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La rabia del silencio

Desperté temblando, Rubén me desnudaba. Le dije que no y lo aventé. Le dije que no y me besó a la fuerza. Le dije que no y le apreté los huevos. Forcejeamos. Me dio dos bofetadas. Grité antes de que me agarrara del cuello. Me desvanecí.

Me provocaba náuseas ver a Rubén tan despreocupado durante la grabación, jamás imaginé que algo así fuera a suceder. Era mi amigo desde la preparatoria y nunca le había dado motivos para que pensara otra cosa. Todos me preguntaba que si me sentía mal, porque me notaba pálida y extraviada. Aunque en realidad tenía una mezcolanza de culpa y rabia en el estómago, en general mi respuesta fue: “Sí, estoy bien, gracias. No pasa nada”.

Se me secó la boca cuando Rubén me preguntó si quería un vaso con agua. Al ver su sonrisa me mareé. Fui al baño y vomité y vomité hasta que me dolió la garganta. No pude soportarme más, llamé a mi mamá y le conté lo sucedido. El miedo causa confusión, la confusión silencio y el silencio abuso.

Antes de salir corriendo de la locación, le dije a Rubén que no se volviera a acercar a mí. Él me pidió perdón y me dijo que no era para tanto, que siempre le había gustado y que yo lo sabía. Le escupí a la cara.

Mamá me recogió y al llegar a la ciudad fuimos a levantar una denuncia. Cerré fuerte los puños y fruncí el ceño, la ministerio público me miró con autoridad y me preguntó: “¿Por qué no gritaste?” Me quedé en shock.

etiquetas: duda, dificultad, desolación, daño, dolor
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