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Soldados

Los versos, son lo único que queda
para golpear el corazón de los hombres que no hablan, que hacen el mal y no dicen nada.
Hombres con uniformes de todos
los colores, sujetos a una bandera
que les manda y les dice todo por la patria.
Y ellos dan sus vidas, pero también
las quitan, hombres que llevan
muerte escrito en sus caras orgullo
en su pecho y pena en sus almas.
Necios algunos, otros cobardes,
otros muertos de miedo oyen el ruido
de los proyectiles, sabiendo que su nombre está escrito en uno de ellos, sabiendo que las coronas de flores
solo se las regalan a los muertos,
y que sus novias, padres y madres pasarán por un infierno.
Y aún así honran su bandera liberan
al barquero y a su dueña tiñen de negro los lugares donde llegan.
Oyen los ruidos, los ruidos de la guerra. Hoy un niño me pregunto porque disparaban los hombres de verde
y manchas negras.
No supe que responderle
tuve cargo de conciencia.
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Guernica

Al cielo un hombre suplica
que pare este 'tres de mayo'.
Ante el horror del ensayo,
vierte sangre que salpica
sobre el pueblo de Guernica.
Un atroz experimento
que ha llenado de lamento
a ese caballo valiente
y a víctimas inocentes…
¡Pegaso, qué sufrimiento!

En la negra oscuridad
atormentado está el Toro
no puede evitar el lloro
que refleja la crueldad
la escena de la Piedad.
Y una mujer se arrodilla
debajo de la bombilla,
bombas de Guerra y abismo
que Picasso ve en cubismo,
blanco y negro… pesadilla.

En París es presentado
por encargo de República,
que solo puede hacer pública
a través de un decorado
la rebelión de un taimado.
Paz rota, paloma herida,
queda la España partida,
matándose entre hermanos,
y alemanes e italianos,
‘vuelan’ Guernica vencida.
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Cantó el soldado poeta

A veces, señores míos
la poesía es traviesa
va en búsqueda del poeta
sin que éste se dé cuenta.

Yo no sé de arte o drama
ni de celebres poemas
en la guerra y en la lucha
no hay tiempo para bellezas,
pero entre cañón y bala
una cosa sí era cierta:
mientras yo sobrevivía
en mí había poesía
aunque nunca lo supiera.

Oí llantos, sentí odio
ví la muerte y la miseria
y brotaban de mi pluma
cantos de amarga tristeza.
El hombre matando al hombre
por un pedazo de tierra,
por poder, por ambición
con sangre los campos riega.

¡Tiro el arma! ¡Alzo la pluma!
¡Deserto de esta revuelta!
Quiero revivir en versos
a quien cayó en la pelea
para llevarle consuelo
a los vivos que aún quedan
y para que nunca olviden
el terror de la refriega,
pues nada cala más hondo
que los gritos de un poema.

Yo no sé de poesía,
ella supo quien yo era:
un soldado que mataba
pero no quería contienda,
entonces en mi interior
a mi clamor puso letra;
con alma de trovador
permitió que yo viviera
para que inmortalizara
los horrores de la guerra.



Heclist Blanco
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Quizá

Quizá algún día
el hambre, la guerra
la pobreza y la miseria,
se acaben por suicidar.

Quizá algún día
la libertad
el amor, la paz
y la felicidad
no sean una utopía.

Quizá algún día
como colibrí
pueda yo volar.

Sólo quizás
algún otro día
tu me volverás
a amar.

Quizá, algún día
se vuelva una sonrisa
en mi cara a dibujar.
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Memoria histórica

Hay vidas enterradas en la historia,
reflejos del desprecio y del ultraje,
vividas en la España de un salvaje
sesgadas de manera muy notoria.

Vidas merecedoras de una Gloria,
por tanto sufrimiento y por coraje,
por eso este verso es un homenaje
que pretendo grabar en la memoria.

Algunas se perdieron en la sierra,
tras la hoja mortal de una bayoneta,
mas otras para siempre bajo tierra,

hundidas al azar de una cuneta.
Y todas olvidadas tras la guerra,
de este triste país de pandereta.
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Hay batallas que no conocen la victoria

Puede ser que la cordura
sea la locura del cuerdo,
la cuerda que arropa su cuello.
Desatar la soga
y anudar el nudo del ayuno
a la boca de un estómago
que confunde hambre con amor.

