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La pirámide de Maslow (relato)

Lo último que recuerdo de aquel viaje es un destartalado todoterreno azul alquilado días atrás en Guayaquil. Íbamos Ernesto un chico ecuatoriano que hacía de guía, Paul, Lucía y yo. Habíamos salido temprano, a las cuatro y media de la mañana, desde Moyobamba. Llevábamos tres días en el Amazonas ecuatoriano y nos dirigíamos hasta la cueva de los Tayos.
Mi memoria se para ahí.

Soledad.

Llueve y hace frío. A pesar de no tenerlas todas conmigo no puedo sentir más alegría cuando a lo lejos vislumbro el techado.

"Nadie tiene las letras consigo", así reza un cartel escrito a brocha con tinta negra y un fondo verde. Es la borda de madera de Paul. Pequeña y construida en la ladera más umbría de un frondoso bosque. Llego a ella solo, recorriendo horas entre helechos, arroyos y una embriagadora certeza de que estoy completamente perdido aun sin estarlo. No me siento exhausto, ni mucho menos noto mis pies fríos a pesar del tiempo que llevo caminando y tenerlos completamente empapados.
Observo de izquierda a derecha de la borda unas malas hierbas. Trato de encontrar la vieja teja en la que Paul guardó la llave. ¬

–Hay mucha leña colocada ordenadamente. Pues ahí, bajo una teja vieja dejo la llave–. Me dijo él antes de marcharse.

Mi linterna no se ha mojado. Entro y no sé si huele a humedad o al paso de un tiempo sin vida.

Abro los postigos de las seis ventanas y se hace la nimia luz que ofrece esta desdeñosa tarde de nubes y frío. También enciendo tres candiles. Una cama, chimenea, mesa una puerta y poco más. Las paredes están decoradas con cuadros en tonos claros de acuarelas que parecen garabatos. También hay chinchetas que soportan fotos en blanco y negro y algunas en color estropeadas por el paso del tiempo. Reconozco a algunas de las personas que salen en ellas, algunos se fueron para siempre, y recibo con cierta claridad diferentes imágenes mías de otros tiempos. Todos nos hemos ido para siempre de algún lugar e incluso de la mente de alguien. Asumámoslo.
Trato inútilmente de abrir esa puerta que me llama mucho la atención, pero el marco está hinchado por la humedad y está atrancada. No sé si debería hacer esto, pero consigo desatrancarla haciendo palanca con la ayuda de un gran destornillador que hay sobre una pequeña mesita que parece estar dispuesta allí para la ocasión. Es un pequeño cuarto vacío, sin ventana, oscuro y con un espejo. Dentro huele a incienso, a iglesia más bien. Escucho confusamente risas de chiquillos. Cierro la puerta y siento que algo de mí se ha quedado allí dentro junto a aquellas risas pueriles. Es todo tan extraño y sin embargo a cada momento tengo el presentimiento de que sé todo lo que está por suceder. Es como si de una extraña intuición se tratase.

No tengo sed, pero escucho la intensidad de la lluvia golpear sobre el techo y pienso en el agua. Algo me explicó Paul, no debí prestarle la suficiente atención en ese momento. Dónde estará el agua potable. Me llevo la mano a la frente, cierro los ojos, inflo mis mofletes y dejo escapar lentamente el aire –que no siento– entre mis labios, froto mi cara de arriba abajo. He soltado en voz baja un improperio, pero con una sonrisa asumo mi sino sin agua.

Lo que parece una improvisada cocina guarda, tras una larga cortina que hace de puerta, todo tipo de latas de conservas: pescado, carne, pasta y verdura. Mucho café molido, aceite, condimentos. Aquí hay menaje de cocina: una cazuela, dos sartenes, una cafetera, un colador y algunos cubiertos. La chimenea tira muy bien y esto se empieza a calentar. Perfecto. Improviso un tendedero con dos sillas cerca de la chimenea y tiendo el saco y toda mi ropa mojada. No sé con qué fin hago esto.

