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La Calavera

A diferencia de muchos, la idea de mi propia muerte no me atemoriza en lo absoluto. Al contrario, lo que siento es una devota fascinación por su símbolo más emblemático: las calaveras. Todo comenzó cuando yo tenía ocho años y, en compañía de mi maestra y un grupo grande de niños integrantes de varios cursos de la escuela, viajé al Museo de Antropología ubicado en el estado más próximo a la ciudad como parte de un paseo escolar; una de las pocas vivencias infantiles que guardo en lo más profundo de mi memoria.

Fue allí cuando, en medio de todas las cosas que se exponían ese día en el lugar, mi naturaleza curiosa me llevó hasta una sala en la cual se exhibían diferentes reliquias pertenecientes a los ritos funerarios de las primeras tribus indígenas que poblaron la región. Según las explicaciones repartidas en grandes rótulos negros con letras blancas por las distintas paredes del inmenso salón, estas tribus acostumbran a depositar los cuerpos de sus muertos en sendas vasijas de barro en lugar de enterrarlos, por lo cual en medio de la sala se ubicaban seis de éstas, todas enormes, con sus respectivos difuntos milenarios dentro, ornamentados y coronados con guirnaldas de flores resecas por el tiempo pero extrañamente conservadas.

Recuerdo asomar mi cabeza inspeccionando el contenido de las vasijas, una por una, observando sin mucho entusiasmo los restos colocados en el interior, para luego alzar la mirada y, al voltear a mi derecha, toparme de súbito con un vetusto y ocre cráneo humano. Esa cosa sí que me asombró. Nada que ver con los dibujos que ilustraban la canción de Los esqueletos en el libro de clases: ¡estaba frente a una calavera de verdad! Quedé obnubilada por un breve instante ante aquel descubrimiento –«¡ay, un cráneo de verdad, una cabeza de un muerto!» no dejaba de repetirme para mis adentros– tan extraño. Ni siquiera los huesudos de las vasijas, con sus coronillas agrietadas y curtidas por siglos de tierra, me impresionaron tanto como esa sola visión. Aquel cráneo a un palmo de mis narices, con la vitrina en medio como única separación pero tan cerca que se producía un horrible efecto visual que mostraba mis propios ojos reflejados por el cristal dentro de sus orbitas vacías y oscuras, como si me mirase. Aún así yo no sentía nada de miedo. Más bien me entraron unas ganas imperiosas de tocarlo, de tenerlo entre mis manos (como el hombrecito barbón que sostiene uno en la portada del Hamlet para niños de la biblioteca) para poder mirarlo con más detalle. En ese instante me asalto una idea; un pensamiento que hasta hoy llevo en la mente tan claro como si todo fuese sucedido ayer: «Entonces, ¿es qué así somos todos por dentro, verdad? Llevamos una calavera igual a todas partes, en todo momento, siempre sobre los hombros, sólo que escondida entre el pelo y la piel. Y si esta es la muerte, ¿quiere decir que llevamos la muerte encima?» Eso era lo que exactamente pensaba mientras miraba el cráneo en la vitrina e instintivamente me llevaba las manos a la cara y las colocaba en forma de estrella sobre mi rostro, tanteándome la cara con los dedos.

Pronto me sacó la maestra de mis ensueños, asiéndome de un brazo para llevarme junto a mis compañeros de clase, visiblemente molesta pues había estado buscándome por toda el área y ya era hora de que me uniera al grupo para seguir con el recorrido. Mientras continuaba la visita, no me concentré en otra cosa que no fuera el gran alivio que sentía luego de la revelación que tuve en mi anterior encuentro con la calavera: todo el tiempo los adultos relacionando cráneos con el peligro y la muerte, y resulta que todos llevamos uno día con día sobre nosotros. «Su forma es extraña, da miedo, pero si es así no debe ser tan malo», pensaba yo en el trayecto hacia la próxima exposición.

Después de ese primer encuentro tan particular, tan revelador, le tome un gusto inusitado a todo lo que tiene que ver con calaveras, además de haber perdido prematuramente ese miedo a la muerte que tanto acosa a los mortales. Con el paso de los años comprendo mejor lo que aquel secreto instante de mi vida entre la antigua calavera y yo significaba: la muerte es parte de cada persona en la tierra y no la abandona ni por un instante. Desde entonces, siempre que me miro al espejo y contemplo mi rostro, no me olvido nunca de la calavera que se oculta detrás.

etiquetas: relato, muerte, calavera
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4comentarios 267 lecturas relato karma: 64
#1   Un placer leerte. Saludos.
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#2   Un placer encontrarte en estos lados, Heclist. Saludos.
votos: 1    karma: 10
#3   Lo que más me apacigua de mi propia muerte
es la representación de un lugar fijo:
un lugar fijo en el que nuestros huesos sean enterrados,
arrojados, exhumados juntos.
Allí residirán dispersos en enmarañado fárrago.
Tu tibia izquierda descansará sobre mis costillas.
Alguna falange de mi mano quedará dentro de tu pelvis.
El resto de huesos derramados como la tierra.
No deja de ser insólito
que esta representación de nuestra proximidad,
que nada interpreta sino una imagen de huesos que serán polvo,
me ofrezca una sensación de calma.
Así es.
Contigo puedo representar un lugar
en donde ser huesos o polvo es algo maravilloso.

Canet.
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#4   #3 ¡Que hermoso poema Canet!

Gracias por leerme.
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