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Equilibrismos

Veo pasar mi existencia ante mis ojos.

El mundo se tambalea junto a esta cuerda
que me impide caminar recta,
haciendo equilibrismos
por no caer a la piedra.

Supongo que así es la vida.

Andar con pies de plomo
sobreviviendo a la caída,
jugar con la suerte a que no venga
un vendaval y me empuje al vacío,
aprender a volar sin olvidar
dónde está mi nido.
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La luz del olvido

Una tarde de verso otoñal
Antonio Machado contempla
el cielo mustio de Madrid,
yerra la sonrisa con las pocas
hojas que desprenden las ramas
y la melancolía borracha y persistente
se sienta a su diestra, clava su plañir
en las solapas del alma de aquel poeta,
errabundo de la palabra.
Caminante se hace camino pregona
su pluma con el semblante añejo
y el planeta fascinado le cree,
es su cordura quien oferta
entre cambrones y la corriente del alba.
Sobre los serrijones que ciñen
el horizonte Machado se inclina
besa el céfiro y lanza una octava,
vuelve el poeta con el olifante de las estrellas
se calza de filantropías literarias
y marcha a la nubecilla que es su página
de cada noche en la penumbra de los ruiseñores.
Dormido con las cejas pobladas de luna
se funde en los secretos jacobinos del tiempo,
tiene corteza para las frases
tiene tinta para las verdades
tiene tono para la irreverencia
y cuando abre la mañana sus pestañas
otras grafías bordan su privanza.
Y la vieja angustia que es hipocondríaca,
compañera, indisoluble de sus aventuras
cuelga en floridos recuerdos
el tranvía de Madrid,
la esencia de Campoamor
la sombría soledad de Miró.
Los gorriones se acercan en una danza
de alas legendarias
está en su cumbre Machado,
y apenas lo alcanza la luz del olvido.

Yaneth Hernández
Venezuela
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4comentarios 151 lecturas versolibre karma: 42

El círculo

El primer paso llega el primer año,
cuando aún no has pintado los horizontes.
Niño de pie, te empujan a una aventura dubitativa y torpe,
y asomas la cabeza descubriendo otra esquina prometedora,
y das un paso, y otro, sin parar en el desvío que te lleva
a donde no sabes si llegarás.

Busca tu camino,
encontrarás tu destino, dice la rima.

Y durante años recorres senderos estrechos
soñados como luminosas avenidas abiertas a la esperanza
y confías en que tus pasos rectos te descubran un refugio,
las palabras justas, el acomodo seguro, la ciencia cierta.
Hasta ese punto en el que giras la cabeza y ves un círculo
detrás, y delante un traspiés, y una vuelta más.

La vida te rodea
y giras sin saber si tus pasos avanzan o retroceden,
si retornas al límite de las ilusiones,
o estás delante de lo que no es,
los cimientos se hunden y las señales tiemblan,
y dudas al no sentir
si duele más pisar el suelo ya desgastado o la salida que no se ve.

Y un año descubres que el futuro es ese círculo
que va dibujando el pasado que te aferra a lo que eres,
por veredas tortuosas en tropiezos mil veces cometidos,
y son tus pasos el camino, dijo el poeta,
el mismo camino siempre
y nada más.
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Trágico destino

Tornarán las campanas
en quejas sus sonidos
diciéndole a todo el pueblo
ha huido el asesino.
Yo andaré por los montes
pensando por qué lo hizo
la dije que no la quería
ella me miró, y sin mediar palabra
se clavó el cuchillo.
Que trágico mi destino
verme en el camino
por un maldito amor
que yo no había pedido.
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2comentarios 55 lecturas versolibre karma: 46

15.02.2017

Me gusta andar mi camino
viendo brotar esos campos
que la primavera araña
cuando presiente que es marzo.

Yo me enajeno en los brotes,
verdes mares que respiran,
brillantes luces de soles
que presienten las espigas.

Hoy casi es azul el cielo,
se va bordando de abriles,
saltando meses en flores
porque ya quiere vestirse.

Me gusta el olor del aire
que se engalana en perfumes,
se deshace en crines nuevas
y va llenando las ubres.

