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Brotaba de tu pecho

Brotaba de tu pecho un cielo puro.
Tú eras cándida, fieles tus promesas.
Ávida, querida cuando hablabas,
llena de pasión y de piedad apenas.

Nada es lo que tu amor valía.
Falsa tu eternidad sin fin.
Confesé mi pecado, fui testigo,
alcé mi espada contra ti.

En puerto calmo o en mar furioso,
próxima mi lancha a navegar,
en tierra extraña o en monte ignoto,
acordándome de ti, te quieran más.

Bebe de la copa llena, ¡y ten salud!
Lime el azar tu corazón amargo.
Reniega de mis besos en tus palabras.
Eso era tu amor, vacío encanto.
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A una mujer

Entre todas las diosas tú eres reina,
todos los malos antojos se doblegan,
las fatigas, para las que el sueño es un premio
como para el corazón tristemente afligido,
reviven el dormido pensamiento.
Por ti, a todo canto y a todo admiro,
y ya, con milagroso entusiasmo, pienso,
cada buena vigilia que no fue ha sido.

Tú, mujer entre diosas, así gobiernas;
vives con todos los amaneceres plácidos,
desde donde todos los preludios
se elevan agradecidos y recuperan
el suave brillo del crepúsculo rosado.

Agraciada en tus formas suaves, hiciste que vibrara
lejos de otros tiempos y volviera a sonreír,
oh, tú, dorada revisión de las jornadas animosas,
donde los manantiales se alimentan de tu surgente hechizo
y no sucumbo ante la encrucijada del pecho solitario.

Hermosa eres como el dichoso acorde
de todas las incipientes cápsulas primaverales
que brotes nuevos liberan de su tierna hondura.
Son entonces los cielos despejados
los rayos de dulzura suavizada,
mientras que toda la gracia que debe detenerse
sobre el pálido brillo de la aurora,
brilla en la pupila serena de tus ojos.

Así que cada vez que me siento solitario
a respirar los aires más profundos,
basta repasar la frescura de tu imagen
asimismo descansando en infinita paz,
rota ya la timidez que lágrimas expresaban
en el silencio hondamente retenidas.
Ya nunca más, nunca más, la ciega noche,
hará que me lamente en soledad crispado.
Volveré a encontrarte reinando entre las diosas.
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Sigue Acto segundo del drama , Falco

INCIDENTE SEGUNDO, Acto Segundo
(Falco llega al umbral del piso. Llama a la puerta. Mediatarde)

VIDENTE. (Suenan los golpes)
Entra Falco. ¡Sé a qué vienes!
Siéntate y no preguntes nada con tus labios.
Estoy libre de severa investigación
y de esa irresistible angustia que te atormenta.
De cómo llegó a mí la noticia de tu venida,
no procede en esta olvidada destemplanza.
Lo he sabido debido a mis invocaciones
y al interés de alguien que aquí terminó su estancia
pero que recobró la alegría de una más alta.
Suelta la lengua; desahógate sin que te sea
espantosa la petición. Háblame…,

FALCO (Sentado frente a ella)
¡Invoca en mi nombre a Mercedes!
Bien puede pasear en medio de prados o demonios.
Quizá esté sometida a derrumbados tormentos,
siendo fustigada por látigos de fuego,
si es opinión escolástica que cada cual recibe el doble
de cuanto oculta o extrae con codicia o dolo,
o tal vez aspire dulces aires de bellos amaneceres
en lindos senderos, con límites precisos,
que de esto tengo por dudarlo, si menos que yo
fue humilde, en el interior y en los actos, y mucho
más contraria a mis innatos y nobles pensamientos
que mató con sus respuestas vagas, y su pecado terrible,
sumido en torrente de ambiciones y soledades,
impelida a mortales delirios, como los míos,
y a ninguna simpatía por mí, si anduvo entre ofuscada
apariencia, mostrándose amable con quienes menos
eran y manos más frías que las mías poseían.

Ahueca tu mente de todo pensamiento
inanimado; contempla con los ojos
de tu abismal plegaria la fuerza de los Misterios.
¡Si es que puedes! Porque yo desconfío de ti.
Ahora disiento de congojas y alteraciones personales,
de adulación a mí mismo, acariciando mi proyecto,
y solo con la ignorancia del temor que tiene aquel
que conoce muchas cosas compatibles con su insatisfación,
vivo rodeado de cercana arrogancia, juzgando el bien
y el mal humano que parece bueno en sí mismo,
si echo una mirada al funcionamiento del mundo.

Pronto veré el engranaje social que a tantos
destruyó, cómo se renueva con poblado infierno.
De nuevo manifiesto olvidar mi temor, y me uno
al juramento flotante de tu aislada mente.
¡Invoca, invoca en mi nombre a Mercedes!
Al menos, con la pérfida meditación, no intentes
apropiarte de la astucia para engañarme.
Ninguno de los dos puede sufrir con seguridad
la niebla que proviene de otros mundos insólitos.
Consigue abrir del Macrocosmos la realidad,
y que es sino saber el ser de quienes se extienden
con inefable orgullo por las estepas siderales,
aunque desde aquí solo se asimile a suposición,
retrocediendo a los áureos soplos, enardecidos,
del fugitivo Espíritu, fuera de la insulsa existencia,
cuando está en su trayectoria no aguantar más
fascinada por el núcleo vanidoso de la mentira
del placer y de la palabra estéril que lo censura.
¡Invócala con el artificio de tu alboroto.

VIDENTE
Antes de despojarme del arbitrio, alejar la turbación
y pintar los juramentos que atraerán
el signo astral y la impalpable sombra
de Mercedes, aprueba el convenio de mi ardor
con cierto número de papel moneda, del afable Euro,
deplorable masa que arremete contra los símbolos
de este lugar y contra aquel que pretendes atraer,
pues, hasta ese espacio el tono de la voz melódica
que con mi mente erijo, ascenderá entre volutas.
Los buenos propósitos son vistos
desde lejos, y aquel es uno subalterno.

FALCO
¡Bien está! Mil maldiciones forman y esterilizan
tu pensativa intención. ¡Ah!, vicio que sobrevives
entre mil variadas corrupciones enseñadas,
rara vez privando al corazón de tu impuro acto
sobre el que ningún noble sentimiento se atisba. Danzas
alrededor del hombre y le recuerdas
el negro objetivo de la codicia, llagas su alma
y conviertes la rectitud regia en negra avaricia;
te enroscas después por sus creencias, puliéndolas,
arrancando a la magnánima tierra la floreciente lluvia,
haciendo del perverso combate de la desdicha,
el remordimiento del materialismo ardiente
con sus abundantes divisiones de clases, y elfos,
a los que llamas sin bondad, para expeled
de las frescas mañanas las etéreas esencias,
hasta convertir el exuberante esplendor del mundo
natural en fábricas incesantes de miserias,
por los verdes prados, donde ya ningún pájaro se oye.

Pero, dejemos esto; no vine hasta aquí
para invitarte a ejercer tu oficio interesado
sobre la presencia silenciosa de una quimera,
mezquina existencia que excita el desalojo
de ánimo consciente, aunque una vez perdido,
salude la armonía burlona del destino
desordenadamente, junto a las regiones fuera de mi ámbito
terreno como si atraído
por una ambición anodina, la afectación trivial
surtiera en mí su proveída sustancia diabólica.

El matemático tormento de ella misma
ansía divisarlo de frente como el sol a las flores del
sotobosque clandestino.
Barre la consideración latente del bello acto
y engaña con su despótico ánimo la mente austera.
Ahora, concentra tu ánimo en el Espíritu,
él te dirá mejor la fórmula adepta
a la llamada fiel de la inmortalidad
estupefacta, atenta al buen y mal juicio.

VIDENTE
Trataré de acercar lo invisible
a un ligero movimiento exhalador;
aunque la fatalidad me debilite,
distinguiré girar un círculo áureo cuyo perfume
no es detectado por todos. Si lo apuro, alguien
a este hálito mío comunicará el verdadero camino
que se filtrará junto a tu propia sangre
como prisión de su cuerpo.

Delante de cirios, hace gestos)
Todo está disponible. Ya, en la acción de su aspecto,
navega hasta aquí sobre la clara
luminiscencia, y renueva, sin prolongarlo,
el destierro, queriendo surgir contigo las penalidades
y la satisfacción que lo reducirán
a vibraciones más sólidas y menos fluidas.
Intentaré seguir; es necesario
sobre la profunda tempestad de tus pasiones,
sobre el burbujeo de tu conciencia,
un trozo recóndito del corazón tumescente
sobrelleve su dialéctica al cerebro
generador del bien o del mal origen,
y percibas cuanto te es aborrecible
en medio de los males que intercambias.

Dime, pues, ante el vuelo coincidente
de tu ondulante espíritu, qué ráfagas ardientes
del dorado germen nutren la conciencia
sin espacio, emancipada y salvaje
a regañadientes, sin entristecer la forma.
¡Impele a tu cálida agonía
sobre el Espíritu que actuará ante mí!

FALCO
Yo te descubriré qué envoltura tuvo
tan recordada aún.
Yo despertaré la desgarrada fibra
de un corazón menos humano
pero complaciente en burlarse de mis disgustos.
Añadiré una sola cosa que hendirá
con su potente veneno los espacios
para dar fin con todo.
Este ansia dóblese sobre mí
como si conocedora de las costas
que lo infinito concentran, dispusiera
en su retorno, una vez más, la voz que fue
querida y afectuosa, entre muchas.

La única turbación de mi alma
por los abstractos misterios de cualquier mente,
en espera de abatir los sentimientos,
solo dirige a las accione éticas
un guiño y bebe hondamente de las pasiones.
No debo yo iluminar el crimen con deseos
piadosos ni condonarlos con furtivos actos.
Un motivo inexplicable me considero
en este encuentro, menos apenado aún
por el tenebroso regocijo que todo
ligero parentesco abandona al suyo
en el crepúsculo de las voces aisladas.

VIDENTE
¡Escucha! ¡Escucha, Falco! Algo murmura
en mi interior con estremecimiento razonable.
Siento un lejano torbellino agitarse y el acento
silencioso de su estado inmortal. ¡Reclámalo!

FALCO
Es un enigma o un contenido actual
lo que pido. Frío, frío y congelado estoy
en lo más oculto de mi ser.
Pero la muda convulsión externa
complace mi aspiración absoluta
para sostener el tono ronco de su voz
que destruido ya se adormece en torno a mí.
Sin nombre que lo superponga, te veo vacilar,
muy blanco tienes el rostro
y expiras, no sé si con fingimiento
o con cierto estertor, entre giros profundos.

VIDENTE (Dirigiéndose al ente invocado)
Aunque adormiladas las cosas mortales en tu plano,
la grandeza, no la miseria es tu amenidad;
los sueños se han dado a sí mismos el canto
luctuoso de la palidez incorpórea.
Ten en esta residencia a la que no visitan
los lagos de las formas impalpables,
ese placer que reclama del seno entorpecido
de la noche un hombre mortal a quien
este hechizo conviene como eco inenarrable.
(Siente leve presencia)
¡Rápido, rápido Falco! En mi garganta
no es difícil equivocarme ya; las notas
desde el más allá de la muerte se disparan
y crean un pensamiento que percibo
confuso, pero que cercano a mis labios aparece
como un torrente de magia que no cesa.

FALCO
¡Aguarda! Un momento antes de elevar
a los cielos o a las fuerzas diabólicas
con la pesada mente tu hacedera intención,
óyeme hechicera, aunque hacerlo solo
requiera una imprecación instintiva:
he sido yo quien te ha dado potestad
sobre el origen privado de mi estímulo;
vuelve a invocar con tu ensalmo al Espíritu
hasta que se halle cerca de la tierra turbulenta.
Su conocimiento natural no se disuelve
en las internas cosas de la efectividad;
devuelto a su origen, siente
y padece ahora los buenos y malos
efectos con los cuales nos ve.
Yo sabré soportar los suplicios
que me refiera como una bendición infernal.

Su potestad, tanto amante como odiosa,
no logrará alcanzarme ni la ambiciono.
Ella ya conoce que el tiempo y el espacio
no existen allí y que no se inclinan sus deseos
sobre mi voluntad. Esto que digo es privado
y esa cognición no me vincula.
Tú, encuentra la identidad exacta;
todo lo demás, sea real o ficticio, lejano
o cerca, exige junto a mi anhelo, que se cumplan
los actos incomodados por la furia enojada.

VIDENTE.(Luego de la interpelación de Falco, prosigue)
Las visiones me rodean; menos débil
la llama, hunde su irradiación
en mi confianza siempre vacilante.
Me envuelve desde su aposento; de su viaje
atrevido no existe temor alguno que desafíe
a esa fuerza que descansa suavizada.
El sonido desciende cada vez más
y resulta apacible a mi áspero cerebro;
deleitar
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FALCO. Drama en verso. Acto II

ACTO SEGUNDO
INCIDENTE PRIMERO. En el camino a casa de la
vidente, una boda y celebración. Falco y Teófanes con la
muchedumbre invitada.

