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Cuando sea mayor

Cuando sea mayor tendré bigote
y una melena generosa,
construiré algo colosal,
escribiré libros
y seré una maravillosa persona.

Me contemplo frente al espejo.

Tan solo una barba,
tan solo un montón de poemas,
tan solo este hombre común.

Canet
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2comentarios 349 lecturas versolibre karma: 6

Mi niñez

He vuelto al lugar donde
no existe el tiempo
ni las heridas.
Hoy he ido a ver
a la niña que fui.

Estaba feliz
bailaba descalza
sobre la arena fina y suave
al compás de las olas del mar.

Inocente y llena de sueños
contemplaba las estrellas pasar
con esperanzas
y sin dejar de sonreír.

He vuelto llena de felicidad
por haber retenido ese momento
y aprovechar ese aliento
de entusiasmo incondicional
que solo se consigue en la niñez.

Le he prometido
que sus sueños voy a seguir
intentando cumplir.

Orgullosa está
la niña que fui
por llevarla todavía
dentro de mí.

Soy feliz.
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Cuando era pequeño

Cuando era pequeño, recuerdo a mi madre caminando hacia la ventana.
Quería desafiar a la gravedad y surcar por los aires lanzándose desde el tercero “A”.
Mi viejo iba detrás, rápidamente, para contemplar el vuelo o escoltarla en su planeo.
Quizá para evitar que pintara el suelo de carmesí.

Cuando era pequeño, recuerdo los viajes de los fines de semana:
íbamos a un edificio que tenía una cruz roja y un vallado muy alto y un lindo edén como jardín,
acudíamos a ver al padre de mi madre.
Siempre pensé que no era de su estirpe y me ponía feliz porque ese tipo tosía mocos y bebía a escondidas
y estuvo en la segunda guerra con los españoles.
Un día fuimos de excursión
-nunca a la playa-
mi viejo me aseguro que el padre de mamá se había muerto con una soga al cuello.
No lloré y esbocé una amplia sonrisa.

Cuando era pequeño, recuerdo a la señora que vivía conmigo, la llamaba abuela.
Siempre olía a eucalipto y a lavandería y su mirada era blanquecina.
Con el tiempo empezó a hablar sola y repetía lo mismo una y otra vez.
Me contó que yo era su primer hijo ,el muerto en la guerra.
Pulcra e inmóvil, la abuela se negó a seguir respirando.
En esta ocasión si que lloré, fue una bella difunta.

Cuando era pequeño, recuerdo que todos me decían que yo era muy extraño.
Que no era un buen niño cada vez que me escondía.

Hoy, de mayor, estoy capacitado para contar lo que quiera
y transformarlo en algo lindo,
y hacer de mis tripas un corazón bonito de plástico,
y guardar el verdadero corazón para los buenos momentos:
para aquel niño pequeño que continúo siendo.

Canet
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6comentarios 346 lecturas versolibre karma: 16

Salvándome

Y había lamentos
y armarios-féretro,
y subterfugios,
y gritos,
y cristales rotos
y libros amables, peligrosos,
y mesas de madera rotas,
y grandes hombres grises
en la caja tonta,
y personajes misteriosos ocultos
en las sombras,
al lado de la cama.
Aunque siempre
el silencio de la soledad
estuvo salvándome.

Canet
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La comunión

Aquella vez fue la segunda y última vez que me confesé, un día antes de hacer la comunión, perdí la fe.

La primera confesión el cura la llamó prueba y, como pude comprobar más tarde, no se diferenciaba en nada de la segunda y oficial confesión.
El día de la prueba le pregunté a Sergio qué iba a confesar.
Que había incumplido una promesa, desobedecido al profesor y que le había escupido a su hermano en la cara.
En una acción de cristiano altruismo hice mías sus infracciones.
-¿Solo eso Canet?, me interpeló el abate. He visto películas de terror y leído libros que dicen mentiras.
-Vale, dijo él -para mi asombro-. Tres salves reginas y dos padrenuestros.

Permanecí de rodillas un largo rato cavilando en mis asuntos,
simulando rezar, ya que aquello era tan sólo una prueba, un paripé.
El día de la comunión repetí en la confesión mis pecados - los de Sergio- quizá en una exposición de sadismo precoz y arrogancia.
A ver qué me ocurre, me dije. Y lo que pasó es que no pasó nada.
No se rasgó la tierra a mis pies, ni un dedo gigante me señaló desde el cielo,
ni Mefistófeles en persona se presentó para azotarme y arrastrarme hasta sus aposentos subterráneos.
Estoy seguro que Dios dejó de existir, si es que existió alguna vez, pensé.
Aquel funesto domingo hice la comunión.
No me entusiasmé, no quería beber vino ni tragarme una oblea.
Mi padre se puso corbata y mi madre estrenó vestido,
y celebramos una frugal comida a la que sólo acudieron la familia más cercana y dos amigos borrachos de mi padre.
Me regalaron un bolígrafo de segunda mano y un reloj que más tarde me robaría mi compañero de clase.
Desde aquel día he perpetrado los actos más inmorales.
Jamás me han castigado, todo lo contrario: tengo la sensación de que alguien me está recompensando día a día.

Canet
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El reloj

Mi compañero Oscar en sexto de egb me robó el reloj que me regalaron,
el único reloj que he tenido en mi vida.
La primera vez que se lo mostré descubrí la avaricia reflejada en sus ojos.
-Un reloj autentico de acero, dijo.
El suyo tenía un aspecto sucio y era de plástico. Se lo dejé en muchas ocasiones, se lo hubiese dejado toda una vida tan sólo por ver de nuevo esa avaricia brillando en sus ojos.
Pasó el curso y no me di cuenta de que me lo había quitado hasta que me lo enseño luciendo en su muñeca.
-Mi reloj es una mierda, no cierra bien, dijo.
Inmediatamente reconocí mi reloj.
Con la correa plateada y la esfera verde Esmeralda. Le encajé el remache y le ajusté bien la pulsera.
Después tan solo le dije que lo conservara bien porque era un gran reloj.
Una vez reparado se lo entregué. La avaricia de su rostro se tornó en confusión.
El reloj me lo regalaron mis padres. Jamás les conté que me lo habían quitado.
En ocasiones me da por pensar en ese capítulo y en mi reacción irracional.
En por qué no le dije a Oscar que me diera mi reloj. Nunca tuve coraje o agallas para pelear, ni con diez años ni con casi cuarenta – al menos eso creo-. Aunque me quitaran la vida, encajaría el remache, me ajustaría y guardaría silencio como hice entonces.

Canet
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El cuaderno de bitácora

Había un álamo selvático enterrado en una pendiente.
Al acariciar el ramaje copioso el suelo , se creaba lo que al niño le parecía una caverna.
Con la correspondiente frondosidad, diversas láminas metálicas , tablas y una necesidad profunda de incomunicarse de todos él transformó aquel lugar en su hábitat oculto.
Una mañana nublada la niña se unió al niño.
-¿Por qué te ocultas?-, le preguntó atrevida.
-No me oculto de nada, sólo huyo-, respondió el niño.
-Y ¿huyes muy lejos?,- persistió ella.
-Lo más lejos que pueda -respondió el niño-, a veces a las dunas del Sahara,
otras a las aguas del atlántico, otras al Amazonas con los indios, a veces a Laponia.
-¿Cómo conoces todos esos lugares si nunca saliste del barrio?-
El niño la contempló con superioridad, pero le contestó con bondad.
-Es muy fácil. No es necesario salir del barrio para llegar a ciertos lugares.
Solo debes imaginártelo y sentirlo, desearlo, hacer como que viajas y siempre se llega a algún lugar.
Mira, hasta tengo un cuaderno de bitácora.
-¿Pero de qué te sirve si tu cuerpo no se mueve?-, le cortó la niña.
-Pues me sirve de mucho -aseguró el niño-.
Me indica que océano debo navegar para llegar al Este y encontrarme con las playas de Vietnam.
Si organizas el viaje, lo haces y abordas donde te lo propongas-.
Ella quedó en silencio. Él se dio cuenta que se aproximaba a su mundo.
-Querría viajar contigo-, le dijo.
-¿Conmigo? A esos lugares se viaja sin compañía, porque todo tiene que ser desconocido-.
-Yo soy desconocida -contesto con atrevimiento la niña- y podrías valorarme como una nueva región.-
El niño no vaciló antes de contestar:
-Las regiones nuevas son para ser exploradas-.
-Por supuesto-, dijo la niña.

