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Pecado

Vida mía,
siempre han dicho que tú
traes al amor buscando guerra
porque no se han molestado en ver
que el amor lo quiere todo contigo
—hasta lo que parece que está mal—
porque siempre le incitas a pecar.
Pese a que tardas de a tres otoños en llegar
y luego pasas con la fugacidad de las estrellas,
siempre que quiero darme cuenta,
ya es otra vez en la que estás
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Madrid

Madrid. Esa bella ciudad con vistas a ti. A veces con "z" de dormida y otras con "d" de desesperación. Con vagones pintados con tu sangre y vías hechas con mis venas.
Parejas de extraños que deambulan por las calles de noche, de bar en bar y dando tumbos esperando a que todo se pare. "Para" dijo alguien sin nombre alguna vez.
Las luces dejaron de brillar y tus ojos se cerraron para siempre.
Quise reanimarte. Pero el títere de la esquina me hipnotizó con su belleza y su destreza para meterme en su jaula. "Mira que bala más bonita, sería una pena que alguien la disparara y se perdiese entre tu espalda" dijo una vez un escéptico noctámbulo. "Yo la rescataré, entre miles de agujeros más que parecieron sonrisa".
Poca suerte necesitas para eso. No me esperes, llegaré tarde.
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2comentarios 287 lecturas prosapoetica karma: 26

Cadenas

''Tu lengua es una exploradora que rompe las prisiones de mi cabeza''
Diane di Prima

Tu boca es extraña, diferente. Sabe a magia mezclada con tabaco, a palabras que se escapan como el humo, a te quieros que se quedan esperando en tus pulmones. Tu boca es capaz de acabar con el hambre en mi cuerpo.

Tus ojos son cálidos, me acogen más que tus piernas. Miradas que no dicen nada, porque está todo dicho. Tus ojos a veces queman más que el hielo. Es entonces cuando no me atrevo con ellos.

Tus pechos son dos colinas que buscan ser conquistadas. Encuentro un canal de paso entre ellos a través de mis labios.

Tus caderas no acaban nunca cuando las desafío. Eterna batalla, siempre dispuestas a luchar por ellas. Tus caderas son libres, son indomables.

Tu coño es un altar creado por los dioses, que, como los de Benedetti, son una mujer. Tu coño no necesita llave, porque rompe cualquier cadena. Tu coño es capaz de romperme en mil pedazos.

Tu lengua rompe las prisiones de mi cabeza, consigue que durante unos instantes vuele sin miedo a quemar mis alas por acercarme demasiado al Sol. Tu lengua es capaz de eso y mucho más, de encerrarme con dos palabras y liberarme en cualquier momento. Tu lengua es el arma más poderosa que conozco, pero yo no me rindo ante ella.

Tu lengua, a veces, consigue hacerme libre.
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1comentarios 398 lecturas prosapoetica karma: 7

Nunca tuve miedo

Nunca tuve miedo de mirar al lado y no ver a nadie;
nunca tuve miedo porque me bastaba con mirar al frente y ver el sol.
Nunca tuve miedo de caminar con los ojos cerrados;
nunca tuve miedo porque no había obstáculos que me hicieran tropezar.
Nunca tuve miedo de escuchar ruido en mis oídos;
nunca tuve miedo porque aquel ruido solo era envidia en bocas vacías.
Nunca tuve miedo de saltar al vacío;
nunca tuve miedo porque ya había tocado fondo.
Nunca tuve miedos, a excepción de uno:
tuve miedo a enamorarme, pero logré superar ese miedo.
Y ahora que la amo, tengo miedo a perderla.
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Enero, 1986

No me considero una persona nostálgica aunque a veces no lo parezca.
Si descuido algo y lo pierdo me resigno y le deseo una vida triunfal y feliz.
Tan sólo siento autentico cariño por un par de cosas: mi colección de cine y mis libros.

Enero, 1986.
Comienza el año y me pongo un poco insoportable
(tal vez por mi propensión a vivir en otros mundos):
Quiero un libro nuevo. Mi madre sale de la cocina y me pide que me vista.
Ella hace lo propio.
Tacones de madre,
falda de madre,
bolso de madre y un poco perfume hechizador antes de salir.
Mi madre joven y ligera corriendo escaleras abajo para que no se nos escape el tren.
La alegría.

