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¿Sabes una cosa?

¿Sabes una cosa?
Veamos salir la Tierra desde nuestra Luna, en ese lugar donde jamás tus ojos serán tan hermosos como yo los contemplo ahora, a cada momento.

¿Sabes una cosa?
Nunca mi alma brilló tanto como la primera vez que me dijiste «te quiero», y aún así, continúa brillando más intensa que el propio Sol. No sabía que unas palabras pudieran ser tan cálidas. Y a pesar de los años transcurridos, jamás he dejado de brillar a tu lado; gracias a ti y a esos ojos que me abrazaron a la vida. Así que...

¿Sabes una cosa?
Veamos salir la Tierra desde nuestra Luna.
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Fingir

Podría seguir fingiendo que no me importa, que no lo necesito, pero no quiero seguir haciéndolo más. No quiero continuar siendo fuerte y frio como el acero en el que se está convirtiendo mi corazón. Quiero poder sentirme frágil al mirarte, insignificante ante tu gigantesca presencia. Quiero sentir que sería capaz de todo. Quiero una simple razón por la que sonreir al oler tu perfume cada mañana; alguien con quien compartir algo más que simples momentos.
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Résistance

Cuando ese soldado me miró a los ojos, no observé odio en su mirada, tan solo pude percibir tristeza. Quizá le recordara a alguien, o simplemente fuera la compasión de ese hombre lo que me salvó la vida. Mucho tiempo después lo descubrí.

«¡Todo despejado!», gritó a sus compañeros mientras bajaba su fusil y me hacía una señal para que guardara silencio. Luego, sacó un pedazo de chocolate del bolsillo de su guerrera y lo dejó en el suelo. Minutos después, los soldados se marcharon, no sin antes requisar lo poco de valor que teníamos en casa. Cuando por fin pude salir de mi escondite, descubrí el cuerpo sin vida de mi padre en medio de la sala principal de nuestro humilde hogar. Todavía estaba caliente, y a pesar de haberme arrebatado lo único que me quedaba en este oscuro mundo en guerra, no pude derramar ni una lágrima por él. Tenía tan solo 15 años, y de la noche a la mañana, la crueldad de los hombres me había dejado huérfana.

Meses más tarde, y después de varias semanas trabajando para la Resistencia, el destino hizo que ese soldado, el cual me había perdonado la vida, y yo, volviéramos a cruzar nuestros caminos; Rolf, creo recordar que se llamaba.
Tras sorprender a algunos soldados que realizaban tareas de requisa en la zona, y después de una corta pero intensa refriega, donde abatimos a seis de ellos, conseguimos hacer prisioneros a dos. Interrogaríamos a los prisioneros, pero no serian fusilados; por el momento.
Después de obtener toda la información que necesitábamos a cambio de sus propias vidas, hablé con Rolf. Al preguntarle por qué había salvado mi vida, su respuesta me hizo cuestionarme todavía más toda esa maldita guerra sin sentido. El prisionero me habló en un tono tan tranquilo y cordial, que retumbó todo a mi alrededor:

-La guerra no la elegí yo, sabes. Ni tan siquiera debería haber empezado, y al verte..., me recordaste tanto a mi hija. Se llama Astrid. Ella y mi mujer me esperan en casa, y algún día, si esta maldita guerra lo permite, espero regresar a su lado. Siento lo de tu padre; yo no soy un asesino.- Al prisionero se le inundaron los ojo de tristeza mientras me miraba.

- Me llamo Simone.- Dije mientras salía de la celda donde se encontraba el soldado retenido.

Las palabras de aquel hombre me habían transportado por unos segundos a un tiempo feliz, mucho antes de las bombas y la muerte. Después, cerré la puerta y me apoyé en la pared. Esa fue la primera vez que pude llorar por la muerte de mi padre.
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La estación

Él, la miró tímidamente, sonriendo, mientras imaginaba el resto de su vida junto a esos enormes ojos verdemar. La muchacha, le devolvió la sonrisa en un suspiro, y el tiempo, se deshizo entre los dos. Todo se detuvo en ese instante exactamente, en ese preciso lugar, en una efímera fracción de eternidad donde el universo solo existía para ellos.
Después, una voz metálica surgió de la nada, haciendo añicos aquel mágico universo. La megafonía de la estación estaba anunciando la llegada del tren; aquel maldito tren. La muchacha tomó su camino, mientras el joven hacía todo lo posible por seguir respirando entre los escombros que su ilusorio universo había olvidado.
La chica, miró por la ventana por última vez la figura de aquel muchacho al que ya soñaba con volver a ver de nuevo. Él, maldiciendo su cobardía, todavía pudo contemplar en la lejanía los brillantes ojos de la chica a través de los cristales de aquel maldito titán metálico.
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La doncella de Orleans

La primera vez que la vi, descubrí realmente lo que era la esperanza. Por aquel entonces, yo era tan solo un simple escudero que acompañaba a la hueste de mi señor Gilles de Rais, el cual, en aquellos años, todavía abrazaba la Gloria de Dios.
La joven campesina, cabalgaba a nuestra vanguardia portando el pendón de la casa real francesa, y a la vez, alentaba con cantos de victoria a nuestras tropas. Algunos hombres maldecían en voz baja, pues no podían consentir que una mujer, una simple chiquilla, por muy enviada de Dios que fuera, les condujera a la batalla. Gilles de Rais, acalló los murmullos rápidamente con una simple mirada. Todos los soldados, sin excepción, creían que en el interior de su comandante habitaba la semilla del mismísimo Lucifer. Todas esas sospechas se demostrarían algunos años después, aunque esa, es otra historia. La verdad, es que en esos días de intensa actividad militar, y por primera vez en su vida, mi señor, y comandante de los ejércitos franceses, había encontrado la luz de Dios en los ojos de una niña. Una plebeya nacida en la pequeña aldea campesina de Domrémy, una muchachita de tan solo diecisiete años, se había convertido en la máxima esperanza de toda una nación.

Jeanne d”Arc era su nombre. La muchacha, mostraba una fornida y recia figura fruto de la dura vida en el campo. Era más alta de lo que solía ser una mujer, y a pesar de llevar el pelo corto, algo raro, incluso inapropiado para una mujer, no desvirtuaba en absoluto la gran feminidad que destacaban su grandes y brillantes ojos azules en su rostro. Claro era que Jeanne d”Arc no era una mujer como la demás. Ella era una mezcla perfecta de fiereza y belleza, una combinación tan intensa, que era imposible plantearse que todo lo que esa muchacha contaba fuese mentira. Luego, aconteció lo más increíble que jamás he contemplado en mi larga vida.

Avanzándose a la guardia que el Delfín de Francia le había asignado para protegerla, la indomable joven se dirigió decidida hacia los ingleses que vigilaban las altas murallas de la ciudad. Les encomendó a la rendición en nombre de Dios; que por cierto, era el mismo para ingleses y franceses. Podrían irse y salvar sus vidas; a cambio, únicamente debían rendir la ciudad y dejar pasar a las tropas francesas. Los ingleses, después de escuchar divertidos los delirios de una niña, y de burlarse de los franceses por dejar que les comandara una mujer, se negaron a rendir la ciudad y comenzaron a prepararse para el asedio.

« ¡Dios ha sido testigo de mi ofrecimiento!» , gritó Jeanne con una ferocidad desconocida, incluso para sus propios camaradas. La joven enviada de Dios miró a las tropas francesas, y acto seguido, una última mirada a nuestro comandante a la espera de aprobación. Gilles de Rais asintió. Nadie podía negar que existía una conexión especial entre Gilles y Jeanne.
Gilles de Rais era solamente un poco mayor que la campesina de Domrémy; veinticinco años tenía mi señor. Todavía creo que estaba enamorado de esa muchacha, aunque las circunstancias, no eran las más apropiadas para el amor.
De pronto, una traca de silbidos atravesó el espacio entre las murallas y la posición francesa. Una flecha se clavó en el hombro de la joven, la cual, ni se molestó en alzar el escudo para protegerse, pues bien valía la protección de Dios. Jeanne se sacó la saeta con un despreocupado desprecio, desafiando furiosamente a sus atacantes. La sangre le brotaba por su brazo izquierdo. Una rápida mirada a la herida, un grito de atronadora rabia que inundó el campo de batalla, y un furioso ataque para romper las defensas enemigas. Horas después se hizo el milagro
Después de tantas derrotas, tantos territorios perdidos, tanto esfuerzo, tanta sangre, tantas muertes y tan largo sufrimiento, apareció esa muchacha que hasta entonces, solo existía en las leyendas.
Una campesina de diecisiete años, una niña, guio a hombres recios y curtidos en decenas de batallas hacia la victoria, recuperando de esa manera el orgullo y el honor de toda Francia.
Ese día, un ocho de mayo del año 1429 de nuestro Señor Jesucristo, y tras más de seis meses de intensa lucha por recuperar la ciudad de Orleans, esta, fue devuelta a la corona francesa, comenzando de esta manera la reconquista de los territorios perdidos contra los ingleses.

Poco más de dos meses después de la toma de Orleans, el diecisiete de julio, el Delfín de Francia, fue coronado rey. Carlos VII, recuperó poder y prestigio, aunque la guerra entre ingleses y franceses, eternos rivales por el poder continental, continuó veinticuatro años más.
Por su parte, Jeanne d”Arc moriría apresada por los ingleses, injustamente condenada por herejía, y quemada en la hoguera el treinta de mayo del año 1431.
De todas maneras, el nombre de Jeanne d”Arc, ya se había convertido en leyenda; incluso, siglos después sería canonizada y beatificada. Pero, a pesar de todo estos reconocimientos, y de haber sido ascendida a los cielos, la joven campesina de Domrémy, pasaría a la eternidad como la doncella de Orleans.
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¡Oh divina Atenea!

Hija del padre, Rey de mortales e inmortales. El que con su rayo hace temblar la Tierra.
¡Oh divina Atenea! La única comparable en poder e inteligencia con el mismísimo Zeus.
Señora de la justicia, guerrera implacable, concédeme la protección bajo tu áurea égida. Que tú lanza guie mi mortal destino, enseñándome el camino a seguir. Siempre honesto, recto, comprometido con los dioses y siempre fiel a la verdad.
¡Oh diosa de ojos azabache y níveas manos! La de lanza de fresno y escudo de bronce, la más poderosa de los dioses del Olimpo, bendíceme con tu gloria.
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Duele

Duele; duele tanto tu recuerdo como tu ausencia. Duele; duele como trocitos de cristales rotos clavados en la planta de mis pies. Duele, pero debo seguir caminando y decirte adiós.
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Boudica, reina de los Icenos

Reina de reyes.

Desde bien pequeña, sus dos ojos azules y su salvaje fiereza, ya hacían presagiar un gran destino para la más joven de las hijas del rey Iceno, un destino que marcaría en la eternidad junto a su pueblo y al de toda Britania. La princesa siempre prefirió los juegos de niños, las partidas de caza, las espadas, y los combates con los chicos mayores, de los cuales acostumbraba a salir siempre vencedora. Todo lo relacionado con los deberes marciales le fascinaba.
El ardor combativo y guerrero lo llevaba en su real sangre, así como la indómita defensa por la libertad de su pueblo contra el extranjero invasor. Su gran carisma y su fuerza, la convertirían en heredera y posteriormente en reina de su pueblo; «Reina de reyes», adalid de la lucha contra los romanos. Una mujer de fuego en el pelo que pondría en jaque a todo un Imperio.



¡Grita Boudica!

Cabellos bañados con el bermejo fuego de la diosa madre, ojos de verde hierba que riega los valles de Britania, brillante resplandor que a su pueblo acaudilla. Valiente mujer, Reina de los Icenos, que ante el poder de un Imperio se negó a claudicar.
Ella, libre y salvaje, a su pueblo alentó para no hincar rodilla ante el romano invasor. ¡Grita Boudica! fiera guerrera, que a la muerte venciste al convertir tu gesta en inmortal, liberando a tu pueblo a pesar del trágico final. ¡Grita Boudica! pues todavía tiembla Roma al escuchar tu nombre.
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Miscelánea breve

I.# Fue como descubrir la inmortalidad en un solo gesto de sus manos, acariciándome tan dulcemente las mejillas, que pude sentir sus labios incluso antes de besarme.


II.# El Olimpo se convirtió en un pequeño montículo en el terreno, pues ella, hizo que nos alzáramos por encima de los mismísimos dioses.


III.# Anoche tus ojos volvieron a abrazarme, a sostener mis esperanzas, a guardar mis más profundos secretos.


IV.# Nos conocimos donde el tiempo no acontece, donde la Luna viste tachuelas de estrella ardiente, donde nada envejece; en los confines de nuestro efímero recuerdo.


V.# Él, era hielo cegador. Ella, rayo fulminante, fuego sanador. La casualidad, los hizo coincidir, y hielo y fuego acabaron fundiéndose en un mar eterno de fulgurante brillantez.


VI.# Como el frio acero clavándose en mis costillas son tus ojos olvidándome, son tus labios ignorándome, es tu amor condenándome a muerte.
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Canto Olímpico

I.

Cuentan que existió un tiempo donde los hombres no conocían límites a sus sueños, donde las deidades se mezclaban entre los humanos para bendecirlos o destruirlos y donde unas increíbles guerreras venidas de las tierras del este, comandaban ejércitos tan salvajes como disciplinados.


II.

Varinia, que por tus venas fluye la sangre de los inmortales, dulce néctar tus labios prometen, a quien te acompañe en batalla sin importar los peligros. Compañero de aventuras, a él prometes fidelidad si así este se compromete. Y que de vuestra unión la estirpe de Zeus renazca, pues de su raza provienes; semidiosa divina tú eres.


III.

¡Oh musa de cabellos ígneos! Alzo mi canto a tu pecho, que del sagrado Olimpo reciba, la luz protectora de Apolo. ¡Oh musa de larga trenza! Que tus alados pies guíen mi viaje más allá de los confines del miedo, donde mi destino espera en el correcto camino. Dame fuerza y valor para afrontar los peligros que acechan los pérfidos vasallos del mal.
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Si pudiera

Si pudiera romper esta coraza de hielo que me oprime el pecho, y abrazar el fuego que tú me ofreces, sin más prisa que tus labios, sin más sueños que tus ojos, todo sería hermoso. Si pudiera amanecer en tu cuerpo, con tu sonrisa iluminando los días juntos, sin importar el tiempo que haga fuera, todo sería hermoso.
Pues, que hermoso debe ser amarte y ser correspondido.
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Tú dijiste

Y, que dijiste que no sería nada sin ti, ahora lloras en lo más profundo de la nada. Y yo, que creí no ser nada después de ti, descubrí que existían caricias sinceras y besos que cimentan las almas rotas.
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Atado a tu perfume

Cautivo de tu alado perfume estoy, mientras aprietas tus manos contra mi pecho, y mis rodillas tiemblan temerosas ante tu majestuosa presencia, como si fuera un niño, perdido, sin saber que hacer ni decir. Pero tus ojos me acarician lentamente, y mi alma se sosiega al ritmo de tus ardientes labios, de tu lengua traviesa, de tu aroma de ambrosía. Y la noche nos arropa, orgullosa, vestida con luna de plata y lunares de fuego ardiente, celebrando el triunfo de Eros.

Horas después, el amanecer los descubrió vestidos únicamente con su desnudez.
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Alas remendadas

Todos lloraban sobre alas rotas, toneladas de basura triturada encima de sus cabezas. Salidos del inframundo los demonios aterrorizaban a los inocentes, a los impios, y a cualquier ser que no se sometiera a su crueldad. Todos rezaban a algún Dios que los salvara. ¿Todos?
Todos no.
Algunas gentes, desde el anonimato de sus nombres, buscaba hilo y aguja en los mercados de contrabando, en cualquier lugar donde todavía existiera la esperanza; Resistencia de los audaces y de los incautos soñadores. Incluso, había gente que cosía sus alas maltrechas con hilo fino sacado de los cabellos de aquellos que aún creían que era posible cualquier cosa.
¡Libertad! gritaban los rebeldes mientras los demonios oprimían sin compasión.
Y a pesar de todo, de los gritos de rebeldía, de la lucha atroz de hombres y mujeres, de la sangre, de la derrota y de la ardua huida hacia un futuro incierto, todo valió la pena por unos instantes de luz.
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Microgotas

I.# De inmediato y en secreto, se convirtieron en eternos amantes, convertido ya su amor en abrasadoras ascuas. Aunque ellos, todavía no lo sabían.


II.# No era la más guapa, pero sin comparación era la más hermosa de todas. Enormemente magnífica; eternamente extraordinaria.


III.# Si quieres te cuento porqué te amo; y si quieres, te miento porqué no.


IV.# Si conoces el viaje antes de emprenderlo, no aprenderás nada durante el camino.


V.# No existe mayor tesoro que la juventud y su vigor; sin embargo, difícilmente se valora durante esa edad dorada de la vida. Con el transcurrir de los años, es cuando nos damos verdaderamente cuenta de esto, y es entonces, cuando comenzamos a valorarla con añoranza y melancolía.


VI.# Porquería, que recorre las entrañas de una Madre herida, obstruyendo sus arterias, ahogando su propio aliento. Parásitos, que solo saben destruir lo que se les concede, olvidando el abrigo que la Madre ofrece. Cegados de avaricia, codician riquezas e inservibles necesidades materiales, hedonismo artificial que contemplan desde la seguridad de sus privilegiadas pantallas. Rastros de miseria que celebran desde sus lascivos refugios, bajo la protección de la impunidad que ellos mismos alimentan.


VII# Sus ojos, reflejaban una luz esmeralda tan intensa, tan cálida, que abrigaban mi deshabitada y congelada alma con cada uno de sus centelleantes pestañeos.


VIII.# Recuerda que, cualquier tiempo pasado fue anterior. Así que, mira hacia adelante porque te la vas a pegar.


IX.# Pronto, caerá la última lluvia, y ya no sabréis nada más de mi. Ya caen las primeras gotas, ya vienen a buscarme. Ha llegado el momento de partir. Luego, volverá a salir el Sol. Volverá a brillar en lo más alto de la bóveda celeste, y a bañar su calor tu gozosa piel. Yo ya no estaré aquí, pero siempre estaré contigo.
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Aire

Nos convertimos en aire un solo instante. Unos segundos de eternidad regados con la más divina ambrosia rebosando de tus rojos labios, embriagándome el corazón, alimentándome el alma durante el resto de mis días en la Tierra. Para siempre, y más allá del rincón más infinito del universo. Ya jamás me importó lo que me preparase el final, porqué desde ese instante, tú, te convertiste en mi pricipio y final. En mi todo.
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Ella siempre será París

Todavía no se por qué elegí ese lugar. Seguramente, estudié las diversas opciones y me acabé decantando porqué era el que se encontraba mejor comunicado, o muy posible, porqué era el más económico. De todas maneras, la elección fue un acierto dolorosamente casual.
Regresaba de dar una vuelta por la ciudad, y me disponía a descansar un rato en la vieja pero acogedora habitación de mi tranquilo hostel parisino. La ciudad de París me había resultado interesante, aunque un poco oscura y vacía del encanto romántico que tanto acentuaban las películas y la novelas. La verdad, es que me encontraba un poco solo desde hacía mucho tiempo, pero no podía permitirme no viajar, aunque fuera con la única compañía de mi mochila.
Al abrir la puerta de la Maison Bellerose, la tranquilidad que había dejado a primera hora del día, se había convertido en una especie de reunión de un grupo de gente celebrando no se qué. No les presté demasiada atención. Luego, por unos instantes, sentí como todo dejaba de dar vueltas y toda la sala se quedaba en un jaleoso silencio. En ese momento fue cuando la descubrí a ella.
Quizá no fuera la más guapa, pero sin duda, era la más magnífica de entre todas las personas que se encontraban en aquel salón de recepciones. Mis ojos se habían posado en ella nada más entrar. Ya le pertenecían; no pude evitarlo. Su luz se convirtió en el faro que guía a las intrépidas naves entre los puntiagudos escollos que acechan en la costa, y yo, acababa de convertirme por unos instantes en un barco a la deriva. Así, esquivando a la gente que se interponía entre su magnificencia y mi nerviosa posición, me dirigí de forma hipnótica hacia mi propio faro. Lo curioso, es que por alguna misteriosa razón, ella parecía interesada también en mi presencia, aunque eso, lo supe más tarde.

Me acerqué lentamente, intentando construir un plan de acción en mi cabeza. «¿Qué le diría?» «¿Cómo reaccionará ella?» Sinceramente, no me dio tiempo a pensar demasiado, pues cuando me di cuenta, ya estaba delante de ella. Aparté la silla y me senté enfrente. Tan solo nos separaba una mesa de madera, la suerte, y por supuesto, el destino. Pronto, su cálida voz me sacó de mi ensoñación, pues como si de un hechizo se tratara, no pude articular palabra.

- Te estaba esperando.- dijo ella tomando la iniciativa de la situación.

- ¿A mi?.- contesté desconcertado. Mi sensación fue de una estupidez absoluta, aunque por lo visto, a mi interlocutora le pareció de lo más gracioso.

- Realmente, estoy esperando a alguien interesante. ¿ Eres tú esa persona?.- volvió a hablar, esta vez con una sonrisa picarona que me sonrojó al instante.

- Espera un segundo.- contesté de manera espontanea. Por unos segundos creí estar poseído por alguien.

La misteriosa desconocida se quedó perpleja con mi reacción. Su seguridad regia se había convertido en una innegable curiosidad por ver lo que me disponía a hacer. Sus grandes ojos pardos brillaron todavía con más fulgor que de costumbre.
Me levanté rápido como el rayo, hacia ningún sitio concreto. Lo cierto, es que no sabía que demonios iba a hacer en un principio, pero de pronto, accedí a la solución. Era todo o nada. debía sorprenderla gratamente, pues mi destino estaba ligado a una única jugada. Cogí una botella de vino y dos copas de manera disimulada de la barra de un pequeño mueble bar que había a un lado del salón. Mi hurto pasó desapercibido para el resto de los presentes.
Jamás había hecho algo así, y sin lugar a dudas, ese pequeño delito dibujaría por completo los acontecimientos que estaban a punto de suceder. Regresé disimulando a la mesa donde la chica me esperaba divertida.

- Si lo deseas, podemos continuar esta conversación en la habitación que tengo arriba. Tú, yo, y esta botella de vino. ¿Qué te parece?

Mi voz sonó con tal seguridad, que hasta yo me sorprendí, pues mis rodillas temblorosas no pensaban lo mismo. Por suerte, todavía estaba sentado. La mujer se levantó decidida. Me hizo un gesto con la cabeza, y sin mediar palabra, entendí que había aceptado mi invitación. Subimos a la habitación, abrimos la botella de vino, y comenzamos a hablar animadamente. Al parecer, nos conocíamos bastante bien, a pesar de que jamás nos habíamos visto antes. Las palabras, las risas, la complicidad, y la increíble conexión que habíamos creado, nos llevó a lo inevitable. Los dos sonreímos mientras nuestras miradas se fusionaban en una sola, pues desde hacía rato, lo estábamos deseando.
Hicimos el amor tan delicadamente salvaje, que todavía puedo sentir el calor de sus dedos recorriéndome la espalda y el perfume de su piel atravesándome los pulmones.
Pero al despertar, ella ya no estaba; se había ido. Todo había quedado en silencio. Me levanté de la cama y miré por la ventana intentando encontrarla. Tan solo pude sentir la ajetreada vida de la ciudad. París, pensé, la ciudad del amor. Intenté encontrar la Torre Eiffel en la lejanía, pero no se podía apreciar desde mi punto de observación. Desde la ventana de la habitación poco podía verse más allá de la inmensa estación de tren, unas cuantas islas cuadriculadas repletas de bloques de pisos, y un bullicioso mercado lleno de vida y variados olores.
París, dije esta vez en voz alta. Luego, suspiré y regresé a la cama vacía con la esperanza de que al despertar de nuevo, ella estuviese allí otra vez. Por unos segundos, contemplé la botella de vino vacía encima de la mesita. Una de las copas, aún conservaba reminiscencias de un brillante carmín carmesí que me transportó directamente a los labios de mi amada. Me tumbé en la cama, cerré los ojos, y me quedé dormido. No pasó demasiado tiempo, puede que quince o veinte minutos, pero al despertar nuevamente, caí en la cuenta.

«¡Maldita sea! ¡Pero que idiota he sido!» exclamé enfadado conmigo mismo. No hubo intercambio de teléfonos ni de redes sociales, ni tan siquiera de una dirección conocida. Nada de nada. tan solo conocía su nombre.
Bajé corriendo a la recepción de mi alojamiento y pregunté por la misteriosa dama, pero no sabían nada. Nadie con ese nombre se encontraba alojada ni lo había hecho en las últimas semanas. La descripción de la mujer tampoco llevó a ninguna otra pista. Mi investigación había sido un fracaso incluso antes de haber comenzado. Regresé resignado a la habitación.

Tiempo después, su rostro comienza a hacérseme borroso donde su sonrisa se difumina en el recuerdo de una marca de carmín en una copa de vino. Incluso, empiezo a olvidar su perfume, a perder el calor de sus dedos recorriéndome la espalda, acariciándome suavemente el rostro. Tan solo consigo recordar una cama deshecha, vacía, y unos grandes y luminosos ojos pardos. Una magnífica y reluciente mirada con un brillo inolvidables.
La verdad, es que he regresado varias veces al mismo lugar con la esperanza de volver a encontrarla. He recorrido las calles de la ciudad del amor, buscando la luz de ese faro que me guie entre los puntiagudos riscos que acechan los intrépidos navíos, evitando su naufragio. Todo ha sido en vano, y yo, continúo a la deriva.
Únicamente me queda un nombre, unos brillantes ojos pardos y una ciudad que anhela todavía su recuerdo, pues para mi, ella siempre será París.
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El profeta

No tenía ojos. En su lugar, dos cuencas vacías y oscuras como la noche sin Luna ni estrellas ocupaban su arrugada cara. Era tal su poder, que aún privado del sentido de la vista, su visión alcanzaba cualquier lugar existente. Él era quien todo lo veía y conocía, pues su nacimiento, había sido bendecido por el mismísimo Padre de todos.
Al viejo adivino, siempre lo acompañaba una bella muchacha. Una chica de unos dieciséis años que se ocupaba de las necesidades más terrenales del hombre. Algunos aseguraban que era una esclava, otros, que era su aprendiz, acusando al anciano de compartir con la adolescente algo más que heréticas enseñanzas. Todos lo hacían a escondidas, pues temían los poderes de ese brujo. Sea como fuere, la verdad es que el viejo profeta jamás había abusado de esa muchacha. Es cierto que la niña había sido comprada como esclava y regalada al adivino como agradecimiento por sus servicios, pero el viejo augur, la había liberado. Para el hombre, era lo más parecido a una hija, y para la muchacha, el adivino se había convertido en maestro y padre, pues desde que fuera esclavizada, el viejo había sido la primera persona que la había tratado con verdadera humanidad.
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Aquí estaré yo

Si alguna vez descubres mis pisadas, aquí estaré yo; esperándote. Camina rápido y no mires atrás. Que nada ni nadie te distraiga. Si te aventuras en mis pasos, si lo consigues, si te animas a llegar donde me encuentro, hagamos esto juntos. Sin miedo, sin excusas, pues desde ese momento, seremos dos almas unidas dispuestas a todo.
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Mientras no sea demasiado tarde

Virgil McKullog había decidido cambiar de vida inmediatamente, pues temía que fuese demasiado tarde. Arto de dedicarse al tedioso y aburrido, a la par que mal pagado trabajo en la Factoría Weller, donde fabricaban estructuras para maquinaria industrial, se dirigió, dispuesto a la aventura, al 142 de la calle Edelwood, donde residía su mejor y único amigo, Oliver Parrot. El señor Parrot, era un prestigioso y reputado abogado, amigo de la familia McKullog desde hacía años, el cual había sacado a Virgil de más de un lio con las autoridades durante su adolescencia.
Cuando Virgil llamó a casa de los Parrot, ya había anochecido, pero el nuevo y decidido McKullog deseaba despedirse de su amigo e iniciar su aventura cuanto antes.

-Hola Oliver. Siento molestarte a estas horas, pero vengo a despedirme.- Dijo Virgil ante un asombrado y boquiabierto Sr. Parrot.

Virgil, ante la petrificada y blanca figura de su amigo continuó hablando.

- Me marcho de la ciudad Oliver, y no creo que volvamos a vernos, al menos en esta vida. No se donde iré, pero lo que si se seguro es que será lejos de la ciudad. Quiero ver mundo. Ha sido un placer conocerte y compartir contigo una bonita amistad. Gracias por todo amigo.

El Sr. Parrot continuaba si poder articular palabra. Ojiplático observaba a su viejo amigo, como si no creyese lo que estaba sucediendo delante de sus ojos. Oliver estiró el brazo y cogió el periódico. Miró entre sus páginas, y cuando encontró lo que buscaba mostró la noticia a Virgil.

« Una terrible explosión causa el desplome de parte del edificio de la Factoría Weller. Uno de los trabajadores, el operario Virgil McKullog, que se encontraba en ese instante dentro de la nave, ha fallecido. Su cuerpo ha sido recuperado por los mismos compañeros, aunque estos no han podido hacer nada por salvarle la vida. Las exequias por el cuerpo del trabajador fallecido se celebrarán mañana a las 10:00 horas en la basílica de San Clemente.»
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El legado de los dioses del norte

Después del Ragnarök, la última gran batalla entre la luz y la oscuridad en la que participaron los antiguos dioses de los paganos, y tras la cual, habría de comenzar una nueva era para la humanidad, tan solo se contaron tres supervivientes.
La primera de las deidades que consiguió sobrevivir, y la más importante por el papel que debería ejercer en los nuevos acontecimientos que ocuparían los designios de la humanidad durante los próximos milenios, fue Balder, hijo de Odín y Frigg, dios de la luz, la paz y el perdón. Este sería el único de los dioses paganos que alcanzaría la resurrección, convirtiéndose en el nuevo mesías: Jesús el Nazareno. Jesucristo, como sería conocido a partir de entonces, se convertirá en la nueva luz y esperanza para combatir a los demonios que afligían a una humanidad sumida entre las cenizas y las sombras tenebrosas de los restos de la infernal batalla. Una nueva era debía de tener nuevos dioses, aunque ahora, solo existía Uno que lo ocupaba todo. Era el Dios más poderoso que jamás habían conocido los humanos hasta entonces.

Además de "el Resucitado", dos de los hijos de Thor también conseguirían escapar y ocultarse en las altas cumbres del Cáucaso, concretamente en el monte Elbrús. Allí, Magni y Modi esperaron escondidos el final de la terrible batalla mientras le dedicaban un último adiós al cuerpo de su querida hermana Traud. La joven valkiria, descansaría eternamente en ese hermoso y frio lugar, el cual, les recordaba a los muchachos con lágrimas recorriéndoles las mejillas, su querido hogar. Luego, una vez pasada la tormenta de los dioses y los gigantes, los dos hermanos se dispondrían a cumplir la última voluntad de sus padres: Mezclarse con los humanos y tener descendencia.

Midgar, se convertiría en su nuevo hogar. Aquí, deberían convivir en paz, con sus esposas y sus vástagos, perpetuando el linaje de los dioses del Asgard entre la humanidad. Este fue el último de los regalos de Thor, dios del trueno, para sus queridos seres humanos antes de que la oscuridad le cubriera los ojos para siempre.
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Espeluznante Durante

Todos se reían de él. No tenía amigos, y a excepción de Clara, su hermana melliza, y Elvira, una amiga de esta, todos le llamaban Espeluznante Durante burlándose del muchacho. Eduardo Durante, que así se llamaba el chico, tenía tan solo doce años cuando empezó todo. Dos años recibiendo burlas en el colegio por su aspecto. Incluso algunos chicos le pegaban y lo humillaban por diversión. Ninguna chica quería acercarse a Eduardo. Ningún chico tampoco. Algunos lo hacían por miedo a convertirse en el nuevo objetivo de los matones, pero la mayoría, se dejaban llevar por la fanática caza al rival más débil.
Taciturno y abatido, se encerraba en su cuarto después de clase escondiendo las heridas de otro día en el infierno. Pero para el adolescente, las heridas más dolorosas eran las que llevaba por dentro, y su cuerpo, ya no tenía espacio para más cicatrices.
Durante, iba apuntando mentalmente todas las ofensas. Los opresores, los indiferentes, los temerosos, y así, día tras día soportaba los temores cotidianos con estoica sed de venganza.

Esto se produjo un día cualquiera, durante en último curso de instituto. Eduardo tenía quince años, y en su mochila ya pesaban demasiado tres años de insultos, amenazas y golpes.
Nadie sabe como empezó todo, ni siquiera como ese al que todos llamaban Espeluznante Durante, pudo hacerse con ese Kalashnikov y un buen surtido de cargadores.
Eduardo esperó a que todos entraran en clase. Roberto, uno de los chicos que aterrorizaba diariamente al muchacho no tuvo tiempo a insultarlo al verlo, pues cayó fulminado con el pecho lleno de plomo.
El pánico se apoderó del instituto. Durante disparaba, recargaba, disparaba, y volvía a recargar con gesto impasible, con la mirada nublada por la ira y la venganza. Sabía muy bien a quienes quería eliminar. Avanzaba clase por clase, ejecutando a sus objetivos. Luego, dejaba salir a los demás que corrían aterrorizados hacia el exterior. La última clase era la de Clara y Elvira. La suya propia. Allí, Javier, Laura, Iván, y Richard cayeron fulminados sin tiempo a pedir perdón, pues Eduardo ya los había condenado. «Nos veremos en el Infierno, y allí seré yo quien os joda por toda la eternidad», fue lo último que escucharon antes de morir.
Todos salieron corriendo cuando Eduardo ordenó a todo el mundo que saliera de allí y lo dejaran solo. Tan solo Clara y Elvira desobedecieron. El muchacho lloraba desconsolado, y su hermana y su amiga lo abrazaron. Los tres lloraban. Así estuvieron un buen rato. Nadie dijo nada.
Clara y Elvira acompañaron a Eduardo a la salida. Lo habían convencido para que se entregara a las autoridades. Este accedió. Una vez fuera, la policía le dio el alto. Las chicas avanzaron pensando que Eduardo las seguía, pero este se había parado.

-¡Tira el arma!- gritó uno de los policías.

Los agentes sacaron a las muchachas de la zona caliente. Clara lloraba, pues sabía lo que ocurriría a continuación.
Eduardo llevaba una pistola escondida. Esta, no la había utilizado, pues no era para matar a quienes le habían hecho insoportable estos últimos tres años. La había reservado para él. Durante sacó la pistola haciendo caso omiso a los agentes, que continuaban pidiéndole que dejase el arma y se arrojase al suelo. El muchacho se metió el cañón en la boca y apretó el gatillo sin dudarlo ni un segundo. «Por fin soy libre», sonrió. Este fue su último pensamiento antes de ser devorado por la oscuridad eterna.
Dieciocho víctimas se llevó Eduardo tras de sí. Ocho chicos, siete chicas y tres profesores. Todos ellos fueron descubiertos en una libreta que Eduardo guardaba escrupulosamente en un rincón de su habitación. Allí, el muchacho, apuntaba detalladamente todas las ofensas de sus futuras víctimas, justificando el porqué merecían ese dramático final. La investigación se llevó con el máximo secretismo que el mediático acontecimiento pudo permitir.

Esta historia no es más que una historia. Ficción, por suerte. Sin embargo, por desgracia, casos similares en diversas partes del mundo se han dado, llegando a estos excepcionales y dramáticos extremos. Por otra parte, muchos niños y niñas, jóvenes y no tan jóvenes, sufren diariamente acoso en sus centros de estudio o trabajo, en las calles de su ciudad o de su pueblo, haciendo mella diariamente en su cuerpo y espíritu.
Actuemos contra el acoso, sea escolar, laboral o en cualquiera de sus formas desde la raíz. Denunciemos a los acosadores, enfrentémonos a ellos con valentía.
Todo empieza con la educación desde los colegios. Para que nadie más se convierta en Espeluznante Durante:

¡¡¡Stop Bullying!!!
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Canciones de Escocia

El día, amanecía invadido por una tensa e inquietante calma que se respiraba, ahogante en su atmosfera, en toda la llanura de Bannockburn, al sur de Stirling, en Escocia. A pesar de que Robert de Bruce (Robert I), rey de todos los escoceses, y su homólogo, Eduardo II de Inglaterra habían acordado la firma de un tratado de paz en aquel bello paraje, la disposición de un gran ejército de más de veinte mil hombres por parte de los ingleses, hacía pensar lo contrario. Escocia disponía de apenas diez mil hombres, aunque esa inferioridad de dos a uno, no iba a hacer que se inclinaran ante el tirano rey inglés. Mientras los soldados se disponían para presenciar la falsa firma del tratado, preparaban todo lo necesario para un combate que se percibía ineludible, ya que ninguno de esos rudos y valientes hombres, se fiaba de las palabras del monarca inglés.
Robert, mandó llamar a sus generales, para que juntos, pudieran organizar el plan de batalla ante la inminente y nueva traición del rey de Inglaterra. Algunos de los nobles jefes de los clanes escoceses habían apoyado la rebelión desde el principio, otros, incorporados en el último instante, habían visto una oportunidad de mejoras en su estatus social tras la muerte del despiadado Eduardo I «el zanquilargo», padre del nuevo monarca. Eduardo II, era un incapaz estratega y un colérico cobarde en el campo de batalla, dejando toda la responsabilidad a sus generales; Todo lo contrario de lo que fue su padre.
El rey escocés, mucho más diestro en el arte militar que su adversario, disponía de buenos estrategas y curtidos guerreros entre sus generales, destacando, por encima de todos, dos de ellos. El primero, Hamish Campbell, un bonachón y corpulento guerrero, era el jefe de las milicias. Había servido junto a William Wallace, héroe y estandarte de la rebelión desde el principio. En 1305, tras la captura y ejecución de Wallace, se había puesto al mando de las milicias escocesas, uniéndose, junto a sus veteranos, de manera oficial a las tropas del rey Robert. El segundo de sus sobresalientes generales no era escocés, ni tan siquiera había nacido en las islas británicas. Se trataba de un extranjero, Pierre D”Aumont, un templario francés, huido del continente tras la persecución de la orden por parte del Papa Clemente V y del rey francés (Felipe IV) a principios de 1314. Después de la muerte del último gran maestre, Jacques de Molay, en marzo de ese mismo año, pidió refugio en la corte del rey escocés. Este, aceptó de buen grado su experiencia en tantas batallas, y D”Aumont, junto a ocho compañeros de la orden del temple, se unieron al rey Robert jurándole lealtad.
Tras la realización de un cuidadoso y detallado plan de batalla, los escoceses estaban listos para el choque. Ahora, solo quedaba esperar a la señal, y esta sería la inminente traición inglesa.

El calendario marcaba el 23 de junio del año 1314, y tras dos días de batallas, los aguerridos escoceses, derrotaron a las tropas inglesas, haciéndoles huir del campo de batalla. El rey Eduardo, al galope, huyó hacia el castillo de Dunbar (East Lothian), en la costa, y sobre las tres de la tarde del día 24, tomó un barco de regreso a Inglaterra.
Los escoceses estaban exultantes de alegría. Gritaban y se abrazaban en aquel campo cubierto de roja muerte. Algunos de aquellos guerreros, que minutos antes luchaban poseídos por el espíritu salvaje del dios de la guerra, lloraban como niños. No les importaba, pues por fin, y tras tanto sufrimiento, podían tocar con sus manos el suave y reconfortante calor que ofrece la libertad.
A pesar de la aplastante y humillante derrota del monarca inglés, Eduardo jamás lo reconoció en vida. Sería su propio hijo y sucesor al trono de Inglaterra, Eduardo III, en su primer año como rey, quien reconocería oficialmente los derechos de independencia de Escocia en 1328, haciendo un enorme esfuerzo de diplomacia tras las continuas demandas de los escoceses y del panorama político internacional del momento.
Ese día, todos los participantes en la batalla de Bannockburn que continuaban con vida, celebraron la noticia del reconocimiento oficial por parte de Inglaterra de la independencia de Escocia. Otra derrota de los ingleses por parte de las aguerridas gentes de escocia. Hombres, mujeres y niños, salieron a la calle a celebrarlo, con grandes banquetes y grandes cantidades de cerveza y todo tipo de licores. Por todos los rincones de Escocia, se cantaron himnos de amor a la tierra y se rindieron grandes homenajes a los caídos en las batallas que habían llevado a esa gran jornada.

Robert de Bruce, a sus 53 años, enfermo y débil, recibió la noticia con alegría, pues ese reconocimiento era su deseo y su legado al pueblo escocés antes de morir. Algunos de sus sirvientes, años después, relataron, que esa misma noche, se le apareció en sueños el espíritu de William Wallace. El rey y el héroe escocés mantuvieron una larga conversación, dándole las gracias este último por haber conseguido la tan ansiada libertad para el pueblo de Escocia. A la mañana siguiente, entre lágrimas, el rey relató a sus más allegados la conversación mantenida con Wallace. Fue la segunda vez que vieron llorar al monarca escocés en público; la primera, fue tras la gran victoria en Bannockburn.
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Luces de junio

Miercoles, 12 de junio de 1907.

La luz del día estaba llegando a su final, y el atardecer, despedía al Sol con su delicado aroma de fragancia anaranjada. La brisa de levante acariciaba la dulce silueta de la Luna, dispuesta a velar una noche más, los sueños de los hombres. Con la encendida de las primeras antorchas y faroles de aceite, los hombres y mujeres de las ciudades y aldeas regresaban a sus hogares. Tan solo, algunos locales de reputación dudosamente consentida y algún que otro amante de las sombras, empezaban su jornada.
Después de tomar unas jarras de cerveza en la taberna de Madame Rose, el Sr. Robert Alcott, un funcionario de Green City, y su joven y fiel secretario, Paul Philips, regresaban a sus hogares por la vieja calzada de piedra. Mientras caminaban, charlaban despreocupadamente sobre el combate de boxeo que se disputaría esa misma semana en la ciudad. El campeón de Green City, Sami «puño de hierrro» Dilon, pelearía contra un fornido extranjero de piel negra, al cual se le había prometido una enorme fortuna si conseguía vencer al campeón. Para muchos ciudadanos, sería la primera vez que verían un hombre de piel negra.
Al llegar al puente de piedra que cruza el rio que baña la ciudad, el Sr. Alcott y Paul Philips detuvieron su paso en seco. Ya no hablaban del combate; ni siquiera hablaban. Todo su cuerpo había quedado petrificado por el espectáculo que sus incrédulos ojos estaban contemplando.

Una enorme estructura metálica repleta de extrañas luces se había aparecido ante ellos. Era gigantesca, como un edificio de tres plantas, que a pesar de su tamaño, parecía suspenderse en el aire con la ligereza de una pluma. Jamás habían visto nada igual, ni tan siquiera lo habrían llegado a imaginar. ¿Tal vez, Dios tenía algo que ver con eso? Seguramente no. Las cabezas de los dos hombres pedían salir corriendo de allí a toda prisa, pero sus cuerpos estaban presos por alguna fuerza extraña. Intentaron gritar, pero tampoco podían articular palabra; de todas maneras hubiese sido inútil, pues nadie se encontraba próximo al lugar. De pronto, la estructura flotante, lanzó una luz turquesa hacia los dos hombres que los hizo levitar hacia ella. Una gran compuerta se los tragó, haciéndolos desaparecer. Luego, todas las luces se apagaron, y el enorme objeto volador se desvaneció, confundiéndose con la oscura noche.
Nunca más nada se supo del Sr. Robert Alcott ni de Paul Philips, a pesar de los esfuerzos que hicieron las autoridades por encontrarlos.
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Sobre el Amor

De múltiples maneras y formas se nos presenta el amor. Unas veces, tan intenso como una llamarada, otras, más calmado, pausado, constante, como una agradable brisa primaveral. Sin embargo, en cualquiera de sus apariciones, somos atraídos hacia su imperturbable esencia.
Habrá momentos que duela, incluso que nos abata y nos derrote, nos desprecie y nos abandone con tal indiferencia que nos haga dudar de todo, incluso de nosotros mismos. Si es así, no desistas, pues con un poco de suerte, fuerza y perseverancia, serás dulcemente herido por las saetas de Eros.
Cuando esto ocurre, cuando el amor es totalmente sincero y recíproco, llega la sensación más reconfortante que puede notar el ser humano. Tu alma se llena de júbilo, se reconforta hasta límites insospechados, desprendiendo una energía que todavía no sabemos entender, pero que existe, y que es realmente poderosa.
De cualquier manera, y en cualquiera de las circunstancias en la que este aparece, nunca dejes de creer, pues no existe en la Tierra, ni en ninguno de los universos que conforman el cosmos una fuerza que fuera, es, y seguirá siendo, por los siglos de los siglos, la más poderosa que jamás haya conocido la humanidad.
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La Nada

He aquí la Nada, donde nada acontece, donde nadie valemos nada, donde los sueños de los olvidados nada importan, como la Nada misma.
Aquí, todo parece normal, como el engaño que a los ojos atrapa un laberíntico juego de espejos. La gente pasa, parece mirarte, algunos te ignoran, otros, te saludan. Incluso, hay veces que interactúas abiertamente con esos «extraños», pero tú, no estás allí; y quizá, ellos tampoco. Todo sigue su inevitable curso, pero la Nada, te continua atrapando entre sus suaves y mullidas garras.
A veces, crees verla desaparecer. Por un instante, haberla dejado atrás, escapando a través de un puente que la Esperanza te ofrece en forma de chispeante rayo de luz. Pero la Nada jamás olvida el rastro de sus presas, y al menor descuido, vuelve a atraparte de nuevo.
Así es ella, la Nada. Devoradora de luz, hacedora de desesperación, cruel destino de la humanidad. La Nada, es nada, y nada, es la Nada; insaciable, impasible, indestructible.
Y a pesar de todo, en ocasiones, si consigues ser lo suficientemente rápido, y cruzar el efímero puente que la Esperanza te tiende en forma de chispeante rayo de luz, podrás escapar de ella.
Pero recuerda siempre que la Nada jamás olvida el rastro de una presa, así que, procura estar continuamente atento y cerca de la luz.
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El asesino del Rey de copas

Hacía frio, y los relojes marcaban más de media noche, aunque eso no impedía a decenas de personas amontonarse en aquel lugar. La policía, había montado un cordón de seguridad en la zona, apartando a los curiosos sin demasiado éxito. Pese a ser un martes cualquiera de febrero, la Avenida Santa Catalina, famosa por sus bares y restaurantes, estaba bastante concurrida.
El suceso, se había producido delante del Cometa Irlandés, una cervecería conocida por ofrecer música en directo todos los días de 21:00h a 23:00h. El local se veía cerrado, pero a escasos metros de su gran letrero verde, y a pesar de los esfuerzos de la policía por tapar la escena, una gran mancha de sangre se distinguía claramente en la acera. A pocos centímetros, el cuerpo de un varón era cubierto con una sábana, a salvo de las miradas indiscretas y los dispositivos móviles. Los servicios médicos acababan de confirmar su muerte.
Algunos medios de comunicación, tanto locales como estatales, habían llegado al lugar de los hechos. En pocas horas, y tras indagar un poco en lo sucedido, se confirmaría la muerte de John Derrick. Alguien le había asaltado por la espalda, clavándole un objeto afilado varias veces, hasta acabar con su vida. Por el momento, no podía conocerse más, ya que el caso, estaba siendo investigado bajo secreto por todo el departamento de policía de la ciudad. A pesar del enorme secretismo del caso, los noticiarios matinales abrirían todos con la misma noticia:

« John Derrick, más conocido como el Rey de copas de Santa Catalina, ha sido asesinado esta madrugada. Su cadáver, ha sido encontrado delante del Cometa Irlandés, local que regentaba desde hacía más de doce años. La policía sigue recopilando pistas a la espera de dar con el asesino. Seguiremos informando.»
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Que Dios nos perdone

Agosto de 1945. Tras casi seis años de guerra, y después de que el ejército alemán capitulara tras su derrota final y la muerte de Adolf Hitler, la guerra está a punto de acabar en el frente del Pacífico. Los japoneses no están dispuestos a capitular, pero los americanos pretenden acabar esta maldita guerra con una nueva y poderosa arma que pondrá en tensión nuevamente a toda la humanidad.


Lunes; 6 de agosto de 1945.
Hora: 08:45.


El coronel Paul Tibbets accionó el mecanismo que abría la trampilla, dejando escapar toda la furia que contenía el pequeño chico (Little Boy). El retoño de Oppenheimer y estrella principal del Proyecto Manhattan, saltó del avión en busca de sus víctimas. Hiroshima se convertiría en el objetivo, un final de trayecto que segaría la vida de miles de ciudadanos japoneses.
Segundos después del lanzamiento, el capitán Robert Lewis, copiloto del bombardero Boeing B-29 Superfortress, exclamó:

¡Dios mío, que hemos hecho! No obtuvo ninguna respuesta.

El Enola Gay, nombre con el cual fue bautizado el avión, se sumió en el silencio más asfixiante que jamás sintieran sus protagonistas. A pesar de todo, habían cumplido su misión. De regreso a la base, Paul Tibbets (piloto), Robert Lewis (copiloto), Bob Caron (artillero de cola y fotógrafo), y los otros nueve miembros de la tripulación, rezaron en silencio a su Dios, con la esperanza de que Este, pudiera perdonarles algún día. Pero a pesar de todas las plegarías, Dios no quería participar de la barbarie de los hombres, inmersos en una cruel y fratricida guerra sin sentido.
Tres días después, el 9 de agosto de 1945, otra bella ciudad, Nagasaki, sería consumida por otra bomba nuclear (Fat Man), perversa creación de los hombres de paz. Semanas después, el 2 de septiembre, Japón se rendiría oficialmente, dando así por terminada la lucha sobre el terreno. La Segunda Guerra Mundial había durado seis años, acabando con la vida de millones de personas.
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Retales

# I. ¿Sabes una cosa? No debes tener miedo, pues tú, eres magnífica, como las brillantes nieves que cubren las eternas cumbres.


# II. Más hermosa que la Aurora, amaneciendo con sus rosados dedos rasgando el firmamento. Así te contemplo yo; más hermosa que ese cielo.


# III. A veces, quema tan fuerte que ni siquiera el hielo que devora mi ser puede controlarlo.


# IV. Sin lugar a dudas, cuando era un chaval, pretendía comerme el mundo. Un pedazo por aquí, otro por allá. Sin embargo, es ahora el mundo el que me está devorando trocito a trocito, saboreando lentamente la vida que una vez creí poder tener.


# V. Por una cuantas monedas vendisteis vuestra lealtad, y ni tan siquiera, eran de plata.


# VI. Ámame, hasta que el tiempo nos cubra con su imperturbable paso.


# VII. Todo quisieron arrebatarnos, y nos robaron todo lo que poseíamos; y a pesar que de que lo intentaron una y otra vez, jamás pudieron llevarse aquello que éramos.


# VIII. Que es su corazón lo que anhelo; cierto. Que son otras paredes las que guardan sus deseos; la maldita realidad.


# IX. Esta será la última vez que te escriba, más no pienso volver a hacerlo hasta poder encontrarte, acariciarte, besarte, amarte.


# X. La mayoría de la gente no es realmente feliz, por mucho que se empeñen en aparentarlo. Maquillar la realidad es una constante que nos engulle a todas las personas sin excepción. Seguramente, en algunas ocasiones hemos podido sentir algo parecido, e incluso, rozar con los dedos la calidez y la despreocupación que esta te ofrece. Los más afortunados son capaces de haber llegado a sentirla durante algún periodo de sus vidas, aunque el común de los mortales tan solo llegaremos a hacerlo durante algún instante; algunos segundos, minutos, horas, o con suerte días. Pero tal vez, la felicidad tan solo sea el recuerdo idealizado de nuestra selectiva memoria, la cual, procesa nuestras vivencias, puliendo aquellos defectos que no nos interesan, y amplificando las virtudes que creíamos mostrar. Sea como fuere, todos buscamos sentirla, abrazarla y no dejarla escapar nunca más, porqué para el ser humano, la máxima de la vida, es encontrar la verdadera felicidad, aunque solo sea una vez en nuestras vidas.
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Y llegaron del norte

A finales del siglo VIII d.C, los vikingos llegaron a tierras irlandesas, salvajes, fértiles y ricas para unos hombres y mujeres que buscaban riquezas, gloria, y una nueva tierra donde poder formar un hogar.



Desde la proa de su dragón marino, Sveinn barba de Orca, alentaba a sus hombres a la batalla. La armada de los guerreros del norte contaba con veinte feroces dragones y diez rápidas serpientes, sumando en total unos doscientos soldados. Estos gigantes de ojos claros estaban ansiosos por demostrar a su líder su valía en combate, y de paso, saquear el máximo de riquezas para llevar a sus familias. Pero primero, deberían derrotar al disciplinado y valeroso ejército del rey Dummac O'Flaherty, señor de Inishbofin y de las islas al norte de las tierras de Galway.
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Ejecutor

¿Quién es ese al que todos llaman ejecutor?

Se dictó la orden desde el otro lado de la línea, y su receptor se dispuso a ejecutarla sin más demora. Sacó su arma de la funda que llevaba bajo la chaqueta, preparó el silenciador, y apretó el gatillo regando con sangre y sesos la pared y parte de la moqueta de la habitación del lujoso hotel donde ahora, maniatada a una silla, yacía la víctima. El verdugo, tranquilo, haciendo gala de su profesionalidad, desmontó el silenciador del arma y volvió a introducir su Smith&Wesson de 9mm en la funda. No haría ningún intento por esconder el rastro del crimen, pues esa era su intención. La víctima, sería encontrada tal y como había sido ejecutada; el casquillo del proyectil, sería encontrado y examinado por la policía, pero el ejecutor ya se habría esfumado sin dejar rastro. Todo parecería pertrechado por un asesino inexperto, precipitado, aunque en realidad se trataba de un trabajo profesional, pues las pistas apuntarían hacia otro lado dejando invisible el verdadero motivo. La única pista dejada por el ejecutor era el casquillo del proyectil, el mismo calibre y marca utilizado por la policía de la ciudad.

¿Quién estaría interesado en señalar a la policía?

¿Sería el cadáver, hallado en un hotel de lujo, una víctima inocente o culpable?

Y el ejecutor... ¿Quién era ese ejecutor?
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El manco de Lepanto

Golfo de Lepanto; 7 de octubre del año 1571.

Esa mañana, el infierno había emergido hacia la superficie del mar para alegría de la Parca, que esperaba impaciente su festín de almas. Las flotas otomana y cristiana ya habían tomado posiciones, y se disponían a chocar con una ferocidad digna del mismísimo Hades. Los cañones vomitaban fuego con ensordecedor estruendo, e inhumanos gritos salidos de las gargantas de los presentes insultaban, maldecían y condenaban al infierno a sus adversarios.
En una de las galeras de la Liga Santa, la armada cristiana, un joven de veinticuatro años y de nombre Miguel, febril y doliente, se disponía a abordar una de las naves turcas y a dar batalla sin tregua a los enemigos de su rey y su Dios.
El capitán de la nave, así como algunos de sus camaradas, le instaron a guardar reposo y a no entrar en batalla debido a su estado, pero él se negó. No quería pasar a la historia como un cobarde, pues era preferible morir valerosamente y encontrar sepultura en la batalla por la causa de la Patria y de Dios, que dejar este mundo en las bodegas de una galera enfermo y sin gloria.
Así pues, el capitán del navío, le dio órdenes, junto a otros compañeros, de que protegiera la posición del esquife durante la contienda, y tal fue la hazaña de este bravo soldado, que tras recibir dos arcabuzazos, uno en el pecho y otro en la mano izquierda, no cesó en el combate hasta acabar con los otomanos a los que se enfrentaba. A pesar de las heridas, y de perder la movilidad total de su mano alcanzada por el fuego, el soldado Miguel se recuperó en pocos meses. Tiempo después, escribiría sobre esta batalla:
« Fue, la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros.»

Se dice, que tras la feroz batalla, las aguas que vieron a la cruz y a la media luna medirse en fatídico duelo por coronar a un único Dios, se tiñeron de un rojo tan intenso, que la sangre cubrió el mar durante más de tres meses. Ese día, perdieron la vida tantos hombres como ninguna batalla anterior había conocido. Ni Dios, ni la Muerte, harían distinciones a la hora de juzgar a los caídos.

Miguel de Cervantes Saavedra pasaría a la historia como uno de los mejores, sino el mejor de los representantes de la literatura española, incluso me atrevería a decir, el mejor literato a nivel mundial que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Y a pesar de ese don, en su lecho de muerte, débil y enfermo, solo deseaba recordar sus años como soldado, los más felices de su vida. Su último recuerdo, Lepanto.
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Happiest Fundation

Destinados a una de sus sucursales en Barcelona, Lorenzo y Aurora trabajaban desde hacía varios meses en la Happiest Fundation como « Basureros» . Esta fundación de ámbito global y sin ánimo de lucro, requería de empleados a tiempo completo y escrupulosamente dedicados a la causa, pues era un trabajo duro y agotador, a la par que peligroso por el contacto con todo tipo de residuos, incluso algunos altamente tóxicos.
Una gran cantidad de los desperdicios que se debían limpiar, se encontraban localizados en lugares de difícil acceso, así que, la eliminación de estos residuos y manchas rebeldes, requería de unas habilidades altamente especiales. Por este motivo, los trabajadores de la Happiest Fundation poseían unos recursos especiales y unos metódicos y eficaces métodos de acción.
Esta Fundación también poseía un «Departamento de Reciclaje» donde se intentaba ofrecer una segunda oportunidad a los residuos considerados como no tóxicos, sobre todo, a aquellos materiales más afines a ser reciclados. Muchos lo conseguían, y continuaban su nueva vida con una forma diferente, incluso, alguno de estos residuos reciclados encontraban lugar en alguno de los departamentos de la Happiest Fundation. En el caso de no poder ser reciclados, los concienzudos Basureros procedían a su completa eliminación, evitando de esta manera, cualquier tipo de contaminación.
La Fundación, disponía además, de «vertederos y depuradoras» repartidas por sus lugares de acción. Allí, se procuraba la labor medioambiental más delicada. En estas instalaciones se debían eliminar los residuos más tóxicos y demás restos de los desperdicios del reciclaje fallido.
Lorenzo y Aurora estaban especializados en la eliminación de los residuos altamente tóxicos. Entre ellos, los materiales más peligrosos que debían manejar eran narcotraficantes, terroristas y sicarios ligados a las mafias de la droga y la trata de blancas. Luego, estaban los residuos tóxicos más asquerosos como violadores y pederastas, aunque para acabar con su pestilencia y repugnante mugre, los basureros disponían de guantes especializados. Los trabajadores de la Happiest Fundation realizaban su cometido con una pulcritud y eficacia admirables.
Es tal su profesionalidad, que pese a su difícil tarea, dicha fundación continúa a día de hoy en el anonimato.
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¡Ya volvimos Saladino, ya volvimos!

4 de Julio del año 1187. Llanuras de Hattin.

El Sol de Palestina lanzaba sus furiosos rayos contra los dos ejércitos que, dispuestos en formación uno enfrente del otro, osaban profanar la paz de esa sagrada tierra. Cristianos y Musulmanes, dirimian sobre los derechos de esos territorios en nombre de sus respectivos dioses. Jerusalén, era el principal objetivo.
Los cruzados, confiando ciegamente en su Dios y en su caballería pesada, se lanzaron contra las filas musulmanas. La infantería árabe parecía débil, y según Guy de Lusignan, rey de Jerusaén, tras la primera embestida, Templarios y Hospitalarios, al frente de la primera oleada cristiana, acabarían sin problemas con sus enemigos. Pero se equivocaban, pues no contaban con la astucia y sabiduría militar del príncipe de los creyentes, espada de Alá, sultán de Siria y Egipto: Saladino.

El combate dio inicio irremediablemente y de la manera más cruel cuando finalmente, la cruz y el alfanje chocaron hiriendo el aire y tiñendo de rojo la tierra. Tal y como pensaban, la primera oleada cruzada fue brutal, aunque los defensores de la media luna resistieron. Una segunda oleada de caballería sería, ahora sí, la definitiva. Todo hacía pensar en una victoria total de la cruz, pero a una orden de Saladino, los cristianos calleron en la trampa.
Cuando la segunda oleada venía a apoyar a sus compañeros, y el grueso de los cruzados empezaban a romper las defensas musulmanas, los seguidores de Alá abrieron la formación, y los siervos de Cristo fueron tragados a través de un embudo formado por adverdarios. Luego, y tras replegarse con el apoyo de nuevos y frescos refuerzos, rodearon a los ginetes cristianos, convirtiendo el campo de batalla en una carnicería. Pocos cristianos pudieron escapar de las hordas árabes, dando lugar a la práctica aniquilación de los ejércitos cruzados. La victoria del gran Saladino fue aplastante.

Algunos cruzados hechos prisioneros, entre ellos más de un centenar de Templarios, fueron pasados a cuchillo; decapitados por orden de Saladino como castigo por las masacres realizadas meses antes contra poblaciones y carabanas musulmanas. Los turcos que apoyaban a los cristianos, corrieron la misma suerte, aunque a diferencia de los cristianos, a ninguno de ellos se les perdonó la vida. Eran unos traidores a su fe.
De entre todos los prisioneros cruzados, uno de ellos, fue expresamente llevado a la tienda del mismísimo sultán. Reinaldo de Châtillón fue decapitado a manos de Saladino, pues se la tenía jurada al asesino de su hermana. Su honor había quedado al fin vengado, y el alma de su querida hermana ya podría descansar en paz.
El mermado ejército cruzado que consiguió escapar, se vio obligado a huir sin poder hacer nada más. Tres meses después de la victoria musulmana, Saladino, tras un largo asedio, tomó Jerusalén y entró a la ciudad. La media luna sustituiría a la cruz para pesar de los cristianos, pues nunca más se volvería a recuperar la ciudad santa por parte de los cruzados.
El poder de Saladino era incontestable en esos territorios.

Años después, durante la III cruzada, y con la intención de recuperar Jerusalén, los cruzados lanzaron una nueva ofensiva.
En 1189, los ejércitos cruzados, bajo el mando de Ricardo I de Inglaterra, tomaron San Juan de Acre tras una cruenta batalla, aunque al intrépido y aguerrido corazón de león, se le atragantó la ciudad Santa y no la pudo tomar. Al parecer, el rey Ricardo y Saladino hicieron algún tipo de amistad, pues los dos eran reconocidos bravos guerreros que se respetaban mutuamente. Ninguno de los dos líderes pretendía una larga y dura confrontación directa que mermara sus ejércitos y los dejara desprotegidos de sus enemigos internos, así que llegaron a un acuerdo.

Tras largas negociaciones que originaron algún rumor que otro, ya que era de sobras conocida la tendencia «homosexual» de Ricardo, los dos líderes firmaron un tratado de paz en 1192. Los cristianos mantendrían las posesiones conseguidas hasta la fecha, y Saladino estabecería una franja de tierra en Gaza para todos aquellos cristianos que quisieran establecerse allí. Jerusalén continuaría en manos de los musulmanes, aunque el sultán se comprometía a dar proteccióna todos los peregrinos cristianos que fueran a visitar la ciudad y los lugares santos.
Todo había quedado resuelto, y el rey Ricardo regresó a sus posesiones inglesas con más pena que gloria, aunque con las palabras de paz de su adversario y respetado Saladino. No dudaba de su palabra, pues sabía que así sería, almenos hasta la muerte del gran sultán. Por desgracia, esta llegó apenas un año después.
La madrugada del tres al cuatro de marzo del año 1193, tras unas terribles fiebres, y a la edad de cincuenta y cinco años, la oscuridad cubrió los ojos del sultán Saladino y Alá lo acogió en su reino celeste. Todo el mundo musulmán lloró la muerte de Saladino, un hombre justo y paciente, pero tambíen cruel y despiadado cuando debía de serlo. Fue la figura más grande del Islám después del profeta, y su nombre, a partir de ese momento, se encumbró en todos los territorios dominados por la media luna. Incluso los reinos cristianos lamentaron su perdida, pues sabían que la paz que se había forjado después de tanta sangre y muerte, pendía nuevamente de un fino hilo con la muerte del sultán Saladino.
Saladino dejaba diecisiete hijos y una hija, así como varias mujeres y un extenso territorio donde las conspiraciones ya comenzaban a forjarse para conseguir una parte del suculento pastel del Islám
Saladino fue enterrado con todos los honores y tras fastuosas ceremonias en un gran mausoleo en Damasco. Cuando sus sucesores miraron en el tesoro real que era lo que dejaba el gran sultán, tan solo encontraron 47 dirhams y una pieza de oro. Saladino no se había guardado nada para él de las multiples riquezas que consiguió. Todo lo había gastado en reforzar su imperio, su ejército, y su pueblo. Todo lo había dado para la gloria del Islám y de su fe. Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera sus enemigos, dudaron jamás de la honradez del hombre más grande que ha dado el mundo musulmán, tan solo por detrás del profeta Mahoma.

En 1920, tras el reparto de Oriente Próximo por los vencedores de la Gran Guerra, Francia se queda con el gobierno de Siria y el Líbano. El general Giraud, elegido para gobernar esos territorios se dirige con paso firme hacia el mausoleo donde está la tumba de Saladino, reconstruida en el siglo XIX con increibles donaciones, como las del propio Kaiser Guillermo de Alemania, y con unas solemnes palabras en honor al héroe musulman y dirigiéndose a su sepulcro dijo:
«¡Ya volvimos Saladino, ya volvimos!».

Más de 800 años después de la muerte de Saladino, su honradez y su figura continuan siendo incuestionables por cristianos y musulmanes. Es ahí donde reside la grandeza de este hombre, el cual consiguió la fama en vida y la inmortalidad tras su muerte.
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In Aeternum

- ¿Vendrías conmigo?- le preguntó él.

- Te seguiría hasta el mismísimo infierno si tú me lo pidieses - le respondío ella con gesto firme y orgulloso.

- Pero.... ¿Y si morimos?- Insistió él, con el ánimo preocupado por el destino de su amada.

- ¡Si morimos, seremos eternos!- exclamó la chica con los ojos llameantes y el corazón decidido.

Entonces, los dos amantes, elevándose en un alado beso, partieron hacia lo desconocido para toda la eternidad.
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Fresas con napalm

Tan ardientes como el fuego que no cede ante nada, son tus labios. Aliento carmesí que la vida brinda, en un lugar donde ni el miedo ni el dolor existen. Allí, la luz es cálida, y la fruta madura exhalando dulces aromas que se mezclan con el rumor de las flores y el cortejo de los insectos en busca de su sabroso néctar.
Todo es eterno, a pesar de nuestra efímera condición humana; simples peones de algo que no llegamos a entender, tan solo eso. Pero en tus labios, me siento afortunado. Yo, un simple mortal, que nada puede envidiar de los sempiternos dioses, pues en tu boca lo tengo todo, mi vida y mi muerte, mi destino y nuestra eternidad.
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Vivir en tí

Quisiera poder vivir de la escritura, igual que lo hago cada día en la locura de tus curvas, de tu alma desnuda, de tus labios abrazándome cuando hace frio.
Quisiera poder vivir de la escritura, igual que lo hago cada día del recuerdo de tus ojos claros abrazándome en las noches oscuras.
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En tus ojos

Y en tus ojos me siento,
me siento feliz,
vivo,
eterno.
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Si he de morir

Si he de morir, quiero hacerlo a tu lado, para mirarte a los ojos y sentir que no he vivido en vano. Que el amor me hizo libre, y tu corazón me salvó la vida.
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Era primavera

Miembros cercenados, cráneos y cuerpos cubiertos de sangre y barro dibujan un horrible lugar que horas antes estaba cubierto por un manto de fresca hierba y la viveza de las flores silvestres.
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Trebor

Por alguna razón, jamás encontré placer en el amor, pues en mi configuración, se trataba tan solo de una necesidad para poder encajar. Comer, beber, dormir, amar, y poco más. Eran mis funciones básicas. Todo lo demás, lo iría aprendiendo con el tiempo, que se me presentaba intrascendente, pues no podía envejecer como lo hacen los humanos. Mi nombre verdadero es TR-380R, aunque todos me conocen como Trebor.
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Helia la caballero

« Hombres y mujeres somos iguales ante cualquier situación. Luego, todo depende de las habilidades y cualidades de cada persona (M.A.C.J).»

Érase una vez, una niña que no soñaba con ser princesa. Helia, que así se llamaba la pequeña, siempre deseó convertirse en caballero para combatir las injusticias y defender a los inocentes. Tampoco buscó nunca al príncipe azul, pues su amor sería para un hombre de noble corazón, compañero y amante; aquel que luchara a su lado, escudo junto a escudo, como iguales. A medida que Helia crecía, luchaba con todas sus fuerzas contra los convencionalismos sociales de la época, y a pesar de no pretender ser ejemplo para nadie, la joven se convirtió en el referente de las mujeres que ansiaban romper las cadenas de la falocracia gobernante. Helia, ya mujer, consiguió convertirse en caballero y encontrar el amor junto a Beltrán, su compañero de batallas y amante. Los dos juntos, vencieron al Dragón que pretendía condenarla a la oscuridad del arcaico machismo histórico, convirtiéndose en el ejemplo de las nuevas generaciones femeninas, las cuales, fueron libres de elegir sin miedo su destino.
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No será la última batalla

Año 206 a.C. Las legiones romanas estaban celebrando la victoria. Habían expulsado definitivamente a las huestes cartaginesas de la Península Ibérica, haciéndose con los territorios conquistados hacía años por esos bárbaros africanos. Roma expandía su poder con puño de hierro, y las legiones, entrenadas y disciplinadas, se convertían en su brazo ejecutor. Marcelo Crispo, uno de esos legionarios, celebraba el triunfo acompañado de sus camaradas, anhelando el fin de la guerra y el regreso a su Cumas natal junto a su mujer y sus dos hijos. Marcelo, recordó los momentos vividos con sus camaradas caídos en la batalla, buenos y leales compañeros, en especial Quinto Vitelio Rutio, el cual le había salvado la vida en más de una ocasión. Esa noche, el veterano legionario Aulo Marcelo Crispo, haría una ofrenda a los dioses sempiternos, pidiendo que las almas inmortales de sus camaradas y amigos caídos en la batalla tuvieran una existencia dichosa y feliz en los Campos Elíseos. “Volveremos a vernos, amigos”, dijo Marcelo mirando el refulgir de las estrellas en la oscura inmensidad de la noche, “pero todavía no.”
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Nos conocimos en las sombras

Nos conocimos en las sombras, en un lugar donde no existen las caricias, pero allí estábamos los dos. Ella se acercó a mí, y yo no pude evitar sonreír. Fue una sensación agradable, una sensación que no recordaba, una exhalación de vitalidad que arrasó toda la desdicha de mi ser. Hablamos durante largo rato, y por primera vez en mucho tiempo, las horas no significaron nada para mí. Ella era tan hermosa, tan inteligente, tan natural, que yo solo podía venerar su presencia y perderme en sus cetrinos ojos, grandes, como dos luceros que me mostraban la luz, atravesando las tinieblas, mostrándome el camino de regreso a la vida. Ella se sentía igual, pero era mucho más fuerte que yo.
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Allí está la libertad

Estaba aterrado. Un temible ejército se presentaba delante de mí, con sus poderosos estandartes, lanzando graves improperios e inhumanos alaridos que herían el espeso aire que inundaba el campo de batalla. El miedo que me presionaba el pecho era tan afilado como sus mortales dardos. Las piernas, comenzaban a pesarme, como si la carne se convirtiese en frio mármol. El sudor, me cegaba la vista. El corazón, me latía tan fuerte como los tambores de guerra. Noté una mano en mi hombro derecho, apretándome con ruda suavidad. Al girarme, vi al comandante Vitelio.

- ¿Ves todos esos hombres que pretenden detenernos?-dijo señalando al enemigo con su espada mientras esbozaba una desconcertante sonrisa que le iluminaba los ojos.

- Los veo, mi comandante.

- Pues allí, detrás de sus tiránicos estandartes se encuentra nuestra libertad. Lucha con valor y no dejes que el miedo te domine; pues hoy, la victoria o la muerte habrá de juzgarnos como hombres libres.
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De oficio, Eros

Todos los sueños que Mika pudo recordar se convirtieron en realidad cuando conoció a Nicole. Era hermosa y sabia a la par. Misteriosa y elegante; grácil en sus movimientos y portentosa en sus decisiones. Era todo lo que él, un simple chico de una diminuta ciudad podía desear. Ahora, solo faltaba que el amor hiciera bien su trabajo.
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El tesoro de la tortuga

Nada parecía querer despertar esa mañana, nada, a excepción de esa espesa e inusual niebla que se había formado a unos pocos cientos de metros en dirección nordeste. La espesura se iría difuminando con las primeras luces del día, dejando al descubierto la inmensa silueta que dibujaba una exuberante y verde isla. El Tritón había llegado a su destino: La isla Tortuga. Su capitán, el aventurero Robert Alcott, junto a su fiel tripulación, se disponía a encontrar el enorme tesoro pirata que durante más de quinientos años había permanecido escondido, y que ni españoles, franceses o ingleses habían conseguido encontrar durante todo este tiempo. Durante el convulso siglo XX, el mundo entero permaneció sumergido en dos guerrras mundiales y un sinfín de conflictos posteriores que borrarían toda pista del legendario tesoro, perviviendo en esencia tan solo en algunas historias que darían pie a escritores para escribir sus novelas de aventuras.
Pero todo esto cambió el día en que Robert Alcott encontró en el desván de casa de sus padres un viejo mapa y un bloc de notas con dibujos, coordenadas y anotaciones sobre la isla que su padre le había descrito cientos de veces en las historías que durante su niñez le contaba cada noche antes de irse a la cama. Robert, había heredado una gran fortuna al morir sus padres, una gran fortuna que ni tan siquiera él sabía que existía. Quizá, las historias que le contaban sobre esa isla no eran solo un cuento, y ese mapa junto al bloc de notas escondían algo más que la imaginación de su padre. Robert Alcott decidió poner a prueba sus sospechas y descubrir con sus propios ojos el lugar al que tanta veces había viajado en sueños cuando era un niño.
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Falsa alarma

Todo lo que juntos descubrimos no fueron más que hermosas y crueles mentiras. Mentiras vestidas de amor fingido, pintado de una esperanza que claudicó antes de poder desafiar al tiempo.
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Recuerdos de un lejano lugar olvidado

La memoria perdida hizo añicos el alma de Tannen «el hacedor». Todo era un caos dentro de su cabeza; ya no recordaba nada, ya no sentía a nadie cerca de él. Todo era nuevo y extraño cada día, aterrador, a la vez que tristemente irónico. Un hombre que había vivido toda su vida del recuerdo de viejas historias y leyendas recogidas a lo largo de los siglos de los hombres, ahora no recordaba nada, ni siquiera la fama de su nombre.
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Arbeit macht frei

El traquetear de las maderas inundaba todo el vagón. Decenas de personas atrapadas en esa diminuta cárcel de madera respiraban un insoportable aire fétido, aunque a pocos parecía importarles. Tan solo se escuchaban las quejas y el llanto de algunos niños que no entendían lo que estaba sucediendo. Solo el lúgubre silencio de los inocentes, condenados como reses que viajan al matadero, daba más pavor que el destino incierto que les esperaba en ese temible campo de la muerte llamado Mauthausen.
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Que fortuna sería

Que fortuna sería la de romper las cadenas que aprietan esa extraña angustia de no saber quién eres, que buscar, cuál es tu hado. Ese desconocido ser que se esconde en tu interior, que te atrapa cada vez que intentas escapar, que te retiene en su mazmorra de miedos y desazón, que absorbe tu vitalidad como el parásito que succiona la sangre a su huésped.
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Espíritu del miedo

Había una vez, un hombre que no sabía que existía, pues el espíritu del temor lo había atrapado en sus redes. Este demonio, de nombre Luzvel, se alimentaba de los sueños e ilusiones que una vez este hombre tuvo cuando era un niño. Este espíritu maligno aparece siempre en una edad adulta, incluso a veces, en la juventud, cuando los ojos de los hombres y mujeres que este diablo posee, pierden ese mágico cristal con el que se contempla el mundo cuando se es todavía un niño.
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Historia de todas las guerras

Y como siempre, el pobre muere por defender unas ideas que cree justas, mientras el rico, en la comodidad de su refugio, engorda enviando “cerdos” al matadero.
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Memoria cautiva

Ya no quedan lágrimas ni tumbas donde dejar flores.
En su lugar, historias perdidas y sueños rotos bajo olvidadas cunetas.
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Un precio para todo

A día de hoy, apreciamos más un simple papel valor que la vida de nuestros hermanos y hermanas, destruidas por las guerras y las miserias que inundan el mundo. Guerras y carestías provocadas por los intereses de unas élites burguesas que se disfrazan con el absurdo patriotismo del capitalismo.
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El muro invisible

Enorme era el muro que se le enfrentaba; era tan alto que llegaba a rasgar el cielo. “¡No desfallezcas! Has llegado hasta aquí y has de superar esta gran muralla llamada miedo”, pensó. El hombre observaba. La respiración se acelera, los músculos se tensan, el corazón resuena con fuerza. Es hora de partir. Recuerda siempre quien te enseñó a caminar.
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Patria

¿Qué es la patria? La patria son tus ojos, y hasta donde alcanzan tus brazos mi frontera. La patria son las voces de la gente, cada amanecer, cada luna, cada sueño. La patria son los niños, los ancianos y sus historias; los hombres y mujeres libres que caminan en una misma dirección. ¿Qué es la patria? La patria es la tierra, sin importar su color.
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Lágrimas de sangre

Todo ocurrió en cuestión de segundos. Tras la primera explosión se desató el pánico. La polvareda atrapaba en su interior a decenas de personas que corrían sin orden alguno. Algunas se agazapaban, inmóviles por el miedo, confundiéndose con los cuerpos inertes en el frío pavimento. Quizá ya no notarían nada. Una segunda explosión volvió a sacudir el lugar, una pequeña plaza rodeada de bares de copas, establecimientos de comida y modernos escaparates de ropa. El céntrico lugar se había convertido de manera inesperada en un improvisado infierno. Marcel solo pensaba en Esther, su hija, a la cual abrazaba con fuerza para notar los latidos de su pecho. “Está viva”, se repetía una y otra vez en su interior. Habían salido a comprar algo de comer para la cena. Su teléfono sonaba, y la pantalla marcaba el nombre de Chloe, su esposa. La antes soleada y transitada plaza, estaba ahora cubierta por una negra y densa nube de muerte y destrucción. De su interior, algunas personas surgían como espectros de entre las tinieblas. Cristales rotos, sangre, y cuerpos de inocentes poblaban el lugar. Gritos y sirenas acompañaban la dantesca escena.
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El poeta de la Sibila

Hace mucho, mucho tiempo atrás, en un lugar olvidado por la historia, vivía un distinguido poeta que soñaba con una sibilina mujer. Solitario y afligido, escribía bellos versos con la esperanza de que algún día, esa mujer de nombre desconocido pudiera leerlos.
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La promesa

Uno tras otro, los disparos hacían blanco. El hombre, cadáver desde el primer tiro, continuaba recibiendo su dosis de plomo. Así doce veces, hasta vaciar el cargador y dejar el arma humeante. El verdugo había cumplido su promesa: acabar con la vida del asesino de su perro.
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Un dia qualsevol

Tot el carrer estava fosc i cobert d’una espessa boirina, provocant una estranya sensació d’angoixa als pocs transeünts que s’aventuraven a sortir a l’exterior. Feia fred, i la ciutat sencera s’havia convertit en una perillosa pista de gel. A través de la finestra veig unes ombres que entren al carreró del costat de la tenda de licors. Pocs minuts després les veig sortir, però en falta una. Jo continuo mirant a traves del vidre. Sembla que la gent comença a amuntegar-se davant del carreró. En Josuè, l’amo de la tenda de licors també hi es fora. Sento una sirena apropant-se; es la policia. Els agents intenten evitar que els curiosos formin un embús al carrer, i comencen a dispersar a la multitud. Un ràpid rebombori es forma davant casa meva amb l’arribada de l’ambulància i dels reporters dels diaris locals, que s’han assabentat de la noticia molt abans que la pròpia policia. Els sanitaris treuen del carreró un cos cobert per una manta; està mort. Desprès de parlar uns minuts amb alguns testimonis, entre ells en Josuè, la policia marxa, juntament amb l’ambulància. En poc mes de vint minuts el silenci es tornar a palpar a l’exterior. Baixo les persianes i me’n vaig al llit, amb la sensació de que avui no ha passat res extraordinari.
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Una tomba a l'Ebre

19 de setembre de 1938.

Estimada Joana:

El dia ha despertat gris i plujós. Me’n alegro, ja que d’aquesta manera no pot volar l’aviació enemiga. La línea del front porta setmanes estancades, i des de fa dies estem empantanats en les maleïdes trinxeres. La cosa no pinta gaire clara. En Pere i en Ramón estan bé, però l’Eduard va caure ahir a la nit en un inesperat atac enemic. Demà tenim ordres d’atacar; ens jugarem el tot per el tot per capturar el flanc dret dels maleïts feixistes. No se quant acabarà tot això, però no puc aguantar mes sense tenir-te a prop. Aquest matí hem celebrat una petita cerimònia en homenatge a l’Eduard. Està enterrat prop de la riba del riu, juntament amb molts dels companys que han donat la vida per defensar la República.

Espero que tu i l’Enric esteu bé. Digues-li que el seu pare està lluitant per la llibertat, per la justícia, i per un futur millor. Quant acabi aquesta maleïda guerra ens tornarem a veure. Us estimo mes que a la meva pròpia vida. Dóna-li un petó al nostre fill de la meva part, i passi el que passi recorda’m sempre com un bon marit i un bon pare. T’estimo Joana.

Sempre teu: Antoni Ros Gimpere.
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Visca Catalunya! Visca la República!

A les tres de la tarda, en Ramón i en Marcel van ser traslladats per un grup de militars sublevats prop de la torre de l’aigua. Ells caminaven ferms, acceptant que aquest seria el seu últim viatge. Havien viscut tota la seva vida a Sabadell; en Ramón, era el petit propietari d’un taller de bicicletes, y en Marcel, un mestre d’escola. Els dos homes eren amics des de l'infantessa, y ara, el destí també els havia unit en la guerra. Tots dos havien estimat i abraçat la causa republicana, tant pel seu amor a Catalunya, com pels seus ideals llibertaris.
El camió es va aturar y els van fer baixar tot empenyent-los y cridant-los:

-¡Venga Rojos cabrones!

Els van fer posar un al costat de l’altre. Davant seu tres homes conformaven un improvisat pelotó d’afusellament. Els van donar unes venes per tapar-se els ulls, però cap dels dos les va voler. Un dels militars els va dir si volien dir unes últimes paraules, i tots dos van assentir amb el cap. Els dos amics es van mirar per últim cop. Va ser una mirada rápida, però plena de sentiment, un sentiment d’amistat que els uniria en el mes enllà. Tots dos van cridar alhora:

-Visca Catalunya! Visca la República!

Llavors, els fusells dels militars van tronar a l’aire, y els dos amics van caure al terra desplomats. En Marcel i en Ramón van afrontar la mort com valents milicians, amb l’esperança de que aquesta guerra alliberés Catalunya y tota Espanya republicana de l’amenaça feixista. Tot i els fatals aconteixements, persones com ells, van ser el fidel reflex del homes i dones que van donar la seva vida per la llibertat, per la germanor de tots els pobles d’una Espanya que va ser traïda, i per una pau que desgraciadament no es va poder aconseguir.
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Diguem el teu nom

Des del primer dia que la vaig veure no me la vaig pogué treure del cap. Era com una Deessa tota il·luminada d’una radiant llum hipnòtica. Cada dia, la veia passar davant la feina, i pensava, quina seria la millor manera d’acostar-me a ella i establir una agradable conversació. Tot i això, la por de ser rebutjat em tirava cap endarrere. Tot un any de dubtes em van fer perdre el cap.
Un matí, em vaig aixecar decidit a aturar a aquella noia per explicar-li tot el que sentia per ella des de feia un any. La vaig esperar impacient a la porta de la feina, però no es va presentar. Dia rere dia, la esperava desitjant tornar-la a veure; inclús la vaig buscar per tots els recons de la ciutat, però tot va ser en va. Mai vaig tornar-la a veure, i encara avui dia, després de mes de quaranta anys, el meu cor batega pel record d’aquella noia sense nom.
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Somnis terrenals

Pare i fill son a taula mentres la mare prepara el sopar.

- Creus que hi ha vida allà fora pare?

- No ho se fill. Però algun dia ho descobrirem.

- Y qui ho ha de descobrir?

- Els científics y els investigadors espacials.

- Creus que jo podria arribar a ser un científic important i viatjar per l’espai descobrint nous mons?

- Si ets constant ho aconseguiràs, però per això hauràs d’estudiar molt.

El fill va treure de la seva motxilla un llibre que parlava de viatges espacials, tot ple d'imatges d’estrelles i planetes.

- Cada nit somio amb aquest planeta. Arribo amb la meva nau espacial y aterro a un descampat tot verd rodejat d’un espès bosc. Al seu voltant regnen altes muntanyes totes coronades de neu verge. Al sortir de la nau veig un riu. Allà hi ha una noia igual que jo. Em pregunta qui soc, y jo li respon que em dic Martí y que vinc de l’espai. Ella només somriu dolçament. Jo li pregunto el seu nom. Iliana, em diu ella, i marxa corrents desapareixent entre el bosc. Creus que en aquest planeta hi ha gent com nosaltres?

- Al planeta Terra? No ho se fill, no ho se.

En aquell moment la mare arriba amb l’escudella y tots tres es posen a sopar.
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180 grados

...Y de pronto, toda su vida cambió. El mundo que él conocía había desaparecido. Todo se había convertido en un lejano recuerdo, algo que le asustaba, a la vez que le hacía sentir ese excitante sabor que te ofrece la adrenalina.
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Hasta mañana por la noche

Óscar despertó en mitad de la noche. Sudaba. Buscó con su mano al otro lado de la cama, pero allí no había nadie. Todo había sido un sueño. El hombre suspiró, dio media vuelta y cerró de nuevo los ojos. Allí estaba ella, otra vez. Se abrazaron, se miraron a los ojos profundamente y continuaron amándose toda la noche. Luego, al amanecer, se despidieron con la promesa de volverse a encontrar la siguiente noche.
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Brilla vieja estrella

Brilla vieja estrella, nunca dejes de brillar, pues aunque el dolor persista, muy pronto acabará. Cierra los ojos, que yo te tenderé la mano. Tranquila, sigue soñando pues yo estaré a tu lado como tú siempre lo has estado. Mira al otro lado. Allí te espera él, pues a pesar de los años nunca te olvidó. Ahora ve, ve a su encuentro y abraza su recuerdo. No llores más, pues a este lado siempre presente estarás. Cuando esté triste sabré donde encontrarte, no te preocupes por mí, pues me enseñaste muy bien cómo cuidarme. Ahora ve, no pierdas más el tiempo, que yo no olvidaré mirar al cielo para hablar contigo. Pero recuerda: Brilla vieja estrella, nunca dejes de brillar, que a pesar de la distancia tú siempre me encontrarás.
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De bárbaros y romanos

El hombre, asaetado en la tierra baldía rogaba por su vida. De pié, mirándole fijamente, la venganza brillaba en los ojos de su adversario. Un instante de silencio. Después, el romano continuó suplicando el perdón.

- ¡No tuviste piedad cuando mataste a mi familia! -gritó el guerrero hispano.- ¡Y ahora, ni tu ni Roma viviréis para ver amanecer un nuevo día!

La luz del atardecer, se reflejó en la gastada hoja de la espada al alzarse por encima de la cabeza del fiero guerrero, mientras un zumbido ahogaba el aire. Un golpe seco bastó para separar la cabeza de su dueño. Un gran charco de sangre se formó a sus pies, y el silencio del delirio de la venganza se fue convirtiendo gradualmente en el fragor de la batalla, pues esta todavía no había acabado. ¡Sin piedad! gritaban los camaradas a su lado. El guerrero alzó la mirada hacia las legiones que cubrían el campo de batalla y se unió a sus compañeros por la defensa de su libertad. El ejército bárbaro cargaba brutalmente contra las legiones romanas. Los soldados, muchos de ellos inexpertos en batalla, retrocedían tan solo al oír el griterío de los guerreros hispanos.

Lucio Espurio, veterano centurión de la Duodécima legión arengaba a sus soldados a no retroceder y a defender el honor de Roma. Hacía algunos minutos había visto como un enorme guerrero hispano decapitaba cerca de él al tribuno Marco Lucano, un asesino de mujeres y niños que deshonraba el honor de la República. Sabía que algunos de los suyos se comportaban como verdaderas alimañas, y que en el fondo, esos indomables hispanos luchaban por defender su tierra. Espurio era un hombre de honor, un fiel servidor de Roma y de los dioses. Su misión, luchar por la gloria de la República y devolver a la patria sanos y salvo a sus hombres. Él solo combatía contra guerreros, no era un asesino.

-¡Formación de ataque! -ordenó el centurión.

Los soldados, todos a una, obedecieron. La perfecta máquina de guerra romana se preparó para el choque. O ellos o nosotros, pensó Espurio. El combate se alargó hasta que la noche cayó sobre sus cabezas y la oscuridad lo cubrió todo. Todo, a excepción del amargo olor de la sangre derramada.
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Bajo la roja nieve

Tras la consigna 227, decretada por el camarada Stalin, nos aferramos a la esperanza de nuestros firmes ideales. “Ni un paso atrás”, establecía esa orden. Pocos meses más tarde, los alemanes nos cercaron en Stalingrado. Los ejércitos victoriosos del belicoso Reich de los mil años estaban listos para tomar la ciudad en una o dos semanas, pero se toparon con una inesperada resistencia. Los convencidos hijos de la Unión Soviética se atrincheraban casa por casa, defendiendo cada palmo de terreno de su ciudad con uñas y dientes, desesperando a los alemanes, ya que a pesar de su terrorífico potencial militar, no estaban preparados para establecer una guerra de guerrillas en un terreno que sus enemigos conocían metro a metro. Tras varias semanas de combates, la bonita ciudad se convirtió en un lugar dantesco.
La nieve, blanca y pura se teñía con la sangre de unos hombres cegados por sus creencias; alemanes, soviéticos, húngaros, italianos, croatas,…, hombres de duras convicciones, hombres de sueños imposibles y esperanzas truncadas por una guerra que parecía no acabar nunca.
Era septiembre. Lo recuerdo bien, y la batalla terrible que estalló en ese lugar no había hecho más que comenzar. Los alemanes llevaban la iniciativa y nuestras tropas comenzaron a flojear. Esa mañana, creo que fue un día doce, apareció el inflexible general del 64º ejército Vasili Chuikov, ahora encargado del 62º ejército en sustitución de Anton Lopatin, comandante que había demostrado síntomas de debilidad ante el avance teutón. Nada más llegar al apocalíptico lugar, los generales Yeriómenko y Kruschev preguntaron al general Chuikov:

- ¿Cual es el objetivo de su misión, camarada?

A Lo que este respondió con tono sereno pero firme:

- Defender la ciudad o morir en el intento.

Inmediatamente después de su lacónica respuesta, se dirigió personalmente a reorganizar las tropas y a asegurar la defensa de la ciudad.
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Donde descansa el olvido

En un rincón de mi memoria allí estás atrapada, como la luz que retiene la nebulosa. De mil maneras te encuentro, de mil formas te amo, y en tus ojos siempre te reconozco. En la lóbrega noche son tus pasos quienes me iluminan, marcándome el camino a seguir. Porque si me rindo, pierdo; porque si no te encuentro, muero.
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¿Quién soy?

¿Y si siempre hice lo que no debía? ¿Y si siempre creí en las mentiras que reflejaban mi alrededor? ¡Despierta! Grita mi prisionero. Desata mis cadenas, implora. Quizá tiene razón y son ellos los extraños; el miedo, la incomprensión, lo desconocido golpea con fuerza la sien. ¿Acaso es real? ¡Adelante! No mires atrás. Escapa del hastío en el que se ha convertido este juego llamado realidad. Ahora ha llegado el momento de la verdad, pues tú no eres igual que ellos, siempre lo has sabido. Tú eres especial. Un don te ha sido concedido, pero no será fácil controlarlo. Haz de tu presencia luz, de tu voz sonrisas, de tus manos esperanza. Libérame y seremos eternos.
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Nuevo cosmos

Cuando Adrián y Astrid volvieron a encontrarse, el mundo real e imaginario convergió en una nueva creación. En ese nuevo universo no existía ni el tiempo ni el dolor, ni la amargura ni el desazón, y todo al que allí llegaba lo hacía a través del lenguaje del alma. Era cerrada noche, y la calle estaba iluminada únicamente por la cálida lucecilla de una vieja farola. Allí, bajo aquel débil refulgir, dos figuras intercambiaron miradas a la espera de nada, a la espera de todo.
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Cartas desde la Gran Guerra

Francia, 12 de Octubre de 1916.

"Queridos Padres:
Después de más de tres meses combatiendo contra las tropas alemanas en Francia, el frente del rio Somme se ha convertido en la tumba de miles de compañeros. Mi regimiento ha sufrido numerosas bajas, aunque no tantas como otros. Estamos estancados en las trincheras, cerca de Ovillers-la-Boiselle, y en todo este tiempo no hemos avanzado nada. Los bombardeos son continuos, y a penas tenemos tiempo para descansar. Si vierais en lo que se ha convertido este bonito lugar no daríais crédito. La sangre se ha mezclado con el barro, y algunos cadáveres continúan tirados en el campo de batalla días después de haber caído. De momento la suerte parece sonreírme, y doy gracias a Dios por continuar con vida. Me han ascendido a Sargento y ahora dirijo mi propio batallón. ¡Os echo tanto de menos! Darle un abrazo muy fuerte a Julia y a Robert. Decidle a Marta que pronto le escribiré y que deseo con toda mi alma regresar a su lado. Espero que todo esto acabe pronto y poder regresar a mi querida Chester junto a todos vosotros. Os adjunto este par de anillos de latón hechos en mis ratos libres; llevan vuestras iniciales. Os quiero con toda mi alma. Atentamente:
Sargento John Pearl Lauper.”

Mientras tanto, la guerra continuaba asolando Europa y las vidas de miles de jóvenes dispuestos a combatir por una idea que creían justa. Los dos bandos reemplazaban sus muertos con jóvenes inexpertos, aunque excesivamente entusiasmados en defender su país, su cultura, y sus ideales. Todo este ardor guerrero se vería oscurecido en las primeras horas de combate, luego, los ruegos y el miedo recorrerían los corazones de los soldados. A pesar de todo, era su deber, y a él se debían por juramento. Solo les quedaba sobrevivir o morir en esta maldita e inútil guerra. Por otra parte, en el bando alemán, las sensaciones de los soldados no se diferenciaban mucho a la de británicos y franceses. Al fin y al cabo, no eran tan diferentes.

Francia; 30 de Octubre de 1916.

"Queridísima Anna:
Llevamos meses combatiendo en unas trincheras empantanadas de barro. La sangre ya no me impresiona, y la muerte ya no me es extraña. Como capitán mi responsabilidad está en devolver sanos y salvo a mis hombres junto a sus familias, pero muchos de ellos no volverán a verlas. La mayoría eran unos críos, y ese dolor lo llevaré dentro para el resto de mis días. Ahora mi único consuelo es volver a abrazarte, sentir de nuevo tu corazón latir junto al mío, y ver crecer en un mundo en paz a nuestro pequeño Reinhard. Nuestras tropas no consiguen avanzar, así como tampoco las de nuestros enemigos. El deseo de que esta guerra acabe pronto se hace cada vez más lejano. Espérame amor mío, porqué prometo que no habrá nada ni nadie que pueda hacer que no nos volvamos a ver. Saluda a los Steimberg de mi parte y diles que Harold está bien, que lo tengo bajo mis órdenes y que hago todo lo posible por mantenerlo fuera de peligro. Dales también un abrazo a mis padres y a los tuyos, y un beso a mi hermanita Marie. Pronto volveremos a vernos. En cuanto pueda os volveré a escribir; mientras tanto espero con impaciencia noticias vuestras. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 15 de Marzo de 1918.

"Queridísima Anna:
Después de casi cuatro años de guerra nuestra victoria en el frente oriental se ha confirmado hace unos días por el alto mando. Los rusos han firmado la paz. A pesar de la alegría estamos agotados. Según nuestros generales la victoria final se acerca, ya que nuestros ejércitos del este vendrán a reforzar nuestras posiciones del frente occidental. Según Ludendorff y Hindenburg pronto estaremos tomando café en París, y nuestros enemigos, con las tropas mermadas, no tendrán otro remedio que capitular. Estoy ansioso porqué todo esto acabe y poder regresar a casa. Háblale a Reinhard de su padre. Dile que está luchando por su país y que pronto volverá para abrazarlo y jugar con él. Tú tampoco me olvides amor. Cuando acabe la guerra nos reuniremos de nuevo los tres. Me gustaría contarte más cosas, pero me es imposible revelarte cierta información por si esta carta cae en manos enemigas. Dale un fuerte abrazo a todos nuestros familiares, y como siempre un beso a Marie. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 6 de Abril de 1918.

"Estimada Marta:
Los alemanes han lanzado una gran ofensiva al norte de la línea del rio Marne, al este de París. Nuestro regimiento se ha desplazado a ese frente para ayudar a nuestros aliados franceses a defender la línea. También nos hemos encontrado con algunas divisiones norteamericanas. Estos yanquis luchan incansablemente y con un valor extraordinario. Nuestra superioridad numérica no parece haber mermado las esperanzas de los alemanes, que ganan palmo a palmo terreno en este suelo baldío. Solo nos queda resistir en esta laberíntica tierra el ataque enemigo, y contraatacar dando el golpe definitivo. En unos días se esperan más refuerzos norteamericanos; recemos a Dios por que lleguen a tiempo. Espero que esta guerra acabe antes de terminar el año. Solo deseo volver a tenerte entre mis brazos y poder darte un hijo. Resistiré por ti, eres lo único que me permite seguir vivo en esta pesadilla. Siempre tuyo:
Sargento John Pearl Lauper.”
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Reos del amor

No se dijeron nada y se lo dijeron todo mientras unían sus cuerpos y se acariciaban el alma. Tanto ella como él, acabaron por declararse culpables ante el juez alado. Eros, los declaró culpables por haberse robado mutuamente el corazón, condenándolos a amarse para toda la eternidad.
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Y en el silencio, te encuentro

Apenas habían pasado cinco minutos desde que aquel muchacho de mirada olivácea había entrado a la biblioteca. Parecía no buscar nada en concreto mientras sus nerviosas pupilas se movían de un lado a otro resiguiendo las estanterías dedicadas a las novelas de aventura. Un gran cartel en la puerta rogaba silencio en todo el edificio, así como las pequeñas señales que se encontraban situadas en otros puntos de las diferentes plantas de la gran biblioteca. Allí, entre las estanterías donde corsarios, guerreros antiguos y nobles caballeros eran los protagonistas se vieron por primera vez. Héctor, que así se llamaba ese joven, descubrió concentrada en su lectura a una bella muchacha de ojos color miel y larga melena castaña. El chico la contempló durante unos segundos, sonrió, y se volvió para acabar de decidirse por un libro. “Demasiado perfecta para mí; sería inútil acercarme a ella”, pensó. Mientras, Ángela, la chica con la que Héctor había soñado despierto hacía unos segundos alzó la cabeza para descubrir al muchacho. Lo contempló durante unos segundos, sonrió, y pensó: “Demasiado perfecto para mí; sería inútil acercarme a él”. Héctor y Ángela coincidían habitualmente en esa biblioteca, y aunque nunca llegaron a encontrarse, en el silencio, se amaron sin saberlo.
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Dedicado a tí, amor

Nos miramos atrapando el tiempo entre nuestras pupilas. Luego, vino el beso más dulce y suave que jamás había sentido. Fue en ese instante cuando comenzó la verdadera historia de mi vida. Hasta ese momento solo había existido en la nada, atrapado en un mundo exento de la luz que tú me diste.
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Después de Teutoburgo

Cuando abrí los ojos, no sabía dónde estaba, tan solo veía luz. La cabeza me daba vueltas como en una horrible resaca, y por la garganta todavía se mezclaba el amargo sabor de la sangre con el de la saliva. Poco a poco la vista se fue aclarando. Lo primero que pensé es que estaba muerto y que estaba despertando en el Eliseo. No me entristecí, ya que volvería a ver a mis padres y a muchos camaradas muertos en combate. No era así, estaba vivo, pero mi mayor sorpresa fue descubrir quién me había salvado.

- ¡Mira Sigrid!- dijo una voz masculina que me era familiar.- ¡Está despertando! ¡Rápido, trae un poco de agua y algo para comer!

En pocos segundos la mujer salió de la estancia donde me encontraba, para regresar con un cuenco de agua y algunas bayas silvestres. Las imágenes cada vez me eran más claras. Por fin, pude ver con claridad, aunque la cabeza continuaba dándome vueltas.

- ¡Lucio, Lucio!- gritaba el hombre.- ¡Soy Yo, Esket! ¿Te acuerdas de mí?

- ¿Esket?- dije sorprendido y con la cabeza todavía doliéndome.- ¿Eres tú de verdad, viejo amigo? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo creía que estaba muerto.

- Todavía no, amigo. Estás muy vivo, pero no gracias a mí, sino gracias a los dioses que hicieron que topara por casualidad contigo.

- ¿Que ha pasado? Tan solo recuerdo que caminábamos por el bosque en formación de avance. Todo estaba oscuro, y de repente la muerte se abalanzó sobre nosotros. Salieron de la nada, cientos de guerreros germanos rompieron nuestras filas. Recuerdo haber reducido a más de uno, pero un pequeño grupo nos vimos acorralados. Nos encomendamos a Marte y combatimos valientemente hasta el final. Séptimo Valente y yo quedamos los últimos. Resistimos espalda contra espalda durante largo rato, pero el cansancio hizo mella en nuestros cuerpos y fuimos reducidos. Lo último que recuerdo es ver a mi camarada caer, y una espada clavándose en mi costado. Luego, me invadieron las tinieblas.

- Yo también estaba allí para combatir contra los romanos. – manifestó Esket.- Pero por suerte, pasé por donde tú estabas. Al verte, recordé mi tiempo en Roma y nuestra infancia. A los nueve años tuve que marchar a Roma para asegurar un pacto entre el emperador y mi tribu. Aunque nunca estuve retenido, siempre me sentí como un rehén. Los demás niños me miraban con desdén; “Bárbaro”, me llamaban algunos. Todavía recuerdo cuando a los dos años de estar en Roma, unos niños mayores se pusieron a pegarme y a insultarme, pero allí estabas tú. Nunca nos habíamos visto, pero saliste en mi defensa golpeando a esos idiotas. Luego me levantaste y me llevaste a tu casa. Allí me curaron los golpes. Desde ese día comprendí que no todos los romanos erais iguales. Tus padres me aceptaron en su casa como uno más hasta que retorné a mi tierra. Era lo mínimo que podía hacer por tu familia y por un buen amigo.

- Así que…. ¿No hay más supervivientes?- dije imaginando la respuesta con pesar.

- Creo que no. – contestó el germano.- Hemos acabado con tres legiones. Vuestro comandante Varo se ha quitado la vida ante la desastrosa derrota.

- Publio Quintilio Varo ha preferido quitarse la vida antes que enfrentarse a la deshonra – dije.- ¿Y ahora que será de mí?

- Ahora debes recuperarte - contestó la mujer de Esket.- Podrás quedarte aquí hasta que estés curado del todo; luego, eres libre de marchar si así lo deseas.

El cansancio regresó para apoderarse de mi cuerpo, y caí rendido en los brazos de Morfeo. Estaba alegre porque había sobrevivido a tan terrible batalla, pero me apenaba la perdida de tantos y tan buenos compañeros y amigos. Por otra parte, estaba el reencuentro después de tantos años con Esket, mi mejor amigo de la infancia, a pesar de su origen germano.
Tras dos meses de descanso y buenos cuidados por parte de Esket y su mujer, conseguí recuperarme del todo. No me costó demasiado volver a estar en forma una vez cicatrizada la herida que tenía en el costado derecho, y que me hubiera costado la vida, de no ser por el gran corazón de Esket y los sabios conocimientos de medicina de Sigrid. Todos me daban por muerto, y no tenía a nadie que me esperara en casa, así que decidí quedarme en el poblado de Esket. Antes de ser aceptado, el consejo de ancianos y jefes, se reunió para decidir mi suerte. Esket convenció al consejo, y bajo su responsabilidad, fui aceptado como uno más. Trabajé las tierras del clan de Esket, e incluso contraje matrimonio con una prima de Sigrid; Fedona. Ahora ya han pasado treinta años desde aquel fatal día en el bosque de Teutoburgo, pero doy gracias a los dioses por darme otra oportunidad. A pesar de todo este tiempo, mi devoción se debe a los dioses romanos, aunque he de reconocer que también profeso la fe en los dioses germánicos; nunca está de más tener algún dios a mano. Mi felicidad está al lado de mi mujer y mis hijos, así como dentro del clan de Esket, en el cual he sido aceptado como un hijo, y lucharé contra cualquiera que quiera hacerles daño; incluida la propia Roma.
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La venganza del muerto errante

El latir de su corazón, resonaba por cada una de las oberturas del acantilado, acompañado del rítmico jadear de su respiración. Estaba aferrado a una hendida roca que sobresalía de la pared, colgado a más de ochenta metros del suelo. Por encima de su cabeza se escuchaban unas voces. Dos hombres hablaban entre sí. Segundos después, se escuchaban dos caballos galopar en dirección contraria al escarpado acantilado. El hombre, que permanecía colgado de la roca, a punto de caer, y tras realizar un enorme esfuerzo, consigue alcanzar la cima de la pared y ponerse a salvo. Recupera el aliento lentamente, mientras contempla la inmensidad del horizonte desde las alturas. No dejaba de sonreír. En un acto de reflejo, el magullado desconocido se toca con cuidado el bolsillo derecho, e introduce la mano para buscar alguna cosa. Vuelve a sonreír mientras saca el misterioso objeto. Una pequeña caja negra, parecida a un antiguo cofre del tesoro, aparece en las manos de ese hombre. La abre, y de ella saca una antigua y desgastada llave. Después de observarla detenidamente y comprobar que no ha sufrido ningún daño, la vuelve a guardar. Todo ha salido bien al final, y el riesgo ha valido la pena. El maltrecho hombre casi pierde la vida, pero ahora tiene en su poder la llave que esconde un oscuro y valioso secreto; y lo mejor de todo, es que sus perseguidores lo dan por muerto. Pero hay veces, que hasta los muertos regresan para vengarse.
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Murray Sinclair

Un forastero a caballo apareció delante del fuerte Rickford disparando a los tres vigilantes de la entrada, cayendo estos fulminados al yermo terreno como si fueran muñecos de trapo. Luego, clavó una nota en un poste de la entrada del fuerte, para seguidamente marchar al galope en dirección contraria. La nota decía:

“Al capitán Jack Smith: Estos tres hombres han abusado brutalmente de una joven de Traselville. La justicia ha hecho acto de presencia. Atentamente: Murray Sinclair”.
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Cartas desde Stalingrado

9 de Septiembre de 1942.

Queridísima Sveta:
El día ha amanecido frio y lluvioso, y en el aire se respira el aroma de la sangre y la muerte. Apenas he podido conciliar el sueño debido a los continuos bombardeos de la aviación enemiga que han hecho temblar el cielo y la tierra con su fantasmal sonido. Llevamos tres días atascados en la misma posición, y apenas nos quedan víveres para subsistir un día más. Más de la mitad de nuestra unidad ha caído, y hemos perdido toda conexión por radio con el exterior. Si hoy no llegan los refuerzos, mañana nos jugaremos el todo por el todo.
Nadie ha venido en nuestra ayuda. Ya no nos queda otra opción; si continuamos en esta posición moriremos de hambre o congelados por las heladas de la noche. Debemos ser rápidos y no mirar atrás. La ciudad está completamente destruida, y la lucha es infernal por la conquista de cada palmo de terreno. Nuestra única posibilidad es cruzar la posición enemiga por su flanco derecho, atravesando la vieja fábrica de tractores. Solo de esta manera podremos romper el cerco y reunirnos con los camaradas de nuestra compañía para reorganizarnos y contraatacar con todas nuestras fuerzas.
Espero poder volver a escribirte y a tenerte de nuevo entre mis brazos. Dale un beso al pequeño Kolia de mi parte.
Yaroslav Nóvikov.


22 de Noviembre de 1942.

Queridísima Sveta:
Por fin puedo volver a escribirte. Durante nuestro repliegue conseguimos reunirnos con el grueso del ejército, aunque hemos perdido cinco hombres más. Me han ascendido a Sargento 1º, y ahora comando mi propio batallón. Nuestra ofensiva parece hacer efecto, y hemos roto el avance enemigo. La situación comienza a ser favorable a nosotros. El ejército alemán y sus aliados no podrán soportar en frio invierno, y nuestro frente se mantiene compacto con el continuo envió de refuerzos. Mi batallón defiende la posición de la vieja acería (Fábrica Octubre Rojo), y a pesar de los continuos ataques, nuestra resistencia se mantiene firme. Las ordenes del camarada Stalin son ¡NI UN PASO ATRÁS!, y así se hará.
Si vencemos al ejército alemán en Stalingrado, el alto mando nos ha prometido unos días de permiso. Solo volver a verte y abrazar por primera vez al pequeño Kolia me da fuerzas para aguantar cualquier cosa. No pienso morir a no ser que lo haga en tus brazos. Yaroslav Nóvikov.


2 de Febrero de 1943.

Queridísima Freya:
La guerra ha acabado para nosotros. Esta lucha parece no tener sentido, y han sido el hambre, el frio y la disentería los que ha precipitado todo esto. Hemos recibido noticias de que nuestro general (Friedrich von Paulus) ha capitulado ante el asedio del ejército rojo. Ya no sirve pelear en esta guerra de locos, cuando solo unos pocos lo continuamos haciendo. Nuestra unidad, que luchaba incansable entre los escombros de la fábrica de acero, se ha rendido ante los soviéticos. Como responsable de mi unidad he depuesto las armas ante un sargento ruso de nombre Yaroslav. No había odio en su mirada, tan solo alegría. Me ha dicho en un alemán muy simple que se alegraba, porque ahora podría reunirse con su mujer y con su hijo. Le he pedido poder escribir una carta, tanto yo como mis hombres, para hacer saber a nuestras familias que estamos vivos. Te echo tanto de menos amor.
Hoy me he dado cuenta de que no somos tan diferentes. Lo único que queremos tanto rusos como alemanes es poder vivir en paz con nuestras familias. No sé que será ahora de nosotros. Espero que acabe esta maldita guerra y poder regresar a Alemania. Deseo casarme contigo, tener hijos, y olvidar este infierno para siempre. Eternamente tuyo:
Matthias Leitner.
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Hijos de Roma

Petronio señaló a sus compañeros una arboleda situada en lo alto de la loma que dibujaba el camino por el que avanzaba su regimiento. El legionario había advertido previamente a su centurión, el respetado Favio Clodio Espurnio; III centuria, Legio XXI Rapax, de que unos exploradores de la avanzadilla enemiga les estaban siguiendo. Espurnio situó a sus hombres en avance de combate, preparados para sofocar cualquier imprevisto. Unos metros más adelante un gran tronco atravesado en el camino les cortaba el paso.
Mientras el centurión ordenaba a sus hombres situarse en formación compacta y defensiva, el rugir de una garganta enemiga tronó en el aire anunciando el inminente ataque. El sonido parecía venir de lo más profundo del Averno. Los legionarios romanos no conseguían distinguir a nadie entre la maleza y los altos arboles que atravesaba el camino. Petronio apretaba el “pilum” con fuerza, mientras con la mano izquierda situaba su escudo en alto. De pronto, unos gigantescos hombres del norte aparecieron entre la espesa vegetación, vociferando y lanzando improperios en su bárbara lengua. La gran mayoría combatía con el pecho desnudo, y con la única protección de un pequeño escudo de madera y una gran hacha de doble filo.

- ¡Preparaos para chocar!- gritó Espurnio, situado en primera fila de combate.- ¡ No olvidéis que luchamos por la gloria de Roma!

Estas palabras alentaron a algunos legionarios el valor necesario para comenzar a luchar. La colisión fue feroz. Un gran guerrero enemigo había conseguido romper la primera línea de defensa con un solo golpe de su terrible hacha, pero la rápida reacción romana rehízo la línea, abatiendo al germano con una estocada en el corazón. Los legionarios formaban la “testudo” mientras los enemigos continuaban hostigando la muralla de escudos imperiales con sus grandes hachas, espadas, lanzas, e incluso con grandes troncos y piedras. A pesar del brutal y continuado ataque, los romanos mantuvieron eficazmente su formación.

- ¡Atacad Ahora!- gritó de nuevo el centurión.

La orden del centurión Espurnio se realizó automáticamente, y los legionarios pasaron a la acción lanzando sus jabalinas y abriéndose paso con sus lanzas y espadas. Petronio clavó su “pilum” en el tórax de un gigante de larga melena rubia y ojos azules, mientras rápidamente se hacía de nuevo con el arma. Un soldado romano caía justo a su lado atravesado por un asta enemiga. El mandoble de una gran espada germana impactó contra su maltrecho escudo, rebotando terriblemente contra su casco. Petronio quedó unos segundos en el suelo, aunque su instintiva reacción de soldado romano le salvaría la vida. A pesar del golpe, el veterano legionario levantó su lanza y atravesó el estomago de su enemigo, el cual se retorcía de dolor en el suelo mientras se desangraba a gran velocidad. Rápidamente volvió al combate. Abatió a varios enemigos, aunque a su lado, algunos de sus compañeros también caían víctimas de la furia guerrera de las tribus bárbaras del norte. Los germanos comenzaron a retirarse al ver que los romanos aguantaban el envite, y de que estos estaban ahora llevando la iniciativa en el combate. Un gran cuerno de guerra resonó en el aire. Segundos después, los guerreros del norte habían desaparecido.
Diecisiete bajas se contaron entre las filas romanas, incluyendo dos heridos de gravedad. Espurnio ordenó montar a los dos heridos en un carro de la impedimenta y trasladarlos al campamento romano, situado a media jornada de camino. Una vez en el fuerte que protege la frontera, mandaría a algunos trabajadores a recoger a los muertos. Los legionarios marcharon en formación de combate en dirección al campamento, mientras Petronio, vigilaba en la retaguarda cualquier posible indicio de una nueva emboscada.
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Fe

- Arrodillaos ante mí y seré piadoso. Si lo hacéis, os prometo una muerte rápida y digna, pues no existe fuerza en este mundo ni en ningún otro que os pueda salvar de vuestro destino - ordenó el general victorioso a su prisionero, Ergalian Fritz, líder de los rebeldes.

- ¡Solo me arrodillaré ante Dios!- contestó Ergalian Fritz con la cabeza alta y con un brillo desafiante en sus mirada.

- ¿Dios? No veo por aquí a ese al que tanto amáis - le replicó el general, furioso por el desafió de un hombre que apenas podía mantenerse en pie.

- El puede verlo todo, y estoy seguro que me protegerá pase lo que pase. Podéis acabar con mi cuerpo, pero no con mi espíritu.

- En ese caso, no me queda más opción.

Tras hacer llamar a dos guardias, Lord Egmont, general de la caballería Real, se retiró a sus aposentos, desconsolado y cabizbajo. No podía quitarse de la cabeza la mirada de su antiguo compañero de armas, desafiante hasta el final, aún a sabiendas de la horrible muerte que le esperaba. ¿Sería tan fuerte el poder de ese nuevo Dios? Se preguntaba una y otra vez mientras observaba la estatuilla votiva con la imagen de Odín, padre de los dioses.
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Por un puñado de dólares

Año 2159.

Desde hace más de setenta y cinco años, la empresa Biox Genetics se ha convertido en el máximo exponente de la investigación genética con ADN humano. Sus avances científicos, han permitido erradicar enfermedades como el cáncer o el sida en los países desarrollados del primer mundo, aunque todavía, una gran cantidad de pueblos, están sufriendo las consecuencias de tan agresiva búsqueda. Millones de personas de los países pobres, han sido expuestas a cepas contagiosas, con el único pretexto de conseguir una cura universal para toda la humanidad. Aunque esto no es así.
Henry Nart, un reputado abogado afincado en Washington, lleva más de diez años investigando y combatiendo las irregularidades cometidas por la empresa Biox Genetics, entre las cuales, se encuentra la del uso de humanos para sus experimentos. Ellos lo niegan todo, así como también lo hacen parte de los políticos más influyentes del país, entre ellos, el Senador Albert Forrester.
El acceso a estos medicamentos es proporcional al poder adquisitivo de las personas, y quien no paga, muere. La ética y los derechos humanos con lo que tanto se llenan la boca los responsables de Industrias Biox Genetics es únicamente papel mojado. Las gentes del denominado primer mundo tienen un pañuelo en los ojos que les impide ver la realidad. Para la gran mayoría, los responsables de esta maquinaria empresarial son algo similar a divinos salvadores, los cuales han erradicado la peste que llevaba asolando la humanidad desde hacía siglos. Pero lo que ellos no saben, es que, para salvar sus vidas, han tenido que morir pueblos enteros, niños inocentes, padres, madres y abuelos…, es decir, gente inocente, las cuales, su único delito había sido no disponer del suficiente dinero para satisfacer a los despiadados dirigentes de industrias Biox Genetics.

Esto es solamente una pequeña historia, aunque no deja de ser cierto. Muchas empresas ganan dinero a costa de las vidas de personas inocentes, que lo único que buscan es ganarse dignamente la vida, y poder llevarse tanto ellos, como sus familias, algo de pan a la boca. Cientos de ejemplos están a la vista de todos nosotros, aunque la gran mayoría debe quitarse aún la venda de los ojos.
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Una guerra como las de antes

(Si vis pacem, para bellum)

El viento transportaba en sus invisibles brazos el aciago y fétido hedor de la muerte, mientras la presencia de la Parca se hacía horrorosamente visible por todo el campo de batalla.

- ¡Aulo! ¡Fabio! ¡Mirad!- gritaba uno de los soldados mientras señalaba a los jinetes que se acercaban cabalgando a todo trapo en dirección al dantesco lugar.

Era la caballería aliada, que se ensañaba con los enemigos que intentaban escapar de la cruenta lucha, produciéndose una auténtica carnicería acompañada de una lúgubre melodía de gritos, lágrimas y súplicas inútiles que nunca daban resultado. Muchos de los aguerridos soldados enemigos que minutos antes combatían con la furia de los dioses bárbaros, ahora yacían en el barro con las ropas manchadas de sangre y su propia orina.
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Pregúntale al horizonte

Llevaba varios días observando a ese extraño muchacho desde la ventana de mi habitación. Se le veía triste, con la mirada perdida en el horizonte. El chico se mantenía inmóvil, erguido, desafiando al abismo que separaba el suelo de esa azotea que se vislumbraba desde cualquier ventanal de mi edificio. El viento acariciaba su níveo rostro mientras jugaba revoloteando su moreno pelo, pero el joven seguía impasible, observando a la lejanía. Cada día emergía sobre esa azotea a la misma hora, se mantenía atento, petrificado, con los ojos clavados en el horizonte durante largo rato, para luego desaparecer bien entrada la noche. Tras semanas observando el extraño ritual de ese joven, me convencí que no se trataba de un suicida, pero el misterio de ese comportamiento me llevó a querer descubrirlo.
Sabía exactamente a qué hora aparecería sobre esa azotea, así que me dispuse a entablar conversación con el joven. En el fondo, sentía tristeza por ese desconocido, ya que su marmóreo rostro no reflejaba un ápice de ilusión. Llegué unos diez minutos antes de que apareciera. Cuando la puerta de esa azotea se abrió, la figura severa del muchacho apareció ante mí. Sus ojos claros e inexpresivos se clavaron en los míos como agujas punzantes, pero sus labios no articularon ningún sonido.
Con un pequeño gesto de cabeza pareció indicarme que lo acompañara, y después de ver como se situaba en su habitual lugar de observación, me dirigí a su lado. A pocos centímetros de la barandilla se convirtió en “piedra”, observando a la inmensidad del horizonte.

- ¿Qué haces aquí todos los días muchacho?- le dije mientras me colocaba a su lado sin muchas esperanzas de albergar una respuesta.

- Espero - contestó él con una voz suave, melódica. Nada que ver con su férreo aspecto.

- ¿A quién esperas chico?- volví a preguntar.- No te ofendas, pero llevo tiempo observándote, preocupado de que hicieras alguna locura, pero me he dado cuenta de que no tienes intención de hacerlo.

- ¿Te refieres al suicidio?- respondió sin dejar de vigilar la lejanía. No tengo esa intención. Amo demasiado la vida.

- ¿Entonces? ¿Qué, o a quien esperas?- volví a insistir.

Entonces el chico sacó una foto de su cartera. Era la foto de una joven muy hermosa. Me la enseñó y comenzó a hablar:

- Se llama Enid. Hace tres años nos conocimos por casualidad en el Parque Central. Desde el primer instante en que nuestras miradas coincidieron, nos dimos cuenta que jamás podríamos amar a otra persona. El destino nos unió en un solo ser. Todo marchaba muy bien. La vida me sonreía, y por primera vez sentía el verdadero amor. Enid y yo nos fuimos a vivir juntos hasta que su familia se interpuso en nuestra relación. Ella tuvo que volver a su país, y yo me quedé sin alma, condenado a vivir sin sentir nada. Intenté varias veces ir a buscarla, hablar con su familia, pero todo fue inútil. La última vez fue hace un año. No conseguí ver a Enid, pero su hermana menor me hizo llegar un mensaje: “Espérame en el punto más alto de la ciudad, en ese edificio donde contemplamos por primera vez la inmensidad del horizonte. Nada ni nadie podrá derribar nuestro amor, y algún día volveremos a estar juntos. Enid.” Esa es la razón por la cual siempre aparezco a la misma hora en este lugar. Espero la llegada de Enid.

- Te comprendo chico - contesté. A pesar de no haber tenido ningún impedimento, conozco lo que es amar a una mujer. Hace cinco años falleció mi esposa, y no hay día que no recuerde su esencia, sus gestos, su olor, su mirada, es decir, que la siento todavía viva en mi corazón, y estoy seguro que algún día volveré a verla. Igual que tú volverás a ver de nuevo a esa chica.

Por primera vez el joven cambió el semblante. Parecía vislumbrarse una sonrisa en sus labios, y una expresión de gratitud en sus ojos. Por primera vez desde que hablábamos me miró a los ojos.

- Si quieres esperaré contigo a tu amada - continué.- ¡Si no te importa, claro!

- Será un placer amigo –contestó el muchacho.

Y así, día tras día, en esa azotea ya no se contemplaba la figura solitaria y pétrea de un muchacho, sino a dos hombres de edades muy dispares, conversando alegremente y oteando con minuciosidad la lejanía. Así fue durante algunos meses, hasta que un buen día nadie apareció en esa azotea, y la inmensidad del horizonte sonrió al ver feliz a su amigo, con el que tantos momentos de silencio había compartido.
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La fuerza más poderosa del mundo

La primera vez que Heimdal contempló a Saskia, se quedó sin palabras, aturdido, perdido en un aroma de sensaciones que jamás había conocido. Él, el guerrero más fuerte del poblado, se convirtió de repente en un ser débil, acongojado ante tanta belleza. No sabía que le pasaba. Las piernas le temblaban, el corazón le latía con tanta fuerza y a tal velocidad que parecía que se le iba a salir del pecho, no podía articular palabra, y sus ojos morían cada vez que ella se apartaba de su vista. La chica, una simple campesina, con una vida ardua y complicada, también sentía lo mismo cada vez que se cruzaba con el joven y apuesto guerrero. Heimdal no sabía que le ocurría, ya que había yacido con decenas de mujeres, y tras su inútil búsqueda de respuestas fue a ver a la hechicera del poblado.

- Disculpe, sabia hechicera -dijo el apuesto guerrero al entrar a la cabaña de la vieja Ilse.- Desde hace unos meses me siento extraño, no consigo conciliar el sueño, no puedo pensar en nada más que en esa campesina de profundos ojos pardos, y su continua presencia no me deja concentrarme en el combate. ¿Qué me pasa sabia Ilse? ¿Quizá me ha hechizado algún poder oscuro?

- Joven Heimdal –contestó la hechicera en un tono pausado. – Has estado con decenas de mujeres, has conquistado tierras para tu señor, has combatido contra terribles bestias, pero nunca has conocido el verdadero poder, la fuerza más pura que jamás ha conocido el hombre.

- ¿Entonces? ¿Qué me ocurre? ¿Por qué este extraño mal me afecta cada vez que veo o recuerdo a esa mujer?

- Simplemente estás enamorado.
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Romeos sin Julietas y Julietas sin Romeos

La primera vez que la vi, sentí algo que jamás había experimentado. Una sensación ajena a mí; era como si no pudiera controlar mi propio pensamiento. Pasó por mi lado levantando una suave brisa perfumada del más dulce aroma. Se sentó justó detrás de mi pupitre, al lado de Ester. Parecía un ángel, y desde ese mismo instante no pude quitármela de la cabeza. En clase estábamos empezando a leer a Shakespeare, y más concretamente a Romeo y Julieta, y la atmosfera embriagadora de la obra comenzaba a proyectarse en mi cabeza. ¡Oh Julieta! ¡Mi Julieta! Pensaba torciendo disimuladamente la cabeza hacia atrás para contemplar su divino rostro. Pasaron los días, pero no me atrevía a hablar con ella. A las pocas semanas Ester nos presentó, ya que ella sospechaba algo, pues me conocía muy bien, ya que nuestros padres eran vecinos de toda la vida, y ella y yo nos habíamos criado prácticamente como hermanos. Se llamaba Valeria. Era fácil perderse en sus verdes ojos, que reflejaban la inmensidad de los mágicos océanos de hierba de las tierras mitológicas del Este. Su mirada era hipnótica, al menos para mí. Sus cabellos dorados resplandecían como el Sol estival, y su rostro parecía esculpido con una perfección milimétrica. Todo en ella era sensualidad y elegancia.
Continuaron las clases, y día tras día la relación con Valeria fue a más. Al principio mantenía las distancias, pero gracias a Ester nuestra amistad fue en aumento. En pocos meses los tres nos hicimos inseparables. Todo parecía ir bien, hasta el día en que me declaré. Yo confiaba en Ester, a la cual le contaba todo lo que sentía por Valeria, y ella parecía entenderme, aunque solo lo aparentaba. Ese día, salimos los tres al Stikers Bar, local donde nos juntábamos la mayoría de estudiantes y jóvenes de la zona. Buen ambiente, buena música y mejores precios. Mike y Daniel, mis dos mejores amigos frecuentaban el local, ya que el garito era propiedad del tío de Mike, y cada semana ayudaban a limpiar después de cerrar a cambio de un pequeño sueldo. Nos saludaron y se sentaron con nosotros. Ellos sabían lo que sentía por Valeria, así que intentaban alagarme con cumplidos, que de otra manera jamás me hubieran dicho. Pasado un rato le dije a Valeria que quería hablar tranquilamente con ella. Salimos fuera. Allí le confesé lo que sentía, y su expresión cambió completamente. Parecía no entender nada. ¿Y todo lo que me decía Ester? ¿Acaso no ha hablado con ella? Mi cabeza se quedó helada. Valeria me explicó que Ester estaba enamorada de mí, y entonces todo mi mundo dio un vuelco. ¿Quién lo iba a decir? ¿Ester enamorada de mi? Nunca lo hubiese imaginado.
Fue en ese preciso momento cuando una inoportuna llamada interrumpió la conversación. Era Ismael, el desconocido novio de Valeria. Un tipo cinco años mayor que nosotros. Esa noche llegaba de viaje, y Valeria quería presentárnoslo. Fue entonces cuando decidimos hacer como si esto no hubiera pasado y seguir adelante. La noche no fue como esperaba. Después de esto, mi relación con Valeria y Ester fue poco a poco desgastándose. Ya no éramos ese inseparable trío que hacía todo junto. Al año siguiente nos marchamos a la universidad sin coincidir ninguno. Valeria se fue al Norte, cerca de Ismael, Ester se quedó en la ciudad, gracias a una buena beca, y yo marché a Europa. Necesitaba un cambio de aires. Años después encontré la obra de Romeo y Julieta en unas cajas que guardaba en mi apartamento de Verona, ciudad llena de encanto, y en la que resido desde hace años gracias a mi trabajo como guía turístico. Todavía hoy, me siento delante del balcón de Julieta, atestado de turistas disparando con sus cámaras fotográficas rememorando aquel primer instante en que vi aparecer a Valeria.
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Roma Victor

Aurelio y Antonio, entraron en el campamento al galope. Sus rostros desencajados, tensos y polvorientos reflejaban ansiedad y temor, como si estuvieran huyendo de la mismísima Parca; y para ellos así era. Se dirigieron sin perder un segundo a la tienda del Tribuno, y allí, cuadrándose ante él, y después de saludarlo, hablaron.

- ¡Señor!- dijo Aurelio con la respiración entrecortada.-El enemigo se encuentra a un día escaso de camino y es muy numeroso.

- ¿Hacia dónde se dirigen exactamente soldado?- preguntó el Tribuno.

- Vienen directamente hacia nosotros señor-contestó Aurelio.- Creo que su intención es atacar nuestra posición.

- Bien hecho soldados. Reuniros con vuestros compañeros y estad listos para entrar en combate. Podéis retiraros.

Después de esta inesperada noticia, el Tribuno, Aurelio Cornelio Glabrio se dirigió preocupado a su lugarteniente, el cual se encontraba también en la tienda.

- Marco, la situación es preocupante. Según los exploradores, el enemigo nos supera en número, y solo puedo contar con una legión. Debemos enviar un mensaje al Legado Salinator para que nos venga a ayudar lo antes posible con sus tres legiones. Envía a tu hombre más de confianza. Manda tocar formación en orden de batalla. Quiero a todos los hombres listos en veinte minutos. Puedes retirarte.

- ¡Si señor!- y después de cuadrarse y realizar el saludo romano, se retiró.

Tal y como había mandado, veinte minutos después, todos los soldados de la legión que guardaban el campamento en la frontera del Danubio formaban en orden de batalla. La visión era marcialmente magnífica. Hombres robustos y curtidos, la mayoría, en cientos de batallas, vestían la armadura del glorioso ejército romano. Los débiles rayos del sol que escapaban del cielo gris de la región de Panonia, refulgían en los cascos y las puntas de las lanzas de los legionarios, dándoles un aspecto de semidioses. El Tribuno los miraba con admiración, con el orgullo de un padre cuando contempla a su hijo, con el respeto de un legionario romano. Después de pensar unos segundos sobre la suerte que correrán algunos, o la mayoría de esos pobres valientes, se dirigió a sus hombres para intentar infundirles valor para la batalla.

- ¡Soldados de la gloriosa Roma! Un enemigo mucho más numeroso se dirige hacia nosotros. Su objetivo es destruirnos, pero no dejaremos que lo consigan- los vítores y gritos guerreros empezaron a escucharse por todo el campamento.- Un mensaje ha sido enviado al Legado Salinator para que venga a apoyarnos. Pero....,¡Decidme! ¿Dejaremos que la historia hable, de que nuestra gloriosa legión tuvo que recibir ayuda para vencer a unos malditos y desorganizados salvajes barbaros?

- ¡No!- se escuchaban gritos entre los soldados- ¡Cerdos del infierno! ¡Bastardos!

- Es por eso soldados -continuó hablando el Tribuno.-Que saldremos a defender nuestro honor y el de Roma demostrando al mundo entero y a la historia que nuestra legión está compuesta por valientes soldados del Imperio. Demostremos a los dioses nuestro valor, y volvamos a nuestra patria con honores. ¡Un soldado de Roma vale por 100 malditos bárbaros! Así que…,¿Qué debemos temer? Roguemos al padre Júpiter su protección en la batalla, y a su hijo, nuestro compañero en batalla, el divino Marte, que nos de toda la fuerza para derrotar a nuestros enemigos. ¡Salgamos allá fuera, y cojamos nosotros mismo la Nike! Que cuando llegue Salinator, solo pueda quedar perplejo por nuestra fuerza y nuestro valor. Si estáis conmigo, la victoria es nuestra. ¿Estáis conmigo, soldados de Roma?

- ¡Siiiiiii!- gritaron todos al unísono.

Los soldados gritaban y chocaban sus escudos contra sus lanzas, produciendo un sonido aterrador que se podía escuchar a cientos de estadios de distancia. Tan aterrador fueron los vítores por el éxtasis de entrar en batalla que el ejército visigodo que se proponía atacar el campamento romano, se detuvo unos minutos angustiado por tan fantasmal sonido. Después de esto, todo estaba listo para el choque mortal entre romanos y visigodos.
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Honor, sangre y acero

Avanzamos inexorablemente hacia la batalla. Majestuosos, como un solo ser; un fiero dragón de miles de cabezas, de flameantes escamas relucientes al sol, y de amenazantes lanzas protegiéndole todo el cuerpo. Nuestro avance resonaba en la tierra estéril al son del crujir metálico de nuestro equipo de combate. A una distancia prudente del enemigo nos detuvimos, y como si nadie ni nada amenazara nuestras vidas, comenzamos a cantar el sagrado Pean en honor al dios Apolo. Una vez finalizada la plegaria, nuestro general nos alentó para el combate, y tras estallar todos los hombres en un éxtasis guerrero, nos lanzamos contra el enemigo, con la furiosa ira de los valerosos soldados griegos que luchan por la libertad.
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Reset

¡Qué asco de vida! Se repetía una y otra vez Julián mientras caminaba rumbo a la estación de tren. Avanzaba a paso lento, absorto en sus pensamientos. La gente pasaba a su lado como si fueran seres imaginarios, de otro mundo. Julián, ya no sentía la necesidad de continuar en ese lugar; tenía la impresión de haber llegado a su final. Una vez en la estación, se mezcló con el gentío que corría arriba y abajo, siempre con las prisas y el estrés de la gran ciudad. El tren aún no había llegado. Se colocó en el filo del andén, imaginando su cuerpo destrozado y esparcido por las vías debido al impacto contra la locomotora. Después de esperar varios minutos, por fin llegó el tren. Había llegado el gran momento. El hombre tomó aire, respiró profundamente, y se preparó para marcharse definitivamente, para no volver a rendirle cuentas a nadie. Cuando los vagones del tren cerraron nuevamente sus puertas, Julián partió rumbo a lo desconocido, hacia un nuevo mundo, un lugar donde empezar de nuevo.
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Ira: sobre los pecados capitales

Víctor, trabajaba desde hacía un par de años en la conserjería del gran hotel Imperial, situado en la avenida Lexford. El chico era muy querido por todos los trabajadores, y muy bien visto por sus jefes, ya que su trato era siempre amable y cordial. Desde hacía meses, se alojaba en el hotel Elena Liudnyeva, una desconocida, pero prometedora modelo rusa que había venido a la ciudad por motivos de trabajo. Víctor se enamoró nada más verla, aunque en su interior sabía que su mundo y el suyo eran incompatibles; aun así, el chico no desistió. Cada día, procuraba ser amable cuando se la cruzaba por los pasillos, intentando que ella se fijara en él, pero la soberbia de la joven modelo, y su indiferencia respecto al muchacho, iban pasándole factura. Víctor se preguntaba qué podía hacer para causar buena impresión a Elena, y comenzó a enviarle flores de manera anónima. Cada mañana con el desayuno, le enviaba una rosa, pero siempre se la encontraba tirada en la basura. El chico, desesperado por la indiferencia de ella, pensó que si se declaraba, y le decía a la joven modelo que él era su admirador secreto, quizá ella empezaría a fijarse en él, y que si no llegaban a nada, como mínimo podrían acabar siendo amigos. Víctor solo pretendía ser amable. A la mañana siguiente se armó de valor, y él mismo sirvió el desayuno a Elena en la habitación. Al abrir la puerta salió ella, y Víctor se quedó por un momento perplejo. Tomó aire y habló:

- Señorita Liudnyeva, aquí tiene su desayuno.

- Puedes irte ya -dijo ella sin mirar al chico.

- Una cosa más -dijo Víctor.- Aquí tiene una rosa como cada día. He sido yo quien ha pedido que le trajeran cada mañana una rosa, ya que no me he atrevido a traérsela en persona hasta hoy. Me preguntaba si le gustaría tomar un café o alguna otra cosa algún día conmigo.

- ¿Contigo?- rió sarcásticamente la chica.- ¡No iría contigo a ningún sitio, perdedor! Yo voy a ser una famosa modelo, y tú…., tú eres un simple recepcionista.- volvió a reír maliciosamente.- Creo que te equivocas chico; no estás a mi nivel - luego, cogió la rosa y la lanzó a la papelera; acto seguido cerró la puerta de un portazo, dándole con ella en las narices.

Víctor marchó deprimido y triste. Habló con Mayra y con Joseph, compañeros suyos, los cuales intentaron animar a su amigo, aunque no lo consiguieron. Esa noche, Elena Liudnyeva apareció con su representante en el hotel. Víctor les dio las buenas noches, ya que era su trabajo, pero tanto ella como su acompañante pasaron por delante de él riéndose a carcajadas. Elena, había contado a ese guaperas de tres al cuarto la escena de esa misma mañana. Entraron en actitud era muy cariñosa al ascensor, y antes de que las puertas se cerraran Elena gritó:

- ¡Haz que nos suban una botella de champagne a la habitación! ¡Pero esta vez ahórrate esas horribles rosas!- rió junto a su acompañante y le besó apasionadamente para que Víctor lo viera.

Algo en el interior de Víctor cambió de manera fulminante. Sus ojos ya no transmitían alegría, y sus palabras empezaron a ser frías y breves. Así transcurrieron tres meses más, donde cada día que pasaba, el muchacho se iba encerrando más y más en él mismo. La relación con Elena Liudnyeva cada día empeoraba. La modelo era desconsiderada y soberbia con Víctor, y cada vez que venía acompañada al hotel por un hombre, se empeñaba en mostrárselo y restregárselo por la cara al muchacho. Una de esas noches sucedió lo que desde hacía meses se iba cocinando en el subconsciente del conserje.
Elena apareció junto a Hugo, su representante y unos de sus habituales escarceos. Este ya conocía a Víctor, y su trato hacía él era irritante y altivo; tanto Hugo como Elena se creían superiores a la demás gente, ya que se movían en un mundo lujurioso, donde predominaba la gente adinerada y de éxito, así como modelos, actrices, estrellas de la música…, aunque por supuesto, no todos eran así.

- ¡Haz que nos suban una botella de champagne!- dijo Hugo. Luego le lanzó unos pocos billetes al muchacho.- ¡Esto para que te compres algo, muerto de hambre!- luego soltó una carcajada y subió por el ascensor junto a la modelo. Los dos reían. Al parecer disfrutaban humillando al pobre Víctor.

- ¡No les hagas caso!- dijo Joseph, que en ese momento estaba a su lado. Son unos idiotas.- Voy a buscar a Mayra. Luego les subiré el champagne.

Después de irse Joseph, Víctor empezó a llorar desconsolado. Se sentía desgraciado, y no entendía cómo podían tratarlo así, si él solo había pretendido ser amable con esa chica. Se sentó en la portería e intentó calmarse. No quería que nadie le viese llorar. De pronto, una desconocida sensación comenzó a apoderarse de su ser. Estaba ardiendo por dentro, impregnándose cada musculo de su cuerpo de esa misteriosa energía. Se sentía poderoso, ávido de expresar lo que sentía. Su mente se había nublado, y era su instinto animal lo que dominaba su cuerpo. Se dirigió a la cocina, donde cogió una botella de champagne. Luego, cogió una de las rosas del pequeño invernadero que tenían en el hotel y se dirigió a la tercera planta, exactamente a la habitación 312, la misma que ocupaba Elena Liudnyeva. Al llegar, picó a la puerta; eran más de las tres de la mañana.

-¿Quién cojones es a esta hora?-se escuchó a Hugo desde dentro.

-Servicio de habitaciones - dijo Víctor, al cual, aparte del semblante parecía haberle cambiado la voz.- Traigo un regalo urgente para la señorita Liudnyeva, cortesía del hotel.

Hugo abrió la puerta, y en ese instante el conserje le reventó la botella de champagne en la cabeza, dejándolo inconsciente en el suelo. Víctor lo remató, clavándole varias veces en el pecho el cuello desquebrajado de la botella. El charco de sangre se esparció por la moqueta de la habitación. Elena gritó con todas sus fuerzas, pero era inútil, ya que las paredes de las habitaciones estaban insonorizadas. Víctor agarró a Elena del cuello y le propinó un tremendo puñetazo. En seguida, el cuello desquebrajado de la botella de champagne atravesó la carne de la modelo. Una y otra vez le hundía el frio cristal en sus costillas, para posteriormente, desfigurarle con el arma homicida su hermosa cara. Después, la tumbó en la cama junto a Hugo, dejando encima de la joven modelo una rosa. Víctor se sentó en una silla de la habitación, al lado de los dos cadáveres, se encendió un cigarrillo, llamó a la policía, y esperó pacientemente a su llegada.
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Una guerra igual a todas

La noche daba inicio a una tregua, obsequiando a los exhaustos soldados con un descanso insuficiente que no repararía sus afligidas almas. Llevaban meses siendo testigos del más cruel horror, enmascarado por la más radical de las doctrinas y las luchas de pérfidos políticos que codiciaban su porción del pastel en el que se había convertido la vieja Europa. Todos esperaban la oportunidad de dar el golpe mortal, mientras padres, hijos, maridos, amantes, amigos de la infancia, o simplemente un desconocido, caen en el barro del campo de batalla, dejando allí su cuerpo inerte, carente de vida, vacio de toda esperanza.
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Para Nuria

Cuando llegó la noche, la melena atezada de la joven se confundió con la oscura atmósfera de la calle que llevaba a su casa. Caminaba hacia su hogar cabizbaja, con los ojos humedecidos por las lágrimas que había vertido. Había tenido un mal día. Nada más despertar, un mensaje de su novio la citaba después del trabajo con el pretexto de que tenían que hablar. Un desayuno rápido y al tajo. Allí, un fallo en su departamento desencadenó un gran contratiempo, llevándose ella la mayor bronca como responsable de sección. El día comenzaba fatal, y todavía quedaba lo peor. Después de comer, volvió al trabajo, y gracias a la ayuda de Elena y Mario pudo solucionar mínimamente el problema, aunque antes de la hora de plegar, el jefe, el Sr. Rodrigo, reapareció para de nuevo abroncar a la joven y sus ayudantes. Nuria, que así se llamaba la chica, salió rápidamente de la oficina en dirección al lugar donde la había citado Luís, su novio.
Entró al pequeño bar donde tres años antes se habían conocido por casualidad; allí la esperaba el chico, sentado en una de las mesas del fondo. Su cara no expresaba ninguna buena noticia. Cinco minutos de conversación bastaron para dejar claro que la relación se había acabado. Luís, se había enamorado de otra chica, una tal Emma, compañera de estudios del joven. Nuria dejó el bar disimulando sus lágrimas. Cogió el autobús y se fue a su casa. Había sido un día nefasto, y lo único que quería era echarse a dormir y abandonarse al mundo de los sueños, un lugar mágico donde todo era posible. Caminaba triste y cabizbaja hacía la puerta de su casa, cuando de pronto una voz desconocida la hizo parar.

-¡Disculpe señorita!- dijo la voz.- Se le ha caído el pañuelo.

Nuria alzó la cabeza para toparse de frente con un apuesto joven.

-¿Se encuentra bien?- volvió a hablar el chico mientras le devolvía el pañuelo que había caído al suelo.- La veo triste. ¿Necesita ayuda?

Nuria quedó sorprendida. Por primera vez en todo el día, se encontraba frente a una amable situación. Ese chico le era familiar, pero no recordaba porqué.

- Muchas gracias - dijo ella muy amable y correcta.- Estoy bien, solo he tenido un mal día en el trabajo y con mi novio. Bueno….con mi ex. Por cierto, tu cara me es familiar, pero ahora no me viene a la memoria.

- Me llamo Samuel. Hace unos meses me trasladé a este barrio. Vivo dos calles atrás, cerca del parque. Por cierto, si te apetece cenar iba a por comida italiana al bar de Francesco. Una charla agradable no te irá mal, quizá te sirva para olvidar tu mal día.

- Estaría bien. Pareces un chico simpático.

Esa noche, Nuria y Samuel cenaron juntos. Lo pasaron tan bien charlando y riendo que las citas se repitieron en el tiempo. Años después, Nuria recordaba ese día como el mejor de su vida. Ya no evocaba las broncas del Sr. Rodrigo, tampoco recordaba a Luís. Tan solo podía acordarse de ese joven que le tendió la mano, y que veinte años después, todavía le sacaba una sonrisa nada más verlo.
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Corazones de barro

Erik Hans, un joven muniqués que se había alistado en el ejército alemán, ansiaba poder entrar en combate. Llevaba preparándose dos años, y en 1940 llegó su oportunidad. A principios de mayo, comenzó el avance hacia Francia. Bélgica, y Holanda cayeron rápido, y en poco más de tres semanas Francia se encontraba controlada por el poder de la maquinaria de guerra alemana. El soldado Erik Hans se sentía orgulloso de pertenecer a tan glorioso ejército, así como de ser miembro del partido nazi. A pesar de todo, pronto cambiaría su forma de pensar.
Habían pasado tres meses, y a su unidad le habían ordenado controlar la cabeza de puente que daba acceso a la ciudad de Amiens por la zona norte. Extorsionar a los judíos y demás prisioneros de guerra se había convertido en el entretenimiento de la mayoría de soldados, pero Erik Hans no lo veía igual. Día tras día, la duda le resonaba en su cabeza. Una mañana, mientras hacía su turno de guardia vio pasar a una joven en bicicleta. Era tan hermosa y tenía unos ojos tan brillantes, que Erik no vio la gran estrella amarilla que lucía en su pecho. El joven soldado sonrió de manera involuntaria, pero la chica no le contestó devolviéndole el gesto. De repente, una voz a sus espaldas gritó:

-¡Juden!¡Juden!¡Es ist undicht!

Segundos más tarde, un disparo resonó en el aire. El joven soldado mudó su rostro al instante. La bella chica, que le había sacado una sonrisa, caía desplomada en el suelo, a su lado, un reguero de sangre le brotaba de la cabeza. El vigía alemán había realizado un certero disparo. Erik corrió hacia la chica con la esperanza de encontrarla con vida, pero ya era tarde. Allí, en la cesta de su bicicleta la joven llevaba escondidas unas flores que había recogido en el campo. En su chaqueta, una foto de su marido, al cual el joven reconoció como miembro de la resistencia francesa. Unos días antes había sido fusilado, y él, había sido su ejecutor.
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La leyenda de Aulo de Libermontium

La primera envestida tronó en la tierra tan fuerte, que temblaron hasta los cimientos del palacio de los dioses. Los enemigos combatían con descomunal fuerza, pero nosotros también lo hacíamos. A mi lado, Perce, blandía su enorme espada con magistral destreza, mientras yo intentaba derribar a los enemigos que salían a mi encuentro. Perce, el veterano pero fornido guerrero, me lo había enseñado todo desde que me adoptó como hijo propio, después de que ms padres fueran asesinados por las hordas Golkars, las cuales ahora combatíamos. Comandados por el príncipe Erick, resistíamos las envestidas una y otra vez. Los sanguinarios Golkars eran más, pero el deber de defender nuestra patria y nuestra mejor formación militar nos hacia tan eficaces como diez de esas bestias sin cabeza. Nuestros hogares, nuestras mujeres, hijos, familia, así como todas las gentes de Libermontium estaban en juego.
La batalla no tenía un claro vencedor. Los Golkars parecían multiplicarse, y los cadáveres de esos monstruos sedientos de sangre se sobreponían unos a otros en el terreno polvoriento, dificultando de esa manera el avance de cualquiera de las dos formaciones. El príncipe Erick luchaba en primera línea, demostrando su valentía e infundiéndonos valor para continuar combatiendo sin ningún temor. Si nuestro líder combatía con la fuerza de los dioses, nosotros, bravos guerreros de Libermontium, lo seguiríamos hasta la victoria o la muerte. Los Golkars comenzaron a recular. Perce rebanó la cabeza a un enemigo con un poderoso mandoble, mientras yo clavaba mi espada en el pecho de otro, ensartándolo como un pincho de pollo. Perce seguía acabando con sus oponentes, amontonando cadáveres a su alrededor, mientras yo me defendía lo mejor que podía, peleando con toda mi furia. De repente, un cuerno de guerra Golkar llamaba a la retirada. Las bestias Golkars huían. ¡Habíamos vencido! En ese momento un escalofrió recorrió mi columna, dejándome inmóvil por unos segundos. Perce se había girado hacia mí. Su rostro mostraba una sonrisa de satisfacción, mientras sus ojos estaban a punto de estallar en unas lágrimas que no llegarían. Una herida preocupantemente profunda le recorría todo el lado izquierdo de su cuerpo, emergiendo su sangre a través de la junta de su peto metálico. A duras penas podía mantenerse en pie. Corrí rápidamente hacia él, lográndole sujetar antes de que cayera al suelo.

- ¡Hemos ganado amigo!-dijo Perce con gesto tranquilo; aunque se estaba esforzando terriblemente por mantenerse erguido, su rostro no reflejaba ninguna mueca de dolor. – Libermontium está a salvo.

- Sí. Hemos ganado maestro- le contesté aguantando las lágrimas.- Volveremos a casa y te pondrás bien. Ya lo verás Perce.

- No hijo. Mi tiempo acaba aquí. Dentro de poco me reuniré con mi mujer y con mi hija. Cuando vea a tus padres les contaré que te has convertido en todo un hombre. Un valiente guerrero digno de las hazañas más increíbles. Recuerda una cosa Aulo; Nunca olvides quien eres.

Estas fueron sus últimas palabras. Luego, se desvaneció en mis brazos con el gesto sereno y sonriente. Nos fundimos en un último abrazo. “Perce tendrá un funeral como se merece un gran guerrero. Recibirá todos los honores”, pensaba mientras abrazaba el cadáver de mi padre adoptivo, amigo y maestro. El príncipe Erick, que había presenciado toda la escena se encontraba detrás de mí. Yo no me percaté de su presencia hasta que no me puso la mano en el hombro derecho y habló:

-Perce era un valiente y gran guerrero. Leal desde hace años a mi padre y a todo el reino de Libermontium. Su espíritu descansa ahora en el palacio de los dioses, bebiendo y festejando con legendarios guerreros, y hermosas ninfas. Además, seguro que en estos momentos está feliz de volverse a encontrar con su familia y viejos amigos perdidos desde hacia años. Tus padres por ejemplo. Aunque nosotros no los veamos, estoy convencido que estarán muy orgullosos de su valiente hijo, el audaz Aulo.

El príncipe Erick se despidió para organizar la recogida de nuestros hombres caídos y socorrer a los heridos, pero no sin antes hacerme un gesto fraternal. En ese instante me levanté, me sequé las lágrimas y contemplé la pavorosa escena que se habría ante mis ojos, y en la cual se había convertido el campo de batalla. El sonido del silencio resonó dulcemente en mi corazón; todo era bello, a pesar del amargo hedor que había dejado la muerte a su paso.
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Hijos de un mismo Dios

Vestida de oscuridad y tinieblas caminaba mi alma entre cadáveres amontonados en la roja tierra. Estaba desorientado, sumido en un mundo irreal, sin saber quién era exactamente. Todo mi cuerpo estaba cubierto de barro y sangre, pero esta no era mía. En mi mano derecha, portaba todavía la espada con la que había sesgado decenas de vidas; en la izquierda, la cabeza del asesino de mi mujer y mi hijo. Aún podía sentirse el hedor de la sangre putrefacta en el ambiente. A mí alrededor, continuaba el estrépito del choque del acero contra el acero, seguido del lamento de los que probaban la afilada espada del enemigo hundiéndose en su carne. Me dirigí hacia el acantilado que daba al mar, parándome al llegar al borde. Sentí la brisa marina por el rostro mientras las olas chocaban furiosas contra las rocas. Cerré los ojos, y por unos instantes olvidé donde me encontraba. Al abrirlos volví a la realidad. Elevé la mirada al cielo, y levanté la cabeza que llevaba en la mano izquierda. Luego grite:

-¡Oh Dios Misericordioso! Aquí tienes un fiel servidor. Esta cabeza que te brindo es la de nuestros enemigos. Nunca he matado en vano, y en esta terrible guerra siempre he defendido tu potestad. Este es el hombre que mató y violó a mi mujer, llevándose consigo la vida del hijo que llevaba en su vientre. Sabes bien Señor, que mi lucha es en nombre de la justicia divina, y que mi espada te sirve. Acepta mí venganza en nombre de esta justicia, que yo seguiré llevando orgulloso el símbolo de tu magnificencia. Yo prometo servirte fielmente, hasta el fin de mis días en la tierra, cuando por fin, vuelva a reunirme con mi mujer y mi hijo. Amén.

Luego, agarré la cabeza ensangrentada y la lancé al mar, perdiéndose esta bajo la espuma de las olas que chocaban contra las rocas. Recé de nuevo por el alma de mi mujer y mi hijo, y me dirigí de vuelta hacía donde se encontraba el resto de los soldados. La victoria había sido nuestra. Muchos celebraban el triunfo en la batalla riendo y bailando, aunque viendo el gran número de compañeros que habían caído valientemente en el campo de batalla, a mi entender, poco había que festejar. Me uní directamente al grupo que recogía los cadáveres de los caídos. Mi única preocupación en ese momento era poder darles cristiana sepultura para su descanso eterno.
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Arcadia: Última esperanza para la humanidad

Año 4689. El planeta Tierra agoniza tras largos años de guerras interestelares y epidemias. La población mundial ha descendido a más de la mitad, y los recursos naturales del planeta escasean a un ritmo imparable. Los Gorks, una raza guerrera de seres antropomorfos quiere hacerse con el control de la galaxia, y durante años han intentado hacerse con el dominio del planeta, provocando numerosos daños en sus frecuentes incursiones. El Imperio ha estabilizado temporalmente la situación, pero la raza humana se encuentra bajo una seria amenaza. La tierra se vuelve por momentos más estéril, los animales mueren sin explicación lógica, y ni tan siquiera los alimentos creados genéticamente aseguran la supervivencia de los hombres. Tras largas deliberaciones, el Consejo Imperial ha ordenado el envío de una flota de reconocimiento en busca de un planeta habitable para los humanos. Durante años, el hombre ha investigado diferentes galaxias, pero ninguno de esos planetas era adecuado para asentarse definitivamente, unos por su atmosfera y composición, otros por la falta de recursos, y la gran mayoría por la invasión de los Gorks.
Una de esas naves es la Arcadia, comandada por el Almirante Lars Bishop, veterano de las guerras imperiales en el planeta K-P21. Uno de los pocos lugares donde el Imperio ha podido establecer una base permanente. Según los exploradores de la Liga Imperial de defensa, en la galaxia Icarus X-23, se ha localizado un planeta de características muy similares a la Tierra, prácticamente idénticas, aunque se desconoce su habitabilidad y si hay vida inteligente en él. La misión de la tripulación de la Arcadia es descubrir la habitabilidad del planeta, y en caso afirmativo, organizar un puesto de enlace con la Tierra y un cordón defensivo contra posibles enemigos.
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Selit: La bruja blanca

La anciana Selit, vivía a las afueras de la Villa recibiendo a hombres y mujeres que requerían sus servicios. Había muchos rumores sobre ella; Bruja para unos, maga, hechicera o curandera para otros, pero para la mayoría de sus vecinos era únicamente la solución a sus problemas. Entre sus clientes se encontraban los aquejados del mal de amores, los que buscaban un remedio para su fatiga, los que deseaban conocer su suerte, mujeres jóvenes embarazadas que deseaban abortar, madres solteras que buscaban ayuda para sus hijos…, y en general, los más pobres del lugar, que buscaban una solución a sus problemas o enfermedades. Todos salían contentos tras ser atendidos por la anciana, ya que procuraba remedio real y consuelo para todos.
Un aciago día de Octubre, se denunciaría injustamente a Selit bajo el delito de brujería. El Tribunal de la Santa Inquisición sería el organismo que ejecutaría la pena. El fallo: Culpable de brujería. Todos los aldeanos se opusieron a la pena, pero no podían hacer nada frente al poder de la Iglesia. La Villa estaba triste. Selit fue apresada y llevada al calabozo del puesto de guardia para ser interrogada, aunque su destino ya estaba fijado. Al amanecer, sería condenada a arder en la hoguera. Esa misma noche, su casa y todos sus recuerdos fueron consumidos por las llamas. De madrugada, una melodía resonó por toda la Villa: era la voz de Selit, que pese a los golpes del interrogador de la Inquisición, sonaba dulce y serena. Era la misma canción que cantaba a sus clientes mientras atendía sus males. De esa forma quería hacerles llegar que no se preocuparan.
El amanecer llegó, y en la plaza de la Villa ya estaba preparada la pira donde sería quemada la anciana. Algunos gritaban:” ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Arderás en el infierno!”, otros pedían clemencia, y la mayoría simplemente callaban y rezaban en silencio por la suerte de su vecina y amiga. El Inquisidor, emitió la sentencia en voz alta, e hizo la señal a un guardia para que prendiera fuego a la hoguera. Algunos aldeanos lloraban, ella reía. Selit, atada al poste central comenzó a cantar. En unos segundos el fuego había envuelto el cuerpo de la condenada, y las llamas más altas parecían llegar al cielo. Selit no mostró ningún síntoma de dolor ni quejido alguno. Antes de ser consumida por las llamas su rostro era sereno y sonriente.
Muchos testigos dicen, que mientras la pira se convertía en una gran bola de fuego, un rayo de luz se proyectó en el cielo; otros, que han visto a la anciana rondar por el bosque tiempo después. Pero la gran mayoría afirma que las noches de luna llena, una figura luminosa canta la canción de Selit, inundando la Villa de los dulces recuerdos que dejó en vida esta “Bruja blanca”.
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Ángeles en el Averno

A mis 84 años, todavía recuerdo a aquel soldado alemán que salvó la vida a mi madre y a mis hermanas. Yo era tan solo un crio de doce años, pero en mi memoria parece que ocurriera ayer. Vivíamos de lo que nos daba la tierra en una pequeña granja al norte de Odesa, en una comunidad rural, y a pesar de nuestras raíces judías, antes de la invasión alemana nadie parecía percatarse de ello. Un día vimos acercarse a los soldados alemanes hacia nuestra granja, pero en ese instante no sentí miedo. Mi padre nos escondió en una especie de cripta secreta excavada en el granero, la cual a través de un túnel conducía a los bosques adyacentes a la granja. Esa fue la última vez que vi a mi padre con vida. Junto a mi madre y mis dos hermanas menores, nos acurrucamos intentando no hacer ningún ruido. Escuchamos algunos tiros, uno de ellos sería el que mataría a mi padre. Unos gritos y unos pasos inundaron el granero. Eran soldados alemanes que vociferaban en su gutural idioma. De repente, los pasos se detuvieron y alguien abrió la trampilla que conducía a la cripta. Nunca olvidaré esa mirada azul y esa cara tiznada.

- Al anochecer coged todo lo que podáis y esconderos en el bosque. Siento lo de su marido - se dirigió el soldado alemán a mi madre en un ruso muy simple.

Luego, lanzó una tableta de chocolate al suelo, hizo un gesto para que no hiciéramos ruido, cerró la trampilla y desapareció. Algo gritó a sus compañeros. Minutos más tarde, un ruido de motores desapareció en la lejanía. Tal y como había dicho ese joven soldado, esperamos a que anocheciera. Al salir al exterior vimos el cuerpo sin vida de mi padre, pero mi madre, haciendo honor a la fuerza de las mujeres ucranianas, nos alentó rápidamente a que cogiéramos toda la ropa de abrigo y la comida que encontráramos entre los escombros de lo que había sido nuestro hogar. No había tiempo para llorar a nuestro padre. Después de recuperar lo que pudimos, nos adentramos en el bosque con los demás supervivientes. Allí, vivimos como pudimos hasta el final de la guerra. Gracias a ese joven soldado alemán nunca perdí la esperanza, ya que, hasta en la más absoluta oscuridad puede brillar la luz más pura.
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Tus huellas

Déjame seguir las huellas de tus pisadas y acompañarte por los caminos de la vida sin importar peligro alguno. Permíteme luchar a tu lado; mi pecho será tu escudo, mis brazos, serán tu espada. Guíame por los senderos de lo divino. Juntos, forjaremos nuestra propia historia, a golpe de sueños y esperanzas, trabajoso en el yunque ardiente de nuestro destino.
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Despertar

El áureo abrazo de Helios, acariciaba la suave brisa que Eolo insuflaba para dar la bienvenida a la Aurora de rosados dedos. Rebosante de vitalidad, el mar saludaba a los cortados riscos de los acantilados, regándolos con su blanca y virginal efervescencia. Las montañas, coronadas de níveo manto, eran testigo de todo lo que acontecía en los profundos y verdes valles de la región, donde los hombres y mujeres que allí habitaban, daban las gracias a los dioses por un nuevo día.
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Aullidos de libertad

Fiereza cubierta de la belleza más indómita, pureza que a la brillante luna suplicas tu amor. Alma noble y fiel, amante inmortal, protector de tus hermanos. Cuestionado desde el principio de los tiempos; siempre temido, a pesar que tus ojos reflejan solo el anhelo de la libertad que siempre fue tuya y que el hombre un día te robó. Eras rey en tus vastos dominios, señor entre todas las fieras del bosque, las montañas y los fértiles valles regados por espejos de plata. ¡Lucha bella criatura, lucha!¡Reclama nuevamente tu trono! Nunca desfallezcas y sigue aullando en la oscura noche, pues el hombre sigue siendo siervo, y tú, el señor de los grandes bosques.
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Tú de rojo y yo de azul

Mayo de 1939. Hacía ya un mes que había caído Madrid, y las tropas nacionales controlaban definitivamente toda la ciudad. El sargento Andrés García, un convencido fascista desde hacía años había entrado en una cantina situada en la planta baja de un deteriorado y viejo edificio que había resistido a duras penas los terribles combates. Seguido de algunos de sus hombres se sentó en una mesa y pidió en voz alta que le atendieran. El tabernero, un viejo medio sordo llamó a alguien. Detrás de la barra apareció una mujer de singular belleza. No era mayor, pero tampoco una jovenzuela. Su larga melena castaña combinaba místicamente con sus grandes ojos color azabache, que su blanca piel resaltaba todavía más en ese fino rostro de nariz respingona. En su mirada pudo notarse la indignación y el dolor de la guerra al acercarse a la mesa de los militares. Andrés la miraba con disimulo mientras alguno de sus hombres hacía comentarios obscenos que el sargento detuvo inmediatamente. Una vez servido el vino, los hombres comenzaron a beber y a fantasear con un mejor destino. El sargento García se levantó y se dirigió a la barra. Allí quiso hablar con la chica, pero en la mirada de esta evidenciaba un miedo teñido del más absoluto de los desprecios.

- ¡Hola!- saludó educadamente el sargento mientras se despojaba de su gorra.- Me llamo Andrés, ¿y Tú?

- ¿Por qué quiere saber mi nombre?- contestó ella sin mirar a la cara a su interlocutor- ¿Acaso piensa detenerme?

- No quisiera ser descortés la próxima vez que me dirija a tí. –rió el sargento.- ¿Entonces, puedo saber cuál es tu nombre?

- ¡Agatha!- dijo secamente la mujer.

- Encantado señorita Agatha. Ha sido un placer. Ahora debo marcharme.

Día tras día el sargento aparecía en la pequeña cantina para poder hablar con esa mujer que lo tenía fascinado. Agatha poco a poco le fue tomando confianza, y al final, se pasaban un buen rato hablando. Uno de esos días, la mujer contó a Andrés su fatal perdida. Su padre y su hermano habían caído defendiendo la República, muertos por las balas de los fascistas, y ella, tenía que hacerse cargo de su pobre madre enferma y de su hermana de catorce años.

- ¿Comprende ahora por qué os odio tanto?- dijo ella con lágrimas en sus preciosos ojos.

Había perdido el miedo, ya que apreciaba un halo de bondad en ese hombre. Andrés no pudo articular palabra. La historia de la chica le había atravesado de lleno el corazón, devolviéndole a la memoria tiempos felices vividos con compañeros que ahora se habían convertido en enemigos de la patria, y que quizá yacían muertos en alguna cuneta. Nunca se habría imaginado que las palabras de una chica fueran más letales que la más fatal de las balas que arrasan cientos de almas en cada batalla. Todos sus ideales, sus convicciones, su manera de entender esta guerra, habían caído como fichas de dominó en un gran efecto mariposa. Intentó disimular las lágrimas que le brotaban de sus enrojecidos ojos, pero Agatha se había dado cuenta. A pesar de su siniestro uniforme, el sargento Andrés García tenía un buen corazón.

- Mañana no podré venir a la hora de siempre- dijo de repente Andrés.-Espérame a la hora de cerrar. Quiero enseñarte algo.

Agatha y el sargento se despidieron hasta el día siguiente. La bella cantinera sentía curiosidad, y tal y como le había dicho el militar, a la siguiente jornada ella le esperó en la puerta de la tasca a la hora acordada. Andrés apareció con un gran petate militar a sus espaldas, saludó a la chica con un beso en la mejilla y la cogió de la mano haciéndole ademán para que le siguiera. Unos doscientos metros después, llegaron a un descampado rodeado de ruinas, las cuales, años atrás habían sido las paredes de un colegio. Allí abrió la bolsa. Agatha se quedó confusa con lo que vio. El sargento esparció una pila de ropa por el suelo: el uniforme de campaña, el traje de gala, las botas, la gorra, su camisa de falangista y algunas medallas que meses atrás lucia con orgullo, conseguidas durante la guerra. Sin decir nada roció todo con gasolina, sacó una caja de cerillas de su chaqueta, encendió una de ellas, y prendió fuego a ese montón ropa.

- He renunciado a mi carrera y grado militar-habló Andrés mientras las llamas se reflejaban en su cara.- Después de escuchar tu historia por fin he despertado de esta pesadilla. Esta noche he soñado con algunos amigos que al igual que tu padre y tu hermano habían decidido luchar por la República, los cuales no sé si viven o están muertos. Pero eso ya no importa, porque no hay vuelta atrás. Lo único que uno puede hacer es volver a empezar de nuevo, pero esta vez haciendo las cosas de manera correcta.

Andrés sacó de su bolsillo un sobre repleto de billetes expedidos por el nuevo Gobierno y se lo acercó a la mujer. Luego, continuó hablando.

- Estos son algunos de mis ahorros. Son para ti. Estoy en deuda contigo por abrirme los ojos. Ayuda a tu madre y a tu hermanita, y perdóname por todo el daño que he podido causar en esta miserable guerra. No te pido que me des las gracias, porque soy yo quien te las debo. Solo querría pedirte un favor. Quisiera poder continuar viéndote. Tengo pensado abrir un taller de carpintería en la calle Mayor, ya que el oficio lo aprendí de mi padre. Hay mucho trabajo ahora que Madrid necesita ser reconstruida, y el Estado necesitará la ayuda de todos los obreros y artesanos cualificados para ello.

Agatha lo observó con sus grandes y profundos ojos color azabache. Ya no existía el miedo en su mirada, y mucho menos el odio, tan solo la compasión y el amor por aquel sargento que había renunciado a todo por ella. El ahora ex sargento Andrés García, tampoco imaginó nunca que encontraría el amor en aquel dantesco lugar llamado Madrid.
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Semillas de amor y muerte

Llevaba tres días seguidos viéndola a través del cristal de mi despacho. Todo en ella era hermoso: Su brillante pelo castaño y suelto serpenteaba en el viento como en un hipnótico baile oriental; sus ojos verdes desprendían una luz mágica, su insinuante figura se vislumbraba a través de su siempre elegante vestimenta, sus andares deliciosamente femeninos, su respingona nariz, su carnosa boca.Todo este despliegue de belleza era observado siempre a la misma hora. El día en que nos conocimos, todo cambió, irremediablemente en nuestras mortales vidas.
Eran las nueve de la mañana y yo esperaba con impaciencia la visión de esa chica. Estaba dispuesto a establecer contacto con ella, de descubrir quién era, o simplemente de conocer su nombre y compartir con esa desconocida unos segundos de mi metódica vida. Salí de la oficina y me dirigí al pequeño parque que había justo enfrente de esta. Me senté en un banco a esperar la llegada de ese ángel. Pensé en que podría decirle al verla, como me presentaría, cuál sería la reacción de ella frente a tan osado desconocido. Todavía quedaban unos veinte minutos antes de que apareciera. A la misma hora de los tres días anteriores apareció ella. Iba perfecta, como siempre, pero hoy se la veía especial, como si la envolviera un aura divina que solo mis ojos podían acertar a ver. Pasó delante de mí, y por unos segundos nuestras miradas se cruzaron provocando que nuestros mundos se fusionasen en uno solo. Yo me quedé callado. Mi cerebro ejecutaba las órdenes correctas, pero mi cuerpo se veía incapaz de responder, y ella pasó de largo. Después de esto todo pasó muy rápido.
De repente, unos metros más adelante se produjo una terrible explosión, que siguió a otras más, retumbando en el aire el miedo y la desesperación. El aire se convirtió en ceniza, asfixiante, mientras las llamas que se alzaban desde el suelo se reflejaban en el cielo como en un inmenso espejo. Me quedé aturdido unos momentos. Al despertar pensé que todo había sido una pesadilla, pero no era así. Todo era macabramente dantesco. Levanté la cabeza, descubriendo grandes aves de metal surcando los cielos ardientes de nuestro territorio. El chirrido de sus motores era ya de por sí espeluznante. Las explosiones continuaron, pero ahora el terror se alejaba hacia el otro extremo de la ciudad. Me repuse y me levanté como pude. Todo me daba vueltas, pero en mi cabeza solo había lugar para esa chica: ¿Dónde estará? ¿Estará bien? Me puse a buscarla mientras veía gente herida y asustada por las calles; También me pareció ver a personas muertas cerca de mí, pero en ese instante no hice nada por intentar socorrerlas. En la calle algunos edificios habían quedado destruidos. Corrí algunos metros hacía donde la había visto por última vez. Allí estaba ella, en la puerta de esa cafetería completamente arrasada por el impacto de las bombas. Todo a su alrededor estaba destruido y envuelto en llamas, pero ella permanecía en pie, con el gesto impasible y la mirada perdida en el frente.

-¿Estás bien, estás bien?-grité mientras le cogía suavemente las manos. No encontré ninguna reacción, así que volví a preguntarla.- ¿Estás bien? ¡Dime algo!

-Estoy bien. Eso creo. - dijo ella con un tono sereno.

A pesar de los sucesos ella parecía tranquila. Como si después de todo, lo ocurrido solo hubiera sido una broma sin importancia. Entonces, me cogió fuerte las manos y me dijo:

-¡Vámonos de aquí!

Las calles empezaron a llenarse de policías, ambulancias, bomberos, gente que intentaba ayudar en todo lo posible, incluso comenzaba a hacerse notoria la presencia de militares. Nos dirigimos a otra cafetería cercana donde el dueño repartía café caliente y agua a todos los afectados. Nos sentamos en una mesa y una camarera nos sirvió muy amablemente dos tazas de café con leche.

- ¿Cómo te llamas?- dije después de dar un sorbo a mi taza.

-Claudia Addkinson.

- Te estaba esperando, ¿sabes?- dije.- Antes de que pasara todo. Hace tres días que te veo pasar por delante de mi despacho, y hoy me había propuesto conocer tu nombre. Claudia, un nombre precioso, como tu simple presencia.

- Gracias.- contestó ella esbozando una sonrisa y sonrojando sus mejillas.- La verdad es que yo también me había fijado en ti cuando te he visto en el banco sentado. Si me paré enfrente de la cafetería fue porque pensé en darme la vuelta para hablar contigo, ya que al mirarte sentí una conexión especial que jamás había sentido. ¿Cuál es tu nombre? Aun no me lo has dicho.

- Me llamo Peter Suvovich.

- Encantada.-sonrió ella.

En ese instante el dueño de la cafetería subió el volumen de la radio, desvelando el misterio de los pájaros de acero que hacía unos minutos habían descargado sus diabólicas bombas sobre nuestras gentes. Todo el mundo guardó silencio, hablaba el presidente:

“Queridos conciudadanos. Una fuerza hostil nos ha atacado cobardemente en nuestro territorio, bombardeando despiadadamente a la población civil, y causando cientos de muertes inocentes. La justicia exige que se tomen medidas drásticas en consideración a estos terribles acontecimientos. Nuestro enemigo más peligroso nos ha declarado la guerra sin previo aviso, y nuestra nación, junto con nuestros amigos y aliados estamos dispuestos a entrar en guerra por la salvaguarda de la paz y la justicia. Atacaremos sin compasión a esos despóticos gobiernos. Por lo tanto, declaro que estamos en guerra contra cualquiera que atente contra las libertades de nuestra nación o la de nuestros aliados”

Así fue como cambió mi vida el día que conocí a Claudia. Por supuesto también la de ella. Después de esto, pasamos una magnífica semana juntos en una pequeña cabaña que mi familia tenía cerca del lago Sanders, entre las montañas O’Kiff. Luego tuve que alistarme. Durante dos años aproximadamente, nos enviamos correspondencia, pero fatalmente la comunicación se rompió. Yo caí en el frente occidental mientras realizaba con mi equipo un ataque a las posiciones más avanzadas del enemigo. Una bala atravesó mi corazón dejando mi cuerpo sin vida en el frio barro del campo de batalla. De ella no he vuelto a saber nada. Lo último que supe es que nuestro hijo Peter había cumplido un año. Un hijo al que no conoceré. Ahora que ya ha acabado la guerra espero que Claudia sea feliz. Deseo que encuentre un hombre bueno, que la cuide y la adore como yo lo hacía, y que se porte bien con mi hijo, aceptándolo como suyo propio. Por último solo pido una cosa: Que ella nunca me olvide y que hable de mí a nuestro hijo. Así, hasta que nos volvamos a ver.
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Guardiana de nuestros sueños

Las luces de los faroles despertaban al mismo ritmo en que la noche cubría el cielo con su sombrío manto, y en tribuna de blanco marfil, Selene se engalanaba con vestido de plata para saludar a los mortales. Todo estaba en el más absoluto silencio; únicamente, el chirriar de los grillos, resonaba en el ambiente en su particular orquesta sinfónica de cortejo.
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Ojos que llegan al alma

Estos ojos desnudos del falso manto de la vanidad se pierden entremezclándose con la perfección de tu salvaje y suave desnudez. Gotas de frio sudor recorren mi espalda al rozar tu delicada piel cubierta por la radiante luz de las divinidades antiguas, mientras tiemblo en silencio regresando a mi más tierna infancia. Tu sinuoso cuerpo, coronado por finos cabellos de elegante belleza, repica al contonearse con cada paso, como si todo el universo se precipitara al compás de tus esculpidas caderas. Pero eso no es todo. Tu inteligencia te hace más y más hermosa con cada palabra salida de tus sensuales labios, tu amor por los demás, tu facilidad para despertar una sonrisa hasta al moribundo, y la sensación de vacío al contemplar tu ausencia. Y tú te preguntarás que cómo descubrí todo esto, y yo te responderé, que todo fue al darme cuenta, que tus ojos hacían juego con mi alma.
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Añorada desconocida

Somos dos corazones solitarios rodeados de la multitud de las calles. Repletos, y a la vez rotos por el amor, vagamos errantes buscando el consuelo en nuestras noches más amargas. Algunas a solas, cantando nuestras penas a las estrellas o rezando a algún Dios por una señal; otras, acompañados por el deseo y el miedo, pero con la certeza de que no estamos juntos.
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Soberbia

Irene era una triunfadora. Joven, guapa, rica, inteligente, y con un atractivo físico que dejaba boquiabierto a hombres y mujeres que se cruzaban a su paso. Era la directora de una importante marca internacional de prendas de vestir, y debido a su trabajo, había viajado por todo el mundo. A pesar de tener excelentes cualidades y aptitudes para lo que se proponía, su vanidad la nublaba de cualquier razonamiento o aceptación de sus errores, desesperándose cada vez que alguien le llevaba la contraria. Hacía la vida imposible a la gente que trabajaba a su lado, sintiéndose únicamente bien cuando era adulada, es por eso que la gran mayoría de personas que la conocían, rehusaban trabajar con ella, y solo aceptaban cuando era necesario por contrato. Marta, era su ayudante desde hacía tres semanas. En un año había tenido siete ayudantes, acabando siendo despedidas o tirando la toalla por ellas mismas. Marta era una chica elegante y discreta, aunque físicamente no destacaba mucho, pero su simpatía y humildad la hacían muy cercana a las demás gentes, teniendo siempre amigos y personas que la estimaban a su alrededor. Pero todo esto no le importaba a Irene, ya que se creía superior a la gran mayoría de las personas.
Un día, apareció un chico en la puerta de las oficinas donde trabajaba Irene; era Rubén, el novio de Marta. Al salir del trabajo Irene vio a Rubén, deseándolo al instante. Esta pensó, que nada más decirle algo, lo tendría comiendo de su mano, y cuando se dirigió a donde estaba él, el chico sonrió. "Lo tengo donde quería", pensó la siempre triunfadora Irene; "Ningún hombre se me ha resistido jamás", volvió a pensar. Pero Rubén no sonreía por ver a Irene. Detrás de ella aparecía Marta, y Rubén salió corriendo a su encuentro. Allí, delante de Irene, se abrazaron y besaron como solo lo saben hacer los enamorados. Irene estalló de rabia, y allí misma, con gestos de locura despidió a Marta. La pobre ayudante no entendía nada, y desolada y triste se marchó a su casa acompañada de Rubén.
- ¡No le hagas caso!-dijo Rubén mientras se alejaban.- Esa arpía no vale ni la mitad que tú. Encontrarás algo mejor, cielo.

Irene escuchó esas palabras, pero su cerebro las convirtió en pura arrogancia. Después, se dirigió al primer bar que encontró. Allí conoció a Darío, un escritor con más pena que gloria, ya que no había conseguido publicar nada importante. Dispuesta a recuperar su autoestima con los hombres, le bastó un simple coqueteo para llevarse al pobre escritor a la cama. Darío, que no conocía a Irene, se enamoró de ella a primera vista, pero a la mañana siguiente, esta lo despachó de malas maneras, dándose cuenta al instante de que su pasión había sido fruto de un simple calentón. Darío se marchó triste, ya que esperaba algo más que una noche de sexo salvaje, pero al instante tuvo una revelación, y la inspiración se le apareció como por arte de magia.
Años más tarde, las cosas ya no iban tan bien para Irene. Su altanería y desprecio por los demás le estaban pasando factura. Cada vez firmaba menos contratos, por no decir que su círculo de amistades estaba inconfundiblemente marcado por los intereses. A medida que perdía clientes, sus supuestos amigos le daban de lado. Un día fue llamada al despacho de su superior en la empresa. Al entrar dentro su cara se contrajo de una repentina sorpresa. Allí estaba Marta, la chica que años antes había despedido de malas maneras en la puerta de las oficinas de la empresa. Aunque su arrogancia no aceptaba lo que estaba a punto de pasar, las palabras de su jefe resonaron por su cabeza como martillo que golpea el hierro; estaba despedida, y su puesto en la empresa lo ocuparía su antigua ayudante. Irene, tan engreída como siempre se jactó de haberse despedido ella misma, despreciando el trabajo que tanto le había dado.
- ¡Encontraré algo mejor que esta basura!- se marchó gritando y dando un portazo.

Al salir de la empresa se marchó como siempre a algún bar en busca de alguna presa. De camino se paró inconscientemente en el escaparate de una librería. Allí observó un extraño título que la llamó la atención: “la mujer que no sabía amar”. Entró a la librería, y para su sorpresa, descubrió que el autor del libro era un tal Darío Cuellar, el mismo hombre que años atrás había conocido en un bar. Durante un instante dudó, pero su orgullo podía con cualquier cosa, así que dejó el libro en el estante y se marchó de allí. Luego volvió al camino que la llevaría al bar, se fijó en un hombre, y se lo llevó a la cama.
A pesar de creérselas muy feliz, Irene no volvería a trabajar en el mundo de la moda. Aunque había conocido a cientos de personas, y trabajado con multitud de marcas de todas las partes del mundo, debido a su carácter, nadie quería contratarla. Poco a poco fue entrando en un círculo oscuro que la llevaría a un mundo sumido de sombras y niebla, un mundo en el que se convertía en una simple mercancía. Finalmente, y debido a la negación de su fracaso, y al rechazo de cualquier tipo de ayuda, Irene se vio en la calle, sola y enferma, un desecho humano al cual nadie le prestaba atención, ni siquiera los hombres que antes caían rendidos a sus encanto con solo una mirada.
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Maestra en edades

Era una mujer madura pero rebosante en sus encantos. Su belleza acentuada por el paso de los años todavía conservaba esa sensual y cálida suavidad de la juventud, aunque sus ojos, siempre eran sus ojos, estaban repletos de una vitalidad inusual, donde dioses y mortales se habían perdido en las horas observando las olas del mar rompiendo en el cielo de su mirada.
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Lo que dure la eternidad

Viajó eternamente por las curvas de su cuerpo. Por la mañana, la claridad de los rayos del sol lo transportó a la realidad, pues ella se había marchado. Nunca más la volvió a ver, y la eternidad de esa noche se convirtió en un efímero recuerdo.
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Juntos

El viento mece el aroma de tus cabellos, delicioso sabor, ambrosia para mis sentidos. ¿Y tu piel? Qué decir de tu piel que no haya soñado ya; fina y suave como la seda más delicada. Por eso ardo en deseos de rozar tu boca, de perderme en tus ojos de mar, de recorrer las sinuosas curvas de tu cuerpo, de hacerte mía mujer, de hacerme tuyo, de hacernos juntos.
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Así está bien (Serie erótica)

Tenía las caderas más perfectas y las manos más suaves que jamás había sentido mi miembro. Su sexo era siempre mi refugio, pues no existía lugar más hermoso ni placentero. Sus pechos, firmes y excitantes eran la salvación a mis pecados. Siempre que coincidíamos acabábamos haciendo el amor, pero nunca nos dijimos nada.
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Los ojos de Erick (Serie erótica)

Erick corrió hacia la ventana, pues era la hora del baño de su vecina, aunque esta vez no se la encontró sola. El adolescente no pudo creer lo que veía, y no tardó en comenzar a masturbarse. Allí delante, dos bellas mujeres, a la vista del chico, estaban besándose por todo el cuerpo y usando sus suaves manos para explorar cada rincón de sus desnudas figuras. El chico, agazapado y mirando entre las cortinas, se tocaba y sonreía al ver el gran espectáculo que estaba presenciando.
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Más alto que nosotros solo las estrellas

Ella era el ave más radiante que jamás había surcado los cielos, y yo, un vulgar pajarillo que no sabía volar. Me acogiste en tu seno y me enseñaste a dominar el firmamento, a bailar entre las olas del viento, a sentir la brisa en mi pardo plumaje. Tú me regalaste amor, yo te juré fidelidad. Juntos construimos nuestro nido en el lugar más cercano a las nubes. Volamos altos, volamos eternos; después, más alto que nosotros solo quedaron las estrellas.
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Pedazos de mí

No busco la fama, prefiero ser eterno como los poetas.

Quiero mi bastilla, mi dos de mayo, mi palacio de invierno; quiero que el pueblo jamás vuelva a ser esclavo. Porque un pueblo oprimido tiene el deber de levantarse contra el opresor.

¿Y ahora qué? Vivimos en una sociedad dormida, esclava de inservibles necesidades que el consumo nos impone. Títeres de quien nos vende todo lo que compramos, olvidando que todo lo que importa no puede comprarse: Amor, amistad, salud, tiempo, respeto, honor, vida, etc… Somos esclavos en una aparente libertad.

Otra vez lloran los poetas desde el vergel divino, al contemplar un inmigrante ahogado en el mar o un niño muerto entre los escombros de un edificio derruido por las bombas de los adalides que pregonan la falsa libertad. Otra vez lloran los poetas mientras sonríe el terror.
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Cuando no importan las palabras (Serie erótica)

Cuando Ángel conoció a Edith no podían ni comunicarse, pues no hablaban el mismo idioma, así que tuvo que intervenir Eros. Sus cuerpos rozaron piel con piel, sexo con sexo. Los tersos y húmedos labios de ella se deslizaron por el musculoso cuerpo del joven, algo inexperto en el amor, mientras este acariciaba con sus dedos la suave vulva de la chica. Ella encima de él, luego debajo, y así, gozando mutuamente de su pasión, les sorprendió el alba vestidos únicamente con su desnudez.
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Bendita pasión (Serie erótica)

Estaba tan excitado que iban a reventarme los pantalones, y eso ella lo sabía. La ligera brisa del balcón dejaba entrever su lencería más seductora, y yo no pude contenerme. La agarré por detrás y apartándole las braguitas le penetre el miembro hasta el fondo, una y otra vez. Contra más gemía más me excitaba y más rápido me entregaba a la pasión. Luego ella se giró a mí agarrándome el sexo, se lo introdujo en la boca y, definitivamente, vi el cielo. Luego entramos, y acabamos de hacer el amor en la cama del hotel.
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El árbol de la vida

Cuenta una leyenda, que el árbol de la vida fue plantado en la Tierra por los dioses antiguos, y que de él nacieron todos los seres vivos del planeta. La humanidad apareció más tarde venerando a estos dioses en todo el globo. Cada civilización les puso un nombre, pero su naturaleza era la misma. Ahora, en nuestro tiempo, la salvia del divino árbol circula por las venas que recorren el cuerpo del hijo, herencia de sus padres, de sus abuelos y de sus antepasados, los cuales una vez regaron el árbol sagrado con su propia sangre.
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Y de pronto tú y yo (Serie erótica)

Ninguno de los dos esperaba que pasara, pero pasó. Ella se acercó a mí, y yo no quise apartarme. Nos besamos furtivamente y la tumbé encima de la mesa mientras por debajo de su vestido palpaba sus más íntimos deseos. Me introduje en ella, poco a poco, luego más deprisa, hasta terminar en un éxtasis conjunto que nos subió al cielo. Seguí admirando su cuerpo, tocando sus pechos, besando su sexo más caliente, hasta retomar la vertical del miembro viril. Después, volvimos a hacer realidad nuestros deseos más salvajes, de nuevo encima de la mesa.
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Un último obstáculo que eliminar

Se erguía orgulloso desafiando al enemigo, lanzando improperios y dejando claro a sus oponentes que no había venido precisamente para salir huyendo. En su rostro, curtido por el paso de las campañas militares se dibujaba una media sonrisa de satisfacción; había luchado bien hasta ese instante, y lo continuaría haciendo hasta el final. Esa sería la batalla decisiva que pondría en juego el destino de su pueblo, así que, la derrota no sería una opción. Se enfrentó a sus miedos con valentía, venciendo a la propia muerte, y consiguiendo la libertad para su querida tierra.
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La música está en el cielo

Las notas de una antigua canción se dibujaban en el cielo de la mañana, aunque en las calles todo permanecía en calma. La gente que transitaba por aquel lugar observaba con extraña curiosidad a aquel hombre sonriente, con un especial brillo en los ojos que algunos atribuían al alcohol o a alguna otra substancia; pero no era así. Aquel individuo de aspecto descuidado y gastadas vestiduras, bailaba poseído por un misterioso ritmo que tan solo él escuchaba, mientras acompañaba sus movimientos con un melodioso silbido que sonaba a la canción de una vieja película. Nadie conocía su historia, pero a él no le importaba lo que pudieran pensar los demás. Ese anciano de inusual vitalidad, llevaba esperando ese momento desde hacía más de tres años, y finalmente, la deseada llamada había llegado. Desde el Hospital, le habían comunicado que su mujer acababa de despertar del coma, y que preguntaba por su marido. Todos continuaban mirando y murmurando sobre la actitud de aquel hombre, pero este continuaba bailando y silbando mientras se dirigía sin pausa a ver a su querida esposa. La melodía de la vieja canción que salía de sus labios la había bailado infinidad de veces con ella, era su canción, la canción con la que se besaron por primera vez y que tantos recuerdos despertaban en sus ancianas mentes. El reencuentro fue tan hermoso, que algunos de los miembros del cuerpo médico que presenciaron la escena, no pudieron contener las lágrimas. Se abrazaron en silencio mientras sus almas bailaban en un lugar sin tiempo, eterno a los ojos de los mortales. Sus manos, curtidas por el paso de los años no querían separarse. Sus ojos, cubiertos de emociones se miraban después de tantos años, sintiendo el ardor juvenil de la primera vez que se vieron. Esa pareja de ancianos era un ejemplo para el propio Eros, el cual los observaba con admiración. Doce semanas después, regresaron a su hogar para acabar juntos y felices los años de vida que les restaban. El destino quiso que años después murieran juntos. Una dulce y tranquila muerte mientras dormían. Sus familiares los encontraron cogidos de la mano, sonrientes, como si los dos estuvieran disfrutando de un placentero sueño. La memoria de los ancianos no perduró más allá de sus familiares y amigos más cercanos, y con el tiempo su historia fue cayendo en el olvido. A pesar de todo, y muchos años después de su muerte, todavía hay gente que dice escuchar, incluso ver algunas noches, a una pareja de ancianos bailando agarrados al son de una vieja canción. Después, la música se detiene y los ancianos se desvanecen, dejando en su lugar tan solo el silencio.
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Amores que perduran eternos

Envolvieron con un aura de lujuria toda la habitación. Él, escribió todo su amor en el sedoso manto que cubría su piel, pues, a pesar de haber estado con más hombres, ella nunca tuvo la certeza de haber hecho el amor hasta ese momento. Se cubrieron de belleza con cada beso, con cada roce de sus cuerpos. El amanecer los sorprendió vestidos únicamente con su desnudez.
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Allí donde estés

Si me dijeran que no existes me resignaría a creerlo, pues, aunque nunca nos hayamos visto, sentido, amado, se que estás ahí, esperando como yo el ansiado encuentro. Así que no llores bella dama, pues necesito encontrar la luz de tus ojos para guiarme en la oscura noche. Se fuerte, pues pronto nos encontraremos, por primera vez y para siempre.
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Los ojos de la guerrra

El sonido de la batalla tronaba en el cielo con la furia de los rayos del mismísimo Júpiter. Las armas chocaban entre sí, contra los escudos de los guerreros y contra la carne del adversario, tiñendo de rojo ese idílico paraje, antes, hermoso campo reluciente de fresca hierba. Aecio, combatía con el coraje que le permitía el presente temor de la guerra, pues él, era un tranquilo y sencillo campesino, incansable en sus tareas, rudo en sus formas, a veces, pero de noble y pacífico corazón. El Estado le había obligado a alistarse ante la inminente guerra contra los bárbaros del limes, así que, no tenía otra opción si no quería que a su familia le ocurriera alguna desgracia. Ahora se enfrentaba a unos hombres de los que ni tan siquiera había escuchado hablar. Riquezas, tierras, poder, o tal vez todo. Aecio no sabía el porqué, tan solo luchaba y luchaba, acabando con la vida de todo hombre que le presentaba batalla. Él o yo, pensaba, mientras que de su espada brotaba un reguero de sangre que le llegaba hasta los tobillos. Al mismo tiempo que apagaba las esperanzas de sus adversarios, en sus ojos se dibujaba el anhelo de regresar junto a su familia, mientras escuchaba el sonido fúnebre de una guerra que no entendía.
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Zapatos de tacón y luces de neón

El cielo se apaga, y Diana parte hacía ese frio lugar donde almas perdidas predican un poco de atención a precio estipulado. Allí no existen los sueños, y solo se presta atención a las agujas del reloj contando los minutos. Vestida tan solo con unos zapatos de tacón y sugerente ropa interior, guarda su corazón bajo llave en un oscuro cajón, pues no hay sitio para el amor. Carmín rojo y simulada sonrisa para aprobación del consumidor, mientras las actrices del placer, aprendices y maestras aguantan la jornada a base de evadirse de la realidad. Diana aprende rápidamente las culpas de la noche; a veces, consolando a náufragos del amor que tan solo buscan un poco de cariño, pero otras veces, aguantando improperios y frases como, “si a ella le gusta lo que hace”, salidas de la sucia boca de despojos que se creen hombres. Luego, al apagarse los neones que anuncian los carteles de la entrada, Diana recupera su corazón de ese oscuro cajón, y sueña con algún día, poder escapar de ese frio lugar para entregarle su corazón a alguien que no la vea como una simple mercancía.
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Cierra los ojos y sonríe

Hazme el amor más intenso, hasta que nuestros cuerpos consigan rozarnos el alma que nos hace latir el corazón. Que nuestros ojos capturen la seducción de cada gesto, y que el recuerdo de esta noche, se mantenga inmortal en nuestras mentes. Y recuérdame siempre, pues ocurra lo que ocurra, y hagas lo que hagas, llévame siempre contigo; y si esto no fuera posible, siempre podrás encontrarme en el recuerdo que hicimos nuestro. Cierra los ojos, y mira los míos, cada vez que estés triste, para recordarte que siempre estaré a tu lado.
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No fue la última vez

El reloj marcaba las 10 en punto, y Joseph corría escaleras abajo mientras escuchaba el inequívoco sonido del tren acercarse a la estación. Justo a tiempo, pensó, mientras se secaba el sudor de la frente con la palma de la mano. Entró al vagón, se sentó en uno de los asientos libres y sacó de su mochila el último libro de su escritor favorito, titulado, “El ángel que nació del fuego”. Abrió el libro por donde marcaba el punto y se dispuso a continuar donde lo había dejado. Treinta minutos lo separaban de su trabajo, así que comenzó a adentrarse en la aventura que le mostraban las palabras escritas en el papel. Tras dos paradas, una presencia sacó a Joseph de su concentrada lectura. Un dulce olor a vainilla hizo que el joven levantara la cabeza, para de pronto, toparse con los grandes e hipnóticos ojos verdes de una risueña muchacha. Joseph disimulaba, aunque no pudo ya dejar de mirarla. Tenía los cabellos largos y rojizos, recogidos en una larga trenza que le bajaba por el hombro izquierdo. Era bastante alta, y a pesar de vestir con unos tejanos y una camiseta bastante holgada, desprendía una gran feminidad a la vez que una extraña fiereza. Joseph continuaba mirándola con disimulo, imaginando que podría decirle, y si ella pensaría lo mismo de él. De vez en cuando sus miradas coincidían para volver a perderse de nuevo entre la gente. Tres paradas después, la chica se bajó del tren, no sin antes devolverle una última mirada a Joseph. Él chico la miró, y ese instante, donde esos grandes ojos verdes se cruzaron con los suyos, se hizo eterno en su memoria. Joseph siguió con la mirada a la joven mientras el tren se alejaba y ella se perdía por las escaleras de la estación. Ninguno conocía el nombre de la otra persona, ni él, ni ella; y a pesar de ser la última vez que se vieron, no fue la última vez que se amaron.
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Diario de a bordo

21 de octubre de 2151:
Después de más de tres años de camino, por fin, vemos en la distancia nuestro destino. Estamos cansados, pero muy ilusionados por lo que está por venir. Después del colapso de nuestro planeta, tan solo unos pocos conseguimos sobrevivir y escapar de la gran epidemia que siguió a la Gran Guerra, la cual, asoló nuestro mundo y prácticamente nos extinguió como raza. Por suerte, unos pocos conseguimos escapar a la extinción total a bordo de esta nave estelar, a la cual hemos bautizado con el nombre de “Esperanza”. Parece ser, que existe vida parecida a la nuestra en este lugar, ya que nuestros científicos, conocían desde hace miles de años este planeta, incluso, en los antiguos manuscritos de los “Primeros”, los fundadores de nuestra civilización, ya sale nombrado. Existen leyendas que cuentan que nuestros antiguos ya estuvieron aquí, y que intercambiaron tecnología y conocimientos con estos seres.
A medida que nos acercamos, las lágrimas nublan tan extraordinaria visión, pues es prácticamente un calco a nuestro viejo planeta. El azul es tan intenso que ya imagino las criaturas marinas que debe albergar, y la tierra, dulce tierra, donde cultivar y comenzar una nueva vida. Hemos lanzado una señal de socorro y nos han contestado. Hemos podido comunicarnos con ellos, ya que su idioma no nos es tan extraño como podríamos imaginar. Estos nos han dado permiso y unas coordenadas para aterrizar. Mañana llegaremos a nuestro destino. De momento, nos han dado la bienvenida y hemos intercambiado unas cuantas palabras cordiales. Después de tanto sufrimiento, por fin hemos llegado al planeta que sus habitantes denominan Tierra.
Almirante Adam Lubock.
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Una canción libertaria

Se escuchan en la loma de la más suave brisa, notas de una canción libertaria. Rozan mi piel desnuda, cubierta de profundas cicatrices que provocaron una vez los oxidados grilletes, ahora tan solo un oscuro recuerdo tatuado en mi piel. Respiro esperanza. Siento de nuevo la brisa, envuelta de olores de libertad.
Aunque a veces me pregunto, si bajo nuestra apariencia de hombres libres, todavía se esconde el vestigio de una élite inmune, corrompida por oscuros intereses que acaban pagando los más desprotegidos de nuestra sociedad. Un pueblo en estado de coma permanente, abducido por los medios de consumo y otras inservibles necesidades. ¿Y a eso lo llaman libertad? Por eso clamo a la sensatez de todos los hombres y mujeres.
¡Pueblo despierta! Tomemos las riendas de nuestro legítimo derecho. Levantad el puño y aplastad al opresor. Formemos un Gobierno donde nuestro gobernante trabaje por y para el pueblo, pues solo nosotros, hombres y mujeres libres del mundo, debemos decidir nuestro destino. Se acabó la esclavitud, la opresión hacía los indefensos y la inmunidad de aquellos que se creen por encima de la justicia.
A todos los hombres y mujeres, haced que en la loma de la refrescante brisa del nuevo día, vuelvan a sentirse las hermosas notas de una canción libertaria.
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Amanecer

Bailan las flores al ritmo de la suave brisa que anuncia la Aurora de rosados dedos. Helios, ya ilumina a todos sus súbditos mientras despide a su amada Selene hasta el próximo ocaso. La rueda continúa girando, y el ciclo vital da paso a un nuevo día. El cielo sonríe, observando todo a su alrededor, desde su privilegiada poltrona hecha de blancas nubes.
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Contigo

Se abre el cielo en tu firme pecho, manos cálidas cubiertas de fina seda, resbalando por mi espalda. Sinuosas curvas de excitante locura. Déjame acariciar tus dulces cabellos, largos hilos de oro cubiertos de sol. Tú y yo tan solo, bella mujer, que en tus brazos me haces inmortal.
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Nunca dejes de creer

Hubo un tiempo, en que los aedas cantaban las gestas heroicas de esos hombres que desafiaron lo imposible y regresaron victoriosos, donde el día a día de la humanidad se mezclaba con lo desconocido, y donde dioses, seres fantásticos y mortales convivían en un mismo universo. Ahora, en un mundo dominado por la oscuridad, donde la razón y la sabiduría han perdido su valor a favor de los placeres más artificiales, y donde las consignas de un sistema que protege a los señores del capital ha hecho que la cuerda de la desigualdad se tense hasta extremos insostenibles para la mayoría de los pueblos de la Tierra, debemos regresar a nuestros orígenes. Hagamos más caso a nuestras creencias espirituales, cada cual buscando su propio destino; hagamos de la fantasía algo cotidiano, creamos de nuevo en esos héroes que desafiaron al sistema para ser libres. ¡Seamos libres de nuevo!
Hagamos del amor nuestro escudo y de la verdad nuestra espada. Gritemos con fuerza al cielo para que nuestra voz llegue más allá de donde brillan las estrellas, y no dejemos de soñar, jamás; pues a pesar de todo, ningún hombre, ni tan siquiera el más poderoso de los dioses, podrá quitarnos nuestra capacidad de soñar y alcanzar la verdadera libertad.
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A pesar del amor

Él se prometió no amarla, pero el corazón se sobrepuso a la razón. Ella prometió amarle, pero nunca consiguió hacerlo como él lo hacía. El amor los unió tanto que acabó separándolos. Él lloraba porque ella nunca lo amaría de la misma manera; ella lloraba porque a pesar de quererlo nunca conseguiría amarle como él deseaba. Y a pesar del amor que se profesaban, nunca más volvieron a encontrarse.
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La lógica del miedo

Pedro caminaba sin rumbo fijo por una calle que conocía a la perfección, cada uno de los comercios y sus olores, el tráfico y el ruido de los transeúntes, el paso de los que llegaban tarde y los que no tenían ninguna prisa; todo, se repetía con distintos protagonistas día tras día. El joven estaba perdido, no sabía qué camino tomar en su vida, y a pesar de estar siempre rodeado de familiares y amigos, en su interior, se sentía completamente solo. En uno de esos instantes en que retornaba a la lucidez de la realidad, dejando a un lado sus reflexiones, encontró el azul del mar en los ojos de una chica que esperaba al otro lado de la calle. El color de sus ojos era tan intenso, que Pedro sintió la necesidad de acercarse, como si una fuerza extraña lo atrajera hacía ella. El chico pensaba como poder entablar conversación con la bella joven, y el miedo, comenzó a apoderarse de su cuerpo. Las palabras quedaron enterradas bajo gruesas capas de temor, y las cadenas invisibles del desazón apretaban con fuerza sus temblorosas manos. Pedro pasó de largo, como si su camino continuara en esa dirección, no sin antes contemplar una vez más esos ojos que le habían seducido. A cierta distancia sus miradas coincidieron por unos segundos, y en los labios de la joven se dibujó una sonrisa. Luego, cada uno continuó su camino. La hermosa desconocida, caminaba hacía alguna parte, no importa, pensaba Pedro, pues su presencia es lo que hará especial el lugar donde se encuentre. Mientras, el joven se maldecía una y otra vez por su cobardía frente a las mujeres, frente al amor, frente a la vida. A pesar de todo, sonrió, siendo consciente de que, cuando supere sus miedos, no habrá nada ni nadie que pueda dominarlo.
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Las manos de Daina

Todo por lo que estaba luchando, la patria, la bandera, le golpeó con dureza la cabeza.
-¡Despierta! ¡No te rindas!- le susurró una conocida voz procedente de lo más profundo de su mente.
-¡Calla, calla!- replicó gritando Hugo.- ¡No eres real!
Las balas silbaban a su alrededor, mientras él, inmóvil, delante de la trinchera, se mantenía erguido, sumido en una especie de estado de ensoñación.
-¡Ponte a cubierto, Hugo! –le gritó Matías desde la protección de las trincheras.
Hugo continuaba de pie, con los ojos cerrados. El campo de batalla le era ajeno. De pronto, sintió como unas suaves manos le rozaban la espalda, y de nuevo, la misma voz le susurró al oído.
-Debes regresar a casa mi amor, tu hija Lía, te está esperando.
En ese preciso instante abrió los ojos, y de un salto aterrizó dentro de la trinchera. Justo donde segundos antes se encontraba, estalló un fuerte obús que dibujó un profundo cráter.
-¡Qué demonios te pasa Hugo! ¿Es que quieres morir? –le recriminó Matías.
-Era mi intención hace algunos segundos - contestó Hugo sonriendo.-Pero ahora no quiero. Debo sobrevivir a esta maldita guerra y regresar a casa para ver crecer a mi hija. Ha sido ella, ¿sabes? Mi mujer me ha salvado.
-¿Tu mujer? Pero…, ¿tu mujer no murió en el parto?
-Así fue amigo.
Matías no quiso decir nada, pues se alegraba que su compañero de trinchera, por fin, tuviera un motivo por el cual luchar y regresar a casa. Él también lo haría por su familia, por sus camaradas, y por un futuro en paz, pues la patria y la bandera hacía tiempo que habían muerto.
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La moneda de oro y el mendigo

Hace mucho tiempo, en un lugar perdido en la historia, existió un reino donde los dioses, bajo apariencia humana, se mezclaban con los mortales en sus quehaceres cotidianos. Las familias de alta cuna dominaban los extensos territorios que el monarca controlaba desde la capital, mientras tanto, estos dioses, observaban como la guerra, la paz y las cosechas, seguían su curso.
Un día, klegos, un antiguo campesino arruinado que vivía de la caridad de sus vecinos, estaba pidiendo limosna a las puertas del templo mayor de Hera, cuando de pronto, se le acercó una joven mujer que jamás había visto en la ciudad. La enigmática mujer le dio una moneda y le dijo al mendigo:
-Esta moneda te dará fama y honor si sabes hacer buen uso de ella. No lo olvides. Solo si utilizas sabiamente el valor de esta moneda podrás tener una segunda oportunidad en la vida.
Y así como acabó de pronunciar esta palabras, se dio la vuelta y desapareció entre la multitud que se amontonaba a las puertas del templo.
Klegos abrió la mano para ver más de cerca la moneda que le había dado la hermosa y misteriosa dama, y para su sorpresa descubrió que no era una moneda como las demás. Era una moneda de oro, pero como nunca antes había visto ninguna. Su acuñación estaba realizada con destreza magistral; por un lado, la efigie de la Diosa Madre, por el otro, una pareja de caballos alados. El mendigo no pudo evitar soñar despierto, rodeado de mujeres, riquezas, y los más exquisitos manjares. Sin privarse de nada viviría como un rey hasta el final de sus días. Lo primero que se dispuso a hacer, fue dirigirse al lupanar más cercano, donde satisfacería su gaznate con el mejor vino, su estomago con un buen asado, y su apetito sexual con Brigitte, la prostituta más famosa de la ciudad. De camino al lupanar, continuaba soñando entre las sucias calles cubiertas del barro que la lluvia había dejado la noche anterior, pero eso a él ya no le importaba. De repente, un llanto infantil lo sacó de su ilusión. Allí, a un lado de la calle, un niño, de apenas 12 primaveras, con las ropas sucias y empapadas, lloraba desconsolado sin que ningún transeúnte le prestara la menor atención. Klegos, que conocía muy bien las penurias y durezas de la calle se dirigió al pequeño.
-¿Por qué lloras pequeño? ¿Acaso has perdido algo?
- Mis padres han muerto hace dos días -dijo el niño sollozando.- El mal que ha mandado la muerte pudo con ellos. Lo poco que me quedaba para llegar a casa de mi tía me lo acaban de robar unos hombres que pensaba que me ayudarían, pero en vez de hacerlo, me robaron todo lo que mis padres habían estado ahorrando con su esfuerzo. Luego me dieron una paliza y me dejaron aquí tirado.
Klegos se compadeció del niño; escuchó toda su historia y le prometió que le ayudaría a llegar a casa de su tía, la cual vivía a dos días de camino de la capital. El mendigo y Petrus, que así se llamaba el niño, emprendieron la marcha hasta la aldea donde vivía Diana, el único familiar que le quedaba al pequeño, y tras dos días de camino por fin llegaron a MontArtemis, nombre con el cual se conocía al lugar por estar en el valle que guardaba la Diosa cazadora, guardiana de los bosques y las montañas. Los dos días con el pequeño le habían hecho olvidar el sueño que le había provocado su más reciente adquisición, y que guardaba en una vieja bolsa junto a otras monedas de no tan noble aleación. La cabaña donde vivía la tía del muchacho, estaba rodeada de una pequeña parcela, donde se cultivaban algunas verduras y hortalizas, mientras que en un lado, un pequeño vallado dejaba a la luz una vaca un poco flacucha. A escasos metros de la puerta klegos se dirigió a Petrus.
- Toma muchacho - le dijo mientras metía la mano en la bolsa de monedas que tenia atada al cinto.- Esta moneda es para ti. Aprovéchala bien y ayuda a tu tía. Con esto podréis vivir toda vuestra vida sin pasar penuria. Tú la necesitas más que yo, amigo. Eres muy joven, y tienes una larga vida por delante. Se inteligente y haz buen uso de ella.
En ese instante Diana abrió la puerta y Petrus corrió a abrazarla. Los dos se fundieron en un cálido abrazo mientras Klegos los miraba con los ojos sonrientes. El mendigo quedó prendido de la belleza de Diana, una mujer de mediana edad como él, pero que no había perdido la sensualidad e inocencia que da la juventud. Petrus, le dijo a su tía que Klegos le había ayudado a llegar junto a ella, y que en la ciudad había sido el único que se había preocupado por él después de lo ocurrido. Luego, le enseño la moneda que el mendigo le había dado; una moneda de oro, la misma que dos días antes le había dado esa joven y misteriosa mujer.
No sabemos cómo ocurrió, pero se cuenta, que durante algunos días, klegos se instaló en la aldea, y que poco a poco los lazos con Diana y el muchacho fueron haciéndose más cercanos. Klegos y Diana acabaron casándose, y al año siguiente, como por obra de la mismísima Diosa Madre, Diana, que ya creía que nunca tendría hijos, se quedo embarazada de mellizos. Casandra y Atreo nacieron sanos y fuertes, y la felicidad reinó en esa familia estación tras estación. Años después, mientras Klegos y Petrus hacían varios arreglos a la casa para soportar las durezas del invierno, vieron aproximarse una figura hacia ellos. Klegos se quedó petrificado, pues era la misma mujer que años atrás le había ofrecido la moneda de oro a las puertas del templo de la Diosa Madre. La mujer se acercó sonriente hasta donde estaban el hombre y el joven Petrus, que ya había cumplido los 16 años.
_ ¿Te acuerdas de mí, Klegos?- dijo la mujer, que tenia ahora una mirada tan azul que se confundía con el cielo.
- Si. Te recuerdo muy bien, y por eso te doy las gracias. No fue esa moneda en sí, sino tus palabras las que me cambiaron la vida y me dieron una segunda oportunidad. Ayudé a este muchacho que quiero como si fuera mi hijo, me casé con su tía, y a pesar de no poder tener hijos los dioses nos han bendecido con un niño y una niña.
- Los dioses son caprichosos. Quitan y dan a los mortales según les conviene, pero no todos somos así. Algunos conocemos la bondad en los humanos, pero para eso, debemos de ponerlos a prueba - habló la joven y enigmática mujer.- Obraste bien klegos, y por eso has sido recompensado. A pesar de tu situación, decidiste ayudar al muchacho, y por eso el destino te ha dado una segunda oportunidad - la mujer sonrió, hizo una pausa y continuó diciendo.- Guarda bien a tu familia y protege estas tierras como si fuera tu propia vida. Honra a los dioses y ellos te protegerán, pero sobre todo nunca olvides lo más importante que existe en esta vida; la propia vida. Nunca lo olvides Klegos. Yo estaré vigilando y velando por ti, amigo. Algún día volveremos a vernos, pero ese día todavía se encuentra muy lejos.
Fue decir estas palabras y se levantó una repentina niebla que cubrió momentáneamente toda la cabaña. Luego, la enigmática mujer desapareció. Al instante de haber desaparecido, Klegos se percató que la mismísima madre de todos, la Diosa Hera, era la misteriosa mujer. Sonrió, y le dio las gracias por todo. Nunca más volvió a saber de ella a lo largo de su vida, pero siempre notaría una presencia amiga a su lado. Generación tras generación, honraron a los dioses en esa familia, y especialmente a la Diosa Madre, la cual brindó la protección a todos sus miembros. Cuenta la leyenda, que en la tumba de Klegos y su familia reza el siguiente epitafio: “Honra a los dioses y ama a tu familia; nunca dejes que el oro te haga perder el camino hacia el verdadero amor.”
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Había una vez...

Había una vez, un joven rey que decidió pedir consejo a su pueblo para saber que opinaban sus súbditos sobre cuál sería la mejor manera de gobernar. El monarca, el más sabio y justo de todos los soberanos de la Tierra, escuchó todas las propuestas y puso su cargo a disposición de todos los habitantes de su reino, los cuales, a partir de ese momento, se convertirían en parte de todas las decisiones del país. El rey, elevó al pueblo, el pueblo proclamó soberano al rey, y el reino se convirtió en el más justo y prospero que jamás ha conocido el hombre. A partir de ese momento, el monarca se convertirá en presidente, y el reino, adquirió la forma de la más justa República.
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Civilización

¿Qué es la civilización? Ese lugar donde el artificio prima por encima de todo, y el dinero, un simple metal o papel sin valor real, compra la vida y la muerte. Si esto es así, mejor llamarme salvaje, pues solo aquello que importa es digno de dotarlo de valor. Un valor intangible pero real, que solo se manifiesta en los sentimientos. Pues donde manda el capital, los valores humanos son corrompidos, y hasta el más vil de los seres puede convertirse en amo.
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Aquel bar

Todo lo que hacía no parecía tener trascendencia alguna. Callado, educado en sus formas, se pasaba las horas en aquel bar, sin prestar aparentemente demasiada atención a su alrededor. Un café con leche, a veces solo, y el periódico del día. Siempre puntual. De vez en cuando, anotaba algo en un pequeño blog de notas que siempre llevaba en el bolsillo izquierdo del abrigo. Hora de irse, las once en punto. Paga la cuenta, cruza un saludo con el camarero, y se despide hasta el día siguiente. Así fue semana tras semana, hasta el día en que desapareció. No se le ha vuelto a ver desde el día del robo al Banco Metropolitano, situado enfrente de aquel bar.
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Ariadna

La elegante amante de brillante plata, magnífica en su plenitud, iluminaba el tiempo, dormida bajo el manto estrellado de la noche, que todo lo cubre.
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Elegidos para la muerte

Desde lo alto de la loma, se vislumbraba el clamor de la batalla. Improperios, arengas de aliento y frías caricias de acero forjado sesgaban almas que dejaban abandonados sus cuerpos en la roja tierra. Era una magnífica visión, pues pronto me reportaría grandes beneficios. Mi nombre es muerte, y ahora todas esas almas me pertenecen.
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Bajo mis pies cansados

Los pasos de la caravana humana resonaban silenciosos en el lúgubre ambiente, mientras los desafortunados protagonistas del éxodo rememoraban los años felices en su tierra. De entre todos esos rostros abatidos destacaba el de un joven de 12 años, Umeth, que a pesar de la desdicha de sus destinos, y por primera vez, desde hacía semanas, se le veía sonreír, abstraído con algo que le había llamado la atención a un lado del camino. El motivo, un pequeño pajarillo de plumaje azulado se había posado en la rama de un árbol que reseguía la línea de la carretera por donde avanzaban las miles de personas que escapaban del horror de una guerra que ni deseaban, ni habían provocado. El pajarillo, entonaba una melodía que el joven comenzó a tatarear, contagiando de manera automática a todos los de su alrededor, y luego, más allá de la estirada línea de compatriotas que avanzaban hacia un futuro incierto. El canto del pequeño “azulete”, nombre con el cual había bautizado Umeth a la pequeña ave, se convirtió por unos instantes en un himno a la esperanza para todas esas personas, dibujando en la mayoría de ellas una ligera sonrisa en la cara; aunque fuera por poco tiempo. Después, el silencio de los pasos resonando en el camino, volvió a marcar el compás de la marcha.
En el fondo de sus corazones, el canto del pequeño azulete los acompañará para recordarles que contra la adversidad, siempre hay que levantarse y luchar, pues aún en la hora más oscura, siempre se puede encontrar un rayo de luz para guiarte en el camino.
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Dos minutos

El reloj marcaba las 03:18h; dos minutos. Quitó el seguro y tomó posición; un minuto. Templó el pulso, dio una patada a la puerta y entró. Tres disparos, un cadáver. 03:20h; habitación segura. Misión cumplida.
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Bajo la noche

Se apagaron las luces en el pequeño dormitorio. Llegó la oscuridad. El cielo, se cubrió de negro manto, y los sueños entraron por la ventana, viajando hacía el mundo donde reina Morfeo.
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¿También lo sientes tú?

Suspiramos, cada vez que nuestras almas se cruzan en la eternidad del tiempo. Lamentamos la ausencia del otro, aún sin conocernos. Nos amamos en el amable silencio de la noche, cuando los cuerpos son abandonados por el alma, y la magia hace acto de presencia en nuestros sueños.
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Sin marcha atrás

Las campanas repicaron en todo el pueblo dando la voz de alarma, mientras todas sus gentes se dirigían apresuradamente hacia el punto de reunión. Las mujeres y los niños junto con una pequeña patrulla de guardias armados, corrieron en dirección al refugio amurallado, situado en la parte más elevada del lugar, al mismo tiempo que los hombres preparaban sus armas a toda prisa para repeler al invasor. Las tropas enemigas estaban a pocos kilómetros y cada segundo contaba para organizar un eficaz plan de defensa. Los cañones comenzaron a hostigar las precarias defensas del poblado, haciendo estragos en las empaladizas y las débiles paredes de los torreones construidos con ladrillos de adobe. Básicamente, esas defensas estaban destinadas para salvaguardar a los animales de los lobos y los ladrones de ganado en el interior del poblado.
Los milicianos, dirigidos por el comandante Arturo, contraatacaron con sus cinco viejos cañones. No eran suficientes, pero no podían permanecer inmóviles al acecho del enemigo. De todas maneras, la defensa no podría resistir más de una hora. Había que hacer algo, y había que hacerlo de inmediato. Algunos minutos antes del asedio, un grupo de veinte hombres se había adentrado en el bosque contiguo a la aldea, con la intención de rodear al atacante. Su misión: Inutilizar la artillería enemiga, causar la confusión entre sus tropas, y capturar vivo a su oficial al mando. De esa manera podrían negociar un alto el fuego y ganar tiempo para solicitar ayuda de las demás poblaciones de la región, incluso del ejército nacional. Miguel y Alejandro eran los encargados de ejecutar la misión.
Agazapados al final de la arboleda podían contemplar los cañones franceses. Los soldados obedecían a sus superiores con majestuosa devoción, a la vez que los oficiales lanzaban órdenes ataviados en sus elegantes uniformes.
-¿Estáis listos?- preguntó Miguel, susurrando entre las sombras del bosque.
En pocos segundos la voz de Alejandro fue mecida suavemente hasta los oídos de Miguel, que observaba con detalle cada movimiento del enemigo.
-Mis hombres y yo estamos preparados. Esperamos la señal.
La cabeza de Miguel visualizó en décimas de segundo la acción a realizar. “Espero que todo salga bien; aquí está la gloria o la muerte” pensó mientras miraba a sus hombres. Luego gritó:
-¡Ahora! ¡Muerte al francés!
De pronto, a ojos de los confiados soldados franceses, los arboles del espeso bosque aparecieron convertidos en certeros pistoleros que escupían rudos hombres vestidos con harapos de campesino y mandiles de artesano. En pocos segundos reinó la confusión. Alejandro y sus hombres eran los encargados de inutilizar los cañones, torciendo el martillo que propulsaba los proyectiles y acabando con sus cañoneros. Miguel, aprovechando la confusión entre las filas enemigas huía de nuevo hacía el bosque llevando consigo al capitán Meliere. Javier y Sergio avisaron a Alejandro, y a una señal de este, los milicianos restantes corrieron otra vez hacía la protección de los arboles.
-¿Estáis todos bien?- preguntó Miguel.
-Ninguna baja -contestó Alejandro que seguía corriendo.
El pequeño grupo de milicianos corría velozmente entre los árboles, en dirección al poblado. Tendrían unos minutos de ventaja gracias a la confusión provocada. Las balas de los soldados franceses ya penetraban en el bosque persiguiendo a los milicianos. Un cañón reventó en el campo francés.
-¡Buen trabajo chicos!- exclamó Alejandro, mientras sus hombres le seguían con una sonrisa de satisfacción.
Los primeros disparos de sus perseguidores tronaron a sus espaldas. Algunos proyectiles pasaron muy cerca de sus cabezas. Al otro lado del bosque, en el umbral más próximo a la población, les esperaba un grupo de fusileros amigo, listos para disparar en cuanto tuvieran al enemigo a la vista. Una vez pasaron corriendo sus vecinos y amigos, las balas de los milicianos se precipitaron en busca de sus víctimas. Los cuerpos franceses rebotaron en el terreno húmedo como una fantasmal melodía.
-¡Lo tenemos Arturo!- gritó Miguel, apresurándose en llegar junto a sus compañeros.- ¡Tenemos al capitán Meliere!
El capitán francés apareció maniatado delante de Arturo. Tenía una pequeña brecha en la ceja derecha, y el ojo ligeramente inflamado, nada que no pudiera curar un poco de hielo y una botella de vino. Lo llevaron a una pequeña celda de la prisión del poblado, situada a pocos metros de la defensa heroica de los milicianos. Rápidamente reemprendieron sus posiciones, aunque el ataque parecía haber cesado. Únicamente podía escucharse el silencio de la guerra. Un correo francés se acercó lentamente hacia la posición de los españoles; portaba una bandera de tregua.
-Los franceses pactaran por la vida del capitán Meliere, pero no se rendirán - explicó Arturo a Pedro, su segundo al mando. Miguel y Alejandro también estaban allí como oficiales que eran.
En esos momentos, el francés encargado de entregar el mensaje se dispuso lo más cerca que pudo de las maltrechas defensas de los aldeanos, que milagrosamente resistían, y en un castellano bastante correcto, pero con un marcado acento extranjero, comenzó a hablar.
-Reclamamos la liberación del capitán Jacobs Meliere, de lo contrario volveremos a atacar con todas nuestras fuerzas. En menos de una hora habremos conseguido arreglar todos nuestros cañones, y vuestro poblado no volverá a resistir otra envestida. Tienen una hora para pensarlo. De lo contrario, arrasaremos esta población, acabando con la vida de todos, mujeres y niños incluidos.
- ¡Necesitamos solo unos minutos para pensarlo!- gritó Arturo.- ¡Aguarden nuestra respuesta!
Después, se giró y marchó rápidamente junto a Pedro a la prisión. Quería hablar con el capitán francés antes de tomar una decisión.
-Esta guerra comenzada por dos reyes que se creen dioses no es nuestra guerra - empezó a decir Arturo al capitán Melier, que esperaba tranquilo sentado en un camastro de paja al otro lado de la reja.- Ustedes reciben órdenes de ese corso con aires divinos, nosotros de un rey que vive lujosamente prisionero del vuestro, y que nos vendería si pudiera por dos míseros reales. Nosotros solo somos unos humildes trabajadores de la tierra, entre los que también hay artesanos, ganaderos y gentes de decentes oficios. Somos un pueblo humilde y pacífico, pero le prometo que lucharemos hasta la muerte si es preciso por defender nuestra tierra y nuestras familias. Solo le pediré una cosa. Sé que ustedes no cederán a las peticiones de un modesto agricultor, y que con toda seguridad continuarán adelante en su conquista, hasta que uno de los dos ejércitos ceda o sea destruido por completo. Pero prométame una cosa, capitán; si le dejo libre para volver junto a sus hombres retírese y denos tres días, para marchar a un lugar seguro con nuestras familias o para continuar luchando hasta la extenuación.
-Tiene mi palabra de caballero de que así será -contestó el capitán Jacobs Meliere.- Aunque me temo que volveremos a vernos comandante. La temeridad y terquedad de la gente de su tierra es admirable, aunque no creo que sea suficiente para frenar al ejército más poderoso del mundo.
-Por el momento, el ejército del gran Napoleón se ha dado de bruces contra este pequeño pueblo de trabajadores, capitán.
- No habrá una segunda vez, comandante.
El comandante de la milicia y el capitán francés se dieron un apretón de manos para sellar su pacto de caballeros; después se dirigieron donde se encontraba el emisario francés, el cual esperaba pacientemente. Una vez allí, volvieron a estrecharse la mano. Arturo devolvió el sable al capitán Meliere en un gesto de buena fe. El capitán hizo un gesto al emisario mientras pronunciaba unas palabras en francés a su subordinado que nadie llegó a entender.
Los aldeanos celebraron la pequeña victoria ante aquel ejército que parecía invencible, el cual había conquistado toda Europa. El capitán Meliere cumplió su promesa, y los aldeanos dispusieron de tres días, pudiendo recibir ayuda de milicianos de la región, así como de un destacamento militar y un nutrido grupo de aliados ingleses. Todo parecía prever que el capitán Meliere y Arturo volverían a verse las caras. ¿Saldrían esta vez victoriosos los temerarios y tercos milicianos españoles tal y como los había descrito el capitán Jacobs Meliere?
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Quiero...

Quiero viajar por los paisajes de tu piel. Descubrir tu alma para pintar la mía de un radiante amanecer. Verme cada día reflejado en tu ardiente mirada, saboreando la felicidad en tus cálidos labios. Y en el final de mi existencia, recordar los momentos felices de nuestra vida, para descansar eternamente de tu mano, en la inmensidad del cielo estrellado.
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Michael Corvis

Pocos conocían la historia de Michael Corvis, pero todos conocían su nombre. Un hombre silencioso, parco en palabras, siempre en un segundo plano. Algunos cuentan que todo cambió hace cinco años, cuando unos traficantes de tres al cuarto mataron a su mujer y su hija por poco más de 100 euros. Dos días después de enterrar a su familia, encontraron los cuerpos de los tres camellos tirados en un callejón con las gargantas cortadas. La policía nunca pudo demostrar nada, y el caso se cerró como un simple “ajuste de cuentas”. Semanas más tarde, Michael vendió la casa y todas sus posesiones, dejó el trabajo y desapareció de la ciudad.
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Con su propia ley

Todo ocurrió de manera inesperada, y lo que para unos fue justicia, para la ley se convirtió en delito. Desde entonces, convertido en prófugo, se dedica a impartir su propia ley allí donde va.
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Primero caen los peones

La Aurora de rosados dedos, cubría con su fino manto el tempranero cielo matutino, mientras los primeros bostezos del Sol desprendían haces de una luz blanquecina. Los habitantes de Olendeck se preparaban para iniciar su jornada, aunque no todos. En el “Jabalí alado”, la posada más famosa de toda la región, corría el vino y la cerveza desde la noche anterior. Dos caballeros de elegantes vestiduras festejaban alguna cosa importante con un grupo de señoritas de reputación libertina, sin advertir lo que estaba a punto de suceder. Un forastero observaba, desde hacía ya varias horas, todo lo que ocurría en el comedor de la posada. Los nobles caballeros no habían advertido su presencia, ya que solo tenían ojos para el alcohol y los pechos de las prostitutas. De pronto, el enigmático personaje, sale de entre las sombras de su rincón, se dirige hacia los dos caballeros, y se levanta el ancho sombrero que le cubría el rostro. Uno de ellos, advierte su presencia, y al descubrir su rostro se queda helado.
- ¡Tú!- exclama el hombre.- ¡Pero si estabas muerto!
El caballero, intenta echar mano a su puñal, pero antes de que pudiera ni siquiera tocarlo ya estaba muerto. El otro pretende escapar, pero el miedo y la borrachera lo hacen lento y torpe. En un intento desesperado trata de apuñalar al forastero, aunque este lo esquiva y le lanza un estoque que le atraviesa el pecho, dejándolo sin vida en un charco de sangre y vino agrio.
El miedo se había apoderado de todos los presentes. El hombre, recoge las dos bolsas llenas de monedas que portaban los caballeros colgados en el cinto. Las abre y reparte una de ellas entre las prostitutas, luego, les deja irse. Seguidamente deja la otra encima de la barra.
- ¡Esto por las molestias posadero!- dice el forastero.- Puedes quedarte también todo lo que llevan encima. Luego entiérralos. Fuera hay dos caballos; uno de ellos es para ti. Buenos días.
Y de esta manera, el misterioso forastero abandona la villa de Olendeck, dejando tras de sí la muerte de dos nobles caballeros, los mismos que meses antes lo habían dado por muerto en el acantilado. Aunque aquí no acaba la historia, ya que las dos víctimas solo eran unos simples peones.
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Un lugar por descubrir

Un pequeño empuje, y mis piernas ya están dispuestas a afrontar el desconocido camino. Mi corazón, deseoso de aventuras. Mi alma, anhelando encontrar ese lugar.
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Presagio escarlata

Hace semanas que despierto sobresaltado de la cama, empapado en un gélido sudor que me cala hasta lo más profundo de mis miedos. Un sueño que se me repite noche tras noche.
“Estoy en lo alto de una montaña y el frio hace tiritar todo mi cuerpo. A mi alrededor, una densa niebla lo cubre todo. De repente, un potente viento me empuja hacia atrás. Intento resistirme con todas mis fuerzas, pero el ímpetu del rugir de las montañas es más fuerte que mis músculos. Caigo al suelo, pero me repongo rápidamente y vuelvo a ponerme en pie. Continuo luchando contra la fuerza del furioso vendaval. El aire comienza a remitir inesperadamente; cada vez se vuelve más débil. De pronto, el cielo se torna en calma. La espesa niebla desaparece, y la ventisca se transforma en una suave brisa. Ahora puedo divisar todo mi entorno de una forma clara, y ante mí, aparece un fascinante paisaje. Mis ojos divisan un enorme y hermoso valle que se expande a derecha e izquierda. Un imponente bosque de cedros y abedules lo guardan. Hasta donde puede alcanzar mi vista todo es colosal, gigantesco, bañado por un inmenso mar de color verde. A mi espalda, el infinito manto azul del océano. Comienzo a descender hacia la playa que diviso bajo mis pies. Mientras bajo por los empinados y estrechos senderos, observo el chocar de las olas contra las milenarias rocas talladas de los acantilados.
A medida que me voy acercando más a la playa, una dulce melodía se cuela en mis oídos, transportada por la refrescante brisa marina. Es la voz de una mujer. Divina voz, pienso, y apresuro los pasos para descubrir a ese fantástico ser. Al llegar a la playa, me encuentro con una hermosa mujer que sale del agua, colocándose una fina túnica blanca que le transparenta todos sus encantos. Ella parece sobresaltarse en un primer instante, pero seguidamente clava su mirada en la mía y camina hasta mi posición. Noto como el corazón se me acelera. Ella me dice su nombre; Eurídice se llama. Luego, yo le digo el mío. Ella, me coge de la mano con una tierna y sensual sonrisa, y me lleva hasta una pequeña pero acogedora cabaña a pocos metros del lugar donde nos encontrábamos. La cabaña, construida en piedra, tenía anchas vigas de madera y techumbre de cañas y paja; La puerta estaba adornada con conchas de caracolas. Entramos. En medio de su única estancia una hoguera calentaba el hogar, la cual servía a la vez para cocinar. Todavía cogidos de la mano, ella me lleva a un lecho hecho de suaves mantas y cojines; luego, hacemos apasionadamente el amor con el fuego como único testigo. Minutos después, unos hombres armados irrumpen en la cabaña de la playa mientras nosotros permanecíamos aún abrazados a nuestro amor. Nos sacan hacia el exterior, amenazándonos con unos largos y afilados cuchillos. Son cuatro hombres que no había visto jamás. Uno de ellos se acerca a Eurídice, semidesnuda.
Quiere ponerle las manos encima y mi corazón arde por dentro. Me deshago de mi custodio de un cabezazo, aprovechando la distracción del cuerpo desnudo de la chica. Sin saber cómo, me hago con un cuchillo y rebano el cuello de dos de los captores. El tercero de ellos me ataca, pero consigo esquivarlo y apuñalarlo en el pecho. Ya solo queda uno, pero este retiene a mi bella Eurídice. Entonces, ocurre lo inesperadamente fatal. Un cuchillo atraviesa el estomago de la chica, apuñalada por la espalda. El hombre se ríe enseñando su podrida dentadura. La cólera más implacable posee todo mi cuerpo, y yo dejo que me controle. Me lanzo contra el asesino de Eurídice, le arrebato su arma, y lo apuñalo una y otra vez mientras su sangre salpica mi cara. Llego a notar su amargo sabor. Una vez bien muerto, me giro rápidamente hacía mi amada. El cuerpo de la chica yace sin vida en la arena de la playa. La cojo entre mis brazos e intento reanimarla, pero ella no reacciona, está muerta. Luego, súbitamente, aparece nuevamente la espesa niebla del principio. Mis ojos ya no pueden ver nada, pero mis brazos todavía pueden sentir el peso del cuerpo de Eurídice. Mis rodillas se clavan en la arena ensangrentada mientras grito con todas mis fuerzas el nombre de la chica. Las lágrimas de mis ojos caen al suelo mezclándose con la sangre. Luego, me despierto empapado en sudor, igual que la noche anterior.”
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Tierras del norte

El viento afilado de las montañas, helaba la piel de Feidur mientras hacía danzar sus rubios cabellos por debajo del yelmo. El Sol, lanzaba finos haces de su divino resplandor, que penetraban entre el esponjoso algodón que adornaba la bóveda celestial, custodiada por los gigantes rocosos, cubiertos con su eterno manto blanco. El guerrero, descubrió su cabeza del metal que la protegía, mientras el movimiento ondulado de su larga cabellera se mezclaba con el perfume de las nubes. Su silueta se recortaba entre tanto coloso. Feidur, no podía dejar de maravillarse ante tanta belleza creada por los siempre vigilantes dioses.
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Canto a Afrodita

Te canto a ti, musa de melodiosos cabellos y embriagadora mirada. Que tus firmes y cálidos brazos envuelvan mis noches oscuras, y en tus esculpidos senos descanse el amargo sufrimiento de mi corazón. ¡Oh divina protectora de níveo rostro y ojos de mar!
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El campeón

En ese preciso instante pensó: “Dos años enteros de duro esfuerzo me han llevado hasta este momento. Un entrenamiento intensivo día tras día, y a pesar del sudor, la sangre, las lágrimas, y todos los golpes recibidos aquí estoy. Ahora soy más grande, más rápido, más fuerte; ahora soy un hombre que se ha superado a sí mismo, mi propia versión mejorada. Hoy es ese día en el que rozas la gloria con tus dedos, pero no es suficiente con eso. Queda el último esfuerzo, la hora de la verdad, el momento que has estado esperando toda tu vida. Cógelo por ti mismo. ¡No lo dejaré escapar! ¡No señor!”.
La campana lo despierta de sus pensamientos, centrando su mirada en el adversario. El combate por el campeonato del mundo acaba de comenzar.
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Días grises

Los árboles bailan, agitando sus ramas al compás de la melodía del viento, mientras el cielo azul se cubre de nubes negras que presagian tormenta. Algunas nubes todavía resisten ponerse el manto de luto. No quieren verter sus lágrimas sobre la tierra. Los rayos del sol luchan por filtrarse entre las pocas aberturas que se aprecian en la lejanía. Los pájaros han abandonado sus vuelos acrobáticos para volver al calor de sus nidos. Todo sigue su curso, pero no puedo verte. No encuentro tu dulce perfume, ni el suave calor de tu cuerpo. Soy como ese ave que sigue volando, a pesar de saber que se acerca la tormenta. Esa alma errante, que no sabe dónde está su nido.
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Nanorrelatos I

LA BÚSQUEDA
El esclavo abrazó con fuerza la libertad.

EL CRONISTA DE FELIPE II
Tenía la pluma tan afilada como su espada.

LA MÁQUINA DEL TIEMPO
Anaís abrió el libro y viajó a un mundo pasado.

LOS OJOS DEL ALMA
El feliz invidente abrió los ojos al verla llegar.

TRISTEZA
Existió un hombre invisible que todos podían ver.

ENTRE LAS BOMBAS
El amor los encontró en medio de la guerra.
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Nanorrelatos II

JUNTOS
-Te seguiré al fin del mundo.
-¿Y si morimos?
-Si morimos, seremos eternos.

PERDIDOS
Fueron dos corazones perdidos; uno murió de pena, el otro, de olvido.

LA DECISIÓN DE CÉSAR.
Los vítores fueron los primeros en cruzar la frontera, luego los soldados. La suerte estaba echada.

AMORES ETERNOS
Él la miró; ella lo miró. No volvieron a verse, no dejaron de amarse.

DESDE LA ACRÓPOLIS
Un mensaje de Lisandro llegó a Esparta.”Atenas está tomada”, decía. La guerra estaba ganada.

TIEMPO PERDIDO
Murió de pena esperando a la vida.

A MIS ABUELOS
Cuando Pedro conoció a Leonor, todo cobró sentido.

EL CASTIGO
Existió un hombre que al reírse del saber se convirtió en ignorante
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Última parada: Estación Z

Por debajo de sus temerosos pies, resonaban los maderos del viejo vagón al pasar continuado por las heladas vías del tren. Allí, hacinados como animales, cabían ciento cincuenta personas por vagón, según las autoridades militares del lugar. Llevaban dos días de camino, y las pobres almas que convivían en ese viejo vagón, lo hacían con los olores del miedo, el hambre, y la incertidumbre de no saber hacia dónde se dirigían. Habían salido desde su Francia natal, desde un pequeño pueblo situado a pocos kilómetros de Burdeos, obligados a subir apresuradamente al tren prácticamente con lo puesto, abandonando todos sus recuerdos a merced de la guerra. Todos los que allí se encontraban se hacían preguntas, todos a excepción de un viejo pastor que callaba y miraba al vacío desde la pequeña y única rendija que había en el vagón. Le habían llegado noticias sobre los campos de concentración y exterminio. Allí la gente era obligada a trabajar hasta la extenuación, azotada y maltratada, consumida por la miseria, tratada como una bestia, sin identidad, sin pasado, sin futuro, solo registrada como un simple número, tatuado en la piel para no olvidar el horror de sentirte inútilmente reemplazable. También había sentido el terrible rumor, por desgracia para la mayoría cierto, que la única escapatoria para los que entraban en ese lugar era hacerlo a través de las chimeneas, humeantes las veinticuatro horas del día. A pesar de todo esto, el viejo pastor no quiso decir nada que pudiera sumarse a la angustia y a las pocas esperanzas que le pudieran quedar a esa gente.
Al tercer día de camino, las puertas del vagón se abrieron, cubriendo de luz los delicados ojos de los viajeros que ya se habían acostumbrado a la oscuridad de su reclusión. A pesar del frio del exterior, los cuerpos extenuados de los prisioneros notaron el cálido abrazo del Sol. Los soldados los sacaron uno por uno, agrupándolos por diferencia de edad y sexo: Las mujeres y los niños menores de catorce años a un lado, los varones al otro. Un gran cartel marcaba que esa era la última parada: “Station Z”. Justo delante de esos hombres y mujeres aparecía algo similar a un complejo industrial, rodeado de altos muros y alambradas, torres de vigilancia, y multitud de soldados con el uniforme de las “Schultzstaffel”. Cruzaron una enorme puerta donde les saludaba un gran distintivo con el símbolo del diablo, debajo de él pudieron leer claramente: “Arbeit macht frei” (el trabajo os hará libres). Detrás de ellos quedaba el nombre de ese terrible lugar, el cual nunca sería olvidado por los afortunados supervivientes: Auschwitz.
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Vencer o morir

Nuestra línea marchó inamovible, dispuesta, al paso, como un solo ser; un demonio metálico recubierto de funestas puntas sedientas de sangre. De un momento a otro se produciría la furiosa embestida del enemigo, el cual corría valientemente hacía nosotros, aunque sin ningún orden de batalla. Ellos eran más, pero nosotros estábamos mejor entrenados. Antes del fatal choque, empezaron a volar pila y saetas, por todo el campo de batalla, pero eso no importaba, nuestro objetivo era romper su línea del frente por el centro. El fragor de la batalla retumbó en miles de pasos, y el aliento de la muerte inundó el insalubre aire. Los escudos chocaban entre sí, las lanzas penetraban las entrañas del enemigo, las espadas y hachas cercenaban miembros de un solo tajo. La arena se tiñó de rojo, y los cuerpos de los caídos eran pisoteados por los que aun continuaban combatiendo. Nos introducimos entre las líneas bárbaras golpeando con brutalidad y cubriéndonos los unos a los otros. Durante unos momentos nos vimos rodeados, pero, al toque del cornum, la segunda fila vino a apoyarnos y poco a poco fuimos retrocediendo dejando paso a las tropas de refresco. El espectáculo era pavoroso, salido del mismísimo inframundo. Después de un corto descanso volvimos a cargar contra el enemigo, el cual cada vez estaba más mermado. De repente, una lanza perforó el pecho del corpulento soldado Lucio Valente, el cual tenía a mi izquierda. Un zumbido atravesó el cielo, pero la saeta lanzada impactó en mi scutum. Al descubrir el rostro, vi a un gigante barbudo blandiendo un hacha directamente hacia mí. La esquivé como pude, y prácticamente cayendo al suelo, atravesé las costillas del gigante germano con mi gladius. Me levanté rápidamente, protegiéndome de otro adversario con el scutum, el cual golpeaba y golpeaba con terrible vigor. Conseguí ponerme en pie, pero solo gracias a la ayuda de mi gran amigo Quinto Cornelio pude deshacerme del enemigo. Este le cortó la mano con la que blandía su larga espada, y luego, yo le rematé clavándole en el cuello una lanza que había recuperado del campo de batalla. Esta vez los refuerzos nos reemplazaron con mayor rapidez. Ya no volveríamos a entrar en batalla, ya que las tropas bárbaras se retiraron a la otra orilla del Rin. El clamor por la victoria resonó por todo el campo de batalla; después, al ver a los compañeros caídos, la alegría se tornó llanto, y los ojos se nublaron por las lágrimas. Yo, Emilio Lupo, tercer Centurión de la segunda Cohorte, perteneciente a la Legio XXI Rapax, sobreviví a tan terrible batalla contra los salvajes germanos. Muchos de mis compañeros cayeron en ella, es por eso, que esta noche, ofreceré a los dioses un sacrificio por sus almas.
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John McCoy & Billy Wilson

En la cantina San Marcial de Traselville se encontraba John McCoy, más conocido como “el Ingeniero”. La mayoría de las tardes, se le podía ver disfrutando del gustoso whisky escocés que él mismo comerciaba, acompañado de bellas señoritas del Saloon. El dueño de la cantina, Elías Sherman, era un buen amigo de McCoy, ya que los dos compartían orígenes irlandeses. De pronto, en el exterior, se escuchó un enorme jaleo. McCoy salió a ver lo que ocurría. Entonces, observó que alguien salía corriendo del Banco, llevando consigo un par de sacas de billetes. Montó raudo y veloz en su caballo, y marchó al galope mientras los ayudantes del Sheriff intentaban abatirlo a disparos. McCoy y el atracador, que llevaba un pañuelo tapando parte de su rostro, cruzaron miradas; los dos sonrieron.
-¡Maldito chico!- pensó McCoy mientras regresaba al interior de la cantina para seguir disfrutando del Whisky y las señoritas.
Mientras, el atracador huía dejando atrás a sus perseguidores. John McCoy había sido el único en darse cuenta de quién era realmente el hombre que se escondía tras el pañuelo y el ancho sombrero. Era Billy Wilson, más conocido como “el Chico”.
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Nuestro tiempo

¿Qué pensarías amor, si te dijera que me doy por vencido? ¿Que el miedo me paraliza el cuerpo impidiéndome continuar? ¡No! ¡No se dará el caso! Porque sabes que sin ti mi vida no tiene sentido; porque sin tu presencia el mundo gira, vacio, sin más pretensión que la de quien espera la fría muerte. Tú y yo, no nos hemos encontrado todavía, pero estate convencida de que pronto nos fundiremos en un apasionado abrazo, en un sensual beso, y en la mágica calidez de nuestros cuerpos convertidos en un solo ser. Nuestro amor volverá a activar el tiempo, siendo ahora nosotros, y solo nosotros, imperecederos amantes hasta el fin de la edad de los hombres.
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Llegué, vi, vencí, morí.

La guerra nos había separado. Hacía dos años que no sabía nada de mi hermano. Anhelaba encontrarlo, y el final de esta maldita búsqueda estaba a punto de llegar. Me había convertido en un victorioso general. Valiente, tácticamente efectivo, y enormemente carismático. Todo pasaba por acabar con el último reducto de los rebeldes, y en menos de dos horas conseguimos terminar con ellos. Después, mientras celebraba la victoria con mi Estado Mayor, mis hombres se encargaban de fusilar a los últimos insurgentes.
Esa fue la última vez que vi a mi hermano. Estaba con los ojos en blanco, entre decenas de cadáveres ensangrentados y amontonados en una fosa común. Ese día morí en vida, y nunca más he vuelto a ser el mismo.
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Herederos del 14 de abril

En el ambiente se respiraba un aire de alegría, de fiesta, de celebración. Todo el mundo había salido a la calle a ser partícipe de este momento histórico. Sonaban tambores y trompetas, los hombres bebían y fumaban, las mujeres vestían sus mejores ropas, los niños corrían por las calles arriba y abajo...;Emilio, observaba todo desde el balcón de su casa. Pensaba en como cambiarían las cosas a partir de ahora, y en cómo afectaría esto en su trabajo como profesor. Él lo tenía claro, y decía en voz alta: “A partir de mañana los niños podrán soñar con un mundo mejor, los trabajadores gozaremos de mayores derechos, y tanto hombres como mujeres viviremos en un mundo justo y sin rencores”. Todo se presuponía muy bonito, pero la mano codiciosa del hombre lo destruyó todo. El pueblo quedó roto por partidarios y detractores, y tras seis años de intentos por estabilizar un sistema que parecía definitivo, la tensión estalló. Emilio, un profesor que defendía a pies juntillas la laicidad en la enseñanza y el sistema público de esta, se vio obligado a coger las armas, y de la noche a la mañana estaba defendiendo la capital contra la sublevación de un grupo de militares opositores a la legalidad vigente. La República estaba herida, pero siguió luchando valientemente durante tres años en defensa de la libertad, aunque finalmente cayó muerta.
A pesar de los años transcurridos y del enorme odio que todavía se profesa en la memoria colectiva de nuestro país, un aliento de esperanza vuelve a resurgir en nuestros corazones. Un soplo de aire fresco vuelve a recargar las baterías de nuestras almas, recordando aquellos años en que todo era posible; Un tiempo en que el pueblo llevaba la voz cantante, y en que la solidaridad emanaba por los poros de trabajadores y labriegos, así como de las demás gentes humildes. Ahora quedan pocos que vivieran aquella época de sacrificio y de lucha, aunque en sus hijos y nietos está la semilla de la revolución y la justicia. Ahora solo queda tirar de refranero español, y como buen ciudadano de nuestra hermosa y brillante España decir: “A la tercera, va la vencida”.
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El primer día de mi vida

Jamás tuve valor para hacer nada hasta el día en que nací. Esa mañana desperté pletórico, lleno de energía, y a pesar de mi aspecto, me encontraba más vivo que nunca. Encendí el televisor y sonreí al ver las noticias:
“Encuentran los cadáveres de dos conocidos delincuentes tirados en la estación Este. Según las cámaras de seguridad de la estación, después de propinar una brutal paliza a un viajero, este, en un descuido de los agresores, consiguió arrebatarle a uno de ellos el arma, disparándoles a bocajarro y huyendo rápidamente de la escena del crimen. No se ha identificado al viajero, aunque parece que se trata de un hombre de entre treinta y cuarenta años”.
Dirigí mi mirada hacia el revólver de encima de la mesa. Volví a sonreír. Luego, y tras acabar de almorzar, me curé con cuidado las magulladuras y moratones que tenia por todo el cuerpo.
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Esperando el momento

Cuando la noche llegó, el cielo se cubrió de tinieblas. No se distinguían ni la luna ni el titilar de las estrellas, pero los ojos de Eleonor lo distinguían todo perfectamente. Era algo magnífico. Caminaba sigilosamente a través de la arboleda. A cada paso se detenía a observar a su alrededor, pausada pero firme, mientras sus verdes ojos relucían en la oscuridad de la noche como dos esmeraldas bañadas por el sol. De repente, algo captó su atención. Todo pasó en unos segundos. Eleonor, se abalanzó de repente sobre una sombra, sin darnos prácticamente tiempo a descubrir de qué se trataba. Luego, tras unos instantes, apareció ante nosotros con su presa en la boca. Era un joven cervatillo. Rápidamente aparecieron tres cachorros llamados por su madre. Lo habíamos grabado todo, y esto se merecía un más que ganado descanso. Jim y yo, recogimos todo el equipo, y regresamos al campamento base junto a los demás. Eleonor, la leopardo, se quedó escondida tras unos arbustos degustando una suculenta cena junto a sus cachorros, a la vez que nuestro jeep se alejaba en dirección contraria.
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¿Cómo saberlo?

Se deshicieron escrupulosamente del cadáver. No estaban dispuestos a dejar ninguna huella ni pista que pudiera incriminarlos. Estaba claro que eran profesionales y que sabían lo que hacían en todo momento. Metieron el cuerpo en una furgoneta verde oscuro, sin cristales en la parte posterior, donde el rótulo de una tienda de electrónica se anunciaba en el exterior, sirviéndoles de tapadera; “Game Tronick”, creo recordar. Una vez todo limpio y despejado salieron del viejo almacén de Somersbridge en dirección a la carretera comarcal que se dirige al norte. Tras dos, quizá tres horas de viaje, llegaron a su destino: La antigua cantera abandonada de Northbruck. En ese lugar era donde acababan algunas de las víctimas del “Konsejo”, una organización criminal que se había extendido mundialmente, y que controlaba el 80% del tráfico armamentístico de Europa; incluso tenia importantes miembros trabajando para influyentes multinacionales, o pertenecientes a distinguidas instituciones y partidos políticos, aunque claro está, ellos siempre negaban cualquier relación. Fue allí, en ese apartado y abandonado lugar, donde serían enterrados en una fosa común los restos del teniente de la Interpol, Norbert Beckett, el cual había detenido a más de treinta miembros importantes de la organización, y recopilado cientos de pruebas que inculpaban a altos cargos políticos y otros personajes de relevancia mundial.
¿Qué cómo se todo esto? Porqué yo estaba allí.
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Hasta la coronilla

Esos dos yonkis malnacidos volvían a encontrarse delante de mi edificio. Llevaban semanas atemorizando a los vecinos con sus obscenos y amenazantes insultos, mientras a la vista de todos consumían sus preciadas drogas vestidas de una dulce muerte. Estaba hasta los cojones de la situación. Pasé delante de ellos. Uno de los yonkis de mierda casi me alcanza con un escupitajo, mientras el otro reía enseñando su podrida boca. Esto no podía continuar así. Subí a casa, cogí la escopeta que utilizaba para cazar, y bajé a dar un escarmiento a esos dos hijos de puta. Cuando llegué a la entrada del edificio apreté el gatillo sin pensar, esparciendo los cerebros de esas dos ratas por todo el portal. No sentí nada; y he de decir, que la idea de matar me excitó gratamente.
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Cuando acabó la Gran Guerra

En el aire se respiraba el funesto hedor de la muerte. La tierra estaba teñida de sangre, y las madres lloraban angustiadas en sus hogares por la suerte de hijos y maridos. En los campos de batalla de toda Europa se habían medido los sueños y esperanzas de millones de personas, insertados en la lucha de naciones codiciosas que se disputaban su trozo de pastel. Unos deseaban imponer su hegemonía, otros no perder su supremacía en la cima del poder. Después de varios años de sufrimiento y destrucción, y a pesar de posicionarse finalmente un vencedor en esta guerra, la verdad es, que después de los hechos, todo el mundo sabe quien ha sido el claro derrotado: La humanidad.
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Berlín 1945

Por aquel entonces solo tenía quince años, y mi convicción y creencias eran firmes e inquebrantables, aunque claramente erróneas. Recuerdo los últimos días vividos en mi querido Berlín junto a Rolf, Friedhelm y Reinhard. Era finales de abril, y el ejército rojo arrasaba las calles de nuestra ciudad con sus cañones y morteros. Nosotros, resistíamos convencidos de la victoria final que nos había inculcado el Führer y la cúpula del partido, aunque estaba claro que la victoria final no sería nuestra, sino que caería del bando aliado. Nuestra posición estaba enclavada en el cruce entre Friedrich strasse y Leipziger strasse, y únicamente disponíamos de un cañón de mortero con media docena de proyectiles, un fusil de francotirador con escasas balas, y un par de walthers PPK. Defendíamos la posición con uñas y dientes, a pesar de la gran cantidad de rusos que corrían arriba y abajo. De repente, un proyectil impactó delante nuestro derribando la rudimentaria trinchera hecha con sacos de arena. Toda la cabeza me zumbaba a una gran velocidad, y mi única preocupación era recuperar la poca munición que nos quedaba para seguir atacando. Miré a los lados, y allí contemplé los cuerpos sin vida de mis amigos, todos cubiertos por el polvo y la sangre. Segundos después, tenía un fusil soviético apuntándome en la sesera. Cerré los ojos esperando la muerte y el reencuentro con mis camaradas, pero no ocurrió nada. Escuché unas palabras en ruso que no entendí. Estaban dirigidas al soldado que me apuntaba, y venían de un comisario político. Acto seguido el mismo comisario me preguntó en un alemán simple si tenía familia. Yo le contesté que no, que todos habían muerto en esta guerra. El comisario me levantó del suelo, y con un gesto brusco me dijo que me marchara. Luego me deseó que sobreviviera a esta guerra, y él y sus hombres se marcharon para continuar luchando.
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Cruce de caminos

Un nuevo amanecer despertaba engalanado bajo la aurora de manto rosado. El Sol, en privilegiada tribuna, se levantaba iluminando la magnífica ciudad de Atenas. Los relucientes rayos de luz lanzados por el divino Apolo llenaban de brillo las fachadas de los blancos edificios, y sus altos tejados carmesíes, refulgían como el fuego sagrado en el altar del mismísimo Zeus. En toda la ciudad se percibía el aroma de la sal traída por la brisa marina, y el ajetreo de pescadores y comerciantes que recorrían todas las calles desde el puerto hasta el mercado, daban el toque de salida a la jornada. Los orgullosos atenienses habían disfrutado de años de bonanza gracias al gobierno del “tirano” Pisístrato, y ahora lo seguían haciendo bajo la autoridad de sus hijos Hipias e Hiparco, aunque pronto se rompería todo este equilibrio, ya que las más nobles familias estaban conspirando para hacerse con el poder. Por otra parte, la amenaza persa comenzaba a hacerse presente y a ser un tema recurrente tanto en los consejos aristocráticos (Areópago), como en las asambleas populares (Eklesia).
Muy Lejos de allí, en el corazón del Imperio Persa aqueménida, nacía Jerjes, hijo de Darío y la Reina Atosa; este neonato llevaba en sus sangre la herencia de su abuelo materno Ciro (II) el Grande, fundador del gran imperio Persa. Años después, ya como rey, su destino se cruzaría inevitablemente con el de Atenas y sus habitantes, los cuales no imaginaban en ese día tan magnífico, que la amenaza más grande de su historia acababa de nacer.
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Mi primera guerra

El estallido de las bombas, resonaba por todo el escenario de muerte y horror en el que se había convertido el frente, mientras que mi pelotón, acosado por las balas enemigas que silbaban a escasos centímetros de nuestros cuerpos, caía en la tierra ensangrentada que se enfangaba a nuestros pies. Luego, la muerte, vino a buscarnos con su sonrisa fúnebre.
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Dime tu nombre

Desde el primer día que la vi, no me la pude sacar de la cabeza. Era como una diosa, iluminada de una radiante luz hipnótica. Cada día, la veía pasar delante de mi puesto de trabajo, y pensaba, cual sería la mejor manera de acercarme a ella y entablar una agradable conversación. A pesar de todo, el miedo al rechazo me hacía echarme para atrás.
Una mañana, salí de casa decidido a parar a aquella chica, y explicarle todo lo que mi corazón sentía por ella desde hacía más de un año. La esperé impaciente y nervioso delante del trabajo, pero la chica, no apareció. Día tras día la esperaba, con el deseo de poder volver a verla; incluso la busqué por cada uno de los rincones de la ciudad, pero todo fue en vano. Nunca más la he vuelto a ver, ni siquiera a saber de ella, y a pesar de todo, después de más de cuarenta años, mi corazón late con fuerza cada vez que recuerdo a aquella chica sin nombre.
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Libertad

No sé cuantos días llevo aquí encerrado; he perdido la noción del tiempo. Mi cuerpo cada vez está más débil, y no creo que pueda soportar mucho tiempo este cautiverio. A veces escucho a mis captores hablando entre sí, pero no entiendo nada, ya que hablan en una lengua desconocida. No comprendo porqué estoy aquí, solo sé que alguien me golpeó la cabeza mientras paseaba por las afueras de la ciudad, despertando horas después en este agujero oscuro y húmedo. Estás podrían ser mis últimas palabras; soy el Inspector William Lambert, del departamento de homicidios de Scotland Yard. Mi corazón se revoluciona, acabo de escuchar algo parecido a una explosión; se escuchan tiros, pero he reconocido voces amigas. El sonido de una trampilla que se abre entra en mi mente como una melodía divina, la luz que penetra en el zulo es como la claridad sublime de un amanecer. Alguien me coge del brazo, me desmayo; por fin soy libre.
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Una primera vez

¡Qué bonita es la nieve! Se repetía una y otra vez Jack, que observaba como caían los copos a través de un gran ventanal. Mientras tanto, el capitán de la nave ordenaba prepararse para el aterrizaje. El joven cabo Jack Slimer estaba emocionado. Llevaba mucho tiempo esperando este momento. Para él, este sería su primer invierno fuera de casa, así como también, su primer invierno en el planeta Tierra.
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Dama Libertad

Y la dama Justicia
destapó sus ojos
para guiar a su pueblo
hacia la libertad.
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Resistencia

- ¡Bajad los portones!- ordenaba el capitán Brauks-¡Subid el puente levadizo! ¡Arqueros, a vuestras posiciones! ¡Infantería, reforzad las almenas! ¡Soldados, que estas murallas sean la tumba de nuestros enemigos!
Después de ordenar a sus tropas para la batalla, estaba todo a punto para la defensa del alcázar.
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¿Estamos solos?

¿Habrá vida allá arriba? Se preguntaba Pedro como cada noche al contemplar las estrellas desde su balcón, mientras se fumaba un cigarrillo. ¿Sabrán ellos de nuestra existencia? Pensaba mientras le daba otra calada. ¿Serán igual que nosotros? Continuaba dándole vueltas a la cabeza mientras se consumía el pitillo. Luego, una vez apagado el cigarro, vuelve a la realidad de su rutina terrenal. Mientras, en el universo, millones de seres se hacían las mismas preguntas que Pedro mientras observaban las estrellas.
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Cada vez que la veo pasar

Cada día la veo pasar delante de la cristalera de mi oficina. ¡Es tan hermosa! Sus sensuales pasos y sus delicadas curvas rivalizan con las de la mismísima Afrodita. Sus cabellos dorados meciéndose en el viento son como hilos del más fino oro, y sus azules ojos te transportan a un eterno viaje por la bóveda celestial. Ella está envuelta por un halo de reluciente luz, como si el Sol únicamente iluminara su belleza, como si solamente importara su existencia en la Tierra. Cada vez que la veo pasar mi corazón se aviva, pero a la vez se entristece por no poder sentir su piel rozando mi cuerpo, mis manos tocando el oro de sus cabellos, o mis labios besando sus suaves labios. Todo se convierte en una contradicción, ya que vivo por verla, pero a la vez, muero por no poder tenerla.
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Hijos de Odín

El viento afilado de las costas del norte, helaba la piel de Feidur mientras hacía danzar sus rubios cabellos por debajo del yelmo. El Sol, lanzaba finos haces de su divino resplandor que penetraban entre el esponjoso algodón que adornaba la bóveda celestial, siempre custodiada por los gigantes rocosos, cubiertos con su eterno manto blanco. El guerrero descubrió su cabeza del metal que la protegía mientras el movimiento ondulado de su larga cabellera se mezclaba con el perfume de las nubes. Tomó aire y pronunció una plegaria dedicada a Odín. Detrás de él, cientos de bravos guerreros hacían lo mismo. Segundos después, todos comenzaron a gritar y a lanzar improperios. Acto seguido, todos se engalanaron con sus mejores armas. Delante de ellos, las rocosas y salvajes costas de Inglaterra. Tierra a dentro, innumerables tesoros que saquear.
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Camino al Valhalla

He aquí, en estos trascendentales instantes de mi vida, me dirijo a ti, Odín, señor de los cielos, padre de los dioses. Concédeme un último aliento y dame el valor para combatir contra nuestros enemigos. Que tus fuerzas sean las mías, y que mi espada riegue con la sangre de nuestros adversarios este yermo suelo. Y si caigo, dulce destino el Valhalla para todo el que muere luchando.
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Demonios interiores

La noche era oscura y la niebla se colaba por cada rincón de la ciudad. Todo estaba en silencio, y cada paso resonaba chocando contra la acera. Era extraño, pero después de hacerlo me sentí libre, como si volviera a nacer en otra persona. Era un hombre nuevo, un ser que como el ave Fénix resurgía de sus cenizas, aunque algo en mi interior temía no poder controlarlo. Faltaba poco para llegar a casa, y la sangre corría por mi cara, mezclándose con el sudor en un amargo cóctel de sensaciones. Era la primera vez, pero no sería la última. La punta de mi revolver todavía ardía, saliendo del bolsillo de mi chaqueta un dulce olor a pólvora. Por fin llegué a casa. Subí las escaleras, entré a mi puerta y me senté en el salón a fumarme un cigarrillo. Dejé el arma encima de la mesa y me quedé pensando en quien sería mi próxima víctima. ¿Serás tú?
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Venganza

Cuando el sargento llegó a la sala de interrogatorios allí estaba él; tranquilo, impasible, como si nada tuviera que ocultar. Se sentó delante del sospechoso y comenzó el interrogatorio. Este comenzó a hablar con todo detalle sobre las víctimas que decía tener enterradas en el jardín de detrás de su casa. Eran siete en total, todas muertas con el machete de caza que le habían requisado en el momento de la detención. La policía al escuchar la confesión se dirigió al lugar de los hechos y comenzó a cavar. Allí estaban los cadáveres, todos con un corte en el cuello, tal como el asesino había confesado. Entre ellos, se encontraba una joven que uno de los policías reconoció al instante. Era la hija del sargento, el cual todavía estaba en comisaría. Una patrulla dio el aviso, pero ya era demasiado tarde. El asesino yacía en el suelo, y sus sesos se esparcían por toda la sala.
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El juicio final

Era un soleado pero frío día de primavera, y a pesar de lo que estaba a punto de suceder, la vida de los ilusos hombres de a pie transcurría como de costumbre. Una sombra espectral comenzó a inundar de tinieblas el cielo cobalto de la mañana, mientras miles de miradas aterradas, contemplaban como una gran bola de fuego y piedras caía sobre sus indefensas cabezas.
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Recordados por la historia

Agosto del 479a.C, Platea; Grecia.
Desplegamos nuestra columna hacia su flanco derecho, defendido por los mejores hombres del enemigo. Escudo contra escudo nuestras lanzas perforaban la carne de nuestros oponentes, abriendo hueco en su maltrecha formación. Éramos como un solo ser cubierto de escamas de metal, un gran demonio formado por miles de griegos que luchaban por la libertad.
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A solas te siento

Anoche volví a encontrármela. Estaba tan bella. A pesar de la distancia podía notar su fragancia, delicada y elegante como su naturaleza. Me acerqué despacio, cincelando en la retina cada rincón de su divino cuerpo, oasis para mis gozosos ojos. Su seductora piel, suave y firme a la vez, hacía vibrar mi corazón cada vez que la rozaban mis dedos. Su larga melena áurea iluminaba todo el lugar, y en su brillante mirada no existía ni el tiempo ni el dolor. Nos fundimos en un pasional beso, sin importarnos nada ni nadie; en ese instante solo éramos dos almas unidas por el destino. Después, nos miramos, y ella me dijo que tenía que marcharme. Yo no quería dejarla, pero ella me acarició dulcemente la mejilla y me dijo que volveríamos a vernos, que cada noche estaríamos juntos en este lugar. Luego, desapareció en la lejanía.
Fue entonces cuando desperté y la busqué a mi lado, pero ella no estaba allí. Desde entonces, cada noche ansío volver a verla, sentir cada caricia, cada beso, el aroma de su piel….; y aunque sé que solo es un sueño, parece tan real.
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Soldados de la libertad

El camino hacia su posición se hacía cada vez más difícil. En el frente no paraba de sentirse la crueldad de una guerra que jamás tuvo que empezar. El fuego cruzado y los bombardeos, eran lo que menos preocupaba a los valientes milicianos que combatían ya desde hacía semanas, y su único temor, era no volver a ver a sus familias, novias y amigos, o simplemente, no poder contemplar otro día fuera de ese calvario.
Héctor, Javier, y un joven belga recién licenciado en medicina, se alistaron en la milicia pensando que era su deber, y que debían defender sus ideales hasta el fin de sus días. El viaje de partida de los cientos de milicianos que junto a ellos, también se alistaron, y que se dirigían hacia el frente para remplazar a sus compañeros, cambiaría la vida de todos esos jóvenes que luchaban por la libertad.
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Querido toxicómano

“La primera caricia fue divertida. La segunda, necesaria. La tercera, la perdición.
Firmado: la Heroína.”
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Los sorprendentes veinte días de Eliot Stinson

Un mediocre escritor irlandés que no había publicado nada en su vida, encontró la inspiración después de un curioso viaje por las costas gallegas. Todo el mundo dice que está como un cencerro, ya que él asegura que todo lo que cuenta en su novela “El cazador de sueños” es real; aunque es difícil de creer. A pesar de esto, el reconocido escritor, es aceptado por la crítica como uno de los mejores autores de novela fantástica. Ya han pasado muchos años desde que Eliot Stinson hizo ese viaje por la mágica Costa da Morte, y aunque parezca pura fantasía o síntoma de desvarío de memoria por su avanzada edad, (tiene 92 años) muchos de los datos que explica los relata con total precisión, como si realmente fueran ciertos todos los hechos que ocurrieron, y que a su manera, cuenta en su famosa obra. Él, asegura haber pasado esos sorprendentes 20 días en la pensión“Terra Morfeus”, a pesar de que no consta que nunca existiera ningún lugar con ese nombre.
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Espejito, espejito trágico

Veinte minutos después de que Amanda se inyectara su dosis:
-¡Mierda! ¡Joder! ¿Pero qué cojones estás haciendo?
- ¡Olvídame! ¡No es problema tuyo!
- ¿Cómo no va a ser problema mío? ¡Somos la misma persona!
- ¡Nooooo! ¡No puede ser!
-¿Eso Crees? Pues acércate más al espejo.
Amanda no lograba reconocerse en su propio reflejo. Estaba completamente demacrada y consumida por la heroína. No podía contener las lágrimas y estalló en llanto.
-¡Esa no soy yo!- se repetía una y otra vez de manera desesperada.
Diez minutos más tarde, Amanda se encontraba en la azotea del edificio. Luego, y tras unas breves palabras en forma de plegaria, simplemente cerró los ojos y se lanzó al vacío, para acabar de una vez por todas con esa horrible imagen que decía ser ella.
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Dioses y mortales

Todos hablan de Héctor, guardián de Troya, Aquiles, hijo de Peleo, Áyax, el guerrero indomable, Ulises el sagaz, Agamenón, rey de reyes, y de muchos otros nombres que han sobrevivido al paso de los siglos. Pero en la famosa guerra de Troya cientos de guerreros desconocidos dieron su vida por unos ideales férreos y un devoto amor a su tierra y sus gentes. Uno de estos hombres fue Apolodoro; natural de Argos. Combatió bajo las órdenes del rey Diomedes, luchando como un valiente guerrero. Inagotable día tras día se ganó el elogió de todos los soldados aqueos, y el respeto de sus enemigos troyanos. Murió al séptimo año de contienda, y sus restos fueron incinerados en una gran pira funeraria, en reconocimiento a su valor y a los servicios prestados. Sus cenizas fueron entregadas a su mujer una vez finalizada la guerra, pero su nombre se perdió en el tiempo, como el de todos esos soldados caídos en las guerras acontecidas a lo largo de la historia. Solo llegan a nuestros oídos los grandes héroes, los reyes y emperadores, los generales y altos mandos…, pero el recuerdo de los soldados que dieron su vida por una causa que creyeron justa se desvanece como brisa matutina de primavera. Recordemos a los héroes como Aquiles, o Héctor, a los grandes reyes como Agamenón o Priamo, pero dejemos un hueco en nuestra memoria para los hombres como Apolodoro, soldados desconocidos que se merecen toda nuestra admiración. Descansen en paz, valientes soldados, pues vuestro sacrificio hace grande vuestra leyenda.
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Espérame un minuto más

Cuéntame la historia de tu piel, repleta de dulces paisajes, de sinuosos caminos que llevan a tu sexo amor. Cúbreme con tus tersas manos, refugio de incautos y hogar de soñadores. Ahuyenta la oscuridad de mi espíritu y únete a mí en el eterno tiempo. Pero espera un poco más amor, no tengas miedo a la soledad, pues muy pronto nuestros caminos confluirán en uno solo, continuando unidos hasta el fin de nuestros días. Luego, nos convertiremos en llameantes estrellas, así nuestro amor será contemplado en la inmortal bóveda celestial.
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Inquisitio

El rostro desencajado del reo, se confundía entre las llameantes sombras de los candelabros que iluminaban el vaporoso ambiente de la gran sala de torturas. A su lado, el Inquisidor General clavaba sus cetrinos ojos en el hereje, buscando una confesión que no alargase más el proceso. Mientras, en la plaza central de la ciudad amurallada, la hoguera purificadora de almas esperaba lista para ser encendida.
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El juego del ajedrez

El cielo comenzaba a vestirse de noche cerrada, y en tierra los hombres empezaban a inquietarse. Solo el titilar de las estrellas iluminaba la bóveda celestial. Allí, desde lo más alto, el dios de cada uno de esos hombres vigilaba atentamente cada movimiento. Al amanecer, los peones volverían a ponerse en juego.
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Preludio

La Aurora de dedos rosados se descubría dando paso a un nuevo día. Helios, desde su gloriosa tribuna, iluminaba con sus rayos de vida a todos los seres de las tierras del norte, mientras Eolo, insuflaba una refrescante brisa trasladando de un lado a otro el dulce olor del néctar de las flores. En todo el Reino de Northbeck, se trabajaba con diligencia para tener todo dispuesto para la gran ceremonia del equinoccio de primavera, donde se festeja el inicio de la estación verde, y se dan las gracias a los dioses con múltiples ofrendas y sacrificios.
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Día uno

Cuando las puertas del cielo se abren, el divino Señor del mundo emerge de su letargo descubriendo los verdes prados, las ciclópeas montañas engalanadas de virginal nieve, el canto de los pájaros, el zarandeo de los animales del bosque, el despertar de los ríos y todos sus vástagos, así como la esperanza de todos los hombres de la Tierra, que agradecen a la Luna por velar sus sueños, y se encomiendan al todopoderoso Señor de los cielos, la estrella ígnea, que lanza sus destellantes brazos para arropar a la humanidad y darles la esperanza de ver nacer un nuevo día.
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Aullidos de ultratumba

La noche del macabro episodio, la Luna se tiñó de reflejos escarlatas, distinguiéndose como un fiero espectro entre la oscuridad añil de la bóveda celeste. Ese era el día señalado por los druidas del poblado; el día en que los más funestos presagios se convertirían en realidad.
Cuando las tinieblas bañaron las horas más lóbregas de la noche, un desconocido y monstruoso bramido inundó todas las tierras aledañas al poblado, turbando el descanso de sus habitantes, como la más terrible de las enfermedades. Aunque para lo que estaba por venir, no había cura conocida.
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Más vale tarde

Salí de casa a toda prisa; llegaba tarde al trabajo. Por el camino, imaginaba la cara de ese cabrón de encargado que volvería a echarme la bronca. Era la segunda vez que me dormía esta semana. ¡Maldita sea! Para colmo, había ocurrido un accidente en la carretera que me haría retrasarme aún más.
-¡Joder! ya podría haberse matado ese cerdo de Ramón. Así no tendría que soportar su asqueroso aliento mientras me intenta ridiculizar delante de los compañeros - pensaba mientras me acercaba al lugar del accidente.
La policía controlaba el tráfico para aligerar el tapón que se había formado en el tramo de carretera. Al pasar delante del vehículo accidentado, lo reconocí al instante. Era el coche de Ramón, mi encargado. Su cuerpo yacía en la carretera tapado por una sábana.
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Héroes y villanos

Y mientras los poderosos contemplan con ojos lascivos sus fortunas manchadas de rojo desconsuelo, el mundo continua consumiéndose en un aciago pozo de mentiras e intereses, destruyendo mil y una historias perdidas en los confines del tiempo y la desesperación.
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Cuando no te sueño, te escribo

Todo está bien en apariencia; salgo, camino, respiro, pero tú no estás. Regreso a casa, como, veo la televisión, leo un poco, es hora de dormir; miro a mi lado, pero tú no estás. Cierro los ojos, sonrío, mi corazón se acelera; ahora te veo a mi lado. Bailamos bajo las estrellas, nos amamos secretamente, pero ya es hora de despedirse. Abro los ojos, suspiro y tú ya te has ido. Salgo, camino, respiro y espero encontrarte; y mientras tanto, cuando no te sueño te escribo.
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Recuérdame siempre

Dime tú, incierto destino, dónde se esconde aquel niño que ansiaba ser hombre para conquistar sus sueños. Dime tú, fatal infortunio, que ha sido de él. Porqué ahora que es hombre ya no sueña, no siente ni padece, y su tiempo cuenta las horas venideras en un tic tac de angustia. Ahora que es hombre ya no es nada, y no encuentra el camino que dibujó en su niñez. Aquel niño podía enfrentarse a cualquier desafío, hambriento de eternas aventuras, ávido de sensaciones únicas, de ardientes amores y cálidos amaneceres. Y ahora tú, te preguntarás que ha sido de él, y yo te responderé, todo por recordar.
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Dentro de la tormenta

Nos conocimos en la tormenta. Yo era una simple gota, y tú la más bella estrella. Nos prometimos amor eterno mecidos por el viento, con el trueno celebrando, y el rayo alumbrando nuestra unión. Las nubes, engalanadas de plata, reían junto a la emocionada Luna. El Sol, forjó nuestras alianzas, símbolo de nuestra pasión, el cielo, nuestro altar divino. Más allá de los confines del universo celebraban nuestro amor, a pesar, de que yo era una simple gota, y tú, el más dulce resplandor
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Cadenas invisibles

¡Oh caprichoso destino, ilumina mis pasos! Pues a pesar de la existencia, se me niega la vida.
Culpa mía, cierto es esto; y a pesar de conocer la naturaleza que me aflige, necesito de la luz que proyectan tus manos para salir de este laberinto que me mantiene cautivo.
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La suerte está echada

Valerio, un soldado romano de la Legio X Gemina corría por el campamento al son de las trompetas dispuesto a formar. El sol despertaba lanzando sus haces de luz hacia la tