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Paso a beso

Amanezco en el mismo mar de dudas donde nos ahogamos por última vez.

Gracias al cielo aún sé alzarme a él cuando mis alas se secan a la luz de un sol que brilla más de la cuenta.

Si tengo que elegir entre emprender el vuelo y salvarte a ti del naufragio, dame un beso antes de irte.
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Sin título 77

–Aparta esos libros de ahí y toma asiento.
Apuesto a que has venido para hacer tu trabajo pero seguro que tienes un rato para una cerveza y un cigarrillo.

–Jamás bebo cuando trabajo y sabrás perfectamente
que fumar es adecuado para mí sólo cuando fumáis los demás.

–Tengo crema de calabacín recién hecha,
come un poco al menos, que es
visible que estás huesuda y siempre tienes frío.

Tomó asiento al lado de los libros
y fue tragando la crema pausadamente mientras yo la
observaba extasiado.
Todo era de humo, todo era paz.
De pronto se levantó y me dijo:

–Se acabó la comida, debemos irnos.
–Mi plato lo vacié hace tiempo...
–Mucho mejor, ya no queda nada que hacer ni nada que esperar.

Y nos largamos.
Ella iba delante y yo a la zaga observando ensimismado su
espalda oscura e infinita como la soledad.
Al llegar al portal empezó a sonar su teléfono móvil:

–Una desgracia –mencionó– alguien que me esquiva.
Canet bien sabes que son los que más me gustan.
–Si es acuciante, por mí no te retrases, puedes irte y ya
nos citamos en otra ocasión para zanjar lo nuestro.
–Hasta luego Canet –su voz sonaba satisfecha–, nos vemos pronto.

La noche era más negra tras ella.

Regrese a mi casa y desde aquel día siempre tengo la mesa
preparada esperando su indudable aparición.

Canet
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Despojado

Estoy despojado de todo, sobre una fría mesa de metal.
El cuarto no está ventilado y la luz es leve.
El alicatado de la pared forma un damero ajado.
Hay unas ventanas elevadas y angostas,
finalizadas con una pincelada arqueada.
La puerta está entreabierta.
Por un vidrio partido se cuela una tenue corriente que acaricia mis costillas.
No siento frío.
El cargante olor a antiséptico no aqueja a mi olfato.
Mis ojos no se dirigen hacia fuera sino a mi recuerdo estancado.

Un goteo constante del grifo que hay detrás no me inquieta.
Afuera hay un naranjo,
pero no me agrada su fruto, que tantas veces mastiqué.
Las mesas de al lado están desocupadas.
La sábana que me esconde tiene desgarros
y emite una esencia agria y profunda, que no me llega.
Estoy a gusto.
Algo confuso,
porque por mucho que me hubiese figurado la experiencia no la esperaba de este modo.
No me percato de nada.
Disfruto de esta estancia del no retorno.
Nada me turba, nada me seduce, nada me trastorna.
Lo que queda de mi, mi nombre, carece de interés en este espacio del no ser.
Heme aquí, me digo a mí mismo,
como antes de venir al mundo.
No hay proposición determinada,
como no la hubo antes de la fecundación de mis progenitores.
Cuando los legalistas terminen de ejecutar las gestiones sobre la sustancia inactiva que queda de mí empezarán las ceremonias precisas
y, de pronto, el olvido.
Siempre me ofendió la decoración de la escena que se presentará a continuación,
y que yo no presenciaré.
Y lo que es peor, que no podré opinar.
Pero yo ya no tengo curiosidad por este tipo de representaciones.
Cuánto me he burlado sobre ellas,
cuidándome de alejar las estampas temibles.
Actuaba bien. No esperaba que este cambio me proporcionara tanto placer.
No pensé jamás que la nada fuese algo tan fascinante y tan tersa.
¿De qué sirvió que me preocupara simulando el desprecio del cambio?
Me encuentro bien, muy bien.
Y mis manos caen a lo largo de mis piernas laxas,
en la idéntica postura que cuando dormía.
Me impresionaría mucho si advirtiera que ya no conservan el fuego que siempre las caracterizó.
Ahora ya no sé dónde comienza esa dilatada mesa sobre la que estoy tumbado
ni dónde acaba mi piel.