Ya es de noche. Afuera llueve y se oye algún que otro ruido que percibo con una extensa paz y tranquilidad. No dejo de prestar atención a lo que parece una trampilla en el suelo mientras avivo el fuego. Aquí dentro es todo tan excepcional que tengo ganas de quedarme para siempre, no estar de paso.
Qué hostias. Es una trampilla. Agachado y ayudado por la linterna sigo el perímetro y calculo que debe tener casi medio metro cuadrado, pero no encuentro por dónde ni cómo se levanta.
No había reparado en mi tripa, es extraño porque hace horas que no como nada, pero no tengo hambre. Aun así, abro una lata de albóndigas, de las más grandes. Es de las comidas más asquerosas que he visto nunca, pero las caliento a fuego y me las como todas. Si hubiese tenido pan rebaño el bote. A pesar del acopio de albóndigas, siento mi cuerpo como antes de comerlas, indiferente.

Es una extraña sensación de autosuficiencia extrema la que siento, como de no concebir eso que llamamos necesidades fisiológicas. En esta humilde cabaña se cumple en todo su esplendor la jerárquica pirámide de Maslow. Sonrío.
Escucho un extraño ruido y giro la cabeza.
La trampilla se ha abierto sola, me esperaba algo más sutil. Permanece abierta formando un ángulo recto. Me acerco, miro en su interior. Un libro. Qué bien, mi viaje continuará leyendo. Es de color azabache, sin título alguno y está hecho de un material extraño, parece cuero, tiene relieves, pero no distingo título, no tiene. A pesar de su perfecto estado de conservación aparenta ser un libro muy antiguo. Tiene un considerable grosor, pero sin embargo no pesa nada. Lo abro, cierro los ojos, huele muy bien. Me ha gustado siempre olerlos. Me tumbo en la cama y comienzo la lectura. Paul lo leyó antes que yo, estoy convencido. Y ahora después tocará leerlo a Lucía.

Sostengo el libro, miro de soslayo el fuego y a los pocos minutos ya estoy durmiendo.

Es curioso. Estoy en un sueño, pero con los ojos abiertos.

Me encuentro a los pies de lo que parece la cama de un hospital. Tengo delante a Lucía. Está intubada y tiene la cabeza completamente vendada, su cuerpo rodeado de cables da la sensación de depender de esa desagradable máquina que tiene a su lado derecho y que reproduce constantes pitidos. Nos miramos. Sí, nos estábamos esperando. Sonreímos y le digo:

–Hay mucha leña colocada ordenadamente. Pues ahí, bajo una teja vieja guardo la llave–.

Me mira con cara de sinceridad. También le recuerdo que no debe preocuparse por el agua, no la va a necesitar. Pero creo que en esto último ni siquiera me ha hecho caso. Estaba distraída por su partida.

Y me voy. Esta vez para siempre, ignífugo.

{0x1f4f7} Fotografía: La cabaña por la que un día todos pasaremos
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Entre los dedos

