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El cónclave del horror

El cónclave del horror.

Es el cónclave del horror; los congregados parlotean un idioma algebraico.
Seres que son tragafuegos de su propio dolor para posterior deflagración del interlocutor.
Hay buhoneros que engatusan a los peregrinos con amplificada ingeniosidad, creando pareidolias afines con su voluntad.
La cordura está obturada, la necedad instaurada.
Apoltronados en el sillón los eruditos deben hallar el epigrama.
La tierra se quiebra y se abre en traviesas de madera. Algunos logran saltar y contemplan el vacío con rostro contrito. Otros caen en manos de entes hediondos y zaparrastrosos de voz estropajosa.
Los sabios dirimen desde una hornacina tallada en alabastro. Los alaridos estallan en el aire quebrando la roca, las esquirlas anuncian el fin de su asidero. El tiempo se distorsiona y las guirnaldas devienen granadas.

Marisa Béjar.
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Electroshock

No hay bastión que pueda frenar el electroshock.
Es la cerbatana más afilada,
aquella que envenena el alma.
El Casimir deviene saco estropajoso
si esbozo su expolio.
No hay cartógrafos que dibujen un camino de culpa extinto,
porque el electroshock galantea con el horror.
Y cuando todo está torneado
en el más inexcusable agravio,
no hay redención:
sólo cabalísticas reminiscencias
y sufrir de nuevo electroshock.

Marisa Béjar.
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Un ataúd para dos

Calista murió un martes por la mañana, murió virgen y joven.
Su lozanía no conoció nunca el sol que daba fuera del pueblo, y su huraño comportamiento de autoconfinamiento le hacía tener una piel pálida perenne, que le vestía con una suerte de lividez rígida y decadente.
Sus padres -decían sus vecinos- iban siempre de viaje largas temporadas por dedicarse al negocio de las mercaderías, y por sufrir ella de un extraño mal que le cubría el cuerpo de llagas si estaba expuesta a la intemperie y el sol como lo pudiera hacer una persona normal.
Era de poco dormir, o al menos eso parecía, puesto que ostentaba unas ojeras de grandes proporciones que le hacían ver sus opacos ojos como hundidos en dos cuencos de un gris enfermo que asustaba.
Las Hermanas de la Caridad que le cuidaban por días en ausencia de sus padres, no eran capaces de hacer comer a la chiquilla, cuyo esquelético cuerpo iba arrastrando por la casa donde era incapaz de salir.
Calista llevaba unas uñas de un largo antinatural que daban un sincero y valiente asco. Pero tampoco había dios capaz de hacérselas cortar.
Es cierto que entonces se corría el rumor que sus padres habían amasado una enorme fortuna en sus negocios, y por ya alcanzar una avanzada edad y tener a Calista como la única heredera, cualquiera que se hiciera con sus favores tendría la vida resuelta.
Sin embargo, el errático y estrambótico comportamiento de la muchacha, que casi rozaba la idiocia, echaba para atrás las pretensiones de los más inescrupulosos y ambiciosos pretendientes que al conocerla ponían pie en polvorosa.
Siempre fue así hasta que Eladio Fuensanta, octogenario y perverso, se dio a la imposible tarea de cortejar a la chiquilla.
Aquel había ido de viudez en viudez viviendo de sus consortes muertas, pero ya hace más de un año que se encontraba en unas condiciones económicas nefastas, y a pesar de no vivir en el mismo pueblo de Calista, había emprendido un largo viaje con la descabellada idea de conocerla.
Tenía por supuesto pensado presentarse como uno de los socios comerciantes de sus padres, quienes hubieren querido (en especial encomienda) que él mismo en persona se hiciese cargo de ella y sus necesidades. Las domésticas y las propias de la ausencia.
Fue así pues, que con esta burda estratagema Eladio, el octogenario advenedizo, fue a parar a la casa de Calista, quien no le recibió, sino que fue Sor Aradia, la que más trataba con la muchacha, quien cayó en el ardid, un poco por alegría de que a alguien más le importara la suerte de Calista, y mucho más por sustraerse de las labores que se desprendían de cuidar a aquella atípica joven.
Sor Aradia no tendría más que limpiar las defecaciones ni meados que la muchacha iba plantando por doquier o hacer fuerza para soportar de improviso su terrible semblante lívido y huesudo. Sus frustrados intentos por socializar con aquella, o hacerle hablar o comer de modo de convencerse de que era humana.
Esa mezcla de lástima, repugnancia y zozobra que Calista le producía iba a terminar de una vez por todas. Así que, aunque todo le pareció sobrevenido, ninguna de las mentiras que le vendió Eladio para quedarse le parecieron poco razonables.
Los santos del cielo habían escuchado por fin sus ruegos, dejaría por fin de ver las horrendas cicatrices de los pellejudos brazos de Calista, las mismas que ella se autoinfligía en las oscuridades de aquella casa pútrida de sombras y olores nauseabundos de ausencia.
Habían pasado tres días y pudo más la avaricia del viejo decrépito y deforme que la lobreguez de aquella morada exornada en tinieblas. Había sido advertido del carácter huraño de la chica, pero no estaba dispuesto a rendirse hasta conocerle. No podía ser tan terrible todo lo que se decía de ella, y él (tan avieso e insurrecto) no se iba a conmover por una joven fea o desaliñada.
Después de todo él, su halitosis y sus problemas de granos en su anciana piel (que eran de cuidado) no le hacían tampoco un Adonis, ni mucho menos aquella, que tan poco agraciada se supone que era, iba a poder rechazarle por nimiedades estéticas.
Eladio disimulaba malamente su labio leporino de nacimiento, su meteorismo y su onicosis. Y hasta poco cuidadoso era con las desmesuradas legañas que no se limpiaba jamás.
Así que al cuarto día, ya cansado de esperar, decidió adentrarse en los aposentos de aquella casa, que más bien emanaba efluvios de panteón o fosa común. Eladio continuó decidido descendiendo por una escalinata llena de carcoma, notó la presencia de alimañas que reptaban por los peldaños al ir bajando y notó como el aire empezaba a tornarse más enrarecido y espeso.
Una mezcla de umbrías, polvos y telarañas anidaban por todas partes y la luz se hacía más débil, cuando de pronto el viejo da un terrible resbalón, producto de haber pisado sin cuidado una materia fétida y oscura.