Canet
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Radio Cadáver (Sonetilloide)

Radio Cadáver informa:
vivimos retransmitiendo
las noticias a deshora
pasado ya el tiempo muerto.

Sintonice esta cadena
(no es en vivo, sí en directo),
aproveche mientras pueda
-mientras pueda estar despierto-.

Marcha fúnebre en antena,
ciento seis-difunto-nueve,
fuegos fatuos en el aire,
en su casa, en carretera;
preste atención, radioyente:
al habla Radio Cadáver.
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Apocalipsis

Mis hijos y los tuyos y los suyos
ya no lloran,
partieron esta noche
a lomos de un caballo negro

Un gran alazán zaino,
herrado de acero,
se los llevó desnuditos y en silencio.

Sólo su relincho ahogado y austero
rompía a la luz del alba
una noche de suspiros y lamentos.

En esa hora maldita,
levanté mis ojos al cielo
otros tres jinetes seguían al primero.

El uno era de sangre
el otro era de fuego,
de hueso era el tercero.

Corrían como viento por el cielo
llenando su camino de gritos y tormentos,
¿lo soñaba o era cierto?

25 de Mayo, Etiopía,
todo está en sigilo, ya no gritan
ni los buitres, ni los cuervos.
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4comentarios 182 lecturas versolibre karma: 33

Querida Muerte

Y de repente cobró vida la muerte,
vestía de Moschino,
con un vestido de noche rojo vino.
Un par de piernas sin final,
sacadas del torno del infierno,
adornaban sus caderas.
Hacían una curva espeluznante
acabando en cintura de avispa, alucinante.
Que bella la muerte, que bella criatura.
Sus labios anchos y carnosos,
de malva pintados,
ni el mismo Leonardo los hubiese imaginado.
Los ojos negros tan profundos,
tan extraños, negros azulados.
La turgencia de sus pechos,
la finura de sus manos,
parecían las de la Piedad
sujetando a Cristo resucitado.
El pelo largo y negro zaino.
Yo con ella sin dudarlo me habría ido.
Soy el novio de la muerte,
pero solo la veo en sueños.
Por eso quiero morir,
no quiero vivir, no quiero.
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2comentarios 189 lecturas versolibre karma: 26

La amapola

Floreció en un campo de trigo maduro, una solitaria amapola roja, inocultable en la inmensidad amarilla, en la que por obra del azar había germinado días antes. Se dejaba llevar por la calidez de la brisa veraniega que mecía su endeble tallo al compás de aquel clónico grupo en el que se había infiltrado sin querer, y por momentos se sentía uno de ellos, feliz en la ignorancia de su auténtica naturaleza. Sonreían sus estambres negros al sentir el roce casual del trigo, silenciosamente envidioso éste, de su colorido único entre aquella homogénea y aburrida multitud.
¿De dónde habría salido, y porque sonreía constantemente?
¿No era acaso consciente del irremediable destino que les deparaba a todos aquella misma tarde?
De cuando en cuando un visitante esporádico irrumpía en sus cavilaciones y vaivenes: era un ser bellamente distinto, irrepetible y que la dejó fascinada, ya que en su breve historia sólo había conocido al trigo, a la brisa y al sol. Era una espléndida mariposa azul.
Su colorido era indescriptible y se paseaba orgullosa
sobrevolando el prado, con la superioridad que le daba la independencia del suelo y lo imprevisible de sus vivos movimientos, formando todo ello una interesante amalgama de atributos que dejaron a la flor doblegada ante su presencia. No pudo más que rendirse y entreabrió sus rojos pétalos, entregada a su suerte para que libara su néctar dulce, para que la acariciara en aquellas zonas ocultas que apenas el viento había traspasado algún día.
Se sintió morir por el intenso placer provocado por las palpitantes y suaves acometidas de su visitante, que la acariciaba con sus alas y al que sintió posarse y aferrarse en el borde de su húmedo cáliz, rebosante de la miel con la que el insecto saciaba su voraz apetito. Y lo hizo hasta dejarla exhausta… y luego retomó el vuelo con un empujón de la brisa y se fundió con el sol, a lo lejos.
La amapola tardó largo tiempo en recuperar de nuevo su pose erguida. Se sentía avergonzada en la medida en que iba tomando conciencia de que el trigo, seco por la envidia, se había dado cuenta de lo sucedido y de que la odiaba al verse incapaz de despertar en aquel increíble ser un instinto semejante. Sin embargo, la flor lejos de arrepentirse era feliz.
Buscó a su azul amante con la mirada en el horizonte y por un momento creyó divisarlo a lo lejos, posada sobre una radiante margarita a la que también brindaba generosamente el placer de sus artes.

