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El tren del pasado ya se fue de nuevo

Llevas un lustro encadenado a los recuerdos del tiempo
no puedes redimir solo tu pasado
ese tren que partió
se fue llevando todas las cosas que alguna vez fueron.

Ya no estás ahí con la nostalgia pasajera de un suspiro que se agota
ahora es otro momento inaudito
único e irrepetible
no debes permanecer inmóvil.

Ya has callado muchas letras que se esconden testarudas
en el silencio de un no lo quiero
debes agitar los brazos y moverte
como si quisieras liberarte de algo que aún te sujeta.

Debes fijar la mirada en un horizonte que promete
es muy cierto que es un mundo que desconoces
y que la sorpresa a veces trae enmascarada
en su senda la desdicha.

Vale la pena correr el riesgo de un río rápido e indolente
ya no vuelvas la mirada atrás
nunca alcanzará tu mano a aquellas cosas que quedaron en el camino.

Camina de frente aunque tus pies tambalean en el intento,
no mires los senderos luminosos que no te llevarán a ningún lado
son caminos encantados que brillan a ciegas.

Respira hondo hasta que tus pulmones revienten alegrías
sonríe seguro aunque el entorno grisáceo de la vida
no conciba tu eterna melancolía.

Llevas un lustro soñando y construyendo puentes
que no usarás en tu camino
es mejor emprender el vuelo que permanecer siempre intranquilo.

Libérate
después de todo que puedes perder
el tren del pasado ya se fue de nuevo.

Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
14/03/2016.
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Trenes

He cogido muchos trenes que no iban a ningún lado, sin destino para mí, equivocados.
Trenes para soldados, estudiantes, alcohólicos, muertos y esclavos.
Y si no recuerdo mal, trenes para enamorados.
De todos me han bajado o me han echado. Pero en este llego hasta el final, si no hallo mi parada habré fracasado una vez más,
a lo mejor en el último vagón
del último tren que voy a coger, encuentro lo que nunca encontre
y me enamoró locamente una vez.
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El chachachá del tren

Hora punta AM.

Apenas ha amanecido y el rebaño se agolpa en los andenes de la gran ciudad. Una locomotora tras otra. Cada pocos minutos se abren las puertas de un tren hacia la rutina.

Vagones atestados de hormigas rumbo a su quehacer. Se palpan, se respiran, algunos se mezclan y otros se esquivan. Sobresalen hombres trajeados y mujeres con carmín, ataviados con carteras y agendas digitales, los que empiezan la jornada más frenéticos. Otros, rostros cabizbajos, se bostezan, abatidos, es la cara de la resignación de la obligación.

Las mañanas son calladas. Viajeros solitarios entre los dietarios, los libros madrugadores, los apuntes de escuela y evasivos auriculares. A veces escapan del letargo ante un móvil ajeno que agobia la rutina, alguna alarma aún sin desconectar, el papel indiferente que posan los mendigos en sus rodillas, el instrumento de un músico que en ocasiones aligera y dibuja sonrisas, y otras tuerce el gesto de los rostros abstraídos en sus tareas.

Parada tras parada, unos salen aliviados, otros cogen aire para hacerse un hueco entre cabezas y carteras, otros desploman su sueño sobre el hombro del asiento de al lado, que se retuerce y sobresalta.

Por fin llegas al destino. Te apeas y te desplazas entre obstáculos presurosos, hormigas que tropiezan por posar el primer pie sobre las escaleras mecánicas, como si de atrapar la miga de pan se tratase.

Unos, tranquilos, a la derecha forman civilizados una fila calmada; otros, los frenéticos, a la izquierda, se sortean y avanzan peldaños a la carrera apresurando los talones contiguos.

Es el rebaño, caballos zarandeados que corren apresurados antes de que el patrón cierre la puerta de la cerca.

Ya está, han llegado a su particular fábrica. ¿De qué? De objetos, de ideas… no importa que sea si no se pueden fabricar sueños.
Altas dosis de cafeína y afrontar otra jornada frente a la ventana del quehacer; esa pantalla sucia que anuncia caravana entre teléfonos que suenan bajo los rayos de fluorescentes que a veces creen parpadean.

Pupilas resecas. Frotar de ojos. Es la hora.

Ya es de noche en el corazón financiero de la ciudad. Pero los pasos siguen acelerados. Corren, no tienen prisa, pero no son capaces de descender el ritmo cardiaco.

Otra vez la misma boca de metro, el mismo andén, en hora punta PM.
Mismos rostros con distinto disfraz. Camisas arrugadas y americanas al hombro, caras desempolvadas y descoloridos pintalabios.

