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Tomate Negro: Estampas Inolvidables de Barrio

Un sábado soleado, nos permitía patear el balón hasta lo más próximo al siempre hermético portal, donde esperábamos, que un envalentonado empujón lo colocara en el fondo de la red donde anidaba el triunfo. Triunfo por demás fútil, pero esperanzador. Especialmente para los que perdíamos todo antes de comenzar a jugar; todo: menos ese raro estado anímico que conocemos como buen humor.
Después del partido, indistintamente del resultado, quedaba tiempo y energía para chasquear las cuerdas de una disonante guitarra. El borde de las aceras era buen lugar para posarse a emular las aventuras que condujeron a muchos trovadores populares a fases máximas de gloria, despertando en las muchedumbres unas pasiones desbordadas, al pulso de versos diáfanos y articulados oportunamente, con unos acordes magnetizables por los gustos mas silvestres de una audiencia varia e impróvida. Luego, en el preludio de las sombras nocturnas, nos adentrábamos en las calles (Zurita y yo), abriéndonos paso entre gente que venía y que iba, confundiéndonos —guitarra al hombro— con borrachines y vendedores ambulantes.
Así arribábamos a los puestos de fritangas que preceden al terminal de pasajeros, antes de abordar el autobús a casa, ese sábado, saciamos el hambre (Zurita y yo) con una porción colosal de chorizos, morcillas, chinchurrias y hallaquitas refritas, en un puesto que asertivamente alguien llamó: La Fiesta del Colesterol.
El autobús durante su recorrido, sirvió de escenario para entonar dos canciones que ya habíamos cantado antes en la acera, pero esta vez más desafinados y accidentados, por: «el efecto de las reacciones inerciales de un cuerpo en movimiento, cuando interactúa con otro cuerpo fijo dentro de su misma masa».
Al escuchar este argumento, un hombre mayor que viajaba como pasajero en el primer asiento del autobús, refuto, con algo de gracia mi teoría, aduciendo entre una sarcástica sonrisa— busquen mañana en la parada donde subieron, a ver si se les cayó el oído rítmico.
Minutos después, cruzábamos el cordón de miseria que marginaba nuestro barrio del mundo donde se preconiza la fantasía bajo la sombrilla del arte; de vuelta a la realidad, el barrio nos abría sus brazos como un abuelo huesudo, mostrando en sus costillas, una turbada arquitectura de casas esqueléticas a medio construir de donde salían olores de un desconcierto humano tratando de equilibrarse en los sudores secos que deja el viento vespertino, una tenue esperanza se aferraba antagónicamente a las notas de un acordeón, acompañando los versos de un vallenato, cuyo cantor formulaba las armonías del resentimiento que algún juglar anónimo engendrara en amores fallidos .Los guapetones, persistían en su acérrimo deambular por las esquinas quemando el tiempo a mansalva y los perros nos escoltaban meneando la cola como poseídos por espíritus querendones, ahogando sus ladridos, en un reconocimiento de pertenencia subyacente en el sincretismo de nuestros pasos con el lugar (o simplemente porque percibían el olor a chorizo en nuestras ropas) .
El final del camino de tierra consabido y almagre, nos ponía a salvo, pero sin ninguna garantía de sanidad.
A mi amigo Zurita le comenzaron unos retorcijones estomacales muy dolorosos, que en su efervescencia, le daban un grisáceo color a su piel oscura al tiempo, que torcían sus gruesos labios en medianera hendidura dejando entrever unos grandes y blancos dientes caricaturizando en su cara la sonrisa de un caballo. No era difícil determinar la causa de aquella dolencia, fue un verdadero milagro que a mí no me afectara semejante ingesta de grasa quemada expuesta a la intemperie no podía producir menos.
Nos detuvimos en casa de una amiga en común, la cual era pretendida de Zurita, éste, después de saludar afectuosamente (a la joven y a la madre) y con su humor característico, pidió entre satíricas payasadas, que le permitiera acceder a la sala de comunicaciones, ya que le urgía enviar un fax. La chica acostumbrada a su lenguaje bufo, con una natural y leve sonrisa le invito a pasar al baño.
La madre de la chica, haciendo notar su amplio conocimiento sobre las virtudes curativas de las infusiones, se dirigió a la cocina diligentemente y sin mediar palabra, comenzó la preparación de un brebaje, exhibiendo esa extraña manía que adorna a los seres que menos tienen, en cuidarse unos a los otros como una manada de fieles desposeídos sin más propósitos que librar el silencio de lamentaciones, después de algunos instantes, en que no dejó nunca de oírse el omnipresente percutir de los misteriosos tambores que rugen tras la paredes de la marginalidad, la taza humeante con la pequeña etiqueta del te colgante era ofrecida a Zurita, —quien ya había recuperado la negrura natural en su piel y estaba de vuelta en la modesta sala—La señora, con Sus dos manos extendidas, sostenía una mirada bondadosa sobre la taza con cuidado de no quemarse, pero con cierta autoridad maternal se dirigió a Zurita —¡toma te negro!. A lo que Zurita respondió espontáneamente: —No gracias, no me gusta el tomate negro; lo prefiero rojo.

etiquetas: cuento breve, humor, crónica urbana
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11comentarios 146 lecturas relato karma: 108
#1   Este relato esta buenísimo. Compatriota saludos y deseando que nuestro país se levante. buenas tardes y éxitos para ti.
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#8   #1 Gracias Ray por tu apreciación, deseando que se cumplan nuestras metas, saludos.
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#2   Me sacaste una sonrisa con tu relato. Está muy bueno. Saludos poéticos.
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#7   #2 Gracias Sinmi, tu siempre tan detallista. abrazos.
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#3   que bien se da esto rubensito
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#6   #3 Gracias, están a tu orden. saludos.
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#4   Me encantan tu relatos, siempre tan descriptivo que te ubicas en el momento y el espacio, un abrazo, saludos
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#5   #4 Gracias por tu comentario, saludos
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#9   Pero qué buen relato!!! He disfrutado mucho leyéndolo y el final es genial! . :-) {0x1f44f} {0x1f44f}
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#10   #9 Oh, gracias Carmen , tu opinión tiene un alto valor y tu visita es un regalo celestial, saludos.
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#11   #10 Oh gracias a ti compañero por tan bonitas palabras! {0x1f60a} Saludos!
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