Verso clásico Verso libre Prosa poética Relato
Perfil Mis poemas Mis comentarios Mis favoritos
Cerrar sesión

encontrados: 783, tiempo total: 0.007 segundos rss2

Mi peor enemigo

Época de reconciliación, decían, y había decidido hacer las pases con mi peor enemigo, era hora de perdonar, debía acercarme, darle una oportunidad, tal vez así desistiría, de una vez por todas, de su enferma afición de hacerme daño.

No era fácil, no lo era, había tantos años de dolor por olvidar, tantos golpes que perdonar, que solo pensarlo sonaba desquisiado, pero era tiempo de reconciliación, este era el momento.

Busqué dentro, me agarré de las pocas fuerzas que me quedaban y le vi mirándome, me puse de frente, le mire a los ojos y le abrí mi alma; abiertamente pedí perdón y le dije firme y decididamente “te perdono” y créanme señores fue mi mayor acto de honestidad, era verdad, quería, lo necesitaba y lo hice.

Sin responder, mi enemigo, tal vez incrédulo, no lo sé, callaba, fijamente me miraba, fue entonces cuando sucedió, una lágrima imprudente comenzó a asomarse en sus ojos y sorpréndanse señores, una lágrima apareció también en los míos, sonreí, sonrío, hacía tanto que no se cruzaban nuestras sonrisas que supongo que era suficiente respuesta, desee abrazarle pero me contuve, estaba hecho.

Toda la carga había desaparecido, sonriendo, di la vuelta alejándome de allí, saboreando aquella olvidada sensación de paz interior. Cuando vuelva a verle, seguro, al igual que yo, sonreirá, pensé.

La curiosidad me hizo girar la cabeza, busqué, también se había marchado.

Ya no había nadie en el espejo.
leer más   
10
sin comentarios 952 lecturas prosapoetica karma: 9

Enero, 1986

No me considero una persona nostálgica aunque a veces no lo parezca.
Si descuido algo y lo pierdo me resigno y le deseo una vida triunfal y feliz.
Tan sólo siento autentico cariño por un par de cosas: mi colección de cine y mis libros.

Enero, 1986.
Comienza el año y me pongo un poco insoportable
(tal vez por mi propensión a vivir en otros mundos):
Quiero un libro nuevo. Mi madre sale de la cocina y me pide que me vista.
Ella hace lo propio.
Tacones de madre,
falda de madre,
bolso de madre y un poco perfume hechizador antes de salir.
Mi madre joven y ligera corriendo escaleras abajo para que no se nos escape el tren.
La alegría.

Librería casa del libro, la Gran Vía.
Después de una meticulosa búsqueda coloco tres ejemplares sobre el mostrador que queda justamente a la altura de mis dos ojos. Mi madre me dice en su idioma que escoja bien porque no sabe cuándo será la próxima vez que volvamos.
Aparto dos y selecciono uno alargado y de generoso grosor,
por atrayente y porque tiene las tapas duras .
Le costó 135 pesetas, según veo escrito en la primera página.

Supongo que después iríamos a merendar a la menorquina, pero la verdad, no lo recuerdo.
Mi libro y yo.

Lo colocaba siempre cerca de mí, incluso en el baño estaba a mi lado.
Aunque todo termina y un día el hastío me obligó a dibujarle varios brazos entre las páginas 38 a la 73.
Un brazo que, si pasabas las páginas muy rápido,
te decía adiós.

Canet.
leer más   
15
6comentarios 251 lecturas prosapoetica karma: 53

(sin titulo)

-“por qué la quieres? Su corazón es de fria piedra y Ella solo un bloque de hielo”
-“la mayor parte del tiempo sí, lo es, pero eso no importa si la has visto enamorarse leyendo Shakespeare, Benedetti, o alguna poesía de Poe.
Jamás la viste en el trabajo cuando se aproxima una tormenta: ella se acerca al portal a observa las nubes negras y sentir el frio viento acariciar su rostro y, sin que se diera cuenta, la lluvia ya comienza a caer, silenciosa, dejando su aroma fresco a humedad.
Su corazón es de piedra y ella de hielo si nunca la has visto suspirar oyendo el sonido de los truenos a lo lejos; es como una niña ansiando salir a jugar en los charcos; es una mujer pensando en un viejo amor; es un inmigrante extrañando su hogar; es calma, es tristeza, es paz, y es la misma tormenta, espera calmada su hora para enloquecer algunos demonios y lavar recuerdos en lágrimas.