Librería casa del libro, la Gran Vía.
Después de una meticulosa búsqueda coloco tres ejemplares sobre el mostrador que queda justamente a la altura de mis dos ojos. Mi madre me dice en su idioma que escoja bien porque no sabe cuándo será la próxima vez que volvamos.
Aparto dos y selecciono uno alargado y de generoso grosor,
por atrayente y porque tiene las tapas duras .
Le costó 135 pesetas, según veo escrito en la primera página.

Supongo que después iríamos a merendar a la menorquina, pero la verdad, no lo recuerdo.
Mi libro y yo.

Lo colocaba siempre cerca de mí, incluso en el baño estaba a mi lado.
Aunque todo termina y un día el hastío me obligó a dibujarle varios brazos entre las páginas 38 a la 73.
Un brazo que, si pasabas las páginas muy rápido,
te decía adiós.

Canet.
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Volver (a ti).

¿Has oído eso de que siempre volvemos a lo que nos hizo felices?
Será esa la razón por la que siempre intenté volver a ti, a pesar de todas las interferencias.
O de que todo el mundo veía que la vida me estaba gritando en la cara una y otra vez que esto no iba a ninguna parte.
Mientras yo me estaba haciendo la sorda aún cuando la miraba a los ojos.
Y ambas sabíamos que nos dolía.
Porque nunca he querido entender que hay cosas que directamente no están destinadas a ser.
Que hay estrellas fugaces que tienen que apagarse antes de dejarte pedir el deseo.
Que los dientes de león los sopla el viento si no los soplas antes tú.
Y que hay veces en las que las monedas no se reducen sólo a cara o cruz.
Pero la vida,
aquella tan guapa y tan zorra
dispuesta a pisotearte con los zapatos más bonitos que tenga,
quiere ver cómo aprendes a saber llevarlo.
Cómo te das cuenta de que estás intentando romper con la cabeza aquella piedra con la que hace ya tanto te tropezaste.
Cómo dejas ir todo aquello que no puede ni debe ser.
Aunque la herida aún duela y aún lo estés echando de menos.
Porque un día te hizo feliz y eso parece suficiente para justificar el hecho de que te quieras estar estrellando continuamente.
No creo sorprenderte si te digo que no lo es.
Realmente estoy segura de algo:
la hostia que te da la realidad nunca sabe bonito, pero al fin y al cabo te pone en orden.
Y es que ya dijo Dani una vez que lo bonito dura un rato y se vuelve a ir.
Aunque aquí siempre queda esa parte de mí,
que no deja de querer
volver a ti.

(Ojalá algún día te deje).
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Anoche soñé que me hablabas

Anoche soñé que me hablabas.

Decías que querías verme, y yo respondí a malas.

Te juro que no me fijé en el nombre, últimamente hay muchos bucaneros que quieren asaltarme y nunca me habría imaginado que tú me escribirías.

En cuanto me di cuenta intenté remediarlo, sé que tengo que apechugar con mis errores, con mis impulsos y actos.

Y no siempre sale bien.

Pero supongo que al ser un sueño la suerte estaba de mi lado.

Y te vi, ahí, con esa sonrisa y esas ganas de vivir, con esa bandera pirata que no sueltas nunca, como querría que no me soltaras a mí.

Luego me desperté y lo único que supe hacer fue ponerme a redactar esto, ya que no puedo dibujarlo sobre tu piel.

Eres pura inspiración, que me atrapa hasta en sueños y, posteriormente, no me deja volver a dormir.

Ahora solo espero ese mensaje en cualquier momento en el que un pellizco duela, pero no llegará.

Sé que no llegará.

Esto es una carta al vacío, nunca la recibirás, y si la escuchas no sabrás que va por ti, por ese que hay debajo del sombrero, que tiene nombre de ciudad y, aunque no lo sea, con sus palabras encendería cualquiera.

Podría recordar todos los labios que he besado, todos los cuerpos que he visitado, pero no serviría de nada, ninguno fue como el tuyo, ninguno me conquistó tan bien.

Tu vida está hecha, y siendo una estocada directa a mi incandescente corazón, sé que jamás estaré en ella.

Jamás podré pasear contigo, ir a un bar a tomar una cerveza o un café en tu compañía.