FALCO
¡Ya estamos dentro! ¡Confundidos con todos!
Nos saludan como si, de siempre, hubiéramos
paseado en todas partes de la mano, distinguiéndonos
ante tan simple compañía, o bien, con galante
aplomo, confesándonos en el jardín que tiene
por mar la suntuosa piscina, donde todo pecho
petulante se imagina ostentación y poder, y donde
todo plan de vínculo mentiroso se traiciona
con diabólico sentido, prestando a ese fuego
de falso corazón, unas palabras inimaginables
de fidelidad y amor infinito, hasta que revoloteando
otro corazón con menor honor irresistible
y mayor insaciable frenesí, vuelva sublimes
el deseo audaz y la falsa impostura,
perfectamente enardecida desde el fondo abrasivo.

TEÓFANES
Sobra que solo resta retozar entre la algarabía.

FALCO
Aunque me bastaría por mí mismo, la inmodestia
no se degrada a gozar la dicha reducida
cuando tengo a mano un genial adulador
que barre, con minucioso ardid, las oposiciones
del infortunio cuanto a seducciones se refieren,
experto en halagar la mujer estricta y tornar ascua
incesante la frígida, dechado de conversación
que a cualquier desconfiado convence.

TEÓFANES
Porque necesitas de mi destreza, me tachas
de inapreciable y pretendes confundirme en el extremo
de la razón, cuando casi un segundo, me maldices.
Cada vez más te hundes en confusión y cada vez
aprietas el lazo del espíritu turbado.
Podrías ser menos sirviente del suplicio interno,
lanzándote a las cosas fáciles del mundo.
Por esta suerte, voy a convertirme en alcahuete
sobre quien viste túnica de sagrado matrimonio
para acercarla a tu cubil, mientras el griterío
aturde y distrae la atención de los demás,
que no se prestan, en su descuido, a vigilar con ojo
mágico, la sangre de uno que parece hervir
en el risueño abismo de la pasión fugaz.

FALCO
Esa novia no es objeto deseado, pero ya le guiñé
el ojo, y lo que haya de vivir por mi cuenta,
déjalo a mis buenas transacciones para sembrar
dicha pomposa donde el vistoso velo respondió
con la clave que perdería a más de un hombre.
Condúcete hacia ella con gracia oportuna;
háblale, sin regateos, entre tiernos arrumacos,
de mi grandeza y de mi intenso anhelo por conocerla.
Cuando todos estén ensimismados en el convite,
atráela donde gobiernan los cubiertos finos
y donde el vistoso camarero se ufana de ser amable.
Observa cómo el novio se encorva en brazos del vino.
Teniendo yo a mi alcance tan soberbia perdición,
preciso es que colmes sus antojos así como
el ansia de alguien que quiso y no fue su prometido.

TEÓFANES
Ya dudo qué semblante pugna por abrirse al mundo,
si el cínico del hombre que se asoma por cima
de las cosas de aquel, dominando el temple
y la abstracción aparatosa de la abundancia,
o el mortal severo, figurando en la opulencia
galanteadora por serle solo efecto ligero a menores
altas pretensiones del alma que andan sueltas.

EL NOVIO
Vestidos para la novia, salón engalanado, toda prenda
magnificente adorna el encanto natural
de las mujeres, y las palabras que salen
de mi boca son como copos de fresca nieve,
cuando halagan tan hermosos matices.
Sobresaliendo en este risueño espacio, cerca de mí,
cubriendo su purificado recogimiento, el gozo
apetecido va emparentándose con la menor
atención prestada al resto del gentío.

(Ve a la novia con Teófanes)
Buenos regalos expresan la habilidad de mi mujer
para su elección. De la mano de aquel que parece
digno, se escabulle fuera del banquete para aprovecharse
mejor de los preciados; ella sabe cómo componer
lo fácil y desbaratar los argumentos difíciles.

(La novia ya del brazo de Falco, ríe; el novio felicitado por todos.
Falco va rogándole que salga al jardín)

FALCO (A la novia, delante de sí)
Lejos de tan erizado alboroto, hay mayor sosiego;
lo que pueda acontecer en adelante será de un modo
natural, principio y fin del fugitivo instante
ante el inefable deseo del pecho amante.
Has leído y visto el uso social moderno
que traspasa y agarra posaderas con mano impúdica,
cómo es alabado desde la primera acción, en cada
línea espiada por ojos formidables. Y donde consigo
se revela al público disipado el acto impío,
mayor se vuelve la lisonja de esa fuerza innata,
en lugar de humillar a cada elemento inmundo
que invade el espacio de la segura fidelidad.

Desde hace muchísimo tiempo el hombre va
a horcajadas tras la mujer, por sacarle rabo
a sus divisas diabólicas, y anda, siempre metido
en el mundo entero, a hurtadillas de ese afán.
Muy pocos son sinceros, y este especie no ha mejorado;
a quien hoy ves como marido, pulido y alborozado,
no quiebra en pedazos mi privado juicio si resulta
que nada atento estuvo a tus lindos huesos.
Aún reconociendo que se muestra amable y sincero,
como Tasán lleva inscrita en la frente la maldición.

Tal carácter es muy propio de esa gente,
y como una ojeada no perjudica la moral, la mirada
furtiva hacia senos pendulares, le abrasará
con pícaro fuego mientras torna el rostro,
pese a que dé apariencia de prestarte atención,
mirando, con ojo superior e inferior, a uno y otro
lado, en tanto te suelta lindezas y cursilerías.
Con menos celo, va modelando tu confianza,
pero una vez las puertas de la noche sean francas,
el papel timbrado le asomará a los clubes y garitos
como sicario de la frivolidad incólume, cuando
copas hechizadas bullan con descaro por la ciudad,
en tropel sin límites, amenizando el ocio frívolo
que a nocturnas horas conducen quienes alcahuetean.

NOVIA. (En el jardín, en brazos de Falco)
Este desatino no es real. No es verosímil.
Solo ocurre con animoso propósito en la cabeza
del mayor infausto seductor creado por la endiablada
fantasía, que a mano tiene la presión
de la necesidad fácil, para así consolar
el flujo enaltecido de la creación, llenando
de amargura desesperada un destino tan activo.
Nadie creería que yo me entregara veloz a tus deseos
en esta época, aunque frívola, conservadora
todavía visible de alguna dignidad conyugal,
para alguien que, recién entregada en su fervor,
rompiera, como humo, su confesada lealtad,
alterando la impresión de un corazón fiel,
en compañía de un hombre del que nada sabe,
si bien más que muchos maneja seductoras voces.

No puedo perder la cabeza que sostiene tu pecho,
aunque mires con ojos tan claros.
No obstante, delante de ti, en este lugar,
no acierto qué pasa, ni puedo creer que abarque
mi disponibilidad un acto infame.

FALCO
¡Unámonos en la bella consumación!

NOVIA
No puedo caer sin derrochar firmeza ante
el impulso salvaje de un pecho infalible.
Ostentaría un repulsivo sentimiento que abrumaría
la conciencia todavía de un corazón virgen.
Sin embargo, algo envenena mi cabeza
y altera la sangre fiel a un sagrado compromiso.

FALCO
Ahora te llamo, vida mía.
No tengas reparo ni te oprimas con algún
ancestral remordimiento; te negará cumplir
con el mayor deseo ardiente de tu alma.
Debemos descorrer la prohibición en el tiempo
más breve, antes que la naturaleza de las cosas
adquiera su exacta medición.
Deja que devore mi pecho tu voluntad
y la suma plácidamente en ligero deleite.
Aprovechemos el instante presentido.
De un beso vendrá luego la bebida devoradora.

NOVIA
Esta acción sucede con tanta rapidez
que bien puede no ser creíble.
¿Cómo yo, en un tercio de hora,
llego a abandonarme a un hombre que dice
penetrar con devorado amor mi alma,
cuando toda esta escena parece un sueño
de interés que impele sumirme en el descrédito?

FALCO
¿Importa ahora esparcir ideas o titubeos?
El insulso novio aún se sustenta de la dejadez
de la celebración, y se escurre por el pasadizo
de la indolencia afectiva, aguardando únicamente
la noche para entregarse con ardua sensualidad
al infame besuqueo, engendro de aquella,
bastando la fogosa caricia desvaída
a sembrar la ennegrecida alcoba de compasiva
abrasión, falsa y apática, demasiado ligera
para no estar al tanto de que es un disfraz.

Entrégate al pecado, si así lo consideras.
Luego que te atrape la noche y el tiempo
implícito de muchas noches, tendrás sobre ti
la corona de este momento brillante.
Mi mano se dispone a caricias febriles
más allá de la simple aspiración deletérea.
¡Bésame, se acerca el cielo permanente
de donde mana la fuente del placer!

NOVIA
Me llenas de confianza pero no sé tu nombre.

FALCO
Si es tal tu anhelo lo haré llegar a tu oído.
Con toda dócil y balsámica incógnita,
en muchos lugares públicos se pronuncia,
y llega, a diestro y siniestro, hasta la prensa actual,
la cual lo acreció como hervidero de escándalo.
Desde las cumbres de la sierra a las calles soleadas,
en boca de amigos o enemigos, está Falco.
Se junta, puntiagudo, con todas las parejas
que lo musitan, y en esa pujanza bondadosa,
pincha la atmósfera de las enjutas sensaciones.
Ya no estés más en vilo, diosa mía, y cógete
con indudable atrevimiento, al temerario beso,
y aspira el aliento posado que seduce.

SARA (Confiándole la identidad)
Huyamos; ¡ráptame! Elévame con tu poderoso
abrazo a la grupa del pecado, y así bastante
singular, una vez robada, formaré parte de tu fama,
y mayores alabanzas se inclinarán con vigor
ante tan insólita y escandalosa pasión,
si el fruto apetecible fuera notorio algún día.

FALCO
Soy todo tuyo, y amo con la razón y el instinto.
Figúrate que, desde siempre, soñé con esta ocasión
y este mundo contrario a cualquier normativa
impuesta al libre lecho, que no mata el armisticio
que firmó con el espíritu el pecho soberano.
Con vivo anhelo se hunde en mi cabeza
este deseo de mi corazón, y cuanto más vulnera
la transacción de la moral fingida, me halaga,
sabiendo que, solo entre tú y yo, ocurre el acto
lejos de cualquier costumbre vestida de cuento.
¡Qué vivo gozo infla el aire de mi pecho!
En esta paz, no tendrás otra colisión como esta
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Tumbado al sol

TUMBADO AL SOL

Tumbado al sol en rumorosa playa
voy paladeando mil aromas;
arriban de un sitio inaccesible.
Desde un dulce espíritu llega el elemento
que da fuerza y aviva cada cosa.

Cavilo rápido y rápido me esfumo
hasta donde presumo grutas inamovibles
se descuelgan por barrancos y alamedas
que ningún pie profana, entre calas
gráciles de espuma, de ensueño y alborada.

Súbitamente, apagándose en su vuelo,
un velero despliega lonas amplias.
Aparece el albatros y oculta del sol
la primeriza llama más oscura
cual trémulo cautivo vacilante.

¡Aguarda mi ruego! - digo inútil -,
¡No es sitio aún de la nocturna hora!
Deja que embriague el inefable frio
cada tez, cada rostro enrojecido,
mientras nubes agolpándose lo inflaman.

Así entrañable, la ventisca con denostado
atuendo sopla por sendas
y escarpados, y el frescor voltea
al ritmo inalcanzable de sus alas,
en tanto yo, al sol pálido que alboroza
las mareas, me entrego venturoso.

¡Qué delicia respiro dulcemente
cuando dichoso en los ojos me entretiene
la visión de la noche ya naciente!
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Nunca digo que estoy pasivo

Nunca digo que estoy pasivo ni rondo
exánime o cansado a través de los prados
con pasos que al mundo doy, por riberas
mustias y orillas de abundante arena,
contra las que los vientos sus soplos baten.
O entre la multitud en masa desvaída,
deslizándome locuaz por distraerme un rato.

Nunca desdigo que la sed por comprender
de la vida los misterios que al hombre atan,
sin jamás sujetar verdades a sus oídos,
a modo de profética armonía
con el fin de explicarle por qué existe,
imponga sobre mi faz su luz serena,
hasta sacarle al corazón un fuego arduo
que reprime dolores y fatigas.

Del ocaso del mundo el simple aviso
toca mi alma con su dedo manso
de alada imagen de profusa estrella.
Y como ángel invisible pero intacto
que alabara profundas oraciones,
mi duda escéptica retiene y luego amansa
interfiriendo mi indócil pensamiento.

La ciencia que planteo es cuestión leve
apenas si de la luz el tono claro,
aquel primordial al orden vivo,
a los clamores del cielo no entorpece
cuando a las brumas cósmicas atenaza.

Así yo, mientras ligero ando o demoro
mis huellas en pavimento, piso ligero
o me retardo silencioso mientras veo,
durante la noche centelleante, los aéreos
planos, de un ángulo a otro trasladarse,
entonces me agito, interrogo y plácido renuevo
el interior más joven de mi espíritu,
si célula a célula, el cuerpo avanza
hacia la postrera magia de la vida.

Allá en lo más alto los astros parpadean
en medio de un brillo inextinguible,
sinónimo acaso de oscuridad sombría
de la que partir de nuevo a existencias varias
con otra sustancia perdurable que hoy niega
saber esa fuerza infinita tan dulce.
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Si hoy que al tanto vivo..

Si hoy que al tanto vivo de cuanto escrito
en el pasado aún perdura, y los nombres
de aquellos que sus obras erigieron solemnes
vibran sobre olas, mareas, riscos y ciudades,
en franca lozanía, si cautivos de un bálsamo,
en ellos mismos se viera el infinito,
como luz que purifica cada átomo;

si leyendo tantas gráciles ideas, olores
se decantan porque sigan sobre el campo
derramándose perfumes, sobre orillas
volteadas por sabores de marinas aguas,
cuando toxinas industriales descargan
oscuridad como tela de humo irrespirable;

si sucede que, alzándose del lecho
donde tenaces sueños prolongan su caída,
la memoria repara acciones olvidadas
que una vez tocaron con sus dedos lúcidos
instantes de gozo entre las sábanas,
o si alborotando, entre murmullos de pájaros
cantores y apartadas sombras de los parques,
renacen los últimos esplendores fulgurantes
que sirvieron de alivio al desaliento
que no contuvo de amor tímida llama,
mientras medito bajo un sauce estético
que dobla su porte sobre verde césped,
entonces veo mi propio declinar rozando
el suelo aunque ningún encanto reverdezca.

En tal momento pienso, si de la neblina del tiempo
al doblegar los años cada vez cada fruto
menos denso, durara con leve esbozo
como humo o fragmento sepultado
donde niños pisen mi lápida descrita,
allí suspiraría el rocío entre las flores.
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El león de mármol. Parte II..

EL LEÓN DE MÁRMOL

PARTE SEGUNDA


Un tiempo indefinido, un tiempo señalado,
a tientas, un turista flagelado, de nuevo
visitaba aquel recinto extraordinario
por su historia, cultura y afamado
como maravilla creación del hombre,
y por las almas que, según dignas leyendas,
escapan de sus anillas, desde la noche
hasta la madrugada, sollozando,
a galope recorriendo las murallas
hasta, cansadas, en la tumba cobijarse.

Y así, en el tiempo interminable.
A diario, vehículos rondan la pendiente,
cual si veleros atracados en espigón aislado,
ondearan sus mástiles orgullosos.
De alcázares, torres, cual vigías a lo lejos,
las gentes transitan hasta la cima
de aquella solemne fortaleza. Y en grupos guiados
por la senda, se adentran en floresta luminosa
entre rayos encantados, hasta salas descritas
en páginas prolíficas contadas. Noble y suntuosa,
domina la ciudad desde la cumbre,
levantada junto a un bosque.

¡Qué belleza el crepúsculo le inflama!
¡Qué espectáculo la lluvia al recrearse
doblando los sonidos entre los árboles!
¡Qué fulgor embelesado! ¡Qué delirio la aurora!
¡Qué majestad en los doce príncipes plantados!
Con todas las naciones conocidas
clamorosa desfila su bandera,
y allá, resonando a medianoche,
rugen fuertes los ágiles leones,
porque nadie se aproxime
a turbar infausto sus descansos.

Tarde a tarde, el hombre con su grupo,
visitaba aquel recinto, y su mano
en la fuente recibía fresca agua.
Y cada tarde, ignorando la faz de aquellas bestias,
tanteaba sus rostros, hasta el punto fiable
de distinguir el perfil de cada uno.
El orgullo recorría sus venas y su cabeza.

Una tarde oscura de diciembre, rogó
a un amigo le acercara al pie de la colina,
donde más débil era el alumbrado,
y menos refulgentes las farolas
Con el brazo extendido y desatado, empujó
una de las puertas y cedió el cerrojo,
por milagro. Temblando y azotado por el miedo
no obstante penetró, aunque hierbas
en las piernas se enredaban, y mugían
al choque rumoroso de algún viento.

Pensó: “ Si bestia, abismo u hombre,
me atacaran, inútil mi lucha, pues no veo.
Sentiría el puñal o el atropello,
y un hilo de sangre desde el pecho.
Temor no albergo en los sentidos,
y deleite como este no existe ni riesgo,
cuando mayor sería la angustia que el peligro,
si al final desistiera de mi empeño.
Cada noche así acostumbrado,
ascendía la misma ruta y cada noche la puerta
sin esfuerzo se apartaba, sin timbre o cerradura
enmohecida, que avisaran del intruso.

Por la misma vereda tanteando, al cabo de tres noches,
incluso sin pálida luna reflejada que notara
barría sus mejillas, atravesaba la senda, trémulo;
esta vez, le consta, anémicas efigies le vigilan.
Pobre hombre que se trastoca y cae, preso
de horror, tan desatado que el sendero andado
no parecía el mismo, y virar quiso la cabeza,
al punto que una risa estridente, le asoma al labio,
y con mueca de retumbante carcajada, toca
el pecho con la mano y se sonríe:

--A qué temblar girando el rostro si nada veo,
espectro, hombre o bestia caminaran--
Sin embargo, el paso intrépido acelera
hasta llegar a su recinto favorito,
algo agitado, pues, sorteando bojes
y madreselvas, al desandar lo andado
por error nocturno, hasta que el camino
trazado en laberinto, conociera,
varias veces no acertaba con la entrada,
a la altura solemne de la fuente.

Por fin da gracias, y animándose
a él mismo, cuando más negra
y brumosa era la noche, rompe el silencio,
al rozar con sus manos aquellos rostros,
bellas esculturas de leones blancos.
Uno a uno, cada noche, mudaba su postura,
intercambiándose de sitio y posición,
según qué zodiaco contemplara.
Lo notaba en los pliegues de la imagen,
al repasar la escultura con sus dedos.
Salvo uno que indefinible y apartado,
no cambiaba su fijada situación,
la fuente sosteniendo poderoso.

Al pasar la mano por las fauces inamovibles,
le sacude el terror, pues una zarpa fría
y desgarrada, parecía la cena se prepara
levantando la cabeza.
Se le ensombrece el rostro y como pudo
veloz, a tientas, desciende la cuesta magullado
hasta el centro de una plaza. Nadie pasea
ni ruido encabritado escucha que le sugiera
la vía es transitable.

A tan altas horas, por raro que se estime,
las calles, sin ruido, están desiertas.
A las de un cercano cementerio
se asemejan, donde tumbas y nichos,
por su cabeza de locura, cree se alzan
en tropel los cuerpos en línea recta
y a por el pobre hombre se encaminan,
para acostarlo en sepulcro preparado.
¡Qué ardiente la fiebre que la sien recorre!

¡Qué dolor en su cráneo! Calmarse quiere,
pero en su mente la cordura desacierta
y le arroja una idea inescrutable,
que le induce incomprensible a un gesto
aún mayor incompresible como es en tumulto,
adormecido, cerrar los párpados, por desechar
qué imagen o imágenes le siguen.

De nuevo golpeándose, la frente cae en calma,
y trepidante se sonríe.
Sentado ya, en desastroso escalón, se repone.
Huye el pavor de aquella idea, que pasos atrás,
por razón extraña o argumento,
le arrastraban poderosas a su guaridas,
tétricas figuras que por vengarse,
al turbar el lugar de sus reposos,
decidieron arrasarlo estando vivo.

Sin embargo, una forma con garras dilatadas,
cree vislumbra luminosa en lejanía.
Es impalpable, pero a sus oídos eleva,
mientras avanza, cómo cruje la calzada,
como si cascos retumbantes golpearan
sin piedad el débil pavimento.
Y en su mente se dibuja una fiera,
que ladeada, cada vez se agranda y resplandece
con su pálido fulgor, cual luna fulminante
como si vientos tenebrosos le empujaran.

Exhausto en el albergue, tanteando subió
la escalinata antes que la máquina ascendiera
al rellano del solitario apartamento.
A un paso de la planta, la efigie temible
del león de mármol, --imaginó en su hechizada
mente--, se encrespaba enloquecida contra él,
inundándole de pavor y tormento,
como sobre los arces el viento huracanado.
Temió, le atizaba de mármol la escultura,
por doquier con sus garras renegridas
dispuesta su alma a desgarrarle.

Dio con la tarjeta en electrónica ranura
y se echó en la cama tembloroso.
Mientras tanto, rugiendo con voz atronadora,
pocas veces en la noche de diciembre
se cuentan unas horas tan terribles,
retumbantes y gélidas.
A la mañana siguiente, demudado,
supieron que había muerto.
Junto a una fuente de mármol blanquecino,
le dieron sepultura.
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El león de mármol. Poema sobre los leones de la Alhambra

EL LEÓN DE MÁRMOL

PARTE PRIMERA

Un escultor de origen florentino
pretendiendo en breve tiempo ser famoso,
disfrutó la tarde luminosa
de un sol cálido, desde la baja ciudad
a la colina adornada de verdor latente,
en anchuroso recinto decorado
con columnas de mármol, y una fuente
gloriosa de agua alborozada y creativa.

Estaba lejos del arte de su patria,
de otros puntos distintos, no decrépitos,
mas, con designio asombrado por la historia.
Quiso que de las aguas lujuriantes
de frescor geométrico y divino,
extraerles el alma milenaria
que da vigor, fiereza a los leones
estáticos en su gloria sempiterna.

Haría surgir, ¡escultor renombrado!,
para orgullo de él mismo y de sus lares,
levantar, triunfante y victoriosa,
la palma majestuosa de granito
que le rindiera a su soberbia pleitesía.
¡Que se olviden las gentes que traspasan
aquel umbral orgulloso de su historia,
de ser, en su cetro, maravilla del mundo!,
repetía con elocuencia altiva.
Resplandecerá sobre el dorado cielo
de Florencia, y sobre el Vecchio, igual fuente
no exenta de armonía y de leones bellos,
no menos nobles y belicosos,
imaginó con púrpura grandeza.

De un lejano viaje, por frescos suelos
meridionales, había vuelto pilotando
con fieles marinos agregados, de rocío
humedecidos en cálidas mañanas,
un velero sobre el que el aire no rugía;
bajo el mástil las velas dormitaban.

Al sonido de un motor, en olas borrascosas,
dejó surcar el refulgente barco
hasta que blanqueara la luz, como un solo
punto luminoso en lo alto de la noche.
Con reseco entusiasmo, y tras golpes
interminables y aguerridos, rebasaron
la ancha orilla de su aquietado río.

Bebieron sin control por tan furtiva hazaña.
--“¡Brindemos porque fuimos atrevidos!,-
¡De un felino robamos el áureo aliento
y energía le quitamos a sedentaria alma
que fue de un sultán la gloria suntuosa!
Pero el sol saldrá, seguían en sus cantos-,
e inclinará sus rayos ondulantes
desde la superficie al mar profundo;
igual la niebla vaporosa del invierno,
con truenos aullando por las sombras”—
Y proseguían apenas sin sosiego:

“Del brillante mármol, inadvertida,
la estampa fatídica esculpida
de aquellos felinos inamovibles,
hizo girar, entre zarpas, las cabezas,
cuando, sin destello singular, se debilita,
al faltarles miradas incesantes.”

-“Un gesto presuroso, el brillo austero,
la semilla robó del monumento idílico,
de una de sus piezas más solemnes,
agrietando sus cuerpos. Y cada garra
aparente y tranquila como el agua,
hará que la mente se entretenga dócil,
por el miedo a que la duda le atenace,
al no hallar el antídoto que cure
debajo de una vestigio insospechado.
Será inmenso ese poder que estallará
con nueva fuerza en cada miembro
a partir por entero de esa vida sustraída.

Por largo tiempo arrasará el espanto
el fuego de los ojos tan siniestro,
una vez despojado de la fuente cada
elemento eterno y anchuroso.
Y quedarán llorando por él mismo,
los restos del felino inconmovible.”-

Con palabras blasfemas e injuriosas,
burlándose del eterno arte islamita,
pronto secaron el flujo santo
que, a los ojos de fuego, durante siglos,
protegía sus estéticas figuras.

Ya atesoraba el poder de terciopelo,
con la estela sangrante de aquel sueño,
el ignoto escultor que había turbado
la quietud de uno de los cuatros ríos,
para hacer verosímil su infame obra
que no fuera ni rival, sino auténtica
maravilla inmortal de su insolente espíritu.

Y emprendió su tarea con el germen
desligado de unos de los doces felinos.
Y así aspiró a ser un sol tachonado
de misterio y osadía, por la que ningún otro
mortal pareció afanarse, ni querer reunir
eternidad para su propio nombre.

A láminas llenas de bulliciosas imágenes
acudió, dirigiendo la vista unas horas,
cuando la corriente del aire de su tierra
se adormilaba con las transparentes
sombras de la noche sobre el Arno,
exento de olas escabrosas. Su ambición
hasta Liguria, quiso entonces contener
en su cerebro, allí agrandándose el río,
ladeando la vista desde una ventana
por las vastas riberas en las que buques
ignoraban los bellos edificios.

Con aquel pergamino entre las manos,
descendió al puente Vecchio, y a la par
que no perdía de vista las tranquilas aguas
por donde a igual que en otra fuente sus ideas
discurrían, renaciendo soberano por querer
emular la famosa galería, se llenó de infausta
altivez, desde cada punto de su alma.

No era popular, ni célebre, pero ya abrigaba
el reconocimiento si su mano esculpiera otro
mármol, o tal vez moldeara azul granito,
por concebir asombrosa su leyenda.
Y pensó. --“Qué animal existe más poderoso
que el león, qué efigie más bella a la bíblica,
de los cuatro vivientes comparada,
si consigo mi escultura sea aún más grande”--

--Te desafío, desde aquí, creación musulmana;
dotaré felinos más altivos, con regias bocas
que rujan y den pavor, los ojos irritantes
por un ímpetu ignorado de la ciencia
cuando talle cada figura de los doce.
Mi ciudad todavía es gloria de las artes,
y si aquí el árabe, monumento solitario
no erigió, para asombro eterno de las gentes,
alzaré una fuente ostentosa junto al Arno,
que extasiará a multitudes de la tierra,
y por encima de otra fuente más famosa,
rugirán mis leones victoriosos
como nueva maravilla suplantada--

--Seré alabado y los pálidos jardines
de aquel bosque serán menos soberbios.
Ahora el Arno, que silencio arroja en sus aguas,
infundirá gran masa de murmullo, e impávido
por el fulgor, mayor que la luna a media noche
cuando el cielo de nubes está vacío,
atraerá agraciada animación
de todos los exóticos lugares--

“¡Tendré fama! ¡Aún mayor que los Ufizzi!
¡Seré el noble estandarte de Florencia!
¡Me rendirán honores! ¡Alumbraré perenne,
venerado, con infinita notoriedad!
¡Ocuparé un lugar, de mi ciudad triunfante,
el prominente elíseo que otros visitaron!
Y vendrán multitudes alborozadas
a admirar cincelados mis leones.”--

Pasaron meses, y quiso a la deriva,
por viva mano, tantear cada escultura original
con sus pliegues fantásticos, sus miradas
peculiares y orientadas a las estrellas,
los cuatros ríos del Paraíso y la fuente de vida.
Y visitó de nuevo aquella tierra austral,
con todo artilugio técnico a su alcance
porque rugieran con fiereza las miradas
de las doce fauces, y en pleno torbellino
efervescente, difundir en su trabajo
la belleza del temor con bocas más terribles.
Pero no consiguió aquel propósito,
pues aquellos seres de mármol que tallaba,
eran todos afines, sin diferencia, sin vida,
lo cual le maldecía su popularidad ansiada.

Meses, y meses sumados a los clamores,
no lograron distraerlo de su ambición.
¡Infausto esfuerzo! ¡Maldición temible!
Cincelaba, componía, modelaba;
y cada vez absorbía por la sangre
un espectral humo borroso que goteaba
de cada una de las once esculturas acabadas.
Dibujó y comparó con las espesas muestras
que a mano tenía en láminas copiadas,
cada boceto, cada punzada y línea,
por hacer milimétrica la copia,
hasta que un nervio le privó la vista.

Creyó por fin que ningún detalle a su memoria
escapaba salvo el doce león que a oriente
dirigía sus peores fauces temerosas.
--¡Ya te tengo, escultura monstruosa!--,
exclamó fatigoso y rutilante, pero henchido
de soberbia. ¡Ruge ahora, con zarpas irritadas!
¡Huye de mi cincel! ¡Rezonga fiero!¡Será inútil!--

De este modo golpeaba a cada intento
la figura irresistible, en tanto en la calle,
el viento azotaba aquel puente que fijado
eligió para su interminable recreación,
a la par que, desde la terraza mortecina,
imaginó, lanzando furia, el Arno se encrespaba,
y adquiriendo la silueta de una mole gigantesca,
bramaba horripilante contra el mundo,
enfureciendo a tormentas y rebelando olas
que arrancaban de cuajo el puente Vecchio.
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A mi edad madura

A MI EDAD MADURA


Pasé a otra edad mientras la sangre bulle,
que no espera ni adula un epitafio.
Es agria la mañana del noctámbulo escarceo,
mas, ni la resaca pesa, ni absolución reclamo.
Y no falta razón ni orgullo a sus laureles
que impulse alguna ley a arrepentirme,
pues, altivo, ufano en mis acciones libres,
doctrinas ni principios idolatro.

De este modo, indignada la memoria
de un espíritu muy sobrio destruido,
ni en promesas creo ni en reclamos ideales,
provengan igual de un santo que un mendigo.

A estas cimas de la vida llegaste sano,
corazón, con ferviente calma y vigilia buena.
Quisiste latir un punto enrojecido
pero se enfrió el volcán y coaguló tu vena.
No toques más la espada ni la lanza,
no hay frontera o mujer a conquistar.

Descansa, acaricia lo poseído,
piensa en el amor que es amar sin vanidad,
aunque no abundó en gracia el fruto recogido.
Descubrí un fragmento que aún circula,
anticipando indiferencia a la pasión nula,
pues ya no hay sueños ni estrecho carne amarga;
me conforma saber que viví, si es que hubo
afán por adorar mi lealtad segura.

Nada existe que duela o mate fulminante
ni arrincono esperanzas ni pasión fatal late.
No estoy muerto, callo poco, duermo a ratos;
con tenue luz o cegador faro resplandezco.
Enciendo lámparas de cera inexorable,
leo un libro, un momento en buena paz.
Está quieto el cerebro, y si estalla, es de buen gusto.
Lo que haya de ocurrir, vendrá.
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Falco, drama. Siguen versos acto primero..

..VIUDA AFECTADA
Ay, como un tiempo las viudas a los conventos,
debiera esa costumbre proseguir.
En temible soledad ya nada me consuela.
Busco amante, fiel criado, avivador,
consejero, y alguna vez, hasta marido.
Por lo mismo, nada sé de provecho, aunque sí hilo;
quisiera divertirme con los trapos,
y algún quehacer sumaría a mi débil suplicio.
Famélico subsidio me dejó aquel
que se murió deprisa y sin aviso.
Caído el ánimo, hago memoria de mi pobre,
cuando pastas y té traía a mi aposento.

FEMINISTA

De este, aquel, y otro además, tengo los hijos.
Como el hombre, con todo regocijo duermo.
Las estaciones son benignas; de saltito en saltito,
como el ave zancuda me agarro a los ramajes.
No existe foro ni reivindicación, sea justa
o irracional, que no me sienta en medio, aleccionando
a las masas fervorosas contra el oficio de galán.
Un local adecuado a reuniones consigo
de a quien me muestro cariñosa y amable
y le hago correr mundo en mil planeos lejanos.
No tiento a ninguno pero apreso su afición entusiasta.
Muchas son colegas; afines volamos al aquelarre
en noches de mayo, sin vehículo.
Si miráis dentro de mí, me veréis muy sabrosa.

DIVORCIADA FELIZ

¡Estoy libre! ¡Al fin, independiente!
De un socarrón de las garras me zafé,
hastiada, cada día, de padecer su condición.
Cabalmente acortado el velo del divorcio,
con pasiones nulas en los abismos,
alterna en mí la tendencia de varias golosinas,
con mucha actividad de ser, acopiada en los horrores.
Y tal como aconteció el pacto, la mitad de gananciales
repartidos, de tan largo enojo y dolor, vuelve
placer incesante el goce de mi estado.
No más, oh, no más, ningún papel,
arraigará con su quimera en mi fluido pecho.

Me envanecí con el primer fuego activo,
pero es deleite que la costumbre lo corrija.
Razón y experiencia son mi profundo saber;
si alguna vez la frivolidad me arrastra,
que sea gozando indómitos terrenos.
Precisamente ya preparo mi ingenio,
y con nobleza y divagación moderna,
descorro, en la secreta charla, en breve tiempo,
otros lindos manjares igual de frívolos.
Ya me digo que tan ardiente tenacidad
por todas partes me instruyen sus discípulos.

UN ADOLESCENTE

No pienso sino en modernas diversiones,
muchachitas, bailes y maravillas, bebidas
de toda índole, y por ahora, al tabaco ni tocarlo,
pues, no es bien saludable oler cuando se besa.
No me vale que manos, pies y demás miembros,
destilen los más caros perfumes inventados,
mientras tanto se esfuerza la humareda.
El sabor de la carne de los labios
debe ser tan natural como sus jugos.
Por cierto, allá veo a la chica que me atrae,
a la que quiero iniciarla en las tinieblas.
De este modo llegaría a aunar amor y sensualidad
de aquel que sabe los prolíficos laberintos,
apasionándose en el plan veloz y cavilado.

UNA ADOLESCENTE

La verdad que se sostiene por sí misma, guardo
igual que los primeros devaneos afectivos.
Solamente la algarabía alegre, la música estridente,
desaforada, que trastorna la tarde con chillidos
extremos, todo ese barullo jovial que se esparce
con gracioso alborozo por los bares y clubes,
todo ese ruido que se agita jadeante cuando bailo,
encienden mi entusiasmo, y acalorada me aplasto,
en estrecha penumbra, contra alguno que flota
en su delirio, empujando aquí y allá, o sueltas
las caderas, lanzo destellos que a muchos aprisionan.

Asentándome en el corro apretada, las manos
y pies al viento, caderas y tobillos en círculos
benéficos, voy de un lado a otro como poseída,
de hora en hora, de vaso en vaso sin retorno.
Aquel chico de ciudad se cree que este momento
único gobierna a las mujeres, y aún no faltándole
reparo al título por el que se dice rodar,
con vehemente tolerancia, en tan sutil apreciación,
no ve cómo su regular opinión y vanidad son torpes,
pensando que, dotado de suaves palabras, me doma.

Por lo demás, estoy en el segundo bachiller,
y con esto, dispongo de toda mi decencia y osadía,
a plena luz o en oscuras alamedas.
Pronto estudiaré con mayor sabiduría
el mundo mínimo y el grande, combinando
desagregaciones materiales con el aire universitario.

AMA DE CASA (Madre de la adolescente)

¡Esa es mi niña! El ser avispado de mi ser.
Lo que me falta a mí, lo alcanzará en el futuro,
porque este es profuso en deseos, y en lo que atañe
a su inmensa prodigalidad, concierne a mi garganta
decirlo con natural decoro, supuesto que, tenga
o no admiradores, un alto puesto se describe
que las manos le llenan de sortijas, de gran valor,
montadas con jactancia independiente.

Confío que, siendo igual a mí, trabaje menos, gane
más, intensa y consciente, con igual dignidad.
Los vidrios empañados acrisolo cada día,
y dobles realidades con vasto y doble ánimo,
pieza a pieza, suelo, paredes y utensilios, baldeados
día y noche, y dentro de la misma metaformosis,
aderezo el honor de los manjares.
Aunque sea considerada mi labor tan augusta,
me canso más que funcionarias, y este esfuerzo
nunca veo recompensado. Multiplico las horas,
agrieto mis mejillas allí donde el rocío atesora
la tersa y leve efigie, y todo ese asunto
donde una mujer ofrenda con leal dedicación,
no encuentra protección en el sindicato.

OTRA AMA

Toda labor doméstica en presuroso enjambre,
no halla su reflejo en nada público o Estado.
Una vez más el oro del infierno no llega
a nuestra bóveda, aunque en lúcidos festines
nos cuelguen del cogote muchas insignias.

SINDICALISTA

Retozando entre mis cuentas tomo nota
para el siguiente Congreso con su emblema;
afiliados y diletantes en todo ejercicio provocado,
juzgan y critican cada paso; huelgas que incitan
las desnudas enseñas enfiladas, con viejas
y jóvenes vindicando el reposado desayuno.
A los clementes promotores les arengo:
“poned mil barricadas, igual que los pasquines
por todas las esquinas y monumentos,
y puesto que al año salimos en barahúnda,
tiene la juventud insuperable una copita a mano”.
Me gusta salir abigarrado con grata gente,
cadera con cadera solamente, algún grito que otro
a los adversarios; ir por centros y locales
como un tierno mozalbete por ver si pesco
con pícaro anzuelo, y así, algún que otro distraído
lo atraigo hacia mí con pulida pluma y reflejos.
He escuchado las quejas de las amas, y me valgo,
hasta del mismo diablo postizo, para de esas razones
no privarme, por si arreglo con ellas, algún asunto.
Ah, ahí, no lejos, se distingue la noble baronesa,
aunque quiera ocultar su inmejorable rostro.
Buen tiempo este de provecho, por si las moscas,
para ambicionar también que, en esta fábula,
no llegue nunca a ligarse al viejo tronco.
Para ese menester el diablo, y si no, mi Sindicato.

BARONESA

Pareciera que alguien pretende hacer alusión
sobre mí con poca sensatez exhibida.
No estaba en mi carácter intervenir, pero los malos
son otros, que pierden el sentido con esos chirimbolos,
en parques y avenidas ensartando sus figuras
hasta el borde de la ociosidad, con desatinos.
Ahora dogmatizan con mínimas palabras,
a fin de que transpiren, desde el fondo al exterior,
las aceras, con pócimas y mejunjes, combinados
en negación del cierto tiempo.
Yo soy parte del árbol y de la rama,
y aquellos no echarán un trago a mi salud.

FALCO (A Teófanes, luego de ver tan variada exposición que aquel
le insinuó como atracción del mundo)

Son estos tus tesoros, tu sublime gozo,
la anchura total de tu vasto universo.
Para mí desearía yo el bajo abismo
donde resplandece el fuego de la negación,
donde entre los seres se afanan los enigmas;
allí nace la esencia de la verdad oculta,
allí crea la desazón al hombre.

TEÓFANES

Tardarías cien años en completar la obra,
sin así discurres, con tanto desacierto.
Vislumbra las maravillas del mundo latente,
no quieras buscarlas en la duda de otros mundos.

FALCO

¡Agnóstico infernal! ¡Prosigue el camino!
Cíñete al fragor de tus dominios licenciosos,
que yo aspiro a otros insaciables
para así olvidar la duda, la duda de mí mismo.

TEÓFANES

No te visita el arrepentimiento ni el dolor te entristece,
no asumes convulsiones que levedad cedan
al colapso fatal de algún remordimiento,
fuente y resultado de la mente laxa,
al parecer, insufrible, que odia la humanidad,
arrastrando tras sí la eterna discordia,
¿por qué avivas gritos con delirante opresión?
(Recién casados saliendo del templo)

FALCO (Sosegado)

Dejemos de filosofar, y a lo nuestro.
¡Qué bullicio! ¡Qué confusión por los aires!
¡Qué griterío y vivas flotan con odiosa rustiquez!
La respetable gente sale del templo, honrosa y frenética,
alborotando con fatuas ansias del vivir jadeante,
apresurando la animación de alguna penosa alma
que anda cerca, por verlo todo con que resurgir
lanzando canciones de odioso júbilo,
presa de la sombría formación engalanada
para lanzarse al mundo con renovado espíritu,
a decir verdad, con el desliz libidinoso que yo mismo,
escabulléndome por la estancia, adaptado el instante
al pasadizo y a seductoras palabras, cumpliré
en mí aceptando tan gozosa penitencia.
Brilla al lado del novio la joven y hermosa novia;
antes de que se entregue al pecado impuesto
para mal de muchos, descenderá al verdadero placer
del negro abismo, cuando con dulces invectivas
sobre su corazón, mi afamado aspecto le dé
impulso al suyo, y la ciña por los senos, mientras beban.
Ya me vio con furtiva mirada, y en cuanto a ese aire
arrogante, he de apagarlo como si fuera el mismo diablo.

TEÓFANES

Ahora sí que tu esencia de contradicción
es el espíritu del hombre.
Observa aquella linda mujer que vende el amor.

FALCO

Dos naturalezas contrarias pugnan contra el caído
hervor de mi pecho que buscó perfecta armonía,
una, bajo recio trono, se abrasa por obrar el bien,
padeciendo, en su inmensidad, agonías mundanas,
otra, forjando sufrirlas, bebe altiva del manantial
copioso sobre la eterna aspiración a dominar
culpas con culpas aún mayores, musitadas
en medio del hombre, dispuesto a doblegarme y ser
injuriado vilment
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Falco. Versos acto primero..Sigue

TEÓFANES (Luego de beber tres copas)
..Por esta ardiente emoción le proporciono nuevos goces
a tu corazón que se rodea de anheladas fatigas,
de las cuales muchas veces pende la fama;
el placer sensual, las sensaciones materiales, los bienes
que empujan la ambición veleidosa de la gente,
el sabor privado de la dicha que arremete
contra toda desalmada desventura, están ahí,
aguardando que estiremos la mano y vivamos
con los mejores frutos de sus dorados árboles.

Son fuerza y delicia que nos reclaman.
Echa tu ojo hacia el bullicioso trajín del mundo
y atrapa con cautela el momento mágico.
Procúrate, en el ansia de vivir, la pena abunde
formándose con muchas sutilezas de su cárcel.
Acerquémonos a esos lugares amenos y suculentos
donde es muy fácil engañar a la mujer, si ya tienes
notoriedad, poder y renombre, por todos conocidos
a través de la prensa y sus juegos; no hay lugar
donde el nombre de Falco no se exponga ni donde
un segundo se quiera abandonar su afamada compañía.

Vamos, en primer lugar, a esos parajes lúdicos
donde las jóvenes se divierten y donde se nota
el buen crédito del osado galanteador moderno.
Codiciaría yo viajar en alas de diablo para bañarme
en las fuentes de tan notables goces.

FALCO

Dejemos ese momento para otro tiempo,
ahora me afligen otras inquietudes,
ante las cuales, aquéllas, son simples naderías.
Es más grande el honor de la venganza
cuando se tiene ante sí abierto el Macrocosmos
y el recio afán de entender sus secretos,
cuyo leve contento entre mis brazos ofrece mayor
bien que toda la gozosa eternidad de la tierra.

La dócil circunstancia no se hizo para mí;
prefiero condenar mi vida a turbulenta agitación,
a caer bajo el peso de deleites vanos
del vegetar simple, atribulado por alegrías
supuestas, piedad y torturas, indecibles
aspiraciones que son sino falso sosiego.
El primer principio será final de mi inquietante
espíritu, anhelo y denso interés de mis ansias
perpetuas por salir de inútiles satisfacciones,
sostenidas por la azarosa cólera de la materia,
a la que elevan como felicidad anodina
penetrada de un sentimiento de bien inseguro.
Ahora, ¡prosigamos el camino!
Y en este mismo deseo se remozan los astros,
nombrando, en pecho y corazón, el premioso tiempo.

TEÓFANES

Yo sigo pensando en otros derroteros más fiables,
con sustancia y elementos propios
que son parte y accidente de otros parecidos.
Pero, ya que te hallas preso en esa sensación
de fuerte aliento, por semejarte
a la condición y esencia del espíritu, te conduzco
al único camino que sé para que, con vivo ahínco,
te lance a las esferas que son engendradas por aquel.

FALCO

¡Eres experto en el descaro y befas!
En poco estimas la facultad de la razón y las causas,
no así la nula probabilidad de la hipocresía,
la simulación estentórea que a boca llena
habla a muchos con la mímica de la posesión,
afirmando poseer abierta la puerta a ese mundo
que ni la ciencia física acaricia cuando experimenta,
mezclando ideas y praxis, que son mitad
de un mismo camino que murmura en su través.
Tal es la argucia de tu particular infalibilidad,
la cual se remonta a tu brumosa superstición,
te ciega en la lógica, hasta el punto de manifestar
querer trasmitirlo a mi receloso ser.
Creerte es difícil; la vana magia adscrita
a ese deseo, no traspasa los portones del saber,
y menos decible aún si algún sentido muestra
capacidad que sobrepase la razón inerme
que la propia circunstancia acumuló de mis desvelos.

Pero ya agoté todo recurso de vida deliberado,
sin que nada o nadie supusieran tranquilidad
ni verdadero reposo o fingimiento de él mismo.
Por tanto, solo cabe sujetarme a tu densa propuesta
para adentrarme en las planicies del temido abismo,
por las que tienen tránsito felicidades y agonías,
que no son suplicios, ágiles formas de la ignorancia
que dan certeza, noción y pasiones, hasta magullar
la innatural insolencia del hombre soberbio.
¿Por qué me acosáis, ansiedades de mi pecho?
Ambiciona algo mío el espíritu indomable.
Tal vez el sendero inesperado surja de allí,
con la misma esperanza, la resolución
a mis duras y sempiternas invocaciones.

TEÓFANES

No te aseguro inmortalidad,
diletantes innúmeros a tu causa, bienes y gloria
que conformen tu propia esencia, atribuciones
inconfensables, arbitrio y riqueza inextinguibles,
poder y domino sobre los demás hombres,
sabiduría que dé respuesta a tus mortales congojas
mientras exhalen reacias fuerzas de ti mismo.
Pero algo hay.
Considera, Falco que, en la poca elocuencia
de la gente común , y en los mitos, yace mucha verdad,
desborda la razón y la rodea con desafío
de la tenue autenticidad, al consagrar fórmulas
efectivas que otros medios no consiguen.

¿De qué sitio crees que partió el actual conocimiento
mediano de los hombres? De lo bajo y mínimo
del relieve de las cosas sensibles, de la observación
de lo inanimado por el espíritu del tiempo,
de la formación y elementos en continúo revoltijo,
penetrando mundos con milimétrica influencia.
Hay sucesos inexplicables, ocultos en papeles
y en el terreno, y otros diáfanos que solamente
circulan por la acción de la mente femenina.

Tú mismo trazaste las potencias para interpelarlas,
y fracasaste. No hallaste salvaguardia en libros
de ciencia tácita, ni ningún elemento moderno
aleccionado por la ponderación ancestral, te ayudó.
¡Que te invada la posibilidad de otra emoción;
quizá alrededor de ese frágil arte, se realice
glorioso tan sublime anhelo! Nada posterga
que unas cosas y sus contrarias produzcan
satisfacción a quien no la obtiene por la ciencia viva.
Esa luz mortecina quizá despliegue su plenitud
por todas partes de tu naturaleza.
Ningún honor a tu crédito va a serle arrebatado.
¡La vidente aguarda! Algo más, el buen o escaso éxito.
¡Respiremos aire de la calle!

FALCO

Deseas mostrarme la agitación real de tu universo.
Dispongámonos a cruzar la bella plaza;
veremos la intriga social en bocas malas,
el delirio rebosante en malas lenguas.
Oiremos el agrio cántico de ese gran tumulto
transeúnte que deambula por la tarde ociosa,
bebe entusiasmado tinto por bares y tabernas
que simulan placeres, busca moderno halago
a quien nada dice en común a mis aspiraciones,
ni fundamenta su triste dormitar, si existir
es vivir cantando las pocas alegrías de sus vigilias,
deshaciendo el lecho amante la fiel venganza
con la misma saciedad que lo encantó.
Voces que son en sí mismas inclinaciones pensadas
vendrán veloces al oído mientras caminamos.

TEÓFANES

Te replico, fundaré la pausa que descubrirá sus murmurios.
Esa gente vana que llamas dócil y opaca,
juega su papel, siendo uno más entre muchos
el que supiera ofertar tu corazón a su presencia.
Hecho estás de elementos mortales que aborreces
y te hacen prisionero como aquella.
Pudiera ser, no obstante, que tu llama arrastrara
consigo el mal que vuelve inferior al espíritu
cuando brota dentro de su innata infelicidad.
Por tu parte, no alinees tan grata muchedumbre
fuera del vasto recinto de la grácil ciudad,
es necesario que, junto a grandes y prominentes
consecuencias del recio saber, obras menos afamadas
esparzan como viento la simple simpatía.

Yo aprecio, entre afanoso favor, tan sutil
evidencia, la forma maleable y combinada
de la carne con la vida y sustancia pura.
Por eso, ando metiendo mi olfato en sus cubiles,
disfruto con todo, aspiro su fragancia en mi adición.
No maltrato mi sosiego con la búsqueda metafísica,
no premio la razón con tan nula filosofía.
Haz tú parecido y tendrás mi fortuna

FALCO

En los múltiples senderos de la divagación,
prosigamos rodeando la tertulia.
Prestaré atención a los seres de la tierra.

(A punto de atravesar una plaza)
(Cerca de la puerta de entrada, se paran. Caminan a través de la
plaza de Bibrrambla, confusa y llena de populosa muchedumbre.
Teófanes insta a Falco a que aplique el avispado oído a cuanto se dice,
que es la natural función y expolio del mundo moderno, la ebullición
de cada ansia y apego. Día festivo en mayo. Terraza de un bar, y
otros sitios adyacentes. Diversos conjuntos de gente variada, condic
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Soltad una lágrima

SOLTAD UNA LÁGRIMA.

Cuando el destino de la razón pasiva
arengue en los estrados dichas buenas,
mirando al ciudadano mísero del pueblo
que suplica justicia,
¡Soltad una lágrima!

Cuando veáis la paz ficticia enarbolando
las naciones en estrados discutiendo
y tratados escritos en losas frías,
mirando al ciudadano mísero del pueblo,
¡Soltad una lágrima!

Cuando observéis la tierra desecada
y las cosechas sin fruto y agua limpia,
arbustos y sarmientos entristecidos,
mirando al ciudadano mísero del pueblo,
¡Soltad una lágrima!

Cuando andéis por los campos arrasados,
volcanes sin fuego y lava ardiente,
veredas marinas amortajadas,
mirando al ciudadano mísero del pueblo,
¡Soltad una lágrima!

Aunque conjuren que la suerte escrita
está al pasar una ráfaga de hielo
por el vasto espacio de la noche clara,
mirando al ciudadano mísero del pueblo,
¡Soltad una lágrima!

Por aquellos que embarcados libran
contra olas voraces su frágil lancha,
al surcar los mares cual corsarios,
mirando al ciudadano mísero del pueblo,
¡Soltad una lágrima!

Por aquella sonrisa nunca falsa
que el infante confía al tacto puro,
sollozando su madre en la penuria,
si miráis al ciudadano mísero del pueblo,
¡Soltad una lágrima!

Aunque a vosotros la riqueza infausta
os colme la familia sin pesares,
por honor de la libertad en el mundo,
mirando al ciudadano mísero del pueblo,
¡Soltad una lágrima!

Yo no quiero mentidas alabanzas
ni que graben mi nombre en una lápida
decorando edificios o mausoleos,
mirando al ciudadano mísero del pueblo,
¡Suelto una lágrima!

Llorad si tenéis hambrientos hijos,
lamentad la injusticia y las prisiones
mirando al ciudadano mísero del pueblo,
nunca por quienes de vosotros se alimentan,
¡Soltad una lágrima!


DE LA TIERRA DE AGUAS CRISTALINAS

A orilla de aguas cristalinas
dan sus frutos primeros los naranjos.
La nieve a un lado, el mar al fondo;
hasta esa tierra que cuelga en las cascadas
de aérea efigie la ilusión afligida,
hasta allí quiero ir, donde el cerezo crece,
y suenan heladas melodías.