Ciego tu corazón: al menos
ponle la venda a mi razón.

Porque empezar una guerra
sin entender
que no hay batalla en la que el corazón salga ileso,
es como pretender lanzar un farol
en la partida contra un pecho muerto.
Porque quien te cubre la espalda
conoce, mejor que nadie,
cuál es tu punto ciego.
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No tenéis límite

Tanto falleció la imaginación
que sólo quedan llantos,
gritos, desilusión, tierra quemada
y cien mil arañazos.
Sí, pesan y caen
dibujando rojos trazos en aguas azules.
Sus erguidos homicidas traicioneros
galopan en pájaros de hierro
y apestan a mugre,
canales de penitencia,
estiércol.
Sus nombres sin abrazos
escritos quedaron en los parques
donde los niños muertos,
aquellos que marcharon,
perdieron tanto la voz
que se los llevó el viento.

**Fotografía: Toni Frissell
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Llanuras Eliseanas

Por todas las guerras
descansaré
en las Llanuras Eliseanas:
diáfanas y exangües al mal Karma.

Marisa Béjar, 14/07/2017.
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Guerrera

Quemarás fortificaciones y enfundaras espadas.
Buscaras plumas, que te lleven ligera, al alba.
Sentirás lo efímero, cómo irracional.
Creerás que has llegado, a la cima, pero jamás lo será del todo.
Cada lucha será fuego.
Arderás por dentro.
Te moverán entrañas y sufrirás.
Dirás, vaya final.
Pero siempre será lo mismo.
Quemarás fortificaciones y enfundaras espadas.
Clavaras estacas, y llevarán tu inicial.
Dejarás heridas, y te recordaran.
Pero todo en esta vida es recíproco,
y no hablo del Karma.
Si no que a todo lo que viene,
algo le va detrás.
Tendrás que suspirar, que tapar, que esconder.
Vivirás lo que jamás imaginaste, pero saldrás con uñas y dientes.
Sin oxigeno.
Los momentos más duros son los que te dejarán las huellas de verdad.
Los actos que más te cuesten, serán los que mas te moldearan.
Y no te preocupes.
Cuánto más miedo tengas,
más resiliencia obtendrás.
Arde. Arde hasta decir basta.
Exprime. Sácale el jugo al juego que nos ha tocado jugar.
No temas al dolor. Simplemente está para recordarnos de dónde venimos.
Lo simple te parecerá raro
De lo extraordinario surge la similitud con lo cotidiano.
La medida de tus sueños la eliges tú.
Y tus límites,
se van amoldando de mayor a menos grado con el tic-tac del reloj.
Olvídate del tiempo.
Crea tu calendario.
Recuerda que todo es muy relativo,
hasta tú.
No temas llevarte la contraria,
es humano.
Duda,
y vive.
Sobretodo vive.
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La cuneta

En el camino de tierra
hay otro hombre abatido.
Un libro que quedó a medias
y nunca será leído.

Sigue recto, luego tuerce
a la izquierda y para abajo.
Otra familia descansa
a la orilla del río Tajo.

Vainas brillan en el suelo,
moscas y barro rojizo.
Hedor a carne quemada
emanando del carrizo.

No hay bandos en la cuneta.
Aqui ya no hay ideales.
Junto al camino de tierra
solo quedan animales.
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Mi primera guerra

El estallido de las bombas, resonaba por todo el escenario de muerte y horror en el que se había convertido el frente, mientras que mi pelotón, acosado por las balas enemigas que silbaban a escasos centímetros de nuestros cuerpos, caía en la tierra ensangrentada que se enfangaba a nuestros pies. Luego, la muerte, vino a buscarnos con su sonrisa fúnebre.
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Berlín 1945

Por aquel entonces solo tenía quince años, y mi convicción y creencias eran firmes e inquebrantables, aunque claramente erróneas. Recuerdo los últimos días vividos en mi querido Berlín junto a Rolf, Friedhelm y Reinhard. Era finales de abril, y el ejército rojo arrasaba las calles de nuestra ciudad con sus cañones y morteros. Nosotros, resistíamos convencidos de la victoria final que nos había inculcado el Führer y la cúpula del partido, aunque estaba claro que la victoria final no sería nuestra, sino que caería del bando aliado. Nuestra posición estaba enclavada en el cruce entre Friedrich strasse y Leipziger strasse, y únicamente disponíamos de un cañón de mortero con media docena de proyectiles, un fusil de francotirador con escasas balas, y un par de walthers PPK. Defendíamos la posición con uñas y dientes, a pesar de la gran cantidad de rusos que corrían arriba y abajo. De repente, un proyectil impactó delante nuestro derribando la rudimentaria trinchera hecha con sacos de arena. Toda la cabeza me zumbaba a una gran velocidad, y mi única preocupación era recuperar la poca munición que nos quedaba para seguir atacando. Miré a los lados, y allí contemplé los cuerpos sin vida de mis amigos, todos cubiertos por el polvo y la sangre. Segundos después, tenía un fusil soviético apuntándome en la sesera. Cerré los ojos esperando la muerte y el reencuentro con mis camaradas, pero no ocurrió nada. Escuché unas palabras en ruso que no entendí. Estaban dirigidas al soldado que me apuntaba, y venían de un comisario político. Acto seguido el mismo comisario me preguntó en un alemán simple si tenía familia. Yo le contesté que no, que todos habían muerto en esta guerra. El comisario me levantó del suelo, y con un gesto brusco me dijo que me marchara. Luego me deseó que sobreviviera a esta guerra, y él y sus hombres se marcharon para continuar luchando.
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Cuando acabó la Gran Guerra

En el aire se respiraba el funesto hedor de la muerte. La tierra estaba teñida de sangre, y las madres lloraban angustiadas en sus hogares por la suerte de hijos y maridos. En los campos de batalla de toda Europa se habían medido los sueños y esperanzas de millones de personas, insertados en la lucha de naciones codiciosas que se disputaban su trozo de pastel. Unos deseaban imponer su hegemonía, otros no perder su supremacía en la cima del poder. Después de varios años de sufrimiento y destrucción, y a pesar de posicionarse finalmente un vencedor en esta guerra, la verdad es, que después de los hechos, todo el mundo sabe quien ha sido el claro derrotado: La humanidad.
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Llegué, vi, vencí, morí.

La guerra nos había separado. Hacía dos años que no sabía nada de mi hermano. Anhelaba encontrarlo, y el final de esta maldita búsqueda estaba a punto de llegar. Me había convertido en un victorioso general. Valiente, tácticamente efectivo, y enormemente carismático. Todo pasaba por acabar con el último reducto de los rebeldes, y en menos de dos horas conseguimos terminar con ellos. Después, mientras celebraba la victoria con mi Estado Mayor, mis hombres se encargaban de fusilar a los últimos insurgentes.
Esa fue la última vez que vi a mi hermano. Estaba con los ojos en blanco, entre decenas de cadáveres ensangrentados y amontonados en una fosa común. Ese día morí en vida, y nunca más he vuelto a ser el mismo.
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Última parada: Estación Z