Jamás podré besar esos labios de nuevo, ni acariciar tu cuerpo mientras te abrazo.

Jamás podré ver una película a tu lado en un domingo aburrido convirtiéndolo en inolvidable y, cuando menos, divertido.

Jamás perdonarás que la cagué.

Jamás me verás de otra forma, y duele.

Duele mucho, pero mi alivio es que siempre podré escucharte pese a que tus palabras no vayan dirigidas a mí.

Así que viviré con ello, seguiré admirándote en silencio.
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Esta vez
se han chocado catastróficamente tu futuro y mi pasado,
han hecho que salten chispas para ocasionar un incendio que arrase con todo.

Para apagarlo han llovido pétalos
de lo que una vez fueron rosas,
manchados con la sangre que le regalé a todo el que me la pidió. Y dolió.
Pero se apagó, como todo lo que nace.

Me he visto mala cara y he salido a bailar con la pena para entretener a la alegría.
Luego me ha regalado un poema escrito con todas las palabras que algún día quise decir. Y me atraganté.

De camino a alguna parte creo que me han olvidado en algún rincón.
Como quien olvida detener al amor de su vida cuando se está subiendo a ese avión. A propósito.

Me he hecho con el amor de la poesía y la he hecho la red que me atrapa.
Para ver a la más guapa de mis musas cortarme la red y las alas, esperando a ver qué tal me sentaba la hostia.

He tenido que regalarme una fuerza que parecía no haber en ninguna parte, para poder aprender a lamerme yo sola las heridas.
Sin esperar a que lo haga nadie más.

No he podido evitar barrer bajo la alfombra todos los recuerdos de alguien que ya no está.
Para saber dónde encontrarlos por si los llego a necesitar.

Me he obligado a perder trenes, para evitar que me lleven a un sitio del que con esfuerzo logré escapar.
Aunque dentro estuviese el amor de mi vida gritándome que lo mejor era volver.

He dado mil medias vueltas al mundo para que me devolviesen las piezas que me faltan en el puzzle.
Y ha valido la pena tanto tiempo y tanto espacio.

Esta vez han pasado por mi cuerpo los fantasmas de unas cien primeras veces, y otras cuantas que no eran más que últimas.

Pero esta vez he aprendido que solo quedan unas cuantas veces más.
Que lo mejor que puedes hacer, es ser consciente de que esta es ahora.

(Y bailar, siempre bailar.)
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Y te solté

Y te solté.
Te solté dejando atrás un rastro de puntos suspensivos donde ya no cabían más signos de puntuación.
Las páginas quedaron repletas de borrones y cuentas nuevas que nunca supieron de innovación.
Cada coma era un estirón más de ese cinturón que me apretaba el cuello, quitándome el oxígeno que me permitía pensar.
Los puntos y aparte ya casi podían darse la mano de lo cortas que se estaban haciendo las historias.
Nos estancamos en un bucle eterno de palabras que necesitaban un punto y final, pero claro, siempre nos han aterrado los puntos finales.
Y cuando ya no quedaba más inspiración para continuar, te solté.
Sí, te dejé ir con la esperanza de escribir una nueva obra llena de aventuras no tan trágicas, de desechar estos lápices de colores tan oscuros que deprimirían a cualquiera, y de que mis titubeantes trazados sean libres de una vez por todas.
Y te solté, y lo volvería a hacer una y otra vez, he descubierto que soy más feliz sin ti y que, seguramente, tú también lo serás.
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Querido 2017, tienes suerte

2017, aquí estás, has llegado de repente, como si nada, en un abrir y cerrar de ojos. Tienes suerte. A diferencia de tu predecesor (que llegó con un sentimiento de “este año va a ser un mal año” y lo cumplió en muchos aspectos) tú llegas cargado de ganas, de “este año pienso comerme el mundo” y creéme que no me importa si por ello cojo unos kilos porque pienso estar tan ocupada en mis ideas que no voy a tener tiempo ni de mirarme al espejo.

Quiero, necesito y pretendo sentir mucho y muy fuerte y no voy a esperar a que me des felicidad, pongas a gente imprescindible en mi camino o cumplas mis sueños; pienso ir a por ellos y perseguirlos hasta que se cumplan yo misma.
Ese “Yo misma” que muchas veces no me atrevo a mostrar porque aún no he sido capaz de conocerlo al 100% y sigo aprendiendo cosas de mi que me sorprenden a la vez que me acojonan todos los días.

Este año sólo tengo un propósito y, aunque parezca pequeño, abarca muchas cosas: VIVIR, en mayúsculas, negrita y subrayado para que no se me olvide. Aunque que parezca una tontería obvia, muchas veces nos limitamos a contar los días y no a hacer que los días cuenten.

Quiero que en estos 365 días no me falten las ganas, que ningún traspiés ocupe mis pensamientos más de lo que se merece, que ese yo que no llego a conocer empiece a volar, quiero muchos momentos de esos que no se olvidan y que se graban en la retina en forma de lágrimas de emoción y bocas abiertas, quiero sentir vértigo por estar muy alto, quiero planes improvisados, quiero llevarme al límite, quiero respirar bien hondo para coger impulso y no parar de correr hasta que se acabe el tiempo.

También quiero deshacerme de una cosa (si alguien lo quiere se lo regalo) que aunque a veces crea no tenerlo se que en el fondo está presente día tras día (y se que no soy la única que lo tiene): el miedo. Miedo a las consecuencias de hacer (o no hacer) algo, a no estar a la altura, a probar cosas nuevas, a arriesgarlo todo por una locura, al qué dirán, a querer (y a dejarme querer), a que alguien llegue a conocerme aunque sólo sea un poco, a pedir perdón, a tragarme el orgullo, a “ser blanda”, a ser.

De todos mis miedos, sólo quiero conservar uno (y espero tenerlo conmigo toda la vida): el miedo a que se acabe el tiempo con alguien y no haberle dicho todo lo que me hubiera gustado o no haberle regalado el tiempo que se merecía (bueno, también simplemente el miedo a que se acabe el tiempo con alguien importante).

Así que ya sabes, 2017, prepárate porque vengo con las pilas cargadas y dispuesta a darle un giro a mi vida.

Querida yo dentro de un año: espero que ese yo misma que tanto te acojonaba hace un año sea hoy inseparable de ti, que no hayas perdido a nadie importante (físicamente o por alguna tontería) y si lo has hecho ya estás levantando el teléfono, espero que cumplas (al menos) alguno de los sueños que tenías, que te hayas subido a muchos trenes sin saber muy bien a dónde te llevaban y que te haya encantado el destino, que hayas bailado, besado, sentido, viajado y querido mucho, y que hayas perdido miedos y ganado tatuajes en tus pupilas.
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Constelaciones en tu espalda

Quiero despertarme y acariciar tu espalda. Perderme en sus límites, poder dibujar carreteras con mis dedos en tu cuerpo libre de fronteras. Quiero que sea domingo y que no huela a café, porque la noche ha sido tan larga que se nos haya acabado. Quiero cerrar mis ojos cuando el Sol entra por la ventana, y tu abrazo desnudo se acompasa al mío.

Domingos astrománticos por todas partes, sueños de papel que vuelan con la brisa del aire que producen tus carcajadas. Días de esos que se dicen perfectos, pero que uno no lo sabe hasta que de pronto una tarde los echa de menos.

Sueño con situaciones imposibles, a las que no me atrevo a hacer frente por miedo.

Instantes perdidos en la maraña que teje mi mente, caricias que rompen cuerpos en lugar de acercarlos. Piel erizada por la culpa de no ser culpable. Dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver. Yo acaricio y no siento. No sé si existe refrán para ello, o si soy el único maldito que lo padece.

Quiero despertarme y que no me importe que día sea. Ponerte una cara sonriente en la tostada, decirte cuatro tonterías y hacer un fuerte en la cama. Que solo exista una bandera, y sean tus bragas izadas. Rendirme ante ti y esperar que me impongas un beso de castigo, y un abrazo de perdón.

Sueño mientras escribo imaginando un cuerpo de arena que se me escapa entre los dedos, y que antes de darme cuenta, ya ha terminado su caída y se ha dado la vuelta. Demasiado tarde para este viajante onírico.

Y yo cobarde, sólo quiero eso.

Ser barro en tus manos,
Pan en tu boca,
Y hambre en tu cuerpo.
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