Es inútil que lances tus elogios.
No pretendas, muchacha, seducirme,
con baladas tormentosas de tu gente,
cantadas con letras de folclore
entre danzas de voces decaídas.

No insinúes que rechazas el rojo vino
que a los cauces de tus fuentes se asemeja;
Aunque quieras conseguirlo no podrías.
Ya en la tarde de luces extinguidas,
No te esfuerces ni obsesiones en demostrar,
al pregonar son muchos tus desvelos,
que en mis venas no fluyen las burbujas
ni que no son de mis costas la alegría.
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He estado pensando

HE ESTADO PENSANDO

He estado pensando con dolor amargo
viendo amargamente el sufrimiento ajeno,
cómo forja en secreto la desgracia,
la desgracia de los pueblos,
y he visto el clamor derrotado de los justos
por reponer paciente la justicia,
la justicia querida de los pueblos.

Lloré en profundidad por estas cosas,
por estas cosas, profundo y desolado,
falto de esperanza en el silencio,
falto de esperanza y afligido,
porque no logro despertar de ese letargo.

¿Dónde el sagrado gozo de respirar libre?
¿Dónde, la insurgente voz cautivadora
que alce de su mustio lecho al pueblo junto?
Oh, sagrada libertad ya destruida,
destruida y asolada con ninguna gloria.

Ay, no, no dominas la esperanza dorada
de tus frutos libres, ni resurges ni veo en ti
que emerja otro tiempo poderoso,
otro tiempo que anime al hombre adormecido.
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Día de júbilo

¡Ven, dorado día de júbilo!
La copa se desborda,
los colores se reavivan golpeando
todos las matices de la naturaleza.
Todo me hace sonreír,
todo se llena de generosos fulgores
en la confiada órbita de un sol alegre.

A las calles populosas baja el dulce fluir
de un rayo hasta las arboledas; todo vibra,
todo esplendor desbordante de entusiasmo.
Cesa el viento y en la rama balancea
el postrado nido de un solo pájaro hambriento,
pero plácido, todo a ritmo de la tarde en calma.

Todo aliento armonioso bulle;
sonríen huellas y pisadas en los comercios.
¡Persiste, dorado día de júbilo!
¡Qué placentero andar entre columnas silenciosas
sin que ningún mal recuerdo se avecine!

Y por bosques de piedra así me uno
a todas las variedades de la gente.
Y todo pasa a todo encadenado
en el bullente regalo de los aires,
por las terrazas al vino festejando.

Y cada bien aleja la brumosa tarde;
todo es vida, todo es colorido.
Y luego, con parca lentitud la luz pierde
su trono; todos los clamores se repliegan
al entibiar su brillantez por el oeste.

Llega el protectorado de las sombras;
la oscuridad se hace gozo eterno,
y yo alegre, dulcemente me sosiego,
si el amargo pesar dejé alejarse y bajo
las estrellas dulcemente me cobijo.
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EL POEMA DE YALMAR. Versos del Canto II

CANTO SEGUNDO

YALMAR DE AIMÓN

El mar en cinturón bramando fuerte
baña las costas de Aimón el pueblo.
Una torre imponente sobre rocas blancas,
rodea en fortaleza la ciudad sublime.
Inmensas, elevadas, de cristal alza su efigie
mirada de lejos cuando el sol se oculta
y rayos anaranjados encienden las murallas.
A cada senda del recinto adorna un bosque.
Cauces trazados recorren cada sitio
donde las aves en el estío se enfrían.
Allí crece el naranjo y limonero,
da su fruto el durazno, el dulce rambután,
bojes que ornamentan cada plaza
de Aimón, de uno a otro lado recostados
como muros altos de materia pura.

La melisa aromática, y el incienso vaporoso
sosegado, adormecen termas y balnearios,
esparciendo sus perfumes por las salas
donde hombres y mujeres se reúnen;
chocan las copas de oro y plata.
Y de un punto inmemorial que fuentes
surten de cristalina agua los espacios
y estancias de jardines orientales,
emergen humeantes en recogido ensueño
que inunda de sopor los cálidos sentidos.

Ningún templo ni altar llenan la tierra,
ningún edificio o palacio para adorar en vano
a seres que son esencia de lo mismo
que huéspedes de Aimón lograran ser,
y que es el conocimiento de saber qué son,
hombres que aspiran a ser dioses
y dioses que serán lo que son los hombres.

Bosques siempre frondosos,
purifican los aires desde el monte al llano.
Todo ser vivo se nutre de ese aliento
al unísono que llena los espacios
de ese Espíritu que respira en cada porción
de la naturaleza terrestre exhalando vida.
Es el templo donde el corazón de Aimón
agrupa a los fieles en reunión sagrada.
Y ya sea en las horas donde la penumbra
vigila el tiempo taciturno, o cuando, acentos
melodiosos de pájaros cantores, dejan oír
lamentos o alegres tonos por la sutil amada,
copas alegres y hermosas doncellas
festejan que el sol alumbre cada ámbito.

Desde lo más recóndito de un bosque
donde cervatillos brincan, y gamos
en libertad, atónitos y felices por la paz
reinante, retozan en fresca hierba, fresca
y rebosante que de rocío se cubre,
(no hay cazador oculto ni artilugio
cruel que inflame la débil vena),
un leve surco adelantando el acuoso paso
entre grava y rocas, da brillo al cauce
que ladera abajo, con estruendo y pavor
por su sonoridad, rompe en blancas líneas
la cascada cristalina. Allí pardas nubes
se reflejan, igual que la imagen de un rival
confunde al halcón incauto que diurno vuela.

Y ya adelante, sorteando salvajes escarpados,
se despeña espumoso hasta reposar en el valle
que riega profuso, profuso y cultivado.
Llega a la ciudad en ramales dividido,
de un lado a otro, donde puentes suntuosos
dispersan sus favores al separar Aimón
en dos trozos gemelos de la misma tierra.

Yalmar, el hijo amado del noble Asphín,
joven que reina por su lealtad y valor,
cuando las cautas horas del silencio
hacen sonar tan dulces melodías
desde las ramas dobladas de los sauces,
cuando el fulgor de las estrellas relucientes
inducen al prolífico y tímido pensamiento
a buscar el descanso en colinas despejadas,
se tiene desvelado porque un vago sueño,
de principio espléndido y grato, terminó
antes del amanecer en oscura tristeza.
En la luz del día le siguió persiguiendo
el ardor de ese misterio y no se extinguió
la oscuridad de los ignotos augurios.

Desde la infancia, por collados y cumbres
alimentados del frescor de las mañanas,
sumando horas entre senderos verdes
junto a Aijhar, huidos entre los bosques
con los benéficos rayos del sol naciente,
retrasaban las horas de la tarde
tan solo por oír el rugido del océano.
Sólida amistad que la tibia juventud
con su ingenuo abrazo retenía.

Y crecieron entre acordes y noches bellas
y en amores de juveniles amigas
que alegraban las casas y los palacios
entre bailes y ruidosas algarabías.
Todo era festivo y armonioso
y la amistad sincera. Pero un sueño,
un sueño maldito y enojado,
en oscuridad nacido, nacido y engendrado,
envenenó la sangre de Aijhar con avaricia
abundante y lo volvió maligno.
Pensó que el trono de Yalmar era su gloria;
Aimón bajo sus pies caía absorto
con todo el patrimonio en pleitesía
y las calles con templos se adornaban.

Creyó ver seres espaciales, entre lujosa
y estrecha vestimenta, le cubren de honores,
fortalecen su brazo para el combate
con armas y artilugios novedosos,
haciendo añicos las destrezas militares
de Yalmar, si alguna fuera. Y vio el fin
de ese negro anhelo, cantado por la historia,
borrada la ciencia y la razón apagada,
y los astros que más brillan, consumidos
por velas prendidas en sombras apresuradas.
Y sentado en el margen final del río Auyín,
donde horas juveniles junto a Yalmar
en navío frágil le acarició del mar la onda,
grabó en su mente palabras de alianza
que seres oscurecidos por parecer gigantes
y planta no humana, con figuras dispares,
a sus oídos adormilados transmitían.

Arrancado así de la piedad humana, se hizo
el portavoz propagando doctrinas engañosas,
inspirando leyes, mandatos y profecías,
profecías nacidas en malas lenguas,
en malas lenguas crecidas y enseñadas,
para sembrar adoración y caos narcótico
por mandato divino camuflado,
al carecer de ciencia muchos hombres,
con estertores de fuego en avenidas.

Aijhar captado por dioses que no eran mejores
que los hombres ni en bienes prometidos,
congregó a un ejército de afines en el sitio
que el río Euyin menos profundidad aparentaba
Y arengó la religión, sin ética, colocando ídolos
en mármol primigenio cincelados.
En fatuo altar con leña consumida, simuló
arrodillarse ante los dioses que hombres eran,
haciendo pasar por bien los males suyos,
y dictando pasquines bajo guerra,
quiso que Aimón le fuera entregado
con total veneración a su semblante oscuro.

Una noche sin fondo, sin fondo y tenebrosa,
mientras Yalmar entre sus manos
la mano de Asphin débil sostenía, sabiendo
que la muerte caería entre sus brazos pronto,
antes que la vista moribunda le alejara
del tiempo sonriente y agradecido,
le miró a los ojos, le habló de la ruta
hasta una isla no habitada donde iría,
porque a Aimón un vaticinio le cerca
y hunde en sombras de un extremo a otro
por las olas que el viento amenazante
irá arrastrando en noches borrascosas;
no está bien claro si son las matemáticas
o del vuelo de un ave el oráculo.

La madre de Yalmar era pragmática;
una joven hermosa de cabellera negra
que aplacaba las bestias con sus voces
al escucharle copiosas melodías
de amor y tristeza avara, mientras la noche
reposaba mecida por los vientos
y solo ella admiraba las estrellas.
Fue devota de los dioses domésticos
cuando aislados paseaban por la tierra
diseñando vergeles, sin ser vistos.

Aunque alguno al lado de otros muchos
presentó la ingeniería en las ciudades
y enseñó las letras y el lenguaje
trabajando en ecuaciones y biología,
otros, al ensayar con fórmulas imprevistas
por darle variedad a nuevas formas,
anularon sus sustancias por capricho.

Se enamoró y cambió de idolatría
por matrimonio con Asphin que le ilustra
sobre luchas tribales entre los mismos.
No eran compasivos, -le dice-, tientan
en el lujo del poder y la codicia,
al hombre, con doctrinas dispersas
que derrumban la paz entre naciones.

Un templado mediodía, cuando la brisa
con mayor fuerza sopla en las palmeras,
saciando la espuma entre las rocas
con sus frutos dispersos por la playa,
un grito desmayado a la razón avisa:
Yalmar viene elegido por las horas,
al límite de un mundo muy lejano
desde otro en un tiempo indefinido.

La alegría se aleja del rostro lívido,
le derrumba la vida en las mejillas
la mirada fijada turbia. Bañada en sangre
por hemorragia incesante no despierta.
El llanto primero había nacido.
Tanto más, en la quieta mirada de Asphin,
por aliviar en lágrimas sus ojos ante la inerte
Alfina entre sollozos. Nunca besará
sus labios amantes ni tomará sus manos
tan suaves al tacto con las suyas.

Ahora Yalmar aspira el aire de la tierra,
mientras la muerte deja una tendida pena
que ni siquiera el tiempo a la piedad unido
amortiguó en su abrazo. Y a medida
que el tiempo moribundo, su negro bebedizo
inhala como droga que la vida agota,
como tallo sin agua que la tierra extingue,
se troncha de nuevo un pálido aliento
que no atiende la voz que animarlo quiere
por recuperar de Asphin la vida. Y esa voz
tan querida es Daona, que a sus padres
enterró y lloró en tumba unificada.

Creció Yalmar como rayo entre los árboles
que sobre las copas cae y brota fuego
en las ramas sacudidas que brisas enfriaban.
Asphin, en ese desconsuelo, de su vástago
suplió, con amorosa entrega, las caricias
coronando de ternura su figura adolescente,
mientras en su roto corazón, sin savia nueva,
guardaba la memoria de la dulce Alfina.

Yalmar así aleccionado, ya joven,
dudó de las falsas promesas de los dioses
que sanaban con ruegos la materia inerme,
si ofrecían ensangrentados los pilares
en sacrificios vanos con animales fieles.
Nunca más, junto a sarmientos humeantes,
rogaría su pueblo. Sería al fin todo este afán
por dictamen en su mundo confinado.
Ningún sacrificio más ni un templo vano
donde vanas plegarias se acumulan.

Y las ágiles gacelas y cervatillos dóciles
brincaron por los montes alegremente
hasta llenar los aires de ese encanto.
Aunque no todo Aimón siguió este pacto,
pués, un corazón duro, duro y maltratado
por doctrina infame, por épocas fijadas
en terrible calendario instituido,
siguió arrancando el corazón a los nacidos.
Y así Aijhar, entre horroroso espanto,
dio a las llamas, desde el pecho de la madre,
a su recién retoño con mil llantos,
para obtener de los dioses recompensa.
Aquel tiempo veloz pasó, fue breve la historia
que contó a otros tiempos tan cruel instante,
pero no la memoria que jamás lo olvida.