No, no puedes decir que ella es solo un bloque de hielo, si jamás la has visto suspirar y recitar viejos versos, si jamás la has visto ser humana…
8
sin comentarios 304 lecturas relato karma: 47

Tonto de cojones

¿Qué es ser un “Tonto de cojones “?

Si nos ciñéramos a lo literal nos encontrariamos con esto:

Tonto de cojones: Sería aquel hombre que tendría sus testículos " Borderline" por debajo de la línea que separa lo que los cánones testiculares dan como normales.

Aquí podríamos exponer varios criterios:

Numérico: Lo normal son dos, si tienes uno (Monorquideo, que tiene una orquídea por testículo) , o ninguno (Anorquideo, que tiene esa misma flor en el culo.), eres un Tonto de cojones

Dimensional: Lo normal es que sean entre 4 y 8 cm de longitud y 2 y 4 cm de ancho.

Ya les estoy imaginando intentando medirselos; ¡Por favor! ¡Tengan cuidado! La cinta métrica es metálica y se auto-enrolla con facilidad pudiendo dar lugar a una castración accidental. Si estás por debajo de estas dimensiones, eres un Tonto de cojones.

Cromático: Son de color blanco azulado, a veces rojo cuando están repletos de sangre. Y cuando se te ponen morados por no haberlos metido antes de subir la cremallera o por haber querido conseguir el dolor más inhumano que es pillarse... con la tapa de un instrumento con teclas, eres un Tonto de cojones.

Formal: Tienen forma de ovoide aplanado en sentido transversal. ¿Y si los tienes cuadrados? Pues, es que te entran ideas descentradas , las piensas llevar a cabo a toda costa, metiéndote en situaciones no adecuadas, caiga quien caiga; es decir, eres un Tonto de cojones.

Textural: Tienen una consistencia dura y algo elástica debido a la capa fibrosa que lo rodea; entonces si se te encogen, eres un Tonto de cojones.

Por contra, atendiendo a los anterior y por el método inductivo, ser Listo de cojones por el criterio numérico, sería tener más de dos, por tanto, si esto no te interesa porque te importa tres cojones, o si te cuesta mil pares de cojones hacer una cosa, es que en definitiva eres un Tonto de cojones de igual manera.

Ahora que si aplicamos el criterio dimensional y sobrepasas el tamaño estándar, entonces te conviertes en un “Güevon” y desembocas inequivocamente, en ser un Tonto de cojones también.

A veces no solo impera el tamaño, si eres Listo de cojones según el criterio “textural” puedes tenerlos más elásticos que la norma , consiguiendo que te los pises y por tanto siendo igualmente, un Tonto de cojones.

Pero en verdad un “Tonto de cojones”, significa ser un gran tonto; en gran cantidad; uno de los más tontos de tu edad o tonto para siempre; tonto para aburrir o inmensamente tonto. Y siempre con el aforismo del filósofo desconocido que dice:

"NO HAY TONTO QUE, POR MUY TONTO SEA, TONTO SE CREA"

Si quieres y por no ser reiterativo, yo diría mejor:

¡ERES GILIPOLLAS!

©Giliblogheces
7
5comentarios 718 lecturas relato karma: 39

Dezíame padre

"Dezíame padre con freqüencia que, cada vez que vía un semeiante muerto por un otro, fazíagele difícil llegar al entendimiento de que qualquiera puede ascançar a sentarse convidado al Banquete del Criador. Empero cantábame una copla que mi agüelo le dixo quando moço él:

"El querer es un miraglo,
el non querer, una pena,
fasta que das con el Diaño
e fazes d'amor, condemna."