Canet
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4comentarios 275 lecturas relato karma: 47

No siento nada no siento

Ósculo: beso que yo ya no siento.
Eso dicen por ahí que no tengo sentimientos
los tengo pero profundo muy dentro.
Y es quizá el caos de mi vida,
mi violenta y tórrida infancia,
lo que llevo clavado en el alma y no se me borra
no se destapa, me atrapa, me ahoga.
Mi madre me dió la vida
mi padre casi me la quita,
oigo el sonido sordo de los golpes
lacerando mi cuerpo
algunas noches sueño con eso.
Y Dios, dios sólo me dio el dolor del vino
disfrazado de agua bendita.
No siento amor más allá del cariño,
no siento dolor más allá del físico.
Por no sentir a veces ni me siento,
me evado del mundo, de los muertos,
de las guerras del hambre, de la sangre.
Prefiero mi mundo donde no sentir no es pecado,
donde no se llora ni a los vivos, ni a los muertos
donde la felicidad es un momento,
y el dolor otro momento.
Donde se hacer real mi realidad
y puedo vivir mis sueños.
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Acrobacias

Siempre me gustó el circo y siempre quise trabajar en él. Me hubiese gustado ser acróbata.
Me conformaba con caminar sobre la barandilla o balancearme.
Sillas de hierro y toscas de colores descascarillados en el parque habitual.
Siempre haciendo cola para subir, haciendo tiempo revolviendo la tierra con la puntera de mis zapatillas rotas.
También me tiraba desde lo alto de la calle ancha con la bicicleta,
sin frenos, gritando con los brazos en alto como si me fuera a escuchar alguien.
Casi nunca pasaban coches, muy poca gente, y quizá algún niño jugando,
y el loco del barrio cuando regresaba del trabajo mirándome con ojos cansados.
Acrobacias eran las mañanas de sábado, de puntillas por la casa fría,
atisbando a través de las líneas de la persiana, acariciando aquellos primeros rayos con la yema de los dedos.
La mañana soleada asegurándome que podía salir a la calle con la bici
y los zapatones de minero que tanto disgustaban a mi padre porque decía que con ellos era difícil patear la pelota.
Acrobacias eran las noches de verano en casa de mi abuela,
en la habitación que daba al infinito, y en la que soñaba que un hombre intentaría colarse por la ventana para raptarme.
Que me secuestraran no me asustaba, podía ser incluso una buena noticia, lo que me aterraba era el susto, que me descubrieran en calzoncillos, con los dientes sin lavar y la mochila sin preparar.
Acrobacia fue el trapecio de mi niñez en el me enganchaba cabeza abajo, agarrado tan solo por las piernas.
Cuando llovía acostumbraba a chupetear el hierro rociado, aquel herrumbre en mi estómago, siempre en secreto, sin red, desafiando al peligro, enfrentado a la soledad.

Canet
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7comentarios 327 lecturas relato karma: 45

La abuela

Fue la primera vez que me obligaron a dormir en casa de mi abuela materna. Pasé desorientado el momento de la cena, pues no conocía a aquella señora de rostro rugoso. Sufrieron toda clase de desgracias mis prejuicios infantiles frente aquel plato desconchado en que se me vertía la carne con denso caldo.
La jaula donde defecaban los pájaros olía tan mal, que me pareció estar empapando el pan donde no debía.
Crepitaba toda la casa. Los rostros misteriosos, antediluvianos, que ocupaban las paredes hacían todavía más pertinaz aquella anaranjada soledad en que se me asfixiaba el alma. Era como si todo el mundo hubiese muerto hacía muchos años y quedáramos tan solo en él mi abuela y yo, rodeados de corrales vacíos, imágenes de santos, muñecas de porcelana en cada habitación y otro millar de extravagancias de muy heterogénea apariencia. Pero, a pesar de todo, aquella señora enjuta, enlutada por entero, decía cualquier cosa y se mofaba como una imbécil de lo que acababa de decir, mostrando sus melladuras y una muela plateada .
Aquella era su cándida manera de adorarme, de estar encantada conmigo y con todo lo que nos rodeaba, porque, si no era muy inteligente, tampoco le era necesario para ser una mujer dichosa como cualquier otra con sus plegarias bien rezadas, su ganado y sus familiares vivos.

Me arregló la última habitación, me tapó y besó en la frente y me dio las buenas noches. Al rato no recordaba donde estaba el baño y me levanté y salí al pasillo como el que espera ser atropellado por no se sabe qué oscura catástrofe.
Me di ánimos para lanzarme a través de aquella voluminosa oscuridad teñida por la luz moribunda que salía de la habitación de la abuela y, al pasar junto a su dormitorio, vi –sin ser advertido– algo que me alteró como ninguna otra visión lo había hecho aquel día.

La abuela se estaba desvistiendo colosalmente, misteriosamente, abrumadoramente.
Observé la perplejidad de la carne tartamudeando entre sombras su encanto dormido.
Aquello era una desobediencia ecuménica. No había modo de admitir aquella piel albina, piel de mujer nevada sobre la que pendían los pechos agostados de la muerte. Mi carne, procesada por la contundencia de la suya, gritó de pánico y se deshonró de deseo.
El Serafín y la Bruja, ¿Quién demonios los había desorientado así?