Se adorna el árbol primero,
aún con sus ramas heladas
y me decora el camino
de sorpresas añoradas.

Él me regala sus flores,
las primeras que espabilan.
El almendro despertando
inunda el campo de vida.

Me gusta andar mi camino
con los campos verdeando,
amedrentando al invierno
que se derrite en los vados.

Yo voy muriendo en las flores
que presiento en las laderas;
calladas voces que pronto
gritaran la primavera.
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Cruce de vías

Y ahí estaba yo. Plantada como un árbol frente aquel viejo cruce de vías. De pie, con los brazos colgados y las pupilas clavadas en el horizonte. Con el motor del coche en marcha, la puerta abierta y la radio encendida. Sonaba Blowin’ in the wind de Dylan.

How many roads must a man walk down before you call him a man?

Y yo tenía que decidirme. Desencolar los pies estáticos del asfalto. Dar un paso adelante o atrás. Subir al coche y dar media vuelta o superar el cruce y avanzar.

Rumbo al norte o al sur. Al este o al oeste. Cómo se puede atinar con la dirección correcta si desconoces el destino final.

La carretera frente a mí parece salvaje. Un sendero sin asfaltar, sin señal ni indicación alguna y con una empinada pendiente que no me deja ver más allá.

Recoveco incógnito.

Desconfiados, mis ojos se sienten atraídos por el camino que avanza hacia la derecha.

Una carretera recién asfaltada, con líneas perfectamente perfiladas sobre la calzada, con cuentakilómetros e indicaciones a ambos lados del tráfico. Puedo escuchar incluso al público situado a ambos lados de la acera animando a los participantes. Quizá sea el camino adecuado porque todos aplauden.

Nada que ver con el callejón de la izquierda. Frío e inhóspito hasta la primera curva que alcanzó a divisar. Sin coches ni peatones en la calzada, apenas distingo las líneas desdibujadas sobre el asfalto. Solo llego a precisar marcas de frenos, señales dobladas por el viento y algunas piedras y cristales sobre el arcén.

Temerosos, sin yo quererlo, mis ojos vuelven la vista hacia atrás.

El camino de regreso se descubre ligero, estático, en calma. Las líneas de la carretera se desdibujan desgastadas y algunas señales están parcialmente borradas por el paso del tiempo, pero son visibles. Reconozco cada coche, cada peatón, cada piedra e incluso el tramo exacto donde un obstáculo irrumpe la calzada.

Vuelvo la cabeza. Me siento. Me acomodo. Me quedo quieta y espero.

Inmóvil en medio del cruce, pienso que si se descubre el sol quizá pueda ver más allá de la curva de la calle de la izquierda.
Que si entre el público de la calzada derecha alguien repara en mí vendrán a buscarme.

Que si amenaza un vendaval quizá el aire me empuje hacia el sendero de enfrente.

Que si empieza a llover tendré que subir al coche y regresar.

Pero nada pasa. El aire baila y las nubes acarician el cielo con un lento vaivén.

Sin trastorno ni socavón, espero.
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Dedos

Entre mis dedos, el calor de la palma de tu mano,
de tu sonrisa.
El mañana, aún ciego, avanza
al ritmo de la presión de cada dedo.
Dedos que, como la luz y la mirada,
corren a encontrarse.
Dedos que, cuando el camino se bifurca,
sujetan el timón de nuestro destino.
Dedos, cual palabras sin sonido,
que se mueven silenciosamente
mientras deletrean