Quando padre morió en un lançe con copiosos lobos de los Montes de la villa que dizen Brannosaria e vide el mirar escuro e mal almado desas bestias faziendo pedaços el su cuerpo e traendo fuera las sus entrannas saqué duas cosas claras: que los lobos traen concencia adentro e que quien concencia adentro trae, asunto trae para afuera..."

(Genealogia Cantabrorum, Didacus Scanderbergi, Manuscrito ca. 1145)
leer más   
8
2comentarios 176 lecturas relato karma: 55

Te veo

Alzo la mirada y ahí estás, caminando hacia el semáforo, mi corazón se para y te paras, te observo mientras intento respirar, esperando que los segundos se conviertan en horas. Te tocas el pelo y sonríes, mi pulso se acelera. Del rojo al verde y comienzas a andar, yo, sin embargo, me quedo parado, esperando el momento. Te acercas y te veo, me ves, me enamoro y me quedo, me quedo... Te das la vuelta y sonríes, sonrío, y me muero.
6
2comentarios 277 lecturas relato karma: 36

¡Qué mal me veo!

Esta es una de esas veces que no tienes nada que decir, nada que hablar, nada que contar, pero no tienes nada, nada mejor que hacer... O quizás si, pero no tienes ganas.

Es una de esas jornadas en que tu mente anda en la misma tonalidad que el cielo tristón que durante el día insiste en no dejar salir al Sol, enfriándote hasta la ganas de vivir, y que durante la noche te remueve los sueños sin descanso; no hasta tal punto de dejarte sin respirar, pero si, y por pequeños instantes robándote el resuello y el sosiego.

Tendrá que ser así... No es la primera vez...

Y es que a veces cuesta tanto...

Un mal momento todos lo tenemos, pero siempre el tuyo es el peor y desde la perspectiva de los demás, solo es la queja propia de un ser inmaduro... ¿Pero qué me vais a contar?... La mano que toca mi frente para ver si tengo fiebre no tiene el brazo tan largo.

Lo dejaré pasar... si ahora me tapo fuertemente con las sabanas y me enrosco hacia mí mismo, logrando imitar la forma de una ensaimada mallorquina, (de esas que van rellenas de cabello de ángel), a lo mejor puedo conseguir que el cabrón de Morfeo deje de alimentar los sueños de los Reyes y Emperadores, maldita falta les hace a ellos , y se digne en abrazarme; no se yo... con los antecedentes que tiene; aunque siendo sobrino carnal de Tanatos, miedo da.

Ya casi, de entre todos los Oneiros, si tengo que elegir a un ángel para que deje sus cabellos dentro del bollo de mi cuerpo, prefiero entre la multitud engendrada por la incansable actividad sexual de Hipnos y Pasítea a Iquelo, lo de contar ovejas, creo que por ahora, es inofensivo.

¡Ya esta la puta oveja negra tocando las narices!

¡No hay manera!

Me levantaré a mear.



©Giliblogheces
4
sin comentarios 142 lecturas relato karma: 44

Marcelo Carrascostinni (el abate)