¡Ya viene, ya está aquí..! Escuchó murmurar al trigo en un susurro tristemente resignado.
Y sucumbieron ambos, el trigo y la amapola, bajo las afiladas cuchillas de la siega.
En su lecho de muerte, la vivacidad de sus rojos pétalos se fue apagando, y pudo percibir un latido también cesante en su interior…Se sintió extrañamente afortunada en su agonía y sus estambres negros sonrieron por última vez.

Canet
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La muerte no tiene palabra

La muerte no tiene palabra.
Se pasea burlona sobre el acantilado que es tu vida.
Te ve fijamente a los ojos como queriendo enfocar una a una tus desgracias y pobres desventuras.
Si sigues así, no lograras engañar el reloj de arena que marcará tu destino.

Cara o cruz es el volado de tus esperanzas.
Blanco o negro el color de tus tempestades.

La muerte conoce todos los detalles de tus pesares, casi al igual como tu conoces mis propios dolores y sufrimiento.

La muerte te toma de la mano y calcula el pulso de tus tragedias.

Fría e inerte es la sumatoria de tus verdades.
Oscura y opaca es la gloria de tus sueños rotos.

La muerte te seduce porque en sus brazos te quiere.
Sabe muy bien apaciguar cada una de tus tempestades.
Y va planificandoperfectamente todos los tiempos que aún debes.

La muerte no tiene palabra.
Te ofrece la paz en un sepulcro húmedo y vacío de caricias.
En donde el silencio es tu premio supremo.

Al polvo te llevará cuando te atrape de pronto.
Y en el sueño eterno de los justos desearás poder escribir tu nombre.

Pero no depende de ti burlar su fuerte espada.
Porque ella te quiere cuando menos la llamas.

La muerte no tiene palabra.


Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
26/01/2015.
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Lo último que muere es la esperanza

Más allá de la libertad y del deseo de querer conquistar al mundo.
Se encuentra la bendita esperanza.
Es ese deseo inaudito de esperar con paz que la oscuridad desaparezca.

La esperanza está agazapada.
Esperando cautiva que llegue la calma.
Lucha seguro por ella, nunca te defraudará en lo absoluto.
Porque tuya es la pelea por la vida.
Nunca renuncies y arrojes tu espada.
Porque a pesar de que muchas veces solo tropiezas y caes, las cosas que suceden pueden cambiar en un solo segundo.

Es muy cierto que no caerán manzanas del cielo.
Y que nunca de la noche a la mañana todos nuestros enemigos se evaporarán por arte de magia.
Pero si a diario pones fe en lo que crees y luchas fuerte para lograrlo.
Ganarás el éxito que es más que solo transcender brillando.
Dejarás historia, esa que nunca se olvida.
Porque lo último que muere es la esperanza.


Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
10/01/2017.
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Vidas Paralelas

De segmentos paralelos
nuestros caminos están hechos.
No nos cruzaremos en el cielo,
porque yo amada mía, iré al infierno.
En la misma morada, moraremos,
pero tu como agua y yo como fuego,
yo como lamento y tu como silencio,
tu como la vida, yo como lo muerto.

Y al final en esa agonía eterna,
tu vivirás en un instante infinito,
alegría, felicidad, amor y paz.
Yo viviré, tristeza, dolor y soledad.

Por eso de mis ojos caen lágrimas
mi boca tiene sed, sordos mis oídos,
mi corazón se apaga y sangra,
sangra hasta mi alma.
¿Que me has hecho cielo mio?
Contigo, todito, todo, lo he perdio.
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Mi último aplauso

Un incesante torrente de libélulas
escarchadas se mece
en todas direcciones,
como el embate de las olas;
la tarde de variadas tonalidades
emerge de las sombras
como promiscuos matices
que componen el espectro
de los colores más hermosos.