'te quiero’
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Rutina caminada

La rutina en la que me esparzo me designa,
soy un mísero vaso que sirve para vaciarlo.
Puedo observar lo que me agrada
y ciertas personas arrugan los mapas de mi frente
aunque sé que sería imposible llegar a ellos.
Me engaño, sí, no reconozco cuanto dejo atrás.
Cuando me doy la vuelta no hay pasos dados
que compartan mi camino, empiezo a andar de nuevo.
¿Dónde están las espadas que me confiesan?
¿Por qué reanudo las huellas que no veo?
A veces siento que comento a ras de suelo
y tengo que agacharme para oírme susurrar:
"por aquí ya pasaste, ve a otro lugar".
Es difícil esto de dar vueltas alrededor
pienso que no tropiezo con piedras
que estas arden y si me salgo del círculo, me quemo.
A lo mejor insisto con mirar al cielo
desde mi parcela estrecha en que me muevo.
¿Qué sería el yo del otro lado
si dejo las inocencias saltar al charco?
¿Atendería mi curiosidad
a los brotes de aventura que dejo
escapar o postergaría mis pasos empapados?
Entre suspiro y aliento contenido me hallo
apuntando a los pulmones
surcados por ríos en serpiente
y mares trenzados besados por la fricción
de un indolente.
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Camino de Santiago

Última etapa, cercano el destino,
en la mochila bonitas vivencias,
atestan mi cuerpo gratas dolencias,
y en la boca un deseo: ¡Buen camino!

Llego a Santiago como un peregrino,
quedan atrás amigos, experiencias,
amenas charlas en las residencias,
y una enorme paz bajo el Baldaquino.

La suave lluvia que cae con calma,
que cala y empapa hasta las entrañas,
la que te despierta cada mañana.

Gotas que mojan, que limpian el alma,
te anegan de sensaciones extrañas
cuando recoges...la compostelana.
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Haiku del camino

Tomillo en flor
olor a primavera
en el camino
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Las grandes ciudades son poesía andante

La magia de las grandes ciudades,
de sus interminables avenidas,
sus miles y miles de turistas,
sus cientos de fotos por segundo,
sus decenas de líneas de metro.

Gente, gente y más gente.

Y, entre ellos, tú.

Sólo, perdido, tímido,
no te atreves a sacar el mapa,
ni siquiera conectas el GPS,
de vez en cuando está bien perderse.

Gente, gente y más gente.

Y, sin embargo, aunque no lo creas,
eres invisible al resto de la calle,
como la mayoría de ellos lo son a tu ojos,
cruzáis miradas pero no os miráis,
no juzgáis, no pensáis, no sentís.

Puedes caminar desnudo por las calles,
gritar muy fuerte hasta quedarte sin aire,
cantar, bailar, saltar...
Nadie se va a parar a mirarte.

Es mágico, necesario de vez en cuando.

Sentirte uno más entre miles de mentes
que sobrepasan el límite de velocidad.

Invisible, tuyo, libre, perdido.

Pero lo disfrutas,
disfrutas de la velocidad de las grandes ciudades,
de perderte por sus calles,
entre miles de turistas,
que no se fijarán en ti,
ni siquiera en los cientos de fotos que harán de ti,
sin querer, queriendo retratar la poesía andante
del barullo de los que caminan sin rumbo,
sintiéndose uno más entre las mentes aceleradas.
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Ni me pierdo ni me encuentro

Hay veces que no sé si me pierdo o me encuentro, cuando navego ─o naufrago─ entre los mares de transeúntes en los caminos de la vida. Esos que tantas veces me llevan a puntos de bifurcación con letreros que tienen títulos de indecisión. Allí donde las pandillas de dudas opresivas me asaltan a mano armada, con premeditación, ventaja y alevosía.

Doy unos pasos en una dirección, retrocedo otros en dirección contraria, tomo atajos y desvíos. Al final, no faltan los momentos en que ese niño me pregunta si estoy haciendo las cosas bien, si me siento feliz y satisfecho. Ese niño que me inquiere sobre esos sueños que alguna vez tuve, pues quiere saber que hice con ellos. Es ese niño que se sienta en ese cuarto de juegos, allí en la azotea de mi interior y cada vez que algo impactante o trascendente ocurre en mi vida, asoma la cabeza por la ventana y suelta sus inocentes preguntas. Algunos le dicen el niño interior, ese que nunca te abandona a lo largo de la vida.

Ah, pero tienen mira láser esas candorosas preguntas, nunca yerran el blanco. Y entonces, tengo que sentarme en una piedra algo empolvada, de formas tan irregulares a veces, tan incómoda la mayoría de las ocasiones y ya tomada la posición del Pensador de Rodín, medito, absorto, abstraído.