Por debajo de sus temerosos pies, resonaban los maderos del viejo vagón al pasar continuado por las heladas vías del tren. Allí, hacinados como animales, cabían ciento cincuenta personas por vagón, según las autoridades militares del lugar. Llevaban dos días de camino, y las pobres almas que convivían en ese viejo vagón, lo hacían con los olores del miedo, el hambre, y la incertidumbre de no saber hacia dónde se dirigían. Habían salido desde su Francia natal, desde un pequeño pueblo situado a pocos kilómetros de Burdeos, obligados a subir apresuradamente al tren prácticamente con lo puesto, abandonando todos sus recuerdos a merced de la guerra. Todos los que allí se encontraban se hacían preguntas, todos a excepción de un viejo pastor que callaba y miraba al vacío desde la pequeña y única rendija que había en el vagón. Le habían llegado noticias sobre los campos de concentración y exterminio. Allí la gente era obligada a trabajar hasta la extenuación, azotada y maltratada, consumida por la miseria, tratada como una bestia, sin identidad, sin pasado, sin futuro, solo registrada como un simple número, tatuado en la piel para no olvidar el horror de sentirte inútilmente reemplazable. También había sentido el terrible rumor, por desgracia para la mayoría cierto, que la única escapatoria para los que entraban en ese lugar era hacerlo a través de las chimeneas, humeantes las veinticuatro horas del día. A pesar de todo esto, el viejo pastor no quiso decir nada que pudiera sumarse a la angustia y a las pocas esperanzas que le pudieran quedar a esa gente.
Al tercer día de camino, las puertas del vagón se abrieron, cubriendo de luz los delicados ojos de los viajeros que ya se habían acostumbrado a la oscuridad de su reclusión. A pesar del frio del exterior, los cuerpos extenuados de los prisioneros notaron el cálido abrazo del Sol. Los soldados los sacaron uno por uno, agrupándolos por diferencia de edad y sexo: Las mujeres y los niños menores de catorce años a un lado, los varones al otro. Un gran cartel marcaba que esa era la última parada: “Station Z”. Justo delante de esos hombres y mujeres aparecía algo similar a un complejo industrial, rodeado de altos muros y alambradas, torres de vigilancia, y multitud de soldados con el uniforme de las “Schultzstaffel”. Cruzaron una enorme puerta donde les saludaba un gran distintivo con el símbolo del diablo, debajo de él pudieron leer claramente: “Arbeit macht frei” (el trabajo os hará libres). Detrás de ellos quedaba el nombre de ese terrible lugar, el cual nunca sería olvidado por los afortunados supervivientes: Auschwitz.
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No Olvides Que Te Amo

Y entonces
abrazaré tu cuerpo
hablaré a tu alma,
sin usar palabra.

Diciendo con firmeza
¡tú puedes! ¡tú puedes!
llénate de fe de entereza.

Y oraremos juntos
y tomaremos la mano,
de Él que te hizo guerrero.

Te acompañaré a caminar
a lo largo del sendero.

Ganaras pequeñas batallas,
con fuerza le darás pelea.

Que de victoria en victoria
un día le ganarás la guerra.


MMM
Malu Mora
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El Cristal Con El Que Miras

Caminaba por la vida,
buscando a la poesía,
él, mortal no reparó,
que le acompañó por su vida.

La llevaba en sus oídos,
tal oír una melodía
cuando estremecía
al causarle nostalgia.

Cuando su nombre escuchaba
en los labios de su amada
o en los seres que quería.

La llevaba en su mirada
cada ves que la veía
de verla no llenaba
la dulzura le escurría.

No se percató el iluso
que poesía llevaba
en el corazón clavada
por esa razón dolía
cuando él se enamoraba
y no le correspondía.

Pero cuando le amaban
mariposas revoloteaba
que a escribir lo incitaban
notas de amor a su amadada

Y en esos amaneceres
de bellísimo arrebol,
o en esas puestas de sol
y en esos anocheceres.

En el campo en la ciudad
en la misma humanidad
que hacen el amor la paz
la vida estaba formada
de infinita poesía.

Sólo que no descubrió,
el detalle radicaba,
con que cristal la veía.

MMM
Malu Mora
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Las manos de Daina

Todo por lo que estaba luchando, la patria, la bandera, le golpeó con dureza la cabeza.
-¡Despierta! ¡No te rindas!- le susurró una conocida voz procedente de lo más profundo de su mente.
-¡Calla, calla!- replicó gritando Hugo.- ¡No eres real!
Las balas silbaban a su alrededor, mientras él, inmóvil, delante de la trinchera, se mantenía erguido, sumido en una especie de estado de ensoñación.
-¡Ponte a cubierto, Hugo! –le gritó Matías desde la protección de las trincheras.
Hugo continuaba de pie, con los ojos cerrados. El campo de batalla le era ajeno. De pronto, sintió como unas suaves manos le rozaban la espalda, y de nuevo, la misma voz le susurró al oído.
-Debes regresar a casa mi amor, tu hija Lía, te está esperando.
En ese preciso instante abrió los ojos, y de un salto aterrizó dentro de la trinchera. Justo donde segundos antes se encontraba, estalló un fuerte obús que dibujó un profundo cráter.
-¡Qué demonios te pasa Hugo! ¿Es que quieres morir? –le recriminó Matías.
-Era mi intención hace algunos segundos - contestó Hugo sonriendo.-Pero ahora no quiero. Debo sobrevivir a esta maldita guerra y regresar a casa para ver crecer a mi hija. Ha sido ella, ¿sabes? Mi mujer me ha salvado.
-¿Tu mujer? Pero…, ¿tu mujer no murió en el parto?
-Así fue amigo.
Matías no quiso decir nada, pues se alegraba que su compañero de trinchera, por fin, tuviera un motivo por el cual luchar y regresar a casa. Él también lo haría por su familia, por sus camaradas, y por un futuro en paz, pues la patria y la bandera hacía tiempo que habían muerto.
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Semillas de amor y muerte