En un catamarán por vías de muchos
capilares que el Euyín nutría, navegó Yalmar
a remo silencioso, con varios camaradas,
elegidos y confiados en amistad unida.
Sobre mansas aguas deslizándose ligero,
elevan ve
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FALCO, Drama en verso

Sigue versos de FALCO, Acto Primero..
Hablando Teófanes..

Tales son las aspiraciones mortales sin reposo
que quieren fisgonear en suelo desconocido,
del que dimanan favores malignos, o seductores
del espíritu frágil que se aventura indeleble.
En esa disposición, la maldita insensatez
hace al dolor imperecedero, y aleja al espíritu
del sosegado reposo, torturado en duras indecisiones.

Es menester que te abstengas de vanas quimeras
y de críticas que fermentan el amargo sabor
de los celos, y de la áspera forma de la muerte
que es la ignorancia en todos sus agitados anhelos,
variaciones sin número del pecho no ilustrado.
Como oyes, impera en mí la alta filosofía,
que yo, sin ser filósofo ni por fuera ni dentro,
hallo la raíz de toda delirante existencia
que batalla intranquila por rodearse de placer.

Cualquiera que domine ese agrio deseo de lo alto,
será un superhombre en todas sus creaciones.
Pero tú eres infeliz, y tu aspiración te sobrepasa,
al querer atrapar las vidas siderales.
Aquí estoy para aliviar tu carga y ofrecerte el mundo
de la senda estrecha que a aquéllas te traslade.
Si te obligaras a otra vida y seducciones,
el doble momento conocido que hace aferrarse
tus tenaces razones a la realidad terrena,
producirían deleite a los sentidos que a todo mortal
agarra cuando se nutre de su ocioso mundo.

Tú puedes penetrar con frialdad espléndida
a través de esa vida, entrelazado a esa permanencia
sin que te arrastren las vacilaciones que sojuzgan
los espectros supremos que se expresan en todo
corazón que se remonta hasta el conocimiento,
y no alcanza sino cada vez mayor ignorancia,
al sumergirse en el abismo a que está condenado.

¡Maldita la aspiración a la eterna verdad!
Una vez que uno se convence de su posesión,
aparece el sufrimiento de la real ignorancia.
¡Malditos, digo, los goces que atormentan al hombre!
Todos son pesadas cargas que abruman la existencia
y la someten a furias contra aquellas ineficaces.
Te diría, como amigo, que te alejes de la hoguera
y de su destructivo sopor, en lo que buscas.
Pero sea tu empeño cuál y la voluntad permitida
por la que acudí a tu llamada. No te resistas a enviar
el pensamiento de tu corazón al plano sospechado
de invisible actividad, en cambio, abandona el anteojo
de las páginas escritas y mal interpretadas.
Sé de un método viviente que te ayudará. ¡Vamos!

FALCO

Si no supiera con abrumadora certeza que existes
como el mortal Teófanes, vividor en las costumbres,
parco en obras de conciencia, perdido en lugares
de vicio, a medias entre el espíritu y la carne,
para ser animal que mete el hocico en toda zanja
por saborear con honda claridad los frutos tenebrosos,
sacar oro reluciente del trabajo y esfuerzo de muchos,
apostaría que vives dentro de la tentación, con el único
objetivo de molestarme y extraviarme en mis ansias,
advirtiéndome como el pícaro capellán que se solaza
juguetón en medio de frescas pantorrillas.

Ese modo de hablar tan erudito te volvería tan célebre
como la serpiente, y después la mujer, que la acusó
de incitarla impunemente a la desviación y senda
torcida, por acarrear siempre sobre el cuello lo inverso.
Pero, como no te llamé para ningún capricho
ni reproche, me aparto del infausto estorbo, como aquélla,
para que musites junto a mi oído hechos concretos.
Habla, entonces, sin tanto patetismo,
de aquello que quieres mejorar en mis desvelos
y de cuanta ciencia pedagógica se alimente mi pecho.

TEÓFANES

Bien entero, en ciudades populosas o en cuevas
húmedas, nadie se mueve como yo que soy afín
a la rotación del Universo, en ese ensayo
eterno de renovación y extinción que le acompañan,
difundiendo con suave gozo y utilidad
las fuerzas rígidas de la fogosa existencia.
Con gusto me inflamo de un verbo lúcido
para salir siempre victorioso de los trances
apretados que a uno la actuación diaria le conduce,
atizando en los pechos que mejor se adaptan
a mi forma y deseo la melancolía de un fuego ebrio,
sin que jamás excelsas palabras se muevan
en contra de ese favor sutil, aniquilando
el día que dedico ocupado a mi imagen.

Que es cosa liviana aparentar lo que se tiene
y cosa ignorante ocultarla por humildad,
pues no me fío de la insolente imaginación
que humilla mis instintos, los cuales me acercan
al primero de los hombres, sin que por esto pierda
mucho de grandeza mi errante y viva alma
por no tocar la áspera virtud. De este modo,
tras esta o aquella, ando ocupado día y noche
hermosos como tristes, en devaneos y libertinajes
que calan la mente con las circunstancias
de la que se sustentan la rectitud y la imperfección,
huyendo del zafio rencor del hombre decente
y del frío moralista que no cura el barrido cuerpo,
por más que desee posarse con fuerza inusitada
sobre exhalados valores que atizan al hombre
cívico, que se embolsa joyas y anillos
y desnuda a la esposa con ávido entusiasmo.

Voy a cesar de repetirme, aunque no cesen mil
elogios de corearme con sus brindis y placeres.
Te diría como al romano que ya es tarde
para salvar la vida, y todo cuanto abrumaba
de seguro los apetitos ancestrales, la moderna
civilización cierra a tan burdo testimonio
por sacarle los colores al mismísimo demonio.
En algunos lugares apartados, los sagrados pergaminos
del saber auténtico, no echaron cerrojo a las puertas
y a esas evidencias originales que corren por venas,
elevando a signos naturales la seca y ruda ciencia
que todavía actúa con ardiente vigilia, por saber
captar algo más de los pulsos misteriosos y activos
que expliquen si al corazón le queda tibia esperanza
para permanecer como brote de sí mismo.

Por esta razón excelente el propio espíritu habla
en boca de tontos y reaviva la llama de los sabios,
y aunque este sentir no bogue por su fuente noble,
antes de acudir a las artes de las ciencias actuales,
como una noche turbadora y amenazada,
cojo los mensajes de tus deseos sutiles,
y sin pruebas corruptoras preparo tu consuelo
como se transportan los pies a los festines.
Baja tus oídos a mis pausadas palabras
y fuerza la atención que merece fluir embriagadora;
escucha Falco, sé que alguna experiencia no se disuelve
en la nada, ni cede ella a lo desconocido.

(Tiene a mano un Rioja)

¡Qué suave aroma exhala el vino! ¡Bebamos!
(Cantando)
< Si no pulsan las copas, el vino se desborda;
bendito el emparrado que guisa buena uva,
la reverencia exacta que aplástase al chocar,
pelillo con pelillo, tumbado mientras canto
brindemos o no brindemos, bebiendo siempre así.

Numerosas en la vitrina demoran que mi dedo
agarre el pavoneo que me induce a beber;
avancen ya las copas, que vuelen sus chasquidos,
murmurios y jovenzuelas me lleguen en su sopor.
Acércate a mi labio, oh, paradisíaco líquido,
exánime me dejas si chamuscas mi faringe
con frases ampulosas que hierven mientras asas
el intestino grueso, aullándome, en su ardor.

Tres veces veo los goces que animan mi cerebro,
mil veces más me nublas el ojo y la memoria,
gastrónomo a un lado, a otro mis canciones
que exaltan tus delicias con férvida algazara.
Sinuoso contenido este placer me fía.

Si no tañen las copas, es abundante el vino,
si las copas repican, el Lambrusco ensortijado,
el verdadero zumo al fondo descendió.
Cuando silben las copas, el buen vino se acabó >

FALCO (Impaciente)

¡Cata con deseo! ¡Aprisa! Háblame con detalle minucioso,
incuestionable, aunque se presente como engendro
relativo de la invisibilidad infernal, el resultado,
mientras pongo en esa dirección mi esperanza.
Si supiera la dificultad a que la vida me convoca,
no ordenaría más verdad que la puesta de Sol
cuando arrecia su llama sobre los restos árabes,
símbolo de mi agotada y dulce evocación,
presagio prudente con astillas de ciencia
y energía misteriosa, que forja a mi juventud
a ser lo que es y muestra en las cosas permanentes.
¡No retengamos el instante!

TEÓFANES (Luego de beber tres copas)
Por esta ardiente emoción le proporciono nuevos goces
a tu corazón que se rodea de anheladas fatigas,
de las cuales muchas veces pende la fama;
el placer sensual, las sensaciones materiales, los bienes
que empujan la ambición veleidosa de la gente,
el sabor privado de la dicha que arremete
contra toda desalmada desventura, están ahí,
aguardando que estiremos la mano y vivamos
con los mejores frutos de sus dorados árboles.
Son fuerza y delicia que nos reclaman.
Echa tu ojo hacia el bullicioso trajín del mundo
y atrapa con cautela el momento mágico.
Procúrate, en el ansia de vivir, la pena abunde
formándose con muchas sutilezas de su cárcel.

Acerquémonos a esos lugares amenos y suculentos
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Drama en verso.. FALCO...

Sigue Poema dramático de FALCO EN LA TIERRA..

Algún prodigio habrá con el que invierta el tiempo;
he de esforzarme en hallar la causa de aquel que persiste
y hace a cualquier divagación eternizarse sombría,
requerir soportar el decurso lento semejante
a la relativa constitución de la paradójica fuerza.

Esperar debo a que el jugo del enigma se desborde,
con las mismas sujeciones a la inmortalidad
destinadas a compartir la odiosa condenación
de las sucias torturas de la tierra, con la esperanza
incandescente de la renovación servil de la materia
para seguir propagando bienes que no son, odio,
malevolencia, y expulsar todo clase de disparatada
alegría, implicando y multiplicando el trabajo
por querer salir de la ignorancia, de egoístas ambiciones,
sin poder amar la independencia de las almas
a la condena social, por temor a ser uno mismo
parte vinculada al remordimiento de cosas inocentes,
cuando todos se creen perjudicados por una maldición
de actos inexpresables, agolpados a otras conciencias,
adustas y solitarias, guardando en su propio mal inasible
el aliento infernal sobre los hombres.

Por otra parte, pocos pueden enseñarme algo más
de lo que sé, y de contingencias que aprendí por el estudio
que revela otras ideas sabias y mundanas, razonables
y estimadas, producto de las diversas culturas de la tierra,
respetando siempre el fondo y la fatiga que soportan
los pueblos, y su modo de entender la vida sin injurias.

En todas partes se entreteje el espectáculo que anodino
cae en su actividad y pretendo descifrar, aunque
la densa niebla se enrolle súbita desde la incertidumbre,
a través de lo poco conocido, aunque más descubra el
hombre.

Invade a mi corazón mayor complacencia que aquella
otra turbulenta de pasados siglos por afanarse en lo flujos
inconstantes de cada ambición y pasatiempo, sin desistir
del rastro maligno abarcando suelo terrestre y oceánico.
Pero yo quiero ir más allá del aire de la tierra;
hasta entonces, embarcado en el mundo que habito,
qué me cabe sino desahogarme los sentidos hasta
que la propia amargura del desencanto del frenesí
no escatime el estrecho muro del pesar insolente.

La creación ideal a la que siempre me asomé con el ansia
de desbordarme entre amorosas alegrías, se durmió
y se excluyó del eterno sosiego de mi aposento, alejándose
como el agua de una catarata monstruosa.
El mundo, no obstante, contiene maravillas insaciables,
de las que poco gusto, no por menos deseadas o queridas
sino por la ruina vertiginosa del propio Espíritu.

(Mirando, a través de la ventana, hacia la Sierra)

Cada vez sin reposo y con espanto frenético
la armonía de la Naturaleza se oxida
en todos sus nervios; repletos, desde sus intervalos
de languidez, susurran los murmullos
que golpean como rayos enfurecidos los cálidos
vértices de los sauces, hasta el pavimento
en ese estado febril del parque. Este tema me enloquece.
Centellea la luz cuando fulgura durante el día;
para la noche, otras luminarias existen en su materia
y variable estado, con ansia de renovación, huída
al más bello secreto extendido por el cielo,
complaciendo el inefable y útil espacio sin tiempo,
eternizándose en todo acontecer natural, con nuevas
formaciones improvisadas, con renuevos pensados.

A ese fugitivo latir es a quien debo dirigirme
para contener el mío de su propia respiración,
de este modo, hacerme más poderoso y eficiente,
ofrecer a mi esencia limitada ese signo
verdadero que alimente el orgulloso fluir de dones
y efectos cálidos y jocundos, arbitrados por deliquios
que se extienden como vientos por la floresta,
aplicados a deleites ideales que se convierten en dulces
alegrías del pensar sobrehumano y esperanzas curiosas;
porque el sentido agudo teje el sufrimiento insaciable
del vapor de la rutina, se apodera de cuanto
pugna por salir del zumbido atrafagado
y lacónico de la gente que naufraga
sumida en la argumentación de sus debilidades.