La vida, esa espiral que da vueltas hacia abajo, hacia adentro y súbitamente hacia afuera y hacia arriba; nunca deja de sorprenderme. Y las dudas fundamentales sobre mi caminar en ella jamás cesan de llover. ¿A dónde voy? ¿De dónde vengo? ¿Es este el rumbo correcto? ¿Es aquí dónde quiero estar? ¿Es este realmente el aquí y ahora correcto? ¿Y qué pasa con el "cuándo", ese certero "cuándo" para alcanzar todos mis sueños?

Y es por eso que abundan las veces en que francamente no sé si me pierdo o me encuentro.


@SolitarioAmnte (vi-17)
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3comentarios 122 lecturas prosapoetica karma: 82

Paisaje

Escucho los colores fundirse
en un certero eco blanco.
A veces me pierdo en una tirada
de pasos sin fin apostado.

Doy vueltas por el vaso
con mar de ruido
en el que respiro
con silencio practicado.

Concedo tiempo a desconocerme
a ser nuevamente de barro
mirarme en tierra
por no tener vértigo a quien he sido.

No digo que me gire
a dedicar un baile al pasado
ni que levante cabeza
por pensamientos
de un futuro ilustrado.

Estoy partiendo al amanecer
que despliega mi corazón
cuando siente que nace
de mí una pasión sin bendición.

Cargo con las veces que salté
resistiendo la mirada
a no caer y pararme
en vez de seguir y propulsarme.

Ahora junto las manos
y me dibujo caminos
encendiendo luces en un viaje
en que cerrar los ojos
es imaginar de nuevo el paisaje.
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Serie El Viajero... "El viajero y la roca"

Seguí cuesta abajo dejando atrás el río, para adentrarme en un bosque con grandes árboles que dejaban filtrar sólo algunos haces de luz tenue pero cálida.

Era un panorama hermoso de distintas tonalidades de verdes y grises, miré hacia el cielo fascinado por aquel espectáculo mientras seguía mi camino, de repente tropecé con una roca. Me quede sentado ahí, viéndola, mientras trataba de mitigar el intenso dolor de mi pierna frotándola con mis manos, de pronto, desde el interior de la roca se escuchó una voz firme y severa.

"En la vida hay que fijarnos por donde caminamos, claro que mientras pasamos la misma vida es un espectáculo que debemos de admirar y reconocer, sin embargo, esto no debe de distraernos de nuestro camino, porque es fácil perdernos y más cuando no tenemos aún fijo nuestro destino, si eso llega a suceder podemos herir a quien ni siquiera conocemos y realmente lastimar a quienes nos conocen de verdad. Debemos de ser firmes y sujetos a la tierra, pero sin perder de vista el cielo; las aspiraciones no son malas, pero deben de ser racionales, para que puedas seguirlas y sentirte realizado, trabaja tu propia roca, se tú por el simple hecho de que te gusta serlo".

Me levante aún con un poco de dolor, pero entendí que esto es así, hay que seguir caminando, aunque el dolor aún nos acompañe...
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Distancia infinita entre el camino del olvido y el recuerdo (@Malulita_ & @SolitarioAmnte)

De un sobresalto desperté,
corrí a la ventana,
quise ver si el mundo seguía girando;
a pesar de la tristeza y el dolor,
dejaste caer la soledad sobre mí.
Hay tantas preguntas en el aire,
tantos porqués sin respuesta,
silencios en los que me perdí,
laberintos de pasiones tan intensas
que pareciese que el pecho va a estallar;
el camino del olvido es infinito.

Hay un camino pincelado
por polvo de estrellas en el tiempo,
senderos fugaces en el cielo.
Es el camino del recuerdo
que se vislumbra tan largo y profundo,
me sumerjo en él y me siento
como una gota en la inmensidad del mar,
una sombra
que se pierde en la noche infinita.
Y siempre, en mi recorrido,
hay un viento tibio
que alborota la melena de recuerdos,
y flotan en él tan delicadamente,
todas las notas de nuestra canción.