Llevaba tres días seguidos viéndola a través del cristal de mi despacho. Todo en ella era hermoso: Su brillante pelo castaño y suelto serpenteaba en el viento como en un hipnótico baile oriental; sus ojos verdes desprendían una luz mágica, su insinuante figura se vislumbraba a través de su siempre elegante vestimenta, sus andares deliciosamente femeninos, su respingona nariz, su carnosa boca.Todo este despliegue de belleza era observado siempre a la misma hora. El día en que nos conocimos, todo cambió, irremediablemente en nuestras mortales vidas.
Eran las nueve de la mañana y yo esperaba con impaciencia la visión de esa chica. Estaba dispuesto a establecer contacto con ella, de descubrir quién era, o simplemente de conocer su nombre y compartir con esa desconocida unos segundos de mi metódica vida. Salí de la oficina y me dirigí al pequeño parque que había justo enfrente de esta. Me senté en un banco a esperar la llegada de ese ángel. Pensé en que podría decirle al verla, como me presentaría, cuál sería la reacción de ella frente a tan osado desconocido. Todavía quedaban unos veinte minutos antes de que apareciera. A la misma hora de los tres días anteriores apareció ella. Iba perfecta, como siempre, pero hoy se la veía especial, como si la envolviera un aura divina que solo mis ojos podían acertar a ver. Pasó delante de mí, y por unos segundos nuestras miradas se cruzaron provocando que nuestros mundos se fusionasen en uno solo. Yo me quedé callado. Mi cerebro ejecutaba las órdenes correctas, pero mi cuerpo se veía incapaz de responder, y ella pasó de largo. Después de esto todo pasó muy rápido.
De repente, unos metros más adelante se produjo una terrible explosión, que siguió a otras más, retumbando en el aire el miedo y la desesperación. El aire se convirtió en ceniza, asfixiante, mientras las llamas que se alzaban desde el suelo se reflejaban en el cielo como en un inmenso espejo. Me quedé aturdido unos momentos. Al despertar pensé que todo había sido una pesadilla, pero no era así. Todo era macabramente dantesco. Levanté la cabeza, descubriendo grandes aves de metal surcando los cielos ardientes de nuestro territorio. El chirrido de sus motores era ya de por sí espeluznante. Las explosiones continuaron, pero ahora el terror se alejaba hacia el otro extremo de la ciudad. Me repuse y me levanté como pude. Todo me daba vueltas, pero en mi cabeza solo había lugar para esa chica: ¿Dónde estará? ¿Estará bien? Me puse a buscarla mientras veía gente herida y asustada por las calles; También me pareció ver a personas muertas cerca de mí, pero en ese instante no hice nada por intentar socorrerlas. En la calle algunos edificios habían quedado destruidos. Corrí algunos metros hacía donde la había visto por última vez. Allí estaba ella, en la puerta de esa cafetería completamente arrasada por el impacto de las bombas. Todo a su alrededor estaba destruido y envuelto en llamas, pero ella permanecía en pie, con el gesto impasible y la mirada perdida en el frente.

-¿Estás bien, estás bien?-grité mientras le cogía suavemente las manos. No encontré ninguna reacción, así que volví a preguntarla.- ¿Estás bien? ¡Dime algo!

-Estoy bien. Eso creo. - dijo ella con un tono sereno.

A pesar de los sucesos ella parecía tranquila. Como si después de todo, lo ocurrido solo hubiera sido una broma sin importancia. Entonces, me cogió fuerte las manos y me dijo:

-¡Vámonos de aquí!

Las calles empezaron a llenarse de policías, ambulancias, bomberos, gente que intentaba ayudar en todo lo posible, incluso comenzaba a hacerse notoria la presencia de militares. Nos dirigimos a otra cafetería cercana donde el dueño repartía café caliente y agua a todos los afectados. Nos sentamos en una mesa y una camarera nos sirvió muy amablemente dos tazas de café con leche.