Gregorio Samsa despertó esa mañana con el profundo deseo de ser entomólogo. A sus veintitrés años era una persona que apenas tomaba el sol, su solitaria vida transcurría entre cuatro paredes y una ventana que daba a un oscuro patio de luces. Contaba achaques y problemas con los dedos de las manos y nunca le sobraban dedos. Obsesionado por ello, llegó a abstraerse en una de sus inescrutables teorías:
—Si ocupo los cinco dedos de cada mano en contar mis achaques y problemas, bastará con amputarme ambas extremidades para terminar con esta horrible obstinación —. Una absurda teoría que, por suerte para él, jamás llegó a concluir.
Desde que la familia de Samsa lo estableciera abandonado en aquella inmunda pensión del barrio de Sachsenhausen, Gregorio había sentido una especial atracción por Gertrudis Hans, la señora que regentaba aquel antro donde, cuarenta años atrás, Emilio el que fuera su marido, desapareció para siempre con Leonor, una prostituta esquizofrénica y politoxicómana. Gregorio Samsa está convencido de que en aquellos tiempos la señora Hans sería un sueño.
Silenciosa cae la noche y en la soledad de su diminuto apartamento, la señora Hans bebe whisky barato y utiliza una Güija con la que cree contactar con su marido quien, según los espíritus, falleció atropellado por un tranvía mientras deambulaba borracho y enfermo de sífilis por una céntrica calle de Frankfurt. Cuando la señora Hans está consumida por el alcohol, lanza al aire gritos y jadeos sin sentido como si Emilio los escuchase desde la humedad de su tumba, y así hasta que cae vencida y con su hígado cada vez más deteriorado.
Por otro lado, las noches para Gregorio Samsa son como un clavo ardiendo atravesando su estómago. Vuelven a él oscuros fantasmas y los terribles espasmos y visiones que acentúan la metamorfosis de la que es víctima. Convertido en un ser despreciable, huidizo y atemorizado que confía cada mañana en despertarse convertido en lo que un día fue, antes de que todo esto ocurriera: un humilde comercial del sector textil.
Gregorio Samsa despertó esa mañana con el profundo deseo de ser entomólogo, pero se dedicó a releer el único libro que poseía: “El jardín de los cerezos”. Chejov le traía buenos recuerdos de su infancia.
Había un silencio poco habitual en la pensión. En el piso de abajo la señora Gertrudis yacía desnuda, tumbada en el baño, ahogada desde la noche anterior en su propio vómito.
Desde el tragaluz, Samsa cree escuchar el violín de su hija Grete, pero son sirenas de policía y ambulancia. Ajeno a este circo macabro, Samsa tiene miedo de sentir miedo. Se humedece una de sus extremidades y pasa página.


{0x1f3a8} Ilustración:Luis Scafati
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El cronoscopio de Hipp

“Mirar adentro de nuestras propias mentes
e informar sobre lo que se descubre”.
Wilhelm Wundt, 1832 -1920




Hacer
deshacer
palabras
mudas
de letras
de musas
oxidadas.
Lenguaje
memorias
desnudas
sueños sin sueño.
Reacción.
Freud
ensayo
observación
folio vacío
silencio
folio lleno
respuesta.
Wundt
siglo
método
onda
nanómetros.
Abrazos
mentales
distancia
soledad
tristeza
vacío
pulsión
pentagrama
Fa sostenido…
–¡Tiempo!

{0x1f4f7} Fotografía: El cronoscopio de Hipp. Martillo de control de Wundt, utilizado para calibrar el cronoscopio de Hipp, 1895
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Cuando el amor era una canción

Escribamos la fábula,
concurramos las sendas
que cruzan nuestros sueños.
Acuérdate de las montañas,
donde habita la calma,
los senderos y la lluvia
que embellecen tu piel.
Cuántos lodos recorridos.
Sí, cántame aquella fábula
y conviértela en nuestra parábola
para que tengan significado
todos los siglos que perdonamos
nuestro amor.
Del café en Saint-Germain
mejor escribimos otro día
porque en los silencios
habitan esperanzas atrevidas.

{0x1f3a8} Ilustración: Miles Johnston
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Vendrá la vida

“Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.
César Pavese, 1908-1950.



Por las noches coloreo
con recuerdos del olvido
las vendas de mis apagados ojos.
Volvieron de nuevo para gritar
en las cuencas huecas de un cadáver
de cuyo epitafio surte escrito mi nombre.
Y yo, como un suelo,
exigiendo al árbol centenario
sus esperadas hojas caducas de octubre,
sucumbo sin saber en qué mes
entrego mis hojas marchitas
con la luz de un inmenso desvelo.
Tristeza que me lleva
hasta los muros de su ciudad
donde pinto sin manos la palabra Poesía,
donde para compensar esta nostalgia infinita
suplico a la parca que me lleve
lejos, muy lejos
de sus ojos y sus ecos
que son mi cárcel.