El canónigo Marcelo Carrascostinni fue preguntado por la meretriz en uno de esos días de pasión del religioso.
-Dime una cosa, Marcelo,
-¿es cierto lo que dice la Biblia de que las putas entraremos antes en el reino de Dios que los ricos?-, le demandó.
Marcelo Carrascostinni, prestigioso encargado de la biblioteca nacional de la villa y corte, entregado enérgicamente al ardor de la sangre persistente, no quiso atender a la pregunta que se le formulaba.
Continuó resoplando exaltado, moviendo convulsamente las carnes de su naturaleza gruesa, dejando de lado toda inclinación mística y tareas para entregarse por entero a la consecución de la mayor de las comuniones: la del gozo.
Inmaculada le ayudaba en el cometido, buena conocedora de los puntos débiles de aquellos llamados sacros.
Aquellas oraciones del canónigo, obcecado en convertir en ofrenda el cuerpo de la ramera, aparcando los sentimientos de culpabilidad para los que él tenía en sus manos el poder de expulsar, no habían sino empezado. ¿Cómo iba a detener el rito para el cual se había envuelto con todos los emblemas que la lujuria había coronado dentro de él? Inmaculada persistió.
-Sé que lo dijo, en no sé qué parte se encuentra, pero sé que lo dijo. Y yo deseo saber si tendremos preferencia para entrar en el reino de los cielos no solo por delante de los acaudalados o los empresarios, sino también sobre los militares de alta graduación, los prelados y los altaneros policías que suelen visitar el club.-
El venerable canónigo Carrascostinni, con los ojos en blanco y la voz intermitente respondió:
-En un rato te lo digo todo, luego te lo aclaro-.
Inmaculada fingió aplacar su curiosidad y puso en su fábula mayor ansia. Algo que no pasó inadvertido para el buen abate. Incluso susurró con suavidad en los oídos del eclesiástico ciertas palabras impúdicas, lo que ocasionó una espiral de delirio al hombre, vaticinando un pronto final.
–Dime Marcelo, dime que entraremos antes y que seremos indultadas-, reiteró Inmaculada.
-Dime que seremos admitidas y estaremos a la derecha del que gobierna en el reino de los cielos. Confírmamelo o te bajas ahora mismo y te quedas en tu jodido purgatorio- le dijo con tal violencia que emociono al cura. Marcelo Carrascostinni se encontraba en un punto en que había perdido los fundamentos, los principios y no diferenciaba entre el bien y el mal, bendiciendo aquel momento como una elevación irrefrenable a la gloria prometida. La trabajadora Inmaculada entendió que su labor estaba a punto de llegar a su fin pero a la vez trató de coaccionarle y sacar de él una resolución sobre el tema que preguntaba.
-¿Por muy puta que haya sido, seré absuelta en las mismas puertas del reino, verdad?-, gritó con tal fuerza que lastimó al abate. El canónigo tembló de pies a cabeza, empotró su cuerpo sobre la sensible planicie de la mujer y sacudió aquel cuerpo irregular en medio de inhumanos espasmos. Enseguida emitió con una furia verbal arrolladora:
-¡¡¡Bendita mujer, tú reemplazarás al altísimo y creador, tú serás la todopoderosa!!!-.

Canet
dedicado a mi amigo M.C
leer más   
9
1comentarios 311 lecturas relato karma: 50

El parque

La gente de alrededor sonaba como un leve murmullo en aquel soleado parque, y el canto de una golondrina hizo que cerrara mis ojos por un momento, cuando de pronto, oí una carcajada que me hizo sonreír, abrí los ojos, la busqué pero no había manera de encontrarla, quería saber de quién provenía, porque ¿Te puedes enamorar de una risa y posteriormente casarte con su ejecutante?
leer más   
5
2comentarios 190 lecturas relato karma: 43

La Calavera

A diferencia de muchos, la idea de mi propia muerte no me atemoriza en lo absoluto. Al contrario, lo que siento es una devota fascinación por su símbolo más emblemático: las calaveras. Todo comenzó cuando yo tenía ocho años y, en compañía de mi maestra y un grupo grande de niños integrantes de varios cursos de la escuela, viajé al Museo de Antropología ubicado en el estado más próximo a la ciudad como parte de un paseo escolar; una de las pocas vivencias infantiles que guardo en lo más profundo de mi memoria.

Fue allí cuando, en medio de todas las cosas que se exponían ese día en el lugar, mi naturaleza curiosa me llevó hasta una sala en la cual se exhibían diferentes reliquias pertenecientes a los ritos funerarios de las primeras tribus indígenas que poblaron la región. Según las explicaciones repartidas en grandes rótulos negros con letras blancas por las distintas paredes del inmenso salón, estas tribus acostumbran a depositar los cuerpos de sus muertos en sendas vasijas de barro en lugar de enterrarlos, por lo cual en medio de la sala se ubicaban seis de éstas, todas enormes, con sus respectivos difuntos milenarios dentro, ornamentados y coronados con guirnaldas de flores resecas por el tiempo pero extrañamente conservadas.