- ¿Cómo te llamas?- dije después de dar un sorbo a mi taza.

-Claudia Addkinson.

- Te estaba esperando, ¿sabes?- dije.- Antes de que pasara todo. Hace tres días que te veo pasar por delante de mi despacho, y hoy me había propuesto conocer tu nombre. Claudia, un nombre precioso, como tu simple presencia.

- Gracias.- contestó ella esbozando una sonrisa y sonrojando sus mejillas.- La verdad es que yo también me había fijado en ti cuando te he visto en el banco sentado. Si me paré enfrente de la cafetería fue porque pensé en darme la vuelta para hablar contigo, ya que al mirarte sentí una conexión especial que jamás había sentido. ¿Cuál es tu nombre? Aun no me lo has dicho.

- Me llamo Peter Suvovich.

- Encantada.-sonrió ella.

En ese instante el dueño de la cafetería subió el volumen de la radio, desvelando el misterio de los pájaros de acero que hacía unos minutos habían descargado sus diabólicas bombas sobre nuestras gentes. Todo el mundo guardó silencio, hablaba el presidente:

“Queridos conciudadanos. Una fuerza hostil nos ha atacado cobardemente en nuestro territorio, bombardeando despiadadamente a la población civil, y causando cientos de muertes inocentes. La justicia exige que se tomen medidas drásticas en consideración a estos terribles acontecimientos. Nuestro enemigo más peligroso nos ha declarado la guerra sin previo aviso, y nuestra nación, junto con nuestros amigos y aliados estamos dispuestos a entrar en guerra por la salvaguarda de la paz y la justicia. Atacaremos sin compasión a esos despóticos gobiernos. Por lo tanto, declaro que estamos en guerra contra cualquiera que atente contra las libertades de nuestra nación o la de nuestros aliados”

Así fue como cambió mi vida el día que conocí a Claudia. Por supuesto también la de ella. Después de esto, pasamos una magnífica semana juntos en una pequeña cabaña que mi familia tenía cerca del lago Sanders, entre las montañas O’Kiff. Luego tuve que alistarme. Durante dos años aproximadamente, nos enviamos correspondencia, pero fatalmente la comunicación se rompió. Yo caí en el frente occidental mientras realizaba con mi equipo un ataque a las posiciones más avanzadas del enemigo. Una bala atravesó mi corazón dejando mi cuerpo sin vida en el frio barro del campo de batalla. De ella no he vuelto a saber nada. Lo último que supe es que nuestro hijo Peter había cumplido un año. Un hijo al que no conoceré. Ahora que ya ha acabado la guerra espero que Claudia sea feliz. Deseo que encuentre un hombre bueno, que la cuide y la adore como yo lo hacía, y que se porte bien con mi hijo, aceptándolo como suyo propio. Por último solo pido una cosa: Que ella nunca me olvide y que hable de mí a nuestro hijo. Así, hasta que nos volvamos a ver.
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Cartas desde la Gran Guerra

Francia, 12 de Octubre de 1916.

"Queridos Padres:
Después de más de tres meses combatiendo contra las tropas alemanas en Francia, el frente del rio Somme se ha convertido en la tumba de miles de compañeros. Mi regimiento ha sufrido numerosas bajas, aunque no tantas como otros. Estamos estancados en las trincheras, cerca de Ovillers-la-Boiselle, y en todo este tiempo no hemos avanzado nada. Los bombardeos son continuos, y a penas tenemos tiempo para descansar. Si vierais en lo que se ha convertido este bonito lugar no daríais crédito. La sangre se ha mezclado con el barro, y algunos cadáveres continúan tirados en el campo de batalla días después de haber caído. De momento la suerte parece sonreírme, y doy gracias a Dios por continuar con vida. Me han ascendido a Sargento y ahora dirijo mi propio batallón. ¡Os echo tanto de menos! Darle un abrazo muy fuerte a Julia y a Robert. Decidle a Marta que pronto le escribiré y que deseo con toda mi alma regresar a su lado. Espero que todo esto acabe pronto y poder regresar a mi querida Chester junto a todos vosotros. Os adjunto este par de anillos de latón hechos en mis ratos libres; llevan vuestras iniciales. Os quiero con toda mi alma. Atentamente:
Sargento John Pearl Lauper.”