Eladio fue a parar casi muerto a un hueco donde sus huesos rotos reposaron sobre lo que parecía un lecho de fémures, costillas, tibias y cráneos. El golpe de la caída le hizo perder la conciencia por poco tiempo, la pestilencia de aquel lugar era tal que la misma le hizo recobrar el sentido entre espasmos y arcadas violentas.
Imposibilitado de poder moverse y escorado como una falange más de aquel protervo agujero, Eladio escuchó que alguien se acercaba bajando, como arrastrando un saco de guijarros o fragmentos de algo desconocido, que producía una cacofonía escalofriante.
Por más que intentó menearse no fue capaz siquiera de apoyarse en un costado, aquello estaba tan oscuro que apenas fue capaz de ver la violenta dislocación de sus rodillas, y una clavícula que le asomaba abyecta producto de la caída.
Gimió y gritó con desgarro:
¡Calista! ¡Calista!
Mientras intuía más cerca la presencia de una sombra (no era posible con certeza saber si era un animal o una persona).
Indefenso y preso del pánico más absoluto Eladio de cagó encima.
Vio por encima de sí como unas uñas verdes y extremadamente largas y asquerosas le cogían del cuello, de algo parecido a una cabellera, que alcanzó a ver antes de desvanecerse cayeron unas larvas adultas y no pocos gusanos.
Pasaron los días, y al no saber nadie nada del cuidador de Calista ni de ella misma, una comitiva consternada por la situación o por las garras de la incertidumbre, decidió entrar en la casa de la interfecta para aclarar qué ocurría.

Fue así que, Sor Aradia, Mateo el cura del pueblo cercano, y otros cuatro, acudieron al desolado sitio.
Asaltados por el estupor nauseabundo y vomitivo que emanaba de la casa y sus linderos, y tan pronto abrieron la puerta principal, dos de los hombres que iban con los religiosos cayeron desvanecidos por arte de aquel poderoso hedor.
Poco después se descubrió por fin, en la parte baja, una espeluznante estancia que bien podía ser un cementerio interior o una morgue de vastas proporciones, donde osarios y restos fecales se confundían con las sombras en macabro cuadro.
Aquella fosa común o lo que fuere, guardaba en su centro un ataúd de mayúsculas proporciones. En aquel escenario enrarecido y tóxico Sor Aradia y Mateo fueron los únicos, que, sobreponiéndose a la conmoción de las circunstancias, se acercaron a aquel inaudito hallazgo.
Al asomarse constataron como un amasijo pestilente de huesos, pellejos y vísceras se revolvía dando sus últimos estertores de vida. Sor Aradia cayó fulminada al reconocer entre tanta mortandad el atuendo de Eladio pútrido y desgarrado, y Mateo atónito vio con horror como entre los restos Calista iba engullendo con fruición los restos mortales de su necio y octogenario pretendiente.
Esta vez nadie en el pueblo preguntó, ni se atrevió a ir a buscar a nadie. La superstición o el miedo atroz que estos hechos y desapariciones provocaron pudieron más que cualquier vocación de auxilio de familiares o personas relacionadas con estos nuevos desaparecidos.