Recuerdo asomar mi cabeza inspeccionando el contenido de las vasijas, una por una, observando sin mucho entusiasmo los restos colocados en el interior, para luego alzar la mirada y, al voltear a mi derecha, toparme de súbito con un vetusto y ocre cráneo humano. Esa cosa sí que me asombró. Nada que ver con los dibujos que ilustraban la canción de Los esqueletos en el libro de clases: ¡estaba frente a una calavera de verdad! Quedé obnubilada por un breve instante ante aquel descubrimiento –«¡ay, un cráneo de verdad, una cabeza de un muerto!» no dejaba de repetirme para mis adentros– tan extraño. Ni siquiera los huesudos de las vasijas, con sus coronillas agrietadas y curtidas por siglos de tierra, me impresionaron tanto como esa sola visión. Aquel cráneo a un palmo de mis narices, con la vitrina en medio como única separación pero tan cerca que se producía un horrible efecto visual que mostraba mis propios ojos reflejados por el cristal dentro de sus orbitas vacías y oscuras, como si me mirase. Aún así yo no sentía nada de miedo. Más bien me entraron unas ganas imperiosas de tocarlo, de tenerlo entre mis manos (como el hombrecito barbón que sostiene uno en la portada del Hamlet para niños de la biblioteca) para poder mirarlo con más detalle. En ese instante me asalto una idea; un pensamiento que hasta hoy llevo en la mente tan claro como si todo fuese sucedido ayer: «Entonces, ¿es qué así somos todos por dentro, verdad? Llevamos una calavera igual a todas partes, en todo momento, siempre sobre los hombros, sólo que escondida entre el pelo y la piel. Y si esta es la muerte, ¿quiere decir que llevamos la muerte encima?» Eso era lo que exactamente pensaba mientras miraba el cráneo en la vitrina e instintivamente me llevaba las manos a la cara y las colocaba en forma de estrella sobre mi rostro, tanteándome la cara con los dedos.

Pronto me sacó la maestra de mis ensueños, asiéndome de un brazo para llevarme junto a mis compañeros de clase, visiblemente molesta pues había estado buscándome por toda el área y ya era hora de que me uniera al grupo para seguir con el recorrido. Mientras continuaba la visita, no me concentré en otra cosa que no fuera el gran alivio que sentía luego de la revelación que tuve en mi anterior encuentro con la calavera: todo el tiempo los adultos relacionando cráneos con el peligro y la muerte, y resulta que todos llevamos uno día con día sobre nosotros. «Su forma es extraña, da miedo, pero si es así no debe ser tan malo», pensaba yo en el trayecto hacia la próxima exposición.

Después de ese primer encuentro tan particular, tan revelador, le tome un gusto inusitado a todo lo que tiene que ver con calaveras, además de haber perdido prematuramente ese miedo a la muerte que tanto acosa a los mortales. Con el paso de los años comprendo mejor lo que aquel secreto instante de mi vida entre la antigua calavera y yo significaba: la muerte es parte de cada persona en la tierra y no la abandona ni por un instante. Desde entonces, siempre que me miro al espejo y contemplo mi rostro, no me olvido nunca de la calavera que se oculta detrás.
6
4comentarios 299 lecturas relato karma: 64

El Cruzado

Creyó que lo único sagrado que había empuñado en la vida era la espada, hasta que apretó la mano de su amada.
6
sin comentarios 148 lecturas relato karma: 50

Sigo queriendo escapar

Se podía ver llover tras la ventana. Sentada en el sofá escuchaba el repiqueteo de las gotas que caían. Pero tras los cristales no había inmensidad. Se protegían con fuertes rejas de hierro, rejas que impedían asomar tu cuerpo a esa pequeña libertad que quedaba tras los cristales. Y es que desde el último intento de saltar, las rejas se habían convertido en un regalo de vida. Protección, decían. Vivir, lloraban.
No era capaz de ver lo que ellos. Sólo veía los límites de mi libertad. Encarcelada por querer volar, por sucumbir a los deseos de no seguir viviendo una mentira.
Me acurrucaba sollozando. Gritaba en silencio, a través de mi cuerpo, que ya no quería seguir aquí. El escozor de los cortes ya no era nada comparado con las ansias de escapar.
Sólo me quedaba llorar, derramar lágrimas de indefensión, mientras me consumía mirando mi fragilidad ante las rejas.
leer más   
8
6comentarios 246 lecturas relato karma: 50

Sin ti... duele

Las noches se hacen largas junto a los días infinitos. Y un “sin ti”…tan eterno que hoy no puedo… Fingiendo sonrisas de plástico que duelen, duele el aire que me roza, duele creer oír tu voz que me llama, duele retirame el pelo de la cara y guardarlo tras mi nuca que era tuya… Duele tratar de olvidarte porque tengo miedo de hacerlo.