Otra vez. Se respiran, se mezclan, se miran pero no se ven. Ojos rojos, cuerpos cansados, botones desabrochados, tacones que cambian de postura… Mentes abatidas. Es el rostro cansado de la gran ciudad.

Pero las tardes son bulliciosas. Algunos solitarios regresan con compañía. A saber, a veces, a contrariedad, el pesado del departamento financiero, el colega de clase que no te habla en el recreo y ahora se muestra amigo… y otras, cómplices, que despotrican la jornada, cotillean, conversan…

Más susurros, más melodías móviles, más ecos de conversaciones ajenas. ‘Acabo de salir’; ‘ya llego’, ‘estoy a solo dos paradas’…
‘¿Has hecho la cena?’

Un día menos a contar. Las hormigas se retiran a su madriguera. A saber, unos a continuar quehaceres domésticos, otros sofá, reality show y a caer rendido en el sofá. Los más desorientados, copas bien frías y apuradas que el trabajo lo merece.

Mañana se pondrán de nuevo las calles para la cotidianidad de los robots urbanos.
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Otra historia de amor (parte 2)

El sonido de la alarma despertador del celular rompe la pesadilla de madrugada que está teniendo Verónica. Esa recurrente que le roba calidad a su sueño. Ese caballero andante que llega a rescatarla pero que en medio de la sangrienta batalla con el dragón que la resguarda; como por hechizo traicionero, termina enamorándose del dragón y se olvida totalmente de ir a su rescate en la torre más alta; donde muere, de tristeza y olvido. Qué ganas de lanzar el celular contra la ventana. Qué ganas de hundirse en la almohada, de dejarse caer en el abismo de los últimos minutos de sueño, para realmente exhalar su último hálito de vida, allí, en esa soledad de pesadilla; finalmente morir, sin paz. Ese es el saldo que le dejó su pareja de los últimos siete años, Alberto; enamorados desde la secundaria, quien cual trillado cliché, la engañó con su mejor amiga, ahora su enemiga dragón. Eso y unas camisetas viejas que nunca se llevó, junto con su colección de discos de Cold Play y Rihanna.

El brillante sol que atraviesa la ventana de su dormitorio, la verdad, entra en escalas de gris por las ventanas de su alma; sus hermosos ojos azules que ya nadie admira. En la cocina, una bolsa de pan viejo que empieza a enmohecer. Un queso crema vencido. Un poco de café hecho hace unas cuarenta y ocho horas ─quizás setenta y dos─. No importa, igual, no hay ganas de comer. Le hinca apenas una mordida a una manzana que ni se acuerda como llegó a su cocina. Se demora más de lo usual en la ducha, no porque disfrute el baño caliente, sino porque le escurre tanta tristeza junto con las gotas de la regadera y no quisiera dejar el baño hasta que toda ella le haya abandonado. Pero no es posible. Esta siempre se queda.

Sale de su apartamento en el tercer nivel de ese viejo edificio. Al que se mudó luego que Alberto la abandonara y ya no pudo pagar el apartamento más acomodado que tenían en el centro. No nota las gradas de tres pisos que baja, no nota las cuadras que camina por esas calles algo sucias y olvidadas. De todos modos, hace cuánto ya que el mundo es de tonos de gris solamente. Llega temprano otra vez a su estación del tren, por si acaso Alberto decidiera viajar más temprano para no toparse con ella. Y no llega a la primera hora esperada. No llega tampoco en el siguiente ni el siguiente tren. Es siempre así. Y ella siempre sentada en la estación, dejando ir dos trenes antes de subirse. Sin embargo, en el segundo tren que a diario ve llegar, hay un destello de color, apenas perceptible; ese chico que siempre la observa con curiosidad, a veces hasta le incomoda un poco; pero no de mala manera. Siempre le ve tan desenvuelto, tan resuelto, tan cómodo con la vida. Como que tiene todo bien ordenado. Como con un aura diferente a la de los cientos de personas que ve subir y bajar en esa estación del tren en la mañana. Siempre con esos audífonos en sus oídos. ¿Qué escuchará? ¿Acaso Cold Play o Rihanna? Y cuando le ve venir siempre se ve tan concentrado en algún libro. ¿Qué le gustará leer? ¿Acaso lee una interminable saga de Stephen King?

