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Destiempo

Ella no cree en los amores imposibles, aunque sí en las uniones fuera de tiempo.
Lo amó desde que se encontraron, y él la guardó en sus recuerdos para siempre.
Se deseaban y sus vidas transcurrían aparte, en líneas paralelas sin punto de cruce.
Hasta que volvieron a verse.
Tampoco era tiempo para ellos, pero ya no importó. No hubo quien frenara el encuentro.
Están detenidos en el tiempo...pero tendrán que continuar como siempre, con sus vidas aparte.

Alicia García
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Encuentros

Él la besaba cada noche como si fuera la última vez. Después desaparecía. Pasaban semanas para que ese hombre misterioso volviera. Decía ser agente viajero. Podían estar juntos varias noches seguidas pero ella nunca sabía cuándo era la última. No había despedida y tampoco avisaba cuándo volvía.

Ella suponía que era casado, sí, podría ser eso, sería lo más lógico. ¿El pacto entre ellos? ¡ninguna pregunta! sólo disfrutar las noches sin decirle a nadie.
No eran encuentros cotidianos. Los amantes no descansaban.

Un día ella entendió. Era el jubileo del año 2000 en el teatro Peón Contreras. Ella asistió y ahí estaba él, como nunca antes lo había visto, con sotana, en el escenario junto con otros miembros de la iglesia.

Al salir del evento ella propició un encuentro, ahí a la salida del teatro. Se miraron un instante y de esa manera se dijeron adiós.
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El breve relato del tío soberbio

Mi tío tenía joroba. Los médicos la llaman escoleosis congénita. No era demasiado notoria aunque ahí estaba. De nariz aguileña, mugre en las uñas, calvo desde joven, gordo y con lentes de mucho aumento. Sudaba tanto que a veces hedía. Ejerció por años un oficio que con el tiempo se volvió obsoleto, reparaba radios y televisores de bulbos. De niña me daba miedo su mirada. No tenía pestañas y eso hacía que sus ojos se vieran extrañamente redondos. Mi abuela lo describía de manera diferente. Decía que era guapo y que se parecía a un actor de telenovelas mexicanas. Ella contaba que de niño su hijo estuvo cerca de morir por hambre y que una señora millonaria se lo pidió en adopción para darle una vida digna, pero mi abuela no quiso y con lo que podía juntar lavando, planchando y arreglando casas, lo alimentaba. Entonces mi tío vivió. Ella en agradecimiento se volvió fanática religiosa. Desde entonces mi abuela miró a su niño como un milagro, algo divino, como una creación perfecta incapaz de cometer errores mundanos. Nada de lo que hiciera estaba mal ante sus ojos, era su único hijo varón.

Cuando mi tío se convirtió en adulto se casó con la chica de sus sueños: una rubia de cintura extremadamente pequeña, ojos verdes y de estatura notable. Yo no entendía cómo esa mujer tan bonita se había enamorado de un hombre como él. No sólo por su físico, sino por su soberbia. Los padres de mi nueva tía amueblaron una de sus casas para que vivieran los recién casados, con la promesa de heredar la residencia y una fortuna a su hija con el paso de los años, para que los nietos disfrutaran del fruto del trabajo de los abuelos. Pero pasaron diez años y el primer bebé no llegó. En cambio había una pareja con el corazón marchito. Mi tío se volvió diabético y a mi tía le quitaron la matriz. En su hogar tenían una tienda de abarrotes y un taller de reparación de aparatos electrónicos. Comían de esos negocios y alimentaban la esperanza de la herencia prometida. Cuando el avance de la tecnología rebasó el oficio de mi tío, él se negó a actualizarse. Entonces comenzó la decadencia. Él pensaba que la vida era injusta con él por no haberle dado un hijo, por no haber recibido aún una herencia que no le correspondía y por su enfermedad. El carácter se le recrudeció y comenzó a maltratar a su esposa. El techo donde moraban se había deteriorado junto con todos los muebles de la vivienda. Cierta mañana el anciano berrinchudo sufrió un infarto cerebral, sobrevivió a cinco ataques más en dos años y ya no podía hacer mucho, por lo que su mujer lo ayudaba en todo. Transcurrieron apenas unos meses para que mi tía enfermara de los nervios; sufría crisis de llanto, gritaba, pedía ayuda en la madrugada y yo acudía al hogar de los tíos. Mi abuela de 96 años aún vivía y estaba a mi cargo; a menudo preguntaba por su hijo y mi esposo y yo la llevábamos a verlo. Mi tío decía, en su hablar lento, que pronto tendrían el dinero de la herencia de sus suegros, que aún vivían, para poder pagar su tratamiento. Pero la cláusula era clara; sin hijos no habría la riqueza prometida.