{0x1f3a8} Ilustración: Miles Johnston
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Miro por la ventana y no llueve

Un cielo que llora,
el sol pasa errante y
dos ancianos pasean lentamente.
Salieron juntos de la mano
a ensayar su propia muerte.

Me pregunto si
para romper la flor del destino
de caminar los tejados,
dejaron de mirar por la ventana
y echaron el pestillo.
Respiran, caminan promesas.
Promesas.

Frágil sensación, equilibrio,
tras un tiempo paralizado
cansados de habitar tejados
más destinos crecieron.

– Es el suelo¬, abrázame–

Llora un cielo a la infinita paciencia,
riega flores nuevas que dejan tras sus pasos.
Pasa la vida, pasa desmejorada
carencias del corazón
arrastradas por añadas.

Bajo las nubes,
se cierran por segundos
unos párpados cansados.
Hubo un tiempo mejor
como ese cielo.
Quizá, no recuerdo…

–Mira, comenzó la lluvia–
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Calia escriure

“M'he envellit de massa vida meva.
He prosperat en la malenconia”.
Joan Teixidor (1913-1992)






Si neixes amb un cor gran
el teu món serà fosc
i profund com la mar.
Hauràs d'acceptar
papallones repicant sempre
a les finestres dels teus ulls.
Ser víctima d'estúpids arguments
i d´incomprensió.
Viure en aquest món
no serà gens senzill, amics,
però sempre,
malgrat tot
al nostre costat
—en aquest viatge—
llapis, i papers
ens acompanyaran.
Calia escriure, sí.


{0x1f3a8} lustració: Dossier Fundación Centro de Poesía J. Hierro
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Geometría de un Haiku en primavera

Solo el Haiku comprende, amor
la ceremonia del abrazo
entre la mar desnuda
y la inmensa montaña que,
acariciada por la brisa,
desafía mil encantos.

* * *

Por un sendero
desciendo la montaña
cerezos en flor.
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La verdad de una mentira en tres partes

Hoy las calles lucen un elegante aspecto.
Comparten con nosotros la evidencia
de que el ser humano,
de por sí,
es basura.

* * *

El viento de hoy me trae recuerdos,
mis hojas caducas pasean con él.
Nosotros cogidos de la mano
mirando por la ventana:
—Menudo panorama–.
Pero si dibujamos puertas
no pretenderemos curarnos
de la estupidez.

* * *

Perfumar el aire no deja de ser
un mero ejercicio de puntería para románticos
que piensan en canciones de medianoche.
Algunos que buscan algo en el camino
evocan ojos sinceros.
Otros deambulan añorando un poco de calor.
—Qué ilusos—.
Llorarán en estaciones vacías
contaminando con sus clínex usados
bellos andenes solitarios.


{0x1f3a8} Ilustración: Alba Maldonado
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Es como a veces, el silencio

“Estoy buscando nuestro paraguas
en la azotea acogedora
donde tiemblo”.


Es como vivir en grandes tiempos de silencio donde los días se erosionan sin piedad. Miramos por la ventana y podemos considerar que éste puede ser reutilizado. Nos serviremos del silencio comprometido para refugiarnos en él.
Y dependeremos del silencio material para tener sueños abstractos.
Y si para apreciar lo absolutamente hermoso de ver derretirse las agujas de un reloj de cuco, tras el paso lento de un gato, necesitamos apropiarnos del silencio, lo haremos.
Cuidado dueños del tiempo y fabricantes de relojes, tenemos necesidad de entender el silencio en todo su esplendor. De apreciar a través de la ventana la vida respirar.
Pero no olvido que peligrosamente nos acercaremos a la costumbre, donde el tiempo pasa tan desapercibido que parece un disparo, donde se clava en el cerebro como un pasado o un presente, donde hay tanto excedente de tiempo que ya no hay silencio y que las personas apenas tenemos tiempo de disfrutarlo y donde para alcanzarlo hay que imaginarlo en futuro.