¿Por qué me llama la atención éste chico? ¿Por qué parece tener color, calor, un aura? ¿Qué está haciendo? Se está parando. Pero si nunca baja aquí. Tiene apariencia de trabajar en algún gran edificio del centro. No entiendo, qué hace. Me mira tan insistentemente. A veces siento que me desnuda el alma. Que puede ver a través de mí. Que se zambulle en mis ojos y resuelve todos los laberintos de mi intricado interior. Esos que ni yo entiendo. ¡Se ha bajado! No me quita los ojos de encima. Cuánta ternura en su mirada. Pero... ¿por qué? Ni nos conocemos. No que yo recuerde. Nunca volteé a ver a ningún chico durante los siete años que estuve con Alberto. Y llevo meses sin asistir a ninguna cita. Nunca lo he visto en el trabajo, ni cerca de mi edificio. Sigue caminando en dirección a mí.¡Ay Dios! ¡Qué hago! ¿Me voy corriendo al baño? No quiero hablar con él. No quiero hablar con nadie.

─¡Hola! ─me dice─¡Hey! ¿Cómo estás? ─le respondo─ ¿Qué estoy haciendo, por qué le he respondido con tanta efusividad? ¿Qué va pensar de mí?

─Me llamo Martín ─agrega─ Soy Verónica ─respondo en automático.

Y me mira, con esos bellos ojos café que nunca había alcanzando a notar, solo contemplaba su aura antes. Algo ha cambiado. En un instante ya no me siento la misma. ¿Habrá comenzado otra historia de amor para mí? ¡Ojalá no termine como la anterior! Aunque algo me dice desde ya: Que esta será una historia muy diferente.



@SolitarioAmnte
v-2017
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Billete de vuelta (parte 1 de 3)

Violeta despegó su cuerpo del asiento con dificultad. Tenía las piernas entumecidas después de tres horas de viaje y necesitaba escapar, por un rato, de los ronquidos del pasajero que viajaba a su lado. Atravesó el pasillo de su vagón sorteando codos y zapatos mientras recobraba la movilidad, y cruzó dos vagones más hasta llegar a la cafetería. Al entrar observó que el mostrador más inmediato estaba ocupado por tres ejecutivos de trajes impolutos y zapatos relucientes, que discutían sobre la noticia del periódico abierto frente a ellos. Buscó con los ojos un espacio para apoyarse y eligió la barra lateral izquierda situada a lo largo de una de las ventanas. Pidió un café con leche. Desde su postura descansada, contemplaba el paisaje desenfocado del exterior, donde las llanuras se hacían interminables al igual que aquel dichoso viaje. Llevaba un año sobreviviendo en Bari, al sur de Italia, pero había decidido volver tras conocer que su padre había recaído en su enfermedad. Por eso, iba en aquel tren, convencida de que debía volver al pueblo y animarlo. En realidad, no tenía ni idea de cómo se hacía eso, cómo se da aliento a alguien que ya ha sufrido varias embolias y, sobre todo, cómo sería capaz de disimular su propio sufrimiento. El traqueteo del tren se agudizó y el soniquete molesto la apartó de aquellos pensamientos. Bebió el sorbo de café restante en la taza y se dispuso a regresar a su asiento. Recorrió el primer vagón a toda prisa, huyendo del intenso olor a embutido que provenía de los bocadillos de unos niños que había sentados junto al guarda equipajes. Entró en el segundo y se detuvo en seco. El olor a embutido había sido sustituido por aroma a una fragancia de frutas cítricas. Al fondo reconoció un cabello negro ensortijado. Estaba segura: no había visto aquella cabeza en su paso hacia la cafetería, anteriormente. También, estaba segura de que pertenecía a Samuel. Su corazón, atento a las reflexiones, sintió el disparo de salida y latió con fuerza. Violeta caminó como si calculara la distancia a través de sus pasos hasta situarse justo detrás de él. Confirmó que no había nadie sentado a su lado, lo cual no quería decir que viajara solo. Puede que su acompañante estuviera estirando las piernas como acababa de hacer ella. En cualquier caso, allí se encontraba ella de pie, casi rozando la espalda de Samuel.
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Billete de vuelta (parte 2 de 3)

Si quería llegar a su vagón debía continuar atravesando aquel pasillo pero un miedo contradictorio le impedía avanzar. Miedo a que la reconociera. Miedo a que no lo hiciera. Deseó retroceder sobre sus pasos y regresar a la cafetería, pedirse algo con alcohol, hacerse invisible, sentarse al lado de Samuel, saltar del tren en marcha... en unos segundos, lo quiso todo y no hizo nada. Como una estatua, permaneció inmóvil hasta que notó que alguien le ponía la mano en la cintura. Era una anciana que a duras penas le llegaba por el hombro y gruñía para que se apartara del pasillo. Violeta se disculpó y la dejó de pasar.

