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Desaparecer entre la irrelevancia

Rechazamos la felicidad,
nos atribuimos una pose siempre melancólica
y caminamos hacia el dolor.

No sé si puedo afirmar que aquello nos divertía
pero, sin duda, nos hacía sentirnos especiales.
Imaginábamos caminar al borde del abismo,
algunos con tanta fuerza que se quedaron por el camino.

Y los que quedamos ahora sólo somos máscaras
que, rendidos al sueño y al trabajo que nunca tendríamos,
criticamos con fervor el sistema con el que colaboramos.

No tuvimos la suerte de llegar a la sobredosis.
Descubrimos que la vida no se acababa.
Ahora tenemos miedo a desaparecer entre la irrelevancia.

En ese río de ansiolíticos y antidepresivos de los que tanto presumimos,
en esas revistas carísimas que prometen un mundo alternativo,
una entrega eterna,
a la música, a la política internacional, al cine o,
hay de todo en este mundo,
a mantenerse en forma.

Y sólo me siento feliz cuando llueven golpes sobre mí,
contra mi pecho, en el estómago.
Cuando acabo tan cansado que sé
que no seré capaz de entrar en la rueda al día siguiente.

Pero camino toda la noche,
hipnotizado, horrorizado por las cosas que veo,
cadáveres cubiertos de puñaladas,
mujeres vendiendo su cuerpo
por el precio de un combinado en un local de diseño
e imagino niños asustados
sentados en una esquina con la cabeza entre las piernas
suplicando porque esta noche no venga a visitarles.

Y leo en una revista que a veces la felicidad viene, sin más,
que no tienes que molestarte en buscarla,
pero yo me pregunto:
¿cómo puedo deshacerme del dolor que, con tanta pasión,
me empeñé en abrazar?

Y si lo consigo: ¿qué vendrá en su lugar?
¿Podré curar mi corazón y amarte todavía más?

Y nos imagino desechando todo ese dolor,
tumbados en la hierba,
el sol colándose entre los árboles
y nuestros corazones estirándose para recoger
toda la belleza que nos rodea.

etiquetas: amor, carácter destructivo, dolor, recuerdos
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