Navegan alrededor del viento;
la bruma y un azul intenso,
pincelando el cielo antibélico
figurando los aromas del Sinaí,
la frescura del Cairo
y los seis días vividos por Israel.

El silencio se refleja en lo desconocido…
¿Qué traerá el mañana en su tupido vientre;
ensalzamiento o podredumbre?
Desorientada y confusa
vago en tus recuerdos, en lo cotidiano
que eran tus besos y en el fondo coral
de tus negros ojos.
El cuadro denso y crudo
muestra tu cuerpo en el fango de la muerte,
entonces siento
aversión y culpabilidad por la vida urgente,
puedo experimentar cansancio
pero en ningún momento expreso angustia,
enmudezco y también muero contigo.

Ya no iluminaras mi altar, simplemente,
subsistiré en las vicisitudes que he de enfrentar
buscándote en los ojos de la multitud.
Mis ansias me hacen olvidar
tu virtuosa sonrisa y
la luz inmaculada de tu dulce mirada.

Todo desapareció en una exhalación
y el sereno brillo de tu ausencia
ilumina una franja en mis tinieblas.
Hoy soy víctima de un amargo final;
construir de nuevo la vida sin tus cimientos,
es una ingrata pena...
"Rehacer mi existencia cotidiana
será como volver a nacer".

¡Bajo el telón!
Mi último aplauso,
antes de ver partir
lo que resta de ti.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Viví muerto en vida

No sé qué me conviene,
si vivir muerto,
si morir en vida.

No sé quién me entiende.
Si esta vida es un sueño,
soñaré con el alma partida.

Yo sé que tú recuerdo me entretiene.
En mi mente es invierno
y en mi corazón una primavera fría.

Solo tu recuerdo me sostiene,
ya solo reflejo en mi cuaderno
lo que veo en mi mirada perdida.

Busco la salida
a cada problema.
Cada poema
refleja mi vida.

Estoy entre sollozos,
Entre bambalinas.
Viviendo en ruinas
Junto mil corazones rotos.

Entre mil calaveras,
Herido,
Perdido.
Tirado en las aceras.
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Sin título (el último)

Ni se os ocurra colocar coronas florales encima,
solo aire libre,
aire puro de montaña.
Quizá la claridad del aire alivie al desocupado
que ya no dormita aquí y sin embargo reposa
ataviado con ese ropaje que en pocas semanas
tan solo será una cruda desnudez,
simple animal deshuesado galopando dirección a ninguna parte,
y lo más importante,
nada de lágrimas
-¿qué ganáis llorando?

Canet
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Frío

Frío, frio que apelmaza
huesos que se lastran,
mendigos que mueren
al caer el alba.
Frío, frío que no siente
la de la guadaña
viene a visitarlos
todas las mañanas.
Frío, frío el que recorre
mi cuerpo al pensarlo,
lo cuento en mis letras
pero nada hago.
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sin comentarios 99 lecturas versoclasico karma: 48

La Calavera

A diferencia de muchos, la idea de mi propia muerte no me atemoriza en lo absoluto. Al contrario, lo que siento es una devota fascinación por su símbolo más emblemático: las calaveras. Todo comenzó cuando yo tenía ocho años y, en compañía de mi maestra y un grupo grande de niños integrantes de varios cursos de la escuela, viajé al Museo de Antropología ubicado en el estado más próximo a la ciudad como parte de un paseo escolar; una de las pocas vivencias infantiles que guardo en lo más profundo de mi memoria.

Fue allí cuando, en medio de todas las cosas que se exponían ese día en el lugar, mi naturaleza curiosa me llevó hasta una sala en la cual se exhibían diferentes reliquias pertenecientes a los ritos funerarios de las primeras tribus indígenas que poblaron la región. Según las explicaciones repartidas en grandes rótulos negros con letras blancas por las distintas paredes del inmenso salón, estas tribus acostumbran a depositar los cuerpos de sus muertos en sendas vasijas de barro en lugar de enterrarlos, por lo cual en medio de la sala se ubicaban seis de éstas, todas enormes, con sus respectivos difuntos milenarios dentro, ornamentados y coronados con guirnaldas de flores resecas por el tiempo pero extrañamente conservadas.