— Violeta, ¡qué casualidad!

Samuel se había girado al oír a la señora y ahora la miraba a ella con asombro y una sonrisa enorme plantada en la cara.

— Hola, Samuel —respondió a secas, petrificada.
— No sabía que viajábamos en el mismo tren —comentó él incorporándose del asiento.
— Yo tampoco, jamás habría subido —pensó, pero no lo dijo—. Ni yo.

Volvía a sentir la contradicción de un momento atrás. Aspiraba a huir de ese vagón y a quedarse, eternamente, al mismo tiempo. Nerviosa y tranquila. Incómoda y reconfortada con aquel encuentro. El metro setenta y siete de Samuel la miraba satisfecho, como queriendo abarcarla toda con su mirada marrón. Marrón como la castaña, solía decir él cuando le preguntaban por el color de sus ojos.

— Bueno... en fin... ¿Te apetece tomar algo? —preguntó él.
— No sé si será buena idea —declaró Violeta—. En realidad, vengo de la cafetería pero... —dudó antes de responder— de acuerdo, vamos.

Cuando llegaron a la cafetería se cruzaron con los tres ejecutivos que salían y dejaban el mostrador libre. Ambos se dirigieron hacia él sin mirarse, dando por hecho que el otro haría lo mismo.

— Para mí un cortado —pidió Samuel—. ¿Qué quieres tú?
— Otro —indicó Violeta, aunque le hubiera gustado responder: quiero retroceder doce meses en el reloj.

Dos cafés humeantes aparecieron rápido delante de ellos. Samuel se apresuró a coger el suyo y bebió el primer sorbo. Violeta no hizo ningún gesto, su mirada seguía contemplando la máquina de café.

— Violeta, ¿cuánto hace que no nos vemos? Hace mucho, ¿verdad? ¿Qué ha sido de tu vida?
— Sí que hace tiempo... Yo he estado trabajando en Italia. ¿Y tú? ¿Has logrado encontrarte o sigues tan perdido como siempre?

El rostro de Samuel, hasta entonces risueño, se endureció. Miró hacia la ventana, apretó la mandíbula y frunció el ceño. Violeta también había arrugado las cejas y, sin darse cuenta, se había cruzado de brazos.

— No fui yo quien desapareció de un día para otro sin avisar —respondió él.
— ¿Avisar? ¿Para qué? —preguntó Violeta alzando la voz, consiguiendo que el único superviviente de la cafetería, un señor con bigote que ojeaba el periódico, levantara la vista del papel.
— ¿Cómo que para qué? Para despedirnos.

Samuel negaba con la cabeza como si la respuesta fuera tan obvia que responderla fuera casi un insulto hacia su persona. El señor del bigote volvió al periódico y Violeta sintió una punzada en el estómago, la misma que clavó su vientre el día que abandonó su pueblo. Recordó el vacío, aquella sensación de pérdida, como si se desmembrara en cada movimiento mientras guardaba sus pertenencias en la maleta, como si dejara un trozo de sí en todos los rincones de su casa, de su barrio, de su gente. Como si ya parte de ella se hubiera quedado con Samuel, la noche anterior, cuando estuvieron reunidos con otros amigos en el bar de siempre.

— Ya, claro... el problema es que...
— ¿Cuál es el problema? —la interrumpió Samuel—. ¿Por qué te fuiste así?
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Billete de vuelta (parte 3 de 3)

— Porque no supe hacerlo de otra forma. Todas me parecían dolorosas —respondió Violeta.

El tren se detuvo, pudo escucharse el trasiego de pasajeros que subían y bajaban del vagón más cercano, arrastrando maletas. Algunos de los recién llegados, aprovecharon ese momento para acercarse a la cafetería. Violeta y Samuel se vieron rodeados de padres con hijos que tenían hambre y lo proclamaban a voces, de estudiantes ojerosos que un café cargado y seguían estudiando, sorbo a sorbo, sus folios, de abuelos que solicitaban el periódico para desinformarse un poco.

— Quiero salir de la cafetería —prosiguió—, me estoy empezando a agobiar con tanta gente.

Dejaron atrás el bullicio para volver a la calma de cogotes, codos, piernas, brazos, caras... cuerpos retorciéndose en sus plazas que más parecían jaulas de rejas invisibles que espacios cómodos para viajes largos. Cuando llegaron al asiento de Samuel, Violeta se sentó a su lado.