Marisa Sánchez
9
4comentarios 269 lecturas relato karma: 64

De repente

Dos golpes sonaron en la puerta. Abriste sin esperar mi respuesta. Vi en tus ojos las ganas, mis ganas. No podía creer que estuvieras allí delante, mirándome fijamente. Te acercaste en silencio, sin apartar la mirada. Fue entonces cuando mi pulso se aceleró. Parecía que los segundos se ralentizaban con cada paso. Podía sentir mis latidos. Un sonido intenso y hueco se escuchaba desde mi pecho. Sólo quería que de alguna manera el tiempo volviera a su cauce y te pararas frente a mi.
Una sonrisa se dibujó en tu rostro. Me acariciaste la mejilla, y sentí un cosquilleo casi eléctrico por todo mi cuerpo.
Estaba paralizada. Seguía sin creer que estuvieras allí. Conmigo.
La habitación se desdibujaba con nuestra presencia. No había nada más, sólo nosotros.
Yo no podía dejar de mirarte.
Entonces te acercaste más aún. Tus labios se posaron en los míos, suavemente. Mis rodillas comenzaron a temblar. Entonces te abracé, fuerte, muy fuerte. Nuestras lenguas se encontraron en un beso profundo, intenso. Notaba tus caricias, tu deseo. Tu dulce aroma.
Y fue la luna quien presenció el resto.
leer más   
4
2comentarios 123 lecturas relato karma: 58

Hay una niña en mi salvapantallas

Hay una niña en mi salvapantallas. Va en bicicleta con dos niños por una playa blanca de aguas transparentes. Su nombre es Matsishi y es la mayor de seis hermanos que vinieron al mundo casi de seguido como si una lazada continua e infinita de vida se hubiese anudado entre el útero de su madre y la tierra de Zanzíbar. Mientras fuesen ambas fértiles, su madre y la tierra, nada podría romper esa firme unión y la descendencia y buen nombre de la familia estarían asegurados.

A sus cortos doce años, Matsishi sabía ya el nombre del que sería su futuro esposo y cuál sería su oficio cuando fuesen ellos los herederos y responsables de prolongar la saga de los Mnuonsese. La pesca les traería la prosperidad, la posibilidad de integrarse y ser reconocidos, al igual que lo son ahora sus padres, en la pequeña aldea de pescadores en la costa oeste de la isla. Ella se levantaría con el alba, encendería el fuego y se apostaría en una esquina de su casita de adobe para machacar la pasta de coco de la que reservaría una porción para la larga jornada en altamar de su marido. Luego se ocuparía de su prole y de arreglar un poco la casa, sin prisas, con todo el día por delante para esperar, reposando en el escalón bajo la sombra del Baobab, que los gritos de los niños anunciasen el regreso de su esposo. Luego se sentaría a su lado en la cena para preguntarle discretamente acerca del trabajo, del mar, de esa porción de mundo que la aterraba y a la vez intrigaba y tras esto poner su cuerpo al servicio de sus deseos.

Matsishi conocía bien su destino, que había sido el mismo de su madre, su abuela y de quién sabe cuántas generaciones de mujeres anteriores. Sin embargo había algo en el abismo de su mente que la oponía a predestinarse de esa forma. Había observado a su madre en silencio durante años mientras amasaba, limpiaba y esperaba; había visto a otras muchachas de la aldea, otras niñas casi mujeres al igual que ella, casarse forzadas por la tradición; había ayudado a traer al mundo a una decena de niños, y en los ojos de todas aquellas mujeres, partícipes y protagonistas de cada una de estas historias había percibido el mismo estremecedor sentimiento de angustia, tristeza, resignación.