Tiempos difíciles…
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Obsolescencia programada. Ese paraíso artificial que entra por el brazo de William Burroughs (Relato)

“Veía el reverso de la sociedad,
las llagas de la humanidad,
y las espantosas máquinas que hacen mover este mundo”.
(Memorias de Ultratumba. François-René de Chateaubriand)



Los señores de la guerra conquistaron a la muchedumbre y se despojó de todo patrimonio cubriendo de mierda sus sueños de libertad. Por aquel entonces, Georges Braque ya tomaba café a orillas de la Bahía de Anthéor. Se despidió de “les fauves” y abrazó al cubismo analítico porque le prometió una vida rodeada de imperfecciones.
Una densa niebla negó la luz a los diminutos ojos de aquel extraviado publico fauviano que recogía sus parasoles de la Belle Époque para revenderlos en un viejo mercado bouquinista de la orilla izquierda del Sena, donde descubrieron a grandes escritores malditos, Verlaine, Baudelaire o Rimbaud entre otros.
Sí, era otoño en la capital del Sena y aunque Allen Ginsberg aún no había llegado, Oscar Wilde fallecía en una inmunda y oscura calle del arrabal parisino sin recitar a Hamlet, y es que si no hubiera luces que se apagan, las luces que se encienden no alumbrarían, Antonio Pochía lo explicó mejor.
Se hizo oscuro en Le Havre. Y al canal de la Mancha fueron llegando para apagarse todas aquellas luces que algún día alumbraron Saint Germain y el Boulevard Saint Michel, las luces de aquellos escritores olvidados, las de los viejos vendedores de libros y postales que iluminaron los silencios respetados hasta por las ratas.

Victor Hugo, visiblemente auspiciado por su destierro, pasea de la mano de Juliette Drouet la felicidad de estar triste. Es una tarde tranquila en Jersey donde olas y gaviotas rompen el silencio de una isla que perpetúa viejas historias de corsarios y donde se forjó aquella obra que hoy descansa en bibliotecas.

En otro tiempo y en otro lugar, Neal Cassady se topa con su último suicidio en la última línea del ferrocarril. Nunca hayaría su bolsa mágica. Llora Allen Ginsberg leyendo a su predecesora Emily Dickinson.

Acopiando lecturas creo que en la literatura la obsolescencia programada no es más que un paraíso artificial entrando por el brazo de William Burroughs.

{0x1f4f7} Fotografía: Baudelaire, Mallermé, Verlaine, Corbiere, Rimbaud
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Momentos

“Después llegaron las palabras, su eco confuso
retumbando en la memoria.
Pero ya era tarde.”


El ahora, ese conjunto de abstracciones que

reniega de los paraguas,
rompe los verbos
y que cuando te busca
te encuentra.
Y yo lo espero
como el suelo a las hojas secas
cayendo caducas
del árbol que aún vive.
Bajo el desorden de las tamujas,
siempre encuentro ordenadas
las memorias de una canción;
es esa la esperanza
que exhibimos los nadie
cuando aquello que escondemos
es lo huérfano.

“Te has tumbado junto a los pequeños moribundos iluminados
y has tocado el hilo frágil que os une.”


El pasado se hizo eterno

en el presente.
Se comprometió con él
y ahora
es una marea que arrastra viejos naufragios
y te los escupe;
susurros de otros tiempos,
pedazos inútiles de amor,
aceras monstruosas,
libros llenos de nada
y flores para los muertos.
Piensas.
Y aunque siempre intentas
comprender sus raíces,
siempre vuelve
como el vértigo
de estar tumbado sobre una roca
mirando al cielo.

{0x1f4f7} Fotografía: Michal Zahornacký
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A veces se fuga un sueño

“Vimos abrirse las flores
cuyo perfume era el olvido”.



A veces
me compongo de agua y recuerdos:
Pegajosas memorias atrapadas en ámbar.
Y como si de frías losas se tratase,
por mi celda de lodos,
sin un respiro, las arrastro.
(“Porque lo terrible no es haber muerto ni haber vuelto ni haber resucitado, lo terrible ha sido siempre estar vivo”.)