— Todavía no entiendo por qué huiste —murmuró él, pasándose una mano por sus rizos y agitando la que le quedaba libre.
— ¡Que no huí, Samuel!
— ¿Cómo que no?
— Como que no. No es lo mismo huir que marcharse —Samuel la miró con las cejas arqueadas, como si aquella explicación no le bastara—. Además, me fui cuando estar contigo era lo mismo que estar sin ti.

Samuel tomó aire. Luego, lo dejó escapar despacio y esperó a vaciarse antes de hablar.

— Te dije que estaba confuso.
— Confuso habría sido dudar entre ponerte una camisa azul o una de cuadros —protestó ella—. Me dijiste que no sabías si seguías enamorado de mí.
— Me equivoqué y te llamé para explicártelo, pero te negaste a cogerme el teléfono.
— ¿De qué habría servido atender tu llamada? ¿Habrías podido rebobinar nuestra historia hasta el momento en el que, todavía, no dudabas de tus sentimientos?
— Violeta... ¿tú nunca has tenido dudas?
— Sí, claro que las he tenido. Por ejemplo, he dudado entre llamarte yo y no hacerlo.
— Al final, decidiste no hacerlo. ¿Por qué?
— Porque preferí aguantarme a saberte contento, a escucharte radiante al otro lado del teléfono, contento con tu nueva vida sin mí.
— ¿Contento? Oía tus pasos repicando en las baldosas de mi calle, no te imaginas las veces que salí al balcón creyendo que estarías ahí. El pueblo se me hacía grande y extraño, me perdía para llegar a casa.
— Esa era la otra razón para no llamarte.
— ¿Qué quieres decir?
— Que me molestaba por igual descubrirte feliz que encontrarte triste.
— No hay quien te entienda, de verdad.
— Ese es el tercer motivo por el que no me puse en contacto contigo.
— ¿Cuál? ¿De qué estás hablando?
— A mí también me cuesta entenderme.

El megáfono interrumpió la conversación, avisando de la parada en la estación anterior al pueblo. Algunas personas comenzaron a ponerse sus abrigos y a recoger sus pertenencias. Violeta suspiró e hizo el amago de levantarse, pero Samuel le puso la mano en el muslo, deteniéndola.

— ¿Te vas a ir así, sin más? Te he echado mucho de menos —hizo una pausa y continuó luego, como si le costara la vida—. He intentado encontrarte en otras playas, en otros labios, en otros bares, en otras canciones y... no es lo mismo.

Violeta se echó a reír y asintió repetidas veces, mirando hacia la ventana.

— ¿De qué te ríes? —preguntó él, irritado.
— Me ha hecho gracia que intentaras buscarme en otra gente y en otros sitios. Yo no tuve tiempo ni ganas. En Bari he trabajado más que he dormido. No te he echado de menos, ¿sabes? Sin embargo, no he dejado de quererte. Para eso no me hacía falta nadie más, no me hacía falta tiempo.

Se puso de pie, pero Samuel volvió a frenarla. Le cogió la mano y tiró suavemente de ella para que regresara al asiento.

— Espera, no te vayas.
— ¿Quieres que me quede hasta que anuncien nuestra parada, recojamos juntos tu equipaje, luego, el mío, y bajemos por la misma puerta, del mismo vagón, como en una amnesia repentina que nos da otra oportunidad?
—Me gustaría volver a intentarlo —admitió—. ¡Teníamos planes juntos! Todavía podemos llevarlos a cabo.
— Yo no quiero volver, no quiero un billete de vuelta a lo de antes.
— ¿Por qué dices que me quieres si no quieres volver conmigo?
— Quererte no significa que me convengas, que me hagas feliz, que te necesite. Lo siento, Samuel —tras disculparse, Violeta se incorporó del sitio, sorteó las piernas de él alcanzando el pasillo y se marchó.
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A tus pestañas

Pedí un deseo
por cada una de tus pestañas caídas.

Tus pestañas de medialuna
donde se enredó la noche sin estrellas.

Tus pestañas —largas
como los suspiros que penan en los corazones desolados.
Una a una las vi,
pendiendo de mi pulgar,
tan finas como el corte de un cuchillo. —Tus pestañas

breves
como el adiós de tus ojos entrecerrados
que no dan segunda vida
cuando te bajas del tren.
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Sólo aire entre los dos

Sus piernas, tus deseos, las promesas...