Los padres de Calista nunca regresaron, nadie lloró, nadie habló y las Hermanas de la Caridad o la Diócesis del pueblo al que pertenecía Mateo tomó parte en investigación alguna.
Lo único que se decía (si alguien ajeno al pueblo preguntaba por la casa) es que era una propiedad de un matrimonio rico que se dedicaba a las mercaderías, y cuya única hija soltera, núbil y excepcionalmente hermosa y erudita, les esperaba siempre estudiosa en la biblioteca de la casa, a la que se podía acceder por unas escalinatas que llevaban a un nivel inferior.
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¿Cuánta sangre cuesta...?

¿Cuánta sangre cuesta
ir del olvido al horror,
evitar la vergüenza,
la injusticia de la legalidad,
la esperanza traicionada,
la mentira institucionalizada,
la caridad de fin de semana,
convertirse en verdugo
siendo víctima del sistema?
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A veces

A veces
Siento algo adentro
como hoyo vacío y negro
una tristeza que no es mía,
un dolor ajeno que no me pertenece
y me llueve copiosamente
como si sus penas fueran mías.

Mis nubes antes mullidas y blancas
se van poniendo pesadas y grises
ellas tan resplandecientes
se adolecen ante el dolor ajeno
se sienten impotentes
de las injusticias y horrores de este mundo
mis nubes antes níveas se negrecen
se vacían a torrenciales
hasta formar un gran caudal

Como si haciéndolo pudiera escampar
los aguaceros y las tempestades
de los que sé que no es mío
de los que llorar no pueden
de lágrimas que no son mías
más sin embargo sé me pertenecen
consciente de que yo también formo parte.

MMM
Malu Mora

foto tomada de internet
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Elefantiasis lateral

Su rostro dibujado en el suelo
se le derrumba igual
como se hunden en el ponto
los antiguos templos de Grecia
o se inclinan tangentes de Pisa
las otroras columnas de Roma ya sin punta...
Era en mí la angustia de ver aquella espesitud
en su larga cara de agua lenta.
Era aquel sufrimiento mudo
en su faz de vela derretida.
Aquel hombre, seguro era un horror sin voz,
una resignación sin remedio.
Era un erial...
lejos de la germinación
de toda posible esperanza.-


@ChaneGarcia
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Boomerang

Diez, nueve,
empieza a rezar;
ocho, siete,
para tu alma salvar;
seis, cinco,
de las ratas rabiosas;
cuatro, tres,
que no pudo encantar;
dos, uno,
el flautista estelar.

Uno, dos,
al salir de tu hogar;
tres, cuatro,
ten fe en encontrar;
cinco, seis,
a las ratas piadosas;
siete, ocho,
que el flautista estelar;
nueve, diez,
alcanzó a hechizar.

De Sombras, 2012
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4comentarios 161 lecturas versolibre karma: 105

Rata

Me temblaba todo el cuerpo
y mis tripas crujían
como la cabeza de mi papá
en el hocico del gato siamés
que se comió a mi mamá
y a mis hermanos y a mis hermanas,
y el que paciente esperaba,
bajo una noche de líquidos puñales,
a que yo saliera de la coladera.

La lluvia no amainaba,
tenía la boca seca y el agua, el agua,
dejó de correr y subía y subía
y subía cada vez más aprisa, rápido;
y el felino era una sombra
infernal y hambrienta, monstruosa.
Y el cielo se desgarró a truenos lastimosos
como mi carne entre las patas
y la boca de la muda y descomunal oscuridad.

La muerte siempre sabe hacia dónde correr.
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El horror de la tormenta, Parte I (soneto)

¡Muy buenos días lluvia y vecindario!
Os invito a la tan bella tormenta,
con música de truenos que alimenta
un junio que atormenta al calendario.

Desde el balcón de casa el campanario,
tranquilo y empapado, se aposenta
bajo rayos y ráfagas violentas
de un viejo viento tétrico incendiario.

Un horror terrorífico y mortal
que da forma a un espectro fantasmal
desata un pavoroso eco en el cielo;

y el chubasco diabólico del mal
en un grisáceo espíritu infernal
aterriza con prisa sobre el suelo...

(Continuará...)

Raül Bernadas
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El horror de la tormenta, Parte II (soneto)

Surgió el horror cuando éste aterrizaba
sobre el suelo tornado en barrizal
después de un chaparrón primaveral...
¡Y el mal con asustar amenazaba!