Y yo aquí de pie frente a la ventana
sólo para ver si el mundo sigue girando,
cierro mis ojos sólo un momento
cuando los abro el tiempo ya pasó
apenas te percibo entre la bruma del tiempo,
el tiempo se escapa, me está matando,
pasa el viento, me trae tu voz,
hablas sin hablar,
pronuncio unas palabras
que calladamente caen como gotas de lluvia,
me oyes sin escuchar...
Y ese olvido que nunca acaba por llegar.

El viento nocturno
y sus fantasmas danzantes,
las aves que alzan vuelo
hacia la densa oscuridad,
el humo que atraviesa tus ojos
cegando tus entrañas,
los duendes de la locura
que martillan todos los clavos
de mi cordura;
son todas señales inequívocas
de esta senda del recuerdo.
Y mientras tanto unas palabras
retumban en mi mente diciendo:
─No te aferres a nada,
porque nada es para siempre.


@Malulita_ & @SolitarioAmnte
vii-17
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Viento

No, no suena a través de una rendija.
Crece una sonora marea inmensa
de la nada al todo.
Cada hoja gualdrapea furiosa empujada
por la fuerza,
pero no hay cientos sino miles,
y de cada rama flexible que se agita
otra más fuerte la sostiene,
y a ésta otra... y hasta
el mismo tronco que soporta todo
ese mundo, su mundo,
vibra.

No es el viento lo que suena,
sino las hojas de los árboles.


En el juego he caído
en la casilla de la Muerte.
Se va revelando el mundo
a mis sentidos.
Los pies, de la cama
al suelo frío.
Y he salido a la terraza.
Altos chopos blancos
más altos que los hombres
anegan los oídos
de infinitud en su sonido.

Y no es el viento lo que suena,
sino las hojas de los árboles.


Porque a las cuerdas orquestales son las manos
lo que el infinito a la vida.
Y no son las cuerdas vocales lo que habla,
sino el aire que se mueve.
Ver lo eterno es muerte y transformarse
en alto chopo blanco.
No, no se entenderá el Lenguaje
si no se piensa

que no es el viento lo que suena,
sino las hojas de los árboles.



Villafranca del Bierzo, 24/09/2014. En el albergue del Camino.
Imagen: www.villabrazaro.com/2011/11/por-la-orilla-de-rio.html
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Estragos del tiempo

Paseo por las calles de mi barrio y aún me resulta raro no ver aquel kiosko que presenció mis pataletas y llantos.
En frente, ya no está ese humilde mercado por el que daba vueltas corriendo para sentir la velocidad y sus obstáculos.
Sigo caminando y veo que todo ha cambiado.
El parque de mi infancia ha sido sustituido por uno prefabricado.
Dicen que así duelen menos las caídas, pero qué es un niño sin sus heridas.
Les han quitado la oportunidad de hacer castillos de arena y de trepar por los árboles como si fuesen animales.
Continúo mi trayecto por la calle comercial.
Casi no quedan tiendas de reparaciones, y las que hay ya tienen colgado el cartel de liquidación por falta de prestaciones.
Lo que sobra es basura en las calles en una sociedad de usar y tirar, en una sociedad tristemente material.
Mi antiguo colegio no sé si seguirá en las mismas, pero me alegraría que ya no fuera tan tradicionalista.
Solo sé que exteriormente han privado de la luz del sol a los niños techando el patio con la excusa del mal tiempo.
No saben que para un niño bailar bajo la lluvia puede ser una gran y divertida aventura.
He aquí cuando mi vuelta finaliza y me subo al metro.
No soy capaz de asimilar que no haya niños jugando en la calle porque están con la tablet.
La melancolía me atrapa porque aunque mi infancia no haya sido la mejor siempre hay algún buen recuerdo, alguna agradable sensación.
Así que me siento, me pongo los cascos y espero a la próxima estación.
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2comentarios 118 lecturas prosapoetica karma: 67

Ocaso

Dulces pensamientos que tenéis enjaulado al hombre
dejad libre sus manos, dejad volar su inventiva.
En los llanos prados
voy sin rumbo al ocaso
desde este balcón alado.


Fuerte el hierro en la fragua de Vulcano
modelando el camino arado
van los hombres libres, cansados.
La procesionaria va lenta llegando
mil pies caminando, caminando.

Al ocaso.
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