Ya veréis qué rápido pasa el tren
y se acerca la fría memoria,
a soplarte al oído,
que hace ya tiempo
que ella te olvida.

Sus piernas, tus deseos, las promesas...

Lo que tenga que ser, será.
Y lo que no, también.

Todos hemos aprendido
a vivir
con lo que no es.
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Poesía

Estoy sentada en un vagón, destino mi casa, con pocas ganas de alargar el día y en definitiva intentando sacar lo bueno de la vida.
Hay a mi izquierda un señor, de mirada perdida, ojos caídos, manos agrietadas y una respiración que solo me invita a la paz,
aunque no creo que sea la que sienta dentro.
Tiene delante una ventana preciosa donde hoy cae un cielo rosa con algunas nubes y retales del humo de un avión que nadie sabe a dónde va.
Tiene ese bello paisaje delante y sin embargo él mira al suelo.
Me pregunto por qué. Y mientras escribo esto pienso en que como puede ser que a lo largo de una vida a uno le quede la mirada tan triste como a este señor.
Cuántas veces habrá reído de felicidad o habrá apretado la mano de alguien con tantas ganas que acabó en amor.

Para mi sorpresa contiguamente a la derecha del señor, hay una chica. Parece Pocahontas.
Su mirada es diferente, pero no feliz.
Ella mira al frente, no hacia el suelo, pero mira al frente como el que no tiene donde mirar.
No creo que se esté fijando en el paisaje.
Que sigue rosa.
Quizá le han roto el corazón.
O quizá está apunto de romperlo ella y nadie lo sabe.

A veces un poco de poesía hace que la historia cambie. Imagino que por eso escribo esto, porque lo que se ve con lo que uno puede imaginarse, no tiene mucho que ver.
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Senryu (el tren)

Ya se ha ido el tren.
Duermen mis sueños blancos
sobre los rieles.


@AljndroPoetry
2018-ene-5
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El tren de los sueños rotos

Subí al tren de los sueños rotos
sin rumbo y sin dirección.
Pero encontré mi camino
justo aquí, en esta estación.
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El último tren

He olvidado el dulce sabor de tus besos,
se me borran los aromas de tu piel,
no recuerdo la fragancia de tu cuerpo
y en mis labios, el regusto ahora es a hiel.

Y no quisiera, en mi mente, la memoria,
del mal recuerdo viciado de desdén,
ni sentir que lo nuestro pasó a la historia,
o pensar que nunca más te besaré.

Rememora lo que pasó en aquel bar,
pregúntate si no fui tu amante fiel,
y si esta etapa estás dispuesta a cerrar,
si no sientes que tu abandono hoy es cruel.

Tus silencios acrecientan mi vacío,
dime y no mientas, que te volveré a ver,
yo solo pretendo despertar contigo,
sentir tu cuerpo, amarte, una última vez.

Aunque demuestras que ya no eres la misma,
yo, siempre niña, te espero en el andén,
anhelando, ya lo sabes, que algún día,
quieras de nuevo, subir conmigo al tren.
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Confesión suplicante

CONFESIÓN SUPLICANTE


Mírame miseria de las hojas secas
que vive de las nubes y se llena de ilusiones
cuando arremete la cara un mal
muriendo en el alma la materia
¡ Combinación que pasma !
¡ Dualismo que contrasta !.

Por el polvo de la abatida frente
y el tiempo sin vasallos muerde
aquel vendaval que azota
tantas rosas amarillas, negras y verdes
horrorizadas en un luctuoso manto.

Sí, sí… ¡ No me dejaron ser !
y sin inquirir me derramaron
murmurando balbuciente
enarenado me incendiaron
en el bosque apacible solo
sembrando flores
recogiendo cardos
plácidos pétalos y agujas.

Como una buena perla pierde
Como un rayo dispuesto a ser clavel
Como un libro de honor precipitado.

Porque tiene el hueso hogueras
corren y cantan… ¡ No hagas caso !
vamos a ver la nieve riendo
al saber del anzuelo
sus secretos.

¡ Descúbrelos míralos !

Ellos deben al deber su deuda
evitando al beber embeberse
como el tren serené y esperé
entre teje, entre desteje…

Nadie hay que sepa todo
con el rostro de la verdad
entre la piel y el hueso
Estúdiatelo
Apréndetelo
Y
Presto
Avísamelo volando suave.

Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez.
(Tanto del texto como de la imagen)


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"Un pañuelo en el vagón"

Entretelas y vestigios
De un amor tan pasajero

Aún dudando si comparto
El mismo vagón del tren

Tomo asiento a su lado
Con aliento entrecortado

Desarraigo impulsivo
Que ya no obedecen mis pies

Equipajes que revuelvo
Desordenando certezas

Ya mi alma se conforma
Caducó el billete su vuelta. .









“ven, siéntate a mi lado,
mientras nos esperamos”
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Andamio al ápice...

Andamio al ápice...

Por esa ventana sin alas ni miedo
cae la nieve amando al tiempo
por el otoño sin demorar la sed
en la palabra fervorosa de la entrega
¡ Sólo natura que cura !... Sin piruetas
En los trenes erizados por el eléctrico drama
¡ Por la brisa maternal de una sonrisa !
En las íntimas dulzuras de un geranio
Una tibia acogida, madrugadora, complaciente
Bordando un laurel en calma...

¡ Andamio al ápice de castalia fuente !

Encarnada amena con presteza ágil
¡ Encarnada en travesía halagüeña !
Por ser virtud que inspira leal
Y estremece a los lamentos sepulcrales
Al cuidado inhabitual de las ovejas
¡ Oh, luz que ayuna del pudor falsificado !
¡ Cuanta sensatez hay en el amor maduro !
Con lo adusto, cauto y recatado
Con la materialidad espiritualizada
¡ Cierta claridad cierto compartirse !

¡ Andamio al ápice del caudaloso río !

En la esplendidez de un espasmo perenne
Pletórico dar y recibir al cenit cediendo
Al pináculo copiosidad almendrada miel
Sin traficarse especulando... ¡ Sólo !
Sin apropiarse nimio hábil... ¡ Nada !
Sin alas, sin miedo, sin sueño... ¡ Todo !
Con afán, con raíz, con alma... ¡Cada parte !
Dócil asequible cómodo satisfecho... ¡ Cada poro !
Con lo más humano de la falibilidad insurrecta
dando y dando... ¡ Serenata al sol y la luna !.

Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez.
(Tanto del texto como de la imagen)


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Cada mañana...

Estoy cansada...
Quiero dormir,
tengo una cama delante y no la puedo usar.
Debo seguir,
aunque no hacia la cama que acabo de usar.

Aunque vengas rápido
me parece eterno,
porque no voy como vos,
voy a paso lento.

El camino es largo y mis pasos cortos.
Mis días largos y mis noches cortas.
Ahora solo queda seguir esperando tu llegada.
Porque por mi cuenta tardaría más,
ya que estoy cansada.

Sería tarde, pero no de noche.
Una lástima, pero no tragedia.
Salvo si me acuesto,
salvo si me duermo.

Dicen que si te pierdo, si te dejo ir, no vas a volver.
Y otros dicen que ya te fuiste, para no volver.

Siempre a la misma hora te veo pasar,
a veces yendo, a veces volviendo.

La ansiedad me puede
Ya quiero verte,
quiero que llegues,
quiero que me lleves,
A veces pienso en sorprenderte,
tomar un atajo para verte.
Pero no,
tengo que quedarme a esperarte.

En frente mío estaría mi cama,
en frente tuyo sueño mi futuro,
aunque no haya ninguno.

Veo camas por doquier, todas a mi alcance, aunque no las puedo usar.
¿Por qué?
Porqué no me dejan, porqué no es correcto, porqué no está bien.
Sería una molestia para los demás y no se vería bien.
¿Por qué?
Si no va a importarme una vez que duerma apoyando mi sien.

A unos pasos frente a mí tengo una cama y no puedo alcanzarla.
¿Por qué?
Porqué estás acá y a la cama solo puedo imaginarla.

Cada mañana...
...esperándolo a él...
...esperándola a ella...
...esperando a mi tren.
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Arborescencia asolada... (Anticuento Neosurrealista)

Arborescencia asolada
((Anticuento Neosurrealista))

Fue aquel día, uno mucho de tantos, casi piedra, rama,
tronco o fruto, flor a cada paso, fue aquel día... Quedando
en un aullido de duda, cómplice del miedo al morir de
hambre dónde el vientre camina...
No sé si me comprenda... Déjeme explicarle, aquí dónde
la silla se sienta y espera darle vuelta a las piernas...

Todo sucede a cierta distancia de la selva, por los edificios
qué gritan, en la cama qué espía las pesadillas asustadas
con evidente interés, si no... ¿Qué sería del bosque empeñado
en extinguirse ?... Y de la sombra sin su brillo transparente.
Pasó una tarde, enorme, al colgarse de unas nubes que
desplegaron sus alas hundiendo el sol en mi nuca...

