estaba… Qué raro…, pensé.

— Debe haber ido al lavabo —Se me ocurrió decir y ella rió al responderme:

—No tenga pena, si desea más, no dude en decírmelo —y se alejó a atender a otros.

De repente, volví a verme junto a mí.... ¿Qué juegos son esos? -Me dije- pero apenas me escuché porque leía la prensa. Me toqué y pregunté lo mismo. Entonces me dije: Debemos separarnos, pero pronto nos volveremos a ver… Nos reuniremos los cuatro, los dos Lucas y nosotros. Ese será el rompimiento espacial donde decidamos como quedar. Tan jóvenes o tan viejos… Será un asunto personal.

— ¿Cuándo? —Inquirí

Tocaron la puerta.

—Ahora. Acabamos de llegar.


FIN.
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Correlativo Ficticio

Saeta, barco, estela.
Síndrome de Estocolmo.
Bienaventurado retorno
Bajo el efecto Mandela.

Simboliza la ruta una saeta
Agoniza el gris de la tormenta.
Eléctrico haz, divide en dos el cielo.
Ecléctico disfraz de una osamenta.
En el barco, dibujada por bandera.
Sobre el arco horizontal como señuelo.

Lleva a rastras mil recuerdos en su estela,
La peltasta salitre lacrimosa en las pupilas
Elucubra cataclismos en las sórdidas prisiones
Y se nubla con la roja sangre, inundando la sentina.
¡Volver a las redes del opresor!
—crezco, empodero, transformo—
En bicho vulgar y preceptor
A merced del síndrome Estocolmo.

¿Qué gran efecto misterioso hay?
¿En la cruz?… ¿en el signo de la calavera?
¿En la coerción sincrética del bonsái?
¿En los portales clausurados de las pajareras?
¿Qué sentido tienen?...
¿Las espadas amelladas en las manos samurái?
¿El caballo liberado cuando extraña las espuelas?

La tormenta; — que demora trenes—
Y la lluvia que oxida rieles
Y corroe el augusto hierro
¿Qué sentido tiene?...
El amo retornando al perro.
Qué sentido tiene la ficticia trilogía
Saeta— barco— estela.
Cuando todo es irreal producto,
Ilusorio, imaginaria alegoría
Efímera, del efecto Mandela.
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Presunciones Perrunas de un Poeta Pequeño Burgués

Le di por nombre Shakira, porque danzaba como una bailarina de Trípoli cada tarde al verme llegar, era mi época de estresado director de empresas agobiado por las normas y burlando plazos y cuentas por pagar. Un día en la sala de espera del veterinario, sonó el teléfono, una turba aglomerada frente a los galpones cuatro y cinco vociferaba improperios y ondeaba la bandera patria. Decía la temblorosa voz comunicante.
Esta fue mi respuesta: —nada, mi pana, mi perra está enferma, si la consigna es expropiar que le echen bolas, en esos predios me declaro incompetente—
Me cuenta el emisario, que hubo dos ofertas; una de un hombre barbado de boina roja:;propuso disolver la impertinente concentración por unos cuantos dólares, y la otra; el comandante local de la “guardia del pueblo”. Se ofreció para intervenir con la fuerza en primer lugar y después, como mediador por una cifra exponencialmente superior al precio del boina roja.
No se pudo. Mi perra Shakira, a quien rescaté de un basurero se había convertido en compañera de carreras dominicales y vigilante de mis noches requería una urgente transfusión. Mí mano complacida ante la eficiencia veterinaria se extendió entregando satisfecha un delgado fajo de billetes verdes, con ellos prolongaba las expectativas de vida de mi perra, y al mismo tiempo, quedaba sin liquidez monetaria ( en moneda extranjera) para comprar consciencias y hacerme estructura ósea del invertebrado monstruo de la corrupción. El hombre de la boina Roja expropió mis fábricas.
Y hoy sigue siendo víctima del hambre que se produce cuando una maquinaria es oxidada y corroída por rencores ideológicos. Ignoro si las conciencias perecen después de un breve ciclo de putrefacción o persisten en deambular podridas por largos periodos en el entramado social de un país.
Shakira vuelve a sus danzas en aquella calle que fue mía y hoy en otras manos, ya no lo es.
y pensar que con el costo de su curación pude salvar un pequeño emporio industrial en que invertí parte de mi vida.
Hoy merodeo por las amigables calles de los pueblos provincianos de Buenos Aires, haciéndome pasar por poeta, escritor y bohemio, y cuando se seca el vino en mi despensa por un ingeniero electricista. Pero si hoy, tuviera que volver a decidir entre la vida de un perro y la conciencia de cien corruptos, volvería a elegir la vida del perro.