Así intentan perseguir otros deseos de menores
disgustos que aquellos que abruman su diario proceder,
extrayendo de su forcejeante y dormido ánimo
el elixir que sobrepase el pasivo espíritu,
sin aborrecer del todo las palmarias congojas
a que le someten las sociales multitudes dirigidas
por pecados y ceñidores, con largo y vago término
en torno al atuendo, al impávido y socarrón
interés del persuasivo consumo y a las instancias
administrativas que lo hinchan, concibiendo de esta
estremecida bóveda donde se excita a los sentidos
con sus ofertas, el hervidero predicado
por los bríos de la religión de más allá del mundo.

(Suena el timbre de entrada. Es Teófanes)

Bien pronto te presentas, amigo diabólico.
Cómo me agradaría pensar que con la vaporosa niebla
del despertar, estos golpes de timbre hubieran desbaratado
entonces mi ser de tan temibles especulaciones y del árido
engendro y mezquino que afronta mi alma,
cuando lejos de esta fría y zumbadora agitación
febril, con su encantado esfuerzo y visiones,
me sumía, sin estremecimientos ni ahogos, en férvida
armonía con la Naturaleza y los hombres, en ese
museo de sublime afecto a que me igualaba
con tan dulce opresión que ondula del amor,
cuando me prendía toda fuerza de su impulso,
clamando contra la rutina para colmar sus tiernos rasgos,
centrado en los placeres de la juventud frenética
por el súbito empuje de la moderna condonación
social, con sus mechas de triunfos cerradas al desaliento.

Me animaba por toda diversión y signo, y me decía
que trazaban sobre mi corazón bendiciones
sin término, la ciencia y tecnología, desliz
del mundo civilizado para mejorar al hombre.
En lugar de ese pecho aposentado en la serenidad,
con rasgo impenetrable y obtuso, el corazón sano
exhaló quebrantos como rayos nucleares, pasando
del deleite a la desesperanza, a la ingrata luz terrestre,
por la que se consumían honores y felicidades.

Repito, hubiera deseado que esta mano obediente,
empuñando la vorágine espada contra el silencio,
acariciara el sopor compulsivo de la mente
para llevársela lejos del campo donde resuena
el austero espíritu, lanzándome a los regocijados
días saludables, con libaciones débiles y plenas,
de este modo dulcificando el ensalzado instante
que el fluir del desprecio femenino probó, con efusión
tan lánguida, el momento consagrado a mi dolor.

Oh, si con cualquier propósito, el acento de una voz
impregnada del abatimiento de la importunidad,
hubiera alzado su divagación ingerida por el devenir
de la casualidad, lo propio sucedería con ese mundo
anonadado del espíritu, que se pierde en la escabrosa
senda de la humildad y piedad, menguando el extracto
de su innata fuerza por querer arreglar lo imposible.

Pero entonces, la mano que hoy golpea con vehemente
afán el marco, revelando a mi espíritu el peso
de quien es su poseedor, no utilizó su carga a favor
mío, ni decreció con su utilidad, mi triste desasosiego,
que sufro por mí sólo, pero por poco período.
Son muchas otras las maneras en que la gente pasa
su cotidiano existir, que no es considerado vivir
limpio entre quienes se alivian curados por bienes
ociosos, y otros, entre llenos estómagos, sentados.

Poder, bienes, amores, belleza genética, sabiduría,
qué me aportan si no soy dueño del tiempo.
Cesad de fastidiarme pensamientos que no alcanzáis
ejercer sobre mí ninguna mutabilidad.
Reparo mi serenidad y respondo con disciplinada
placidez a quien pretende entrar en mi alcoba,
sin mostrarse mi pecho estirado ni mi voz petulante.

¡Adelántate! Ahora me va perfecto el plan,
y si me extravío que no sea por la estrechez
de un vano deseo, mientras sigan verdes las veredas.
¡Adelántate! Pasa sin vacilar. He olfateado con hocico
perruno la excitada casualidad que por aquí te trae.
Ninguno de los dos somos fugitivos del tiempo;
es mi caso igual que el tuyo, por ahora.
Temblando, en este lance, otro pecho caería en sumisión
del infierno, réprobo y malherido, fuera de sí,
por el temor ardiente del chamuscado espacio.
Ahora, a lo que vienes.

TEÓFANES (Frente a Falco)

Los prestigios del ánimo inquietante
son fuerzas que se burlan de la vaga ansiedad,
entre muchos sentimientos confusos,
habitando el engaño en la apariencia de las cosas
que se muestran a través de balsámicas ilusiones,
y en esa condición, quieren sacar provecho omnisciente
de las verdades ocultas mediante fuerzas inexpresadas.
Tales son las aspiraciones mortales sin reposo
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Cuando la belleza declina

CUANDO LA BELLEZA DECLINA

No deformes, no, la amargura; deslumbra rauda
de lo visible al pensamiento vacuo; tú, redúcelo
y combina la resistencia de mi destino exangüe,
oh, amor venerado. ¡Él me abrazará en la presencia
de la armonía donde quiera el sombrío recuerdo!

El tiempo tan iluso como el lecho destrozado,
me desnutre, como fuego sin ley, como gloria
arruinada; pero en su tenaz proyecto la memoria
del corazón, a los siglos ofrecerá la sonrisa
entre la maleza torva que retiene a las flores.

De la duración la unidad, de la noche y del día
la llama, se esfuman como efusión de espectro
que regresa a su morada, aún cuando el fuerte
sello del terreno aplastado, sin hierba subsista.
Si codicias hallarme en esta bóveda, en paz resido.

Bajo la bóveda, mientras la brisa sopla y las estatuas
del parque son pena doliente donde el llanto
se refugia. El aliento de la tierra esférica
empuja a través del movimiento cíclico
las múltiples distensiones de mí mismo.

Tus propias cenizas en calma sobrevuelan; el alma
en tus visiones no se pudrirá, mientras el frío dolor
de tu gozoso barro no sepa torturarte;
con quimeras y desprecio de tu azulado espacio,
¿qué pecho estrecharás? ¿qué licor llevarás a tu labio?

La serenidad de la injuria grita solamente;
la sólida esperanza es agreste veneno.
¡Prepáralo y tenlo a mano! Con pulso acelerado
el corazón desnudo tengo; ay, duramente prénsalo
contra el tuyo hasta sentirlo exhausto.

No te abrumes deshecha; con invisibles alas
la ilusión de la vida dichosa es fantasía.
El poeta nunca se avergüenza si rendida
caminas hacia el fructífero beso
a contemplarte mísera junto a enjambre social.

¡Anímate! La noche cual chispazo de relámpago
abrillanta el aire de la ciudad mortuoria;
en todo aquello a que te enfrentas: odio, amor,
fatiga, penuria y desaliento, ¡arrójalo!,
antes que la fiebre la mejilla te sonroje.

Llora tú; el desdén hacia mis lágrimas sea
solo pasto de ti misma, y afines, deploremos
aquellas que emanan sin dolor y conciencia.
Por la existencia no arde la expectativa mortal
de la ponzoña, aquella que hubiéramos librado,

soportando prematuramente su decaído peso
sin el dormir terrenal. Pues si me observas marchito
y desgajado en la vigilia, nunca estrecharás
mi mano ni pensarás en aquel que su amistad
te ofreció, y tú quisiste recordar.

Llora tú, y todo tuyo se aferrará como demonio
el sueño sofocante, al descubrir sus restos
insoportables tu belleza desvaída.
¡Qué mayor dolor que este resiente mi pecho!
¡Qué cómico desgarro madura en tu Leteo!

Soportarás tu frágil libertad, sin culpa alguna
o remordimiento de iniquidad. Tu lozanía
más profunda te ha sido arrancada; del espejo
la superficie en vano te la devolverá, y la fetidez
del otoño, ¿acaso hará te endurezcas?

A menudo querrás andar con pasos lentos;
¿de qué valdrá? El tiempo aún ligero no paraliza
el acoso de la decadencia ni la ascensión
a la cumbre el desatino que arrasarla
con ira ambiciona, ¡inútil y triste hazaña!

Acabado el sensible juicio, el ídolo
momificado del corazón crédulo, no mantendrá
disposición para poseerla nunca más, ah, no más.
Los días de reflexión no son pacientes
ni someten su astro al rubor del gentío.

Al nacer el sol, la escasez de las sombras
en las pendientes de verdor, en las colinas,
lo enseñorea, y en las filas aún vírgenes,
allí, el cristalino río, se hace su esclavo,
¿crees que el déspota o el tirano son tan libres?

En el ardiente mundo, no por ello recíproco,
igual que ahora y como lo fue aparte,
los celestiales años serían como débiles
palabras que engañaran a la imaginación
a medida que la esperanza desinhiben.
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Nunca procuro..

Nunca procuro, perdido entre la gente, olvidar tu voz
Ni le ofrezco al mundo las forzadas sonrisas
Que sin ti no insisto dedicarme; tú sola eres
La alianza que acuna mis pensamientos, el refugio
De aquellos otros que por ti ensalzo con frecuencia,
Absorbidos por ti misma en tan preciada solicitud.

Ninguno en el desierto se vería por ti desamparado
Ante tu alma tan pródiga, que no por ser tan cálida
Le despojas un segundo al tiempo que a ti corresponde.
Tal te admiro que, la expansión de tu fama, irá
Más allá de la adhesión de mis nobles vibraciones,
Aunque así le obligara a serte fiel a mi desesperación.

En este escenario qué le diría a mis palabras
Si tan solo tú haces augusta la generosa sensibilidad,
Con emociones más puras y persuasivas que las mías.
Yo me juzgaría dichoso, si tanta afable fidelidad,
(y en esto sé que poseo la certidumbre infinita),
Volcaras sobre mi corazón que pena sin tus besos.

Porque, quién mejor definiría el amor que la esencia
Tuya, tan sublime, y por mí así considerada
Que, aunque nunca te viera en la verdad de tu encanto,
Mi honda imaginación impecable te crearía
inmaculada de mente e incomparable en tu carácter,
Brillando celestialmente, incluso en tus enojos.

Yo quiero concederme felicidad si enamorado
Miro tus ojos, bellamente inducidos por tu estable
Belleza, si en verdad soñadas son las bellezas
De la juventud que todavía en ti persisten, escapando
A las horas del tiempo decadente, de tal modo que tu perfil
Sobre la tierra, te vuelve bellamente encantadora.

Cómo yo no derivaría esta apreciación sobre las demás
Mujeres, si encomendándome al primero de los hombres
Que existió sobre la heredad, igual que para él lo fue,
Mis ojos te asignarían la primera de todas, de pensar
Noble y delicias interminables, si por ti ha vuelto
A recobrar mi corazón el número de años juveniles.

Activo en mis años por ti suspiro dentro de él,
Con todos sus matices y por tu nombre únicamente,
Sin que se escape a mi labio otro acento que el tuyo
Que sería para mí el último pronunciado, incluso si fuera
El postrero compromiso que por mí forjaran la amistad
Y las amables alas de tu corazón en la memoria.

Siempre has sido como ahora eres, aunque nadie entreviera
En tu imagen exterior la verdad que exhibe tu alma,
Considerada inigualable, que, en realidad o levemente
Conjeturada, ninguno hizo resurgir como el arco iris
De la primavera en su tímido decaer suave,
Que no dobla el asombro profuso que a ti concierne.

No preguntes si con tanta admiración te hablo
En la distancia profunda, ni con tanta hondura de alma
Y deseo, que no existe espacio que conmueva sobre la tierra
Lo que con emoción inesperada nunca he vivido,
Salvo el fuego que venero de ti y por el cual distraigo
Al inseparable corazón sin el tuyo en lejanía.

Bella y hermosa como ninguna otra mujer sentida,
Existes, revirtiendo gloriosos mi mirada y mi pecho
Ardiente, que no cesan de cantar con esperanza,
Cuando solo él ha sabido de ti cuanto ningún otro:
Una ancha tierra de delicias y una calidez radiante
Que acerca los sonidos de dos corazones afines.

Aún resonando los peores días de mi vida,
porque todo fue cambiante en el pasado, y nulo,
Sin recibir en el lecho ningún encanto regresado,
No acude a mí ninguna de esa multitud prematuramente,
Si por el amor que busqué un tiempo aquí abajo,
Soporté el desaire para ser feliz contigo.

No me lamento de cuanto no tuve de ti ni percibí
En la desvanecida tormenta de la soledad sombría,
Los peores momentos del regocijo en decadencia
Que nunca observé en nada ni robé a ninguna otra.
Pero nunca soportaría que un solo pensamiento tuyo
Me repudiara ni que un beso de tus labios me fuera insensible.

No envidio a nadie porque ninguno miró tu alma,
Extrayendo el tesoro de tu hermosura interna,
Ni nadie arrancó tan tierna flor que hoy solicito,
Aunque yo, pétalo a pétalo, no logre resarcirme
De su extinción, porque tú eres la primera flor de todas.
Por lo que no pasó estoy contento; siendo de otro modo,

No hubiera sabido de ti. Y por lo que estimo glorioso,
Confiado, intuyendo que no se desvanece ninguna dicha
En el silencio, si la sigue tu asombroso fulgor
Sazonado por tus ojos ardientes y tu dormir apacible.
Tú eres excelsa y hermosa, yo por ti venturoso;
Nunca te extinguirás ni mi presencia ante ti será impasible.
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