Se fuga
de mi memoria un exangüe olvido,
huidizo se ausenta por el tragaluz
y se pone a mirar las estrellas.
¡Ahora cobras fuerza! —le reprocho.
Y cada noche sobrevuela los tejados
y repiquetea las ventanas de quienes alguna vez
soñaron despiertos.
(“La poesía es como el relámpago: brecha de luz, herida abierta desde donde mirar al otro lado”.)

Un sueño
flaco de memoria y una amnésica utopía
se han fugado como Bonnie Parker y Clyde Barrow.
Ambos cabalgan fugitivos sobre cuatro ruedas de caucho
nada ni nadie los va a frenar.
No era mío ese sueño,
lo suelto y regreso para olvidarlo.
(“El poeta va olvidando todo para empezar poco a poco a recordarlo. La poesía lo lleva de la memoria al olvido; y en el olvido de sí comienza a recordar el mundo”.)


{0x1f3a8} Ilustración: Christian Schloe
{0x1f4d6} Citas entrecomilladas: Beñat A.
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Para Joseph Moore

La música se reparte por la ciudad,
la gente,
impasible,
va y viene.
Y yo tengo la maldición
de pasear por tus esquinas.
Siempre,
(para escucharte).

www.youtube.com/watch?v=a9WXRPhPPKg&feature=youtu.be
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Infancia casi transparente

“Hasta que la madrugada entraba
en la encallada celda de tu cuarto
y vencía a ese dedo náufrago
que aún temblaba sobre el mapa.”
(Pedro Ugarte. Bilbao 1963)



Crecí rápido,
en el silencio
de suelas desgastadas
parques y balasto
de serpientes ciegas
y vías muertas.

Crecí rápido,
sin palabras.
Un camino de colegio
alargó las distancias
y aprendí a entristecerme
con mis primeros pasos.

Crecí rápido,
antes que los insectos.
Cuántas carreras,
sonrisas o tristezas
cabían en aquellas calles
que borraban sin piedad
a predecesoras generaciones
que encontraron su cielo
respirando por infestas
heridas de venenos.

Crecimos rápido,
con nuestras famélicas piernas
de rodillas heridas
y balones bajo brazos
ejercíamos un corro
de luto efímero que desconocíamos;
atónitas miradas pueriles
abstraídas por la más absoluta de las ignorancias,
volátil aflicción de cinco minutos
que tardaba la ambulancia
en llevarse a otro de aquellos
moribundos enclenques
que había encontrado su cielo.

Crecimos tan rápido,
que en seis minutos
estaba todo olvidado.

Proseguíamos nuestros juegos.

Y tanto crecimos
que ya ni nos mirábamos.
tampoco jugábamos.
Otros nunca llegaron,
tanto crecieron
que ni se mostraron.

Los bloques de ventanas
menguaron.
Y cada casa era un mundo;
barrio obrero,
de aceras encharcadas,
de sudores, manos hinchadas
y fatigas ojerosas.
Ventanas que ya ni gritaban,
ni tendederos improvisados,
ni vecinos desquiciados,
ni música alta
y en los jardines
ningún enclenque muerto.

Sí, crecimos rápido
pero ya era tan tarde.
Tal vez fuera demasiado precipitado.
¿Cuánto tiempo en tantos lugares, cabe aún, para seguir creciendo rápido?


{0x1f4f7} Fotografía: La Font, Manresa. El barrio que nos vio crecer, y también morir.
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La última canción también cae conmigo