Una tarde mi tía se cansó, se fue, lo abandonó. Entonces la familia de ella echó al viejo de 70 años a la calle como si fuera un mueble inservible. Los vecinos se indignaron ante el nuevo vagabundo de la colonia, pero ninguna autoridad intervino. Con la soberbia y el orgullo aniquilados, mi tío aceptó ir a un asilo de ancianos en donde lo acomodamos para que tuviera una sombra y comida. Todos los días preguntaba por mi tía, por su casa, por la herencia; dejó de tomar sus medicamentos para la diabetes y para el cerebro, no quiso comer más. Pedía limosna por los alrededores del albergue y en ocasiones tomaba un camión hasta llegar a su antigua casa y se sentaba enfrente durante horas. Nadie supo el momento exacto en que no regresó, nadie lo extrañaba, sólo fui notificada de su desaparición. Murió en la calle y lo reportaron al panteón como indigente. Sus restos reposan en la fosa común y hay que esperar el plazo para trasladarlo a una tumba digna.

Hace poco acudí a su morada para llevarle una flor, quité algunas hojas que tapaban el número de su casa de cemento, hice una oración y me quité. Mi abuela no sabe que murió, a sus 98 años, en sus momentos de lucidez pregunta por él y yo le digo: todo está bien abuela, estate tranquila.

Mi tía acudió al panteón con los ojos secos. Iba con el porte habitual de una señora elegante y un arreglo floral. No guarda buena relación con mi escasa familia. Se dice que regresó a su viejo hogar y lo remodeló. Quizás ya recibió la herencia prometida.


ALICIA GARCÍA.
Mérida, Yucatán a martes 11 de diciembre de 2018.
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Querubín

Mi infancia se desarrolló en una casa siniestra, al mismo tiempo que la fobia hacia las cucarachas y una enfermedad nerviosa que hoy sé, requería atención médica. Viví años de terror con la idea de espíritus malignos a mi alrededor. El hogar materno era sombrío, de arquitectura antigua. El aire transitaba por dos largos ventanales y se esfumaba por los pasillos que daban a las habitaciones. A un lado del comedor nacía una escalera recta que conducía al segundo piso; me aterraba subir porque al final había una estatua de mármol, que al recibir la luz del sol producía un efecto fantasmal. Los espejos de los cuartos, formaban una serie de imágenes que trastornaban mi pensamiento, parecían como si pudieran hablar; había uno en especial, con marco negro, que simulaba ser un demonio. Estaba colgado en la pared de la cabecera de la cama. Aprovechando mi situación de la preferida de la casa pedí que lo pinten de dorado; aún así, no dejé de temerle.

El patio era grande y al final se erguía un pozo tapado con láminas de asbesto. Una leyenda giraba en torno a él; pues se decía que había oro en sus profundidades y que una víbora enorme lo cuidaba. Recuerdo que cierto día mi madre contrató a tres hombres para excavar a su alrededor con el fin de encontrar la fortuna, pero una serie de insectos nauseabundos salió del pozo arremetiendo contra ellos. Uno manifestó haber visto a la culebra negra con sus ojos rojizos. Los hombres nunca más regresaron. Por su parte, Querubín cuidaba el patio por las noches. Se trataba de un pastor alemán blanco, consentido de mi madre y al que yo no le caía bien. Me daba la impresión de que Querubín veía cosas que los humanos no podíamos mirar. Ladraba mirando hacia ciertos rincones del patio en donde no había nada. El tío bisabuelo que dormía en un tinglado al final de la terraza dormía con él. Una noche Querubín se le lanzó abrazándolo mientras aullaba de manera escalofriante y el tío bisabuelo lo golpeó lleno de miedo. Querubín a veces se comportaba agresivo. Sólo con mi madre era noble. Nadie se explicó su inesperada desaparición. Una madrugada, después de escuchar un aullido desgarrador, acompañado de un ruido como si unas cadenas hubieran golpeado el piso, llegó un silencio prolongado. A la mañana siguiente Querubín ya no estaba. No lo volvimos a ver.
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