Cipriana, mi decrépita abuela antiestética de mostacho enmarañado, viuda de gélidas chichas ardientes,
permite que me oprima a tu belleza como no supe hacerlo aquella vez primera.

Canet
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5comentarios 332 lecturas relato karma: 61

Contratiempo

Aprendí a ser yo mismo en el carrusel de la verbena
que instalaban cada verano muy cerca del barrio.
Cuando zumbaba la sirena y se paraba, dejaba la mano de mi abuela
y volaba a elegir dónde ser yo mismo sobre uno de los aparatos del tiovivo.
Los hermosos corceles y demás animales que subían y bajaban, jamás llamaron mi atención.
El coche de la policía era extremadamente seductor, sí, pero muy disputado.
Elegía siempre una especie de camioneta ruinosa que, si no me subía yo, giraba sola,
sin ningún niño al volante.
Este fue mi primer contratiempo:
¿Por qué aquello que me gustaba no le agradaba a nadie más?

Canet
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Infancia

¿Y cómo fue tu infancia?
-me preguntan.
No existió la infancia,
sólo oscuras aves
y seres ávidos de carne,
largos domingos amarillentos,
compañeros con cuerpo de hojalata.
No hubo tal infancia,
tan sólo una larga demora.
Las hojas de los árboles
relucían de noche, como las navajas,
las tormentas mojaban el gaznate
de los sedientos.

Canet
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Infancia robada

Son sus ojos
de triste de mirada,
los de un niño
al que robaron su infancia.

Olvidada su niñez
apenas puede ya recordar;
esa luz que una vez,
iluminó sus sueños.

Sintiendo el mar entre
espumas de sal y torbellinos.
Olas bravas golpean sin piedad
sus altos muros.

Esos que levanta el miedo
para no recordar,
lo que un niño jamás,
debería soportar.

Que el camino
que torció el destino, duele.

Y duele tanto
que una inocente mirada,
despierta monstruos
y dolores escondidos.




Publicado en www.cincopalabras.com
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Cuando éramos niños (colaboración @MiguelAdame & @_Sejmet_)

El pie del niño aún no sabe que es pie,
y quiere ser mariposa o manzana.

Pablo Neruda.

Cuando era niño
solía sentarme en la tierra negra,
era húmedo su olor a hierba
que nace en su esplendor.

Cuando era niño
amaba la sombra de ese árbol,
no comprendía su grandeza,
su voz me aturdía cuando
el viento agitaba su fulgor.

Cuando era niño
dejaba pasar las horas
hasta que el sol me aturdía la razón,
no importaba en lo absoluto,
pues eran las risas el mejor remedio
para matar el aburrimiento del calor.

Cuando era niño
la montaña era mi cómplice de todos
esos sueños que mi corta memoria imaginó.

Cuando era niño
no podía contar todas las estrellas
que se reunían ante nosotros a escuchar tu voz,
ignoraba que el silencio
era más que palabras tristes con secretos.

Mi infancia se fue con el fin del fruto del huerto,
solo quedó un recuerdo a la orilla del río
que sin el agua se secó.

Cuando era niña,
solía sentarme en la tierra yerma
de un sur caliente
que, a duras penas, llora.

Cuando era niña,
me embelesaban sombreritos de bellotas,
hojas secas de algarroba,
los jazmines que la casa de mi abuela
perfumaban.

Cuando era niña ,
lanzaba espigas a la espalda
de mi padre
intentando hacer diana,
esperando su sonrisa en un giro
de cabeza,
caminando por el campo.

Cuando era niña,
contemplaba la sierra a lo lejos
y tan cerca de mi casa,
rozando casi la luna
sirviendo de escondite al sol
en decadencia.

Cuando era niña,
y, cuando no lo era tanto,
yo también erré en la suma
de los astros,
no podía concentrarme
admirando otros luceros
disfrutando del sosiego de dos bocas
en silencio.

Mi infancia no se fue
se guarece del invierno que trae la madurez
pero, a veces, aparece,
sobre todo, en primavera,
corre, salta y vocifera como loca.
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El Pepito

Y te encontré de nuevo
entre las coordenadas de mis sueños
vagando como un tonto buscando sus recuerdos
te encontré y me perdiste entre los rotos tiempos
mi pequeño Pepito, el dueño de mi infancia, mi muñeco.
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Magia y Poesía

Sé de lugares donde la luz se cuela de forma diferente, aquella casa carecía de lujos, excepto por la manera como la luz de la mañana parecía elegir iluminar sólo algunas cosas;
En las paredes se reflejaban geométricos rayos dorados de luz repletos de partículas que danzaban al ritmo de una melodía divina que nadie más podía escuchar.