Les debo la foto, no fue posible subirla.
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El tacho

Cambié de psicoanalista. A decir verdad; de psiquiatra.
Año y medio en esta noble y honrada nación y no damos pie en bola. Ni él ní yo.
Fui, por una adicción desproporcionada a los productos expendidos con alto contenido alcohólico y por una atracción incontenible por la mujer del prójimo.
En un principio, dijo que era ansiedad derivada de los efectos nostálgicos del destierro. —Me sentí como un perro—hablé con Timoteo,me dio mayores indicios de consuelo (Timoteo es perro)
En la última visita el loquero, me regaló un tacho de basura nuevo, me dijo que escribiera todos los malos pensamientos que pasaran por mí mente y que debía depositarlos en ese tacho. De igual modo, tenía que comprar otro tacho,donde depositar los buenos pensamientos.
Desde que Freud nos metió a todos los hombres en un mísmo saco para intentar comprenderse a si mismo, hemos sido cada uno de modo individual, menos comprendidos en nuestro propio mundo.
Al salir del consultorio,al otro lado de la calle alguien había tirado un tacho color rosa en polipropileno original con muy poco uso. !Uah¡...lo tomé y lo llevé a casa —me ahorré doscientos pesos—
Pero... sucede que no tengo buenos pensamientos, todo lo que pienso trae sello primogénito dañado.
Se llenó el tacho nuevo, mientras que el reciclado (color rosa) permanecía vacío.
A la semana siguiente le conté con lujos de detalles al psicoanalista (loquero).
Con signos de molestía, me dijo que debíamos repetir la terapia, ya que yo no seguí la prescripción al pie de la letra, el me había dicho claramente « comprar» otro tacho, y yo lo recoji en la calle y aquel tacho rosa tenía una conexión con el infierno.
—Hoy no se quién de los dos está más loco—
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Toco a Tu Puerta... (A Miguel Adames)

Toco a tu puerta porque ya no tengo más lágrimas
Por derramar.
Y me han dicho :— cuando cierran todas las cantinas
En méxico—
automáticamente sube el precio del tequila.

Toco a tu puerta porque ya no me quedan amigos.
Y mi cama es muy estrecha para tratar de soñar.

Toco a tu puerta, Miguel, porque tocar madera,
es bueno para los que volcamos la fe en el azar.

Toco a tu puerta con estas manos de poeta náufrago.
De marino sin nave que sucumbe al aciago
Tiempo que lo expulsa al exilio por no claudicar.

Toco a tu puerta... porque el tambor expropió al cuero
y una ordenanza me prohíbe; tocar.
Toco a tu puerta, porque perdí todos mis fueros
y estribos. y hay verdugos que me quieren fusilar.

Toco a tu puerta Miguel Adames, porque mi pulso
Esquivo, no consigue el tino de una rima cónsona
Que en el mundo abstracto adopte la forma
Y ocurra el milagro de alcanzar un buen recurso
Que lo haga volar…

Antes de acudir a otras... toco a la tuya primero,
—estoy bien abrigado Miguel—
no tengo frío... ni sed, ni otras hambres
y menos vengo a pedirte dinero.


Toco a tu puerta Miguel, en esta noche hambrienta
De estrellas
Toco a tu puerta, con la mano izquierda
Porque en la derecha traigo una botella.
Repleta de versos para compartir contigo
Toco a tu puerta Mute, sé que me abrirás
Porque eres mi amigo.
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El Gabinete del Año Dos Mil Veinte

Un disturbio impertinentemente inesperado distrajo la toma de posesión del nuevo año
—esto pasó hace tres meses; yo me enteré ayer—
Doce discípulos muy bien disciplinados y convenientemente adoctrinados para integrar su gabinete, designó el año Dos Mil Veinte (con Mayúsculas , por ser su nombre de pila), estos doce ministros a su vez, llamaron a las cincuenta y dos semanas mejor ponderadas en su formación académica para el tren ejecutivo de sus respectivos ministerios. Las semanas convocaron a 365 jovenes días de variada apariencia y aptitudes para diseminarlos en importantes cargos directivos,estos jóvenes, por su frugal experiencia, se dieron a la tarea de contratar a destajo a las horas más destacadas que habían consignado sus “currículums vitaes” en los anaqueles de las agencias de colocación más prestigiosas del tiempo (en el reinado temporal no existe la figura del clientelismo político).
Se suscitó un problema con los supervisores inmediatos de sectores y departamentos, unos sujetos muy precisos, eficientes y rigurosos llamados minutos, dado que sus subalternos se acogieron a fuero sindical porque no querían ser segundos de nadie.
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