Ella quería vivir una historia diferente, como la de las mujeres blancas de la playa que llegaban en los pájaros de acero, que se sumergían sin miedo, casi desnudas en el mar y que sonreían al verla pasar por la playa en su bicicleta camino de la escuela. Matsishi sabía que detrás de todo ese agua que traía el alimento a su familia, y después de todo aquel cielo que acababa en una difuminada línea donde hundirse en el mar había un mundo diferente donde las mujeres hablaban con los hombres de igual a igual, donde descubrir su rostro y su pelo al viento, donde enamorarse, poder elegir y ser ella misma.

Hay una niña en mi salvapantallas. Va en bicicleta con dos niños por una playa blanca de aguas transparentes. Quizás me vio aquel día y pensó que a ella también le gustaría salir de su aldea y conocer el mundo de la mano de alguien que hubiese elegido. Lo que no sabe es que la llevo conmigo por ese mundo que quiere conocer y que la veo todos los días, paseando por su playa blanca con la serenidad dibujada en la cara.

Canet
leer más   
13
4comentarios 302 lecturas relato karma: 59

Efímeros pasajeros

Todo es efímero, todos somos efímeros, sólo somos pasajeros que van a una estación y a otra, que caminan por una ciudad y por otra, que pasan por la vida de otros pasajeros, pasan y ya está. Sólo somos efímeros viajeros que deambulan por vidas ajenas, en algunas ocasiones permaneciendo algún tiempo, y en otras, solamente caminado por delante, sin pararse. De una manera u otra sin poder remediar la partida cuando llega el momento, a veces sin que hayas notado cambio alguno en ti por su estancia en tu vida, y otras veces notando tanto ese cambio que cuando parten, algo en tu pecho, en tu corazón se desgarra y no puedes saber si esa herida sanará algún día o simplemente será tapada por una fina capa de olvido, que en ocasiones se abrirá a las puertas del recuerdo y el dolor del ayer volverá a emerger, ahora con más fuerza.

Piensa, ahora piensa un momento en todos aquellos que conociste años atrás, ¿cuántos siguen a tu lado?, ¿notaste su partida? Dime, ¿notaste cambio en ti por su estancia?

Es triste pensar que tu pasado acaba siendo irrelevante, sólo vives, pero no te planteas lo que ocurrió ayer, sólo sigues sin ni si quiera preguntarte que ha ocurrido en tu vida y quien ha pasado por ella, pero, los cambios están presentes y los causaron ellos, todos esos viajeros que ahora los tienes en mente.

Mi herida, tapada por olvido, ahora se abre, y el dolor, ese dolor que ya no sé callar, ese dolor que está gritando, que me encoge el pecho y me hace sentir como si algo, el recuerdo quizás, agarrase y apretase mi corazón, y llegase a pararlo casi por completo provocando con ellos una sensación de ahogo, de sentir que mis pulmones no son capaces de coger todo el aire que debieran, y las imágenes, los sonidos, los olores, el tacto…, el recuerdo en definitiva pasan por mi mente como si de un tren se tratase.

Y, aunque luché con el tiempo para impedir que pasara, por desgracia o por suerte venció él, y ahora transcurre tan alegre viéndome sufrir con mi recuerdo pasado, y sonríe pues sabe que llegado el momento tendré nuevos recuerdos y quizás, sólo quizás entonces consiga recordar estos con una leve mueca de felicidad.

Sigo pensando…, y caigo en que el mal de mi tristeza no es sólo el recuerdo, sino el saber que ya no volveré a verlos, a ellos, a todos los que me rodearon por un tiempo y nuestras vidas estuvieron unidas en aquel momento. Y, aunque es posible que después de meses o años nos volvamos a encontrar, tengo la certeza de que ya no volverá a ser lo mismo. Dime, ¿es mejor que la gente del pasado permanezca allí como si de leyendas de tu vida se tratasen? Dime, ¿cambiaste tanto, cambiaron tanto que por eso ya nada será igual? Dime, ¿merece la pena intentar invocar el ayer? Dime…

Cuando el pasado sólo sea recuerdo, cuando la gente y las anécdotas queden en la memoria, cuando al recordar corra una lágrima por tu mejilla o tu boca dibuje una leve sonrisa piensa que sigues viajando efímero pasajero y que los recuerdos se tendrán que mezclar más y siente que siempre será así que en tu mente sólo habrá recuerdo de lo ya vivido, y por eso: ¡vive!, vive intensamente para que al echar la vista atrás puedas sentirte satisfecho de haber sido feliz. Y por eso no tengas miedo de conocer, de vivir , de reír, de hacer locuras, porque eso es lo que siempre irá contigo, en tu mente, en tu memoria, en tu recuerdo.



Dedicado a todos aquellos que forman mi recuerdo, a todos los efímeros viajeros que pasaron por mi vida y los que les doy las gracias por haberlo hecho y haberme ayudado a convertirme en quien soy. Por supuesto a todos los que en un futuro también viajarán por mi vida. Y por último, como no, a todos aquellos que son capaces de recordar su pasado y romper la capa de olvido por un momento, por favor, no os dejéis invadir por la tristeza, sino por la felicidad de haber vivido todo eso, todo el pasado. Al resto os recomiendo que de vez en cuando lo intentéis, porque aunque no se puede vivir del recuerdo tampoco es bueno taparlo con una gruesa capa, ya que somos fruto de nuestras experiencias pasadas, y no hay que olvidar ni nuestras raíces, ni nuestra evolución.
4
sin comentarios 114 lecturas relato karma: 38

UN CUENTO PARA MATARTE (Basado en sueños reales)

La silla de ruedas estaba tirada en el suelo. Ella, arrastrándose para alcanzar el teléfono que estaba a unos centímetros más allá, lo toma e intenta marcar el número 95237 sin embargo, un golpe del bastón en su mano derecha, le hizo soltar el aparato sin permitirle terminar de marcar el número.

Mira a los ojos a su asesino: pagaría tarde o temprano con su muerte después de tanto daño. El asesino le sonríe y deja caer en el cráneo de ella un contundente fierro y empieza a golpearla reiteradamente en la cabeza como si fuera una pelota de hule, despedazándole la nariz y los pómulos. Con cada golpe que daba, el odio se le escapaba del alma, la quijada se rompió en pedazos desfigurando su cara inerte, los dientes saltaron lejos, dejando trozos de carne y un profuso charco desangre por el suelo. Al dejar de golpear la cara de su víctima, suelta el instrumento y observa sus manos llenas de sangre. Después, para terminar su obra, introdujo los dedos en lo que quedaba de boca, tiró la lengua de la mujer, y con unas tijeras la rebanó con goza, pues de esa lengua maldita, provenía todo el odio que le tenía. Lengua de víbora que hacía daño a las personas, sobre a todo a aquellas que si la querían. La envidia de esa mujer destruía vidas..

Sujetó el trozo de lengua y lo depositó en el recipiente del microondas. En tres minutos estaba listo. Se lavó muy bien las manos en la cocina, abrió la puerta del patio y la dejó entreabierta para que los gatos del barrio se diesen un festín.
Luego, regresó al cuerpo de la mujer que está en el suelo en su charco de sangre y sintió el ruido insoportable del disco que aun tocaba “Pimpinela”. Apagando el artefacto de una patada, tomó la silla de ruedas, se sentó en ella y encendió un cigarrillo mirando su obra de arte, de venganza.

Disfruta del sabor del tabaco y del humo, pero es interrumpido por el golpe de la puerta, una y otra vez. El golpe incesante se hace cada vez más intenso, y al despertar en mí cama, escucho su desgraciada voz:
- ¡Hey, no te olvides de tirar la basura!

Luego ella ya se marcha a su sesión de diálisis y oigo como se aleja con el enfermizo rechinar de su silla de ruedas.


P.E.S.S
leer más   
5
9comentarios 286 lecturas relato karma: 49
« anterior1234540