El monstruo por las calles paseaba
disfrazado de lluvia y vendaval,
de sombra y del mismísimo Rey Mal,
siguiendo a todo ser que respiraba...

Quisieron darle caza los valientes;
quisieron los cobardes ocultarse...
¡Pero el horror ganó a todas las gentes!

Inquietos todos, cuerdos y dementes,
lo que hizo el pueblo entero fue largarse...
¡En éxodo masivo y de repente!

Raül Bernadas
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Cristales rotos

Y se rasga su piel vítrea,
arañando el cristal de los temores,
cicatrices de Bohemia
por horrores cristalinos.


Y hay lija en la garganta,
mezcla de arena y salitre,
que raspa el grito
transparente del dolor.

Horror,
gritos,
dolor…

Y nadie le escucha,
y nadie ve
otra vida hecha pedazos
que no se refleja...
en ningún espejo.


Se hizo añicos la Bohemia,
le arrancaron los futuros
a cachitos,
de un porrazo.

No más reflejos de muerte,
ni más cristales con miedo,
¡Ni uno más!
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Impacto

Chirridos a medianoche.
Un gato cruza, asustado, la calle.
Asfalto quemado.
Repiquetea la lluvia en los cristales rotos.
Espectáculo dantesco ante mis ojos.
Vidas perdidas, destellos que iluminan a los muertos.
El sonido del silencio emite sus gritos sordos
que taladran, que hieren, que lastiman.
Se esfuma la sonrisa y acude, veloz, la pesadumbre
que lo invade todo,
que lo impregna con esa atracción fatídica y magnética
de lo inevitable, evitable,
de la impotencia, el miedo y la nada.
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El hambre: una prerrogativa de dioses que devoran dioses

La semilla estaba viva
y sin saber por qué ni cómo se sacrifica a nosotros.
Otorga su fetocidad
su infancia no nacida
en pro de una vejez hambrienta.

Lo mismo les sucede a los demás vegetales
a las aves, a los peces
y a los amansados cuadrúpedos que nada saben.
Nadie se salva
ni los mezquinos amos de la apiramidadas cúspides
omnívoros por naturaleza
caníbales sólo en la desesperación
donde lo que prima es la sobrevivencia del más egoísta
el que más sea sagaz.

Al final del tiempo
cuando ya no quede espacio
sólo debe quedar uno.
Los demás —todos— sólo serán imágenes
transparencias sedimentadas en las paredes de su gran estómago.

La vida es una angustia que se espirala sobre sí misma
y se mueve regida bajo la ley de las hélices del hambre.

Parecemos colibríes tibios de digestión lenta.
Siempre me he sentido incómodo con lo de ese punto caníbal
con esa... voracidad que se nos es tan propia
una segunda piel inevitable.

El Hombre debería ser como los ángeles
que se alimentan en la naciente y moribunda luz de Dios
cuando se azafranan de brasas las nubes al acaecer los dos ocasos.

¿Sabes a qué sí le tengo miedo?

Que Dios sea tan voraz como nosotros
que esté esperando a que los hombres-semillas estén a punto
para escogernos al separarnos
tomándonos hacia sí
como en un gran sorbo
encandilándonos al adherimos asimiladamente a las paredes de su Gran Ojo
la blancura ignota
impenetrable
en el fondo de su estómago blanco.

Ese...
es mi mayor temor.

@ChaneGarcia
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Cuchillas (V)

Volviendo a tu vida,
a tu dieta de alcohol y medicación,
once cápsulas,
el polvo subiendo por tu nariz,
invadiendo tu cerebro,
otorgándome el control.
Quieres volver a dormirte
pero te da miedo hacerlo.
Pones la música al máximo,
pero es sólo sonido de fondo
cuando yo te grito al oído.
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Cuchillas (VI)

Y llegas a la conclusión de que estás solo y asustando,
de que nadie va a venir a salvarte.
Sabes que volverán a ocurrir cosas horribles
y sólo tienes tres opciones:
verdugo, víctima o ambas cosas.

Te faltará valor para hacerlo solo.
Te harás cortes en los muslos,
buscando una mínima concentración,
algo que te haga olvidarme.
Pero es tarde ya,

Seres mitológicos nos han santiguado con su bendito esperma.
Tomaron aquella decisión por ti.
Siempre estarás solo y asustando,
pero descuida,
yo estaré siempre por aquí,
dispuesto a tomar el control
y, por mucho que pase,
puedes contar conmigo,
siempre dispuesto a redimirte
cometiendo por ti todos los pecados innombrables
y necesarios para sanar tu alma enferma de horror.
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