Recuerdo asomar mi cabeza inspeccionando el contenido de las vasijas, una por una, observando sin mucho entusiasmo los restos colocados en el interior, para luego alzar la mirada y, al voltear a mi derecha, toparme de súbito con un vetusto y ocre cráneo humano. Esa cosa sí que me asombró. Nada que ver con los dibujos que ilustraban la canción de Los esqueletos en el libro de clases: ¡estaba frente a una calavera de verdad! Quedé obnubilada por un breve instante ante aquel descubrimiento –«¡ay, un cráneo de verdad, una cabeza de un muerto!» no dejaba de repetirme para mis adentros– tan extraño. Ni siquiera los huesudos de las vasijas, con sus coronillas agrietadas y curtidas por siglos de tierra, me impresionaron tanto como esa sola visión. Aquel cráneo a un palmo de mis narices, con la vitrina en medio como única separación pero tan cerca que se producía un horrible efecto visual que mostraba mis propios ojos reflejados por el cristal dentro de sus orbitas vacías y oscuras, como si me mirase. Aún así yo no sentía nada de miedo. Más bien me entraron unas ganas imperiosas de tocarlo, de tenerlo entre mis manos (como el hombrecito barbón que sostiene uno en la portada del Hamlet para niños de la biblioteca) para poder mirarlo con más detalle. En ese instante me asalto una idea; un pensamiento que hasta hoy llevo en la mente tan claro como si todo fuese sucedido ayer: «Entonces, ¿es qué así somos todos por dentro, verdad? Llevamos una calavera igual a todas partes, en todo momento, siempre sobre los hombros, sólo que escondida entre el pelo y la piel. Y si esta es la muerte, ¿quiere decir que llevamos la muerte encima?» Eso era lo que exactamente pensaba mientras miraba el cráneo en la vitrina e instintivamente me llevaba las manos a la cara y las colocaba en forma de estrella sobre mi rostro, tanteándome la cara con los dedos.

Pronto me sacó la maestra de mis ensueños, asiéndome de un brazo para llevarme junto a mis compañeros de clase, visiblemente molesta pues había estado buscándome por toda el área y ya era hora de que me uniera al grupo para seguir con el recorrido. Mientras continuaba la visita, no me concentré en otra cosa que no fuera el gran alivio que sentía luego de la revelación que tuve en mi anterior encuentro con la calavera: todo el tiempo los adultos relacionando cráneos con el peligro y la muerte, y resulta que todos llevamos uno día con día sobre nosotros. «Su forma es extraña, da miedo, pero si es así no debe ser tan malo», pensaba yo en el trayecto hacia la próxima exposición.

Después de ese primer encuentro tan particular, tan revelador, le tome un gusto inusitado a todo lo que tiene que ver con calaveras, además de haber perdido prematuramente ese miedo a la muerte que tanto acosa a los mortales. Con el paso de los años comprendo mejor lo que aquel secreto instante de mi vida entre la antigua calavera y yo significaba: la muerte es parte de cada persona en la tierra y no la abandona ni por un instante. Desde entonces, siempre que me miro al espejo y contemplo mi rostro, no me olvido nunca de la calavera que se oculta detrás.
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Tengo ganas al miedo

Tengo miedo a no sentir, y a sentir demasiado,
a saber de más y a no saber nada,
al qué dirán y a que no digan nada,
a ser yo misma y a esconderme,
a que no me quieran y a que me amen,
a no decir y a decir demasiado,
a que el tiempo vuele y a que vaya demasiado lento,
a dormir para siempre y a quedarme despierta,
a soñar y a que sea todo real,
a dejarme llevar y a ser guía de alguien,
a creer en ti y a que creas en mí,
a defraudar y a que confíen demasiado,
a triunfar y a fracasar,
a reír hasta que duela y a llorar hasta que se calme el dolor,
a vivir y también a la muerte.

Cuánto temor camuflado,
qué sinsentido más grande tener miedo
al miedo de no tenerlo,
pero sufrir también si tienes demasiado.

Qué estúpido tener miedo a las ganas y ganas al miedo.

Tengo ganas de sentir el miedo
que se siente al sentir demasiado,
al no sentir nada, al saber de más,
al no saber nada,cuando no me quieran,
cuando me amen, al ser yo, al esconderme,
al callarme, y al gritar lo primero que piense,
al que el tiempo se detenga, al que sea muy rápido,
al dormir, al despertar, al triunfar, al fracasar, al defraudar,
al que me defrauden, al reír,
al que se me acaben las lágrimas...

Tengo ganas de vivir y a veces, incluso, de sentir la muerte.
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Ya ha llovido

Ya ha llovido.
Y sigue doliendo tu árida ausencia.
Y se quedaron los pájaros cantando.
Y en nuestro hogar una urraca graznando.

Ya ha llovido.
Y la normalidad pide paciencia.
Y llegará. Quizás ya haya llegado.
Pero nos quiebran rayos desolados.

Ya ha llovido.
Pero no con suficiente frecuencia.
Y cada triunfo te trae a mi mente.
Y en ningún fracaso te tengo ausente.

Ya ha llovido.
Y cada alma guarda algo de tu esencia.
Pero sería mucho mejor verte.
Y que hicieras mil burlas a la muerte.

Ya ha llovido.
Pero el recuerdo atiza con violencia.
Pero apareces cada anochecer.
Pero aún queda mucho por llover.
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Límite

Cuán difícil trazar el límite y
qué infinita línea del horizonte,
entre el océano y el cielo.

Insoportable tortura y sufrimiento,
si no cede la dolencia del liviano dolor.
Tormento, la persistencia en la aflicción.

Sin consciencia, ni vida con sentido,
cuando todo se ha perdido,
amor y desamor se parten en dos.

Las arrugas aparecen sin presentarse.
El crono ya se esfumó
contemplando las saetas del reloj.

La noche llega a ser tal
si la tarde decide abandonar al día
que todavía le sustenta.

Y el deseo mantiene la ilusión,
y aguanta al microsegundo justo
que le regala una esperanza.

Límite, eterno envolvente.
Vaporoso, velo transparente,
que decide sutil entre vida y muerte.
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Cementerio General del Sur

El cementerio es la diaria cita
de los muertos en vida
con los vivos en la muerte.
O tal vez sea
un sitio para el reposo de las almas
de los que mueren
y el comienzo de las memorias
de los que siguen viviendo…

Sepultura de corazones
de difuntos y dolientes,
poblados en los que entramos a despedir un pariente
y salimos despidiéndonos
de aquello que un día fuimos.

La única certeza al pisar un camposanto
es que lo abandonamos siendo completamente distintos.
Entre el dolor y el llanto
ya no seremos los mismos.


Heclist Blanco
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Partieron inéditos de nuestras vidas

El invierno a llegado a mi vida.
Poco a poco he dado paso al frío que cala en los huesos.
No he podido detener las tempestades.
Porque el tiempo es imperdonable y solo sigue avanzando indolente y testarudo.

No le importa el ayer cuando el corazón brincaba jubiloso en las praderas.
Tampoco le importan mis ojos que retaban al peligro sin medir sus consecuencias.

Ahora solo observo quito al cúmulo de experiencias que se mueven en el vaivén de la indiferencia.

Sobre un pasado que se escurre como el agua de las manos así he solapado la injerencia en mi vida de un montón de gente necia.

Ahora la noche esta cerca de mi vida.
La muerte ronda escondida.
Es su aroma a ocre se pasea ofendida.

No es a mí a quien lleva en sus finos carruajes.
No le teme a la ironía de la parodia.
Nunca le incomoda el presente que se acorta con el transcurrir de los obvios sucesos.

El invierno a llegado a mi vida.
Poco a poco a dado paso al frío que solo cala en los huesos.
No he podido detener las tempestades.
La caricia fría me mantiene despierto ante una realidad que me marchita.

Se fueron.
Seres queridos que partieron inéditos de nuestras vidas.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
26/11/2014.
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