Mientras tanto, la guerra continuaba asolando Europa y las vidas de miles de jóvenes dispuestos a combatir por una idea que creían justa. Los dos bandos reemplazaban sus muertos con jóvenes inexpertos, aunque excesivamente entusiasmados en defender su país, su cultura, y sus ideales. Todo este ardor guerrero se vería oscurecido en las primeras horas de combate, luego, los ruegos y el miedo recorrerían los corazones de los soldados. A pesar de todo, era su deber, y a él se debían por juramento. Solo les quedaba sobrevivir o morir en esta maldita e inútil guerra. Por otra parte, en el bando alemán, las sensaciones de los soldados no se diferenciaban mucho a la de británicos y franceses. Al fin y al cabo, no eran tan diferentes.

Francia; 30 de Octubre de 1916.

"Queridísima Anna:
Llevamos meses combatiendo en unas trincheras empantanadas de barro. La sangre ya no me impresiona, y la muerte ya no me es extraña. Como capitán mi responsabilidad está en devolver sanos y salvo a mis hombres junto a sus familias, pero muchos de ellos no volverán a verlas. La mayoría eran unos críos, y ese dolor lo llevaré dentro para el resto de mis días. Ahora mi único consuelo es volver a abrazarte, sentir de nuevo tu corazón latir junto al mío, y ver crecer en un mundo en paz a nuestro pequeño Reinhard. Nuestras tropas no consiguen avanzar, así como tampoco las de nuestros enemigos. El deseo de que esta guerra acabe pronto se hace cada vez más lejano. Espérame amor mío, porqué prometo que no habrá nada ni nadie que pueda hacer que no nos volvamos a ver. Saluda a los Steimberg de mi parte y diles que Harold está bien, que lo tengo bajo mis órdenes y que hago todo lo posible por mantenerlo fuera de peligro. Dales también un abrazo a mis padres y a los tuyos, y un beso a mi hermanita Marie. Pronto volveremos a vernos. En cuanto pueda os volveré a escribir; mientras tanto espero con impaciencia noticias vuestras. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 15 de Marzo de 1918.

"Queridísima Anna:
Después de casi cuatro años de guerra nuestra victoria en el frente oriental se ha confirmado hace unos días por el alto mando. Los rusos han firmado la paz. A pesar de la alegría estamos agotados. Según nuestros generales la victoria final se acerca, ya que nuestros ejércitos del este vendrán a reforzar nuestras posiciones del frente occidental. Según Ludendorff y Hindenburg pronto estaremos tomando café en París, y nuestros enemigos, con las tropas mermadas, no tendrán otro remedio que capitular. Estoy ansioso porqué todo esto acabe y poder regresar a casa. Háblale a Reinhard de su padre. Dile que está luchando por su país y que pronto volverá para abrazarlo y jugar con él. Tú tampoco me olvides amor. Cuando acabe la guerra nos reuniremos de nuevo los tres. Me gustaría contarte más cosas, pero me es imposible revelarte cierta información por si esta carta cae en manos enemigas. Dale un fuerte abrazo a todos nuestros familiares, y como siempre un beso a Marie. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 6 de Abril de 1918.

"Estimada Marta:
Los alemanes han lanzado una gran ofensiva al norte de la línea del rio Marne, al este de París. Nuestro regimiento se ha desplazado a ese frente para ayudar a nuestros aliados franceses a defender la línea. También nos hemos encontrado con algunas divisiones norteamericanas. Estos yanquis luchan incansablemente y con un valor extraordinario. Nuestra superioridad numérica no parece haber mermado las esperanzas de los alemanes, que ganan palmo a palmo terreno en este suelo baldío. Solo nos queda resistir en esta laberíntica tierra el ataque enemigo, y contraatacar dando el golpe definitivo. En unos días se esperan más refuerzos norteamericanos; recemos a Dios por que lleguen a tiempo. Espero que esta guerra acabe antes de terminar el año. Solo deseo volver a tenerte entre mis brazos y poder darte un hijo. Resistiré por ti, eres lo único que me permite seguir vivo en esta pesadilla. Siempre tuyo:
Sargento John Pearl Lauper.”
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