Hoy con café en una mano y un poemario en la otra, viene a mi mente, como en una fotografía en sepia, el recuerdo de aquella vieja casa de la tía, repleta de historias, recuerdos guardados ordenadamente, y cuentos antes de dormir, donde el sol besando mi mejilla a través del mosquitero le daba un toque mágico a mi despertar.

Allí, donde el café se endulzaba con miel,
el universo pareció haber preparado, cuidando cada detalle con minuciosa dedicación, un gran escenario para ese momento;
El patio sembrado de algodón, las tardes que olían a caimito y a peras y las hadas que según mi imaginación habitaban el lugar, fueron testigos de la primera vez que mis ojos tropezaron con la poesía.

Sólo hasta ahora preguntándole a mi memoria, cuando surgió mi amor por los versos, se precipitan estos recuerdos y por primera vez tengo conciencia del milagro ocurrido en aquellas vacaciones.
Hoy entendí que la luz que iluminaba el lugar era la mía, que no fue casualidad que ese libro sobresaliera del estante, que desde ese día en mi alma se encendió la magia
y que la magia empieza cuando la poesía te elige.

Nunca más volví, pero la poesía se vino conmigo.
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De un tiempo azul

Era el tiempo azul
como azules eran las montañas
y tus ojos fríos
como tus manos,
como los largos veranos
y el agua de los ríos.

Era el cielo blanco
como blancas eran las camisas
de mis hermanos,
como el mediodía,
como los encalados
que mis juegos escondían.

Era la noche negra
como negros eran sus cabellos
cuajados de estrellas,
como una roca de granito,
como la luna nueva
y el miedo de un niño.


Foto: Jorge Cancela (flic.kr/p/ozZ5eM, CC BY 2.0)
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Si es preciso olvidarlas

Han pasado muchas primaveras
desde que el último invierno te dejo esas cicatrices
que el otoño no ha podido enterrar bajo las hojas secas.

Era muy pequeño para acordarme
pero esas batallas como una maldición
se repitieron con dolor muchas veces
como para poder olvidarlas,
Tal vez solo a mí
no me puedes ocultar esa historia rota.

Ahora sé que reflejas sin querer en tu mirada
esa pérdida en una infancia anunciada
que cultivaste odiando a la impaciencia
y que los años caminaron sin ti con mucha prisa.

Sin tolerar las amarguras te diste cuenta
que ese pasado te pesa tanto
que es un lastre que te sumerge
en las profundidades de la tristeza
que te habita disfrazando el dolor.

Como quisiera que mi amor te alcance
para borrar ese ayer oscuro,
como quisiera poder ser esa manta protectora
que te refugiara del rencor que te acaba.

Nunca he perdido el perdón en una ilusión
efímera y olvidada.
Porque la fe es lo último que se pierde.

Esperaré a esas primaveras venir a ti
con el verano listo en la mirada,
para si es preciso también olvidarlas.

Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
14/08/2017.
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Nota autobiográfica

Nací en una ciudad amurallada
donde el mar no se ve

ni se oye.

Abrí los ojos en una casa
flanqueada por la Catedral
el murmullo de las tabernas
y el perfume de las putas.

Aprendí a andar
entre las prisas de la heroína
las beatas y el hachís,

arrullado por el olor del aguardiente
que afinaba las gargantas de los hombres
a la hora de la siesta.

Y pude escuchar el mar,

en la garganta de mi abuelo
al susurrar una Habanera
cuando me daba por llorar.
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Escapando

Recuerdo que mi primer juguete fue un perro de peluche, el perro Juan.
Nuestro primer juego fue escondernos en el armario de mi madre
y también esperar el momento adecuado para escaparnos a la calle.
Juan y yo preparábamos el equipaje y acomodábamos dos almohadas de la cama grande como si fuesen los asientos de un vagón .
Y nos sentábamos, cada uno mirando por la ventana.
Juan no llevaba maleta, ni mochila siquiera, sólo su lanudo jersey rojo.
Yo llevaba un baúl de madera muy pesado. Quizá el mismo que mi madre utilizó en su viaje hacia Madrid.
En su interior había una chaqueta vieja, las ceras para colorear, un par de cuentos, una navaja y mi inseparable linterna.
Fugarme de casa fue uno de mis juegos preferidos.
Se trataba de una llamada para viajar.
Con la gran mudanza a los once años, y la tendencia de mi madre por deshacerse de todo,
perdí de vista a Juan, el pesado baúl y aquel armario.
Pero mantengo intactas las ganas de seguir ocultándome…
de continuar escapando.

Canet
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