Ella insistirá en dejarme claro que todos hemos pertenecido alguna vez a la memoria de alguien.
Yo pensaré entonces en la memoria de los peces
y mientras la escucho,
me preguntaré en voz alta si la memoria de alguien
es donde se juntan todas las almas,
y ella sonreirá
y asentirá con la cabeza
insistiendo en seguir viviendo en los sueños,
en todos los sueños existentes.
Quizá la primavera haya vuelto a hacer desgaste en mí.
En la ciudad tiovivo,
se echan de menos las viejas peluquerías
de paredes caducadas
de viejas canciones melancólicas de los Smiths,
y las tiendas de ultramarinos,
donde el tiempo se prestaba servido, de fiado,
apuntado en una libreta con forma de reloj,
y no existían direcciones ni puntos cardinales
por si acaso algún vecino despistado
buscaba la luz como homólogo de seguridad.
Algunas canciones son malas
como lo son las personas que parecen haber sido creadas en fábricas.
Quienes aman, mueren entre miradas suspicaces
y quienes no mueren,
sobreviven contagiándose de amor,
de amor cronológico en escala do mayor.
Todos son seres de la mentira y del autoengaño,
se hieren para sobrevivir en sus contradicciones.
En un vano intento por retener el tiempo salgo de casa.
Viajo de madrugada, rápido,
vislumbrando en el horizonte la luz de lo que considero
un descomunal vertedero.
Es el desagüe por el que se arrastra la memoria,
donde se juntan todas esas almas
y donde mueren todos los sueños.
Aparco, y la última canción que sonaba en la radio
se queda en mi memoria.
Es la mejor, ha escapado del desagüe.
Se amoldan mis pasos al ritmo de los relojes
mientras me siento absorbido,
subyugado por lo que vendrá en unos minutos.
Todo empieza cuando finaliza mi trayecto en un mugriento trabajo.
La sirena anuncia que yo también caigo por la espiral de ese vertedero
del que tengo la confianza
que solamente saldré con los pies por delante.
La última canción, la mejor, también cae conmigo.

Lo siento por nosotros.

Fin del cuento.

{0x1f3a8} Ilustración: Shaun Tan
4
2comentarios 65 lecturas prosapoetica karma: 44

Inerte (para Alejandra Pizarnik)

Inerte,
para apurar la vida
hasta sus últimas consecuencias,
al descanso
del otoño de hoja perenne,
aciagas despedidas
o corazones rotos.

Inerte,
para morir por la manía de vivir,
sentir los colores
y el instante,
la espiral de escapar
de unos monstruos
o unirse al silencio
desterrado sobre páginas,
letras
algunos delirios
arrastrados por añales.

Inerte,
porque todos estamos de paso
pero tú, Alejandra
no pasaste de largo.
Inerte.
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Nuestro mundo

Ocre es el mundo donde se cicatriza
el tiempo que pasa,
como aquel lamento que nadie oye,
como el paso de un anciano joven
que muere despacio, olvidado.
Y enfermamos a granel, prestándonos
a la apática indiferencia que ordena
el dedo pulgar.
Silba el aire cosiendo la terrible telaraña
que nos une y que tanto nos separa.
Hubo quizá, un placebo de felicidad,
creímos ser
el Yo,
la razón,
o verdad,
únicamente fuimos
pesadez,
silencio,
olvido.
Con el lastre en los bolsillos
de cuatro monedas oxidadas
nos abandonamos a la senda,
camino trazado por ciegas serpientes
nos hace naufragar,
—a la luz de varios centímetros cuadrados—,
como sombras muertas
inauguramos nuestra propia muerte.
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6comentarios 114 lecturas versolibre karma: 106

Un sobre con cosas en su interior (que nunca leí)

Como usura de las palabras que caen
como un filo en lo escrito que fluye
como sangre de letras que rebosa
como viejas heridas que cosí
como el límite que abandoné.
Cómo lloré
anegando mi corazón
y cómo me conformé
con unos zurcidos.
Remiendos mal dados
que le di.

(Es lo bueno de conformarse con bien poco)

{0x1f3a8} Ilustración: Walter Langley
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Desde mi isla, (para Abel Santos @elcaminodeangi)

En la isla, bajo un cielo que no tiene prisa...

A veces
merece
la
pena,
la
espera
la
arena
de
relojes
sin
tiempo
sin
prisa.
Sí, merece la pena.

Gracias, Abel Santos. Que viva el intercambio literario.
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8comentarios 204 lecturas versolibre karma: 130