Pues usted sabrá que la noche se recuesta sin dificultades
en la sombra que pierde la vista por las trampas grises dónde
a veces la luna se baña... Yo no me acuerdo muy bien, y a veces
pienso que es por lo del sol en la nuca, diciendo y rediciendo que
las mentiras ya no engañan, ni los hielos enfrían, y cada vez el
fuego quema menos al rescate de la ambición bordada entre
piruetas que palpitan en las entrañas de este siglo... Aunque
viéndolo bien, para demostrarlo solo tengo que apartar el
ramaje por la mañana, y me aseguro de seguir siendo árbol...
Como le decía, no sé si me comprenda... Déjeme explicarle...
Serían las siete de la mañana cuándo me vi tirado de bruces
sobre el césped qué aparentemente no había notado el cambio,
al concluir la noche inexplicablemente entreabierta, sin sentir
vergüenza por la mutación del paisaje, y las torturas empotradas
sumidas en el polvo, concentraban todas sus energías en hacer
la confusión más cotidiana, la muerte más dichosa, y viajero al
tiempo con el aroma sonoro de la infancia en su regazo... ¡Sí!.

Gloriosamente implacables apagaban las masacres con el agua
qué crece en demasía fecundantemente aniquiladora, y perforando
los desiertos más frecuentes en las víctimas del inmediatamente
eterno frío, bravo y frágil guijarro con el privilegio de ser olvidado al
instante sin demasiados trámites, y muy económico en fragancia.
Además, la nieve negra había brotado caudalosa junto a los juncos,
que arrasando la desesperación del silencio estaban hechas un
desahogo inútil, dado el rumor de las hojas que abaten al sufrimiento
débil en la huerta cautiva sobre los riscos de ilusiones con el lecho
de la misma esencia del agravio más fértil, y de apariencia virginal...
Mire usted... Para comprenderlo mejor he pensado vegetalmente...

___El tiempo sabe lo qué hace, y por eso los relojes nacen ciegos
en sus manecillas, y tocan sin publicidad la lluvia moribunda que
crece fuerte con la prisa escondida, mojando la impaciencia en cada
esquina, para no escuchar las miradas del espejo que penetran las
palabras dónde el alba no se atreve, ni hay cristales con sed, y la
virtud se labra redonda y metálica en el suicidio de los cuernos...

Pensándolo bien... Es extraño, cuando llegué a la huerta, el nogal
nadaba en nueces recargado en el ciprés que nunca hablaba con
el encino, y que aún permanece estacionado junto a la higuera,
como una flor desgarrada al salir de puntitas por la ventana desde
la que nos miran las mesas y las sillas, clavadas en la alfombra
de plumas, culpables de lavar el suelo con los platos boquiabiertos
entre los párpados inertes por el instante sin disfraz.

___Bueno...
Usted como buen fruticultor sabe de aquella manzana qué provocó
el desorden achicando la vida que nos dió nuestro primer ancestro...
___¡ Sí, claro, ! Y también, como el durazno tiene la costumbre de
dejarse tragar, y acariciarse por la papaya y el guayabo que tiemblan
de pie al injertarse un parapeto...

Ya no soy el embalsamador suave de los barcos, las arcas ni los
fantasmas atrapados en la oruga con sabor arbolado solo...
¡No señor!... No, no... La verdad circula hoy por las alcantarillas, y vive
multiplicándose en el corazón de los panteones como el venero
inenarrable...!... Incluso he pensado flotar a veces en el río, en ser
balsa o escritorio, aunque ser marco no está mal para el ropero
que sabe del vestido por el librero de aquellos postes en la calle,
y de los durmientes bajo el tren...... Escuche usted bien...

___Mi error ha sido querer estar en un té caliente con la cautela de
la canela viendo al cedro en la puerta, y al roble como el sauz llorón
en la ventana por los álamos perdidos en el fragor del imposible...

Pero... ¡ Sí, pero !... Hoy me incendian las angustias del plástico,
y el plomo pagando a crédito, todo el descrédito del honor fingido,
sobre todo, por hacer del diluvio un polvo que chorrea tranquilidad...

___Sólo nadie lo sabe, y él nunca traiciona a cualquiera... Por lo que
he decidido pensar en la cruz de hojalata en las plantas macilentas
de un tierno palillo, y dejar de planchar hojas en este escritorio asoleado...

Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
Del texto y la imagen.

Referencia útil es...

es.wikipedia.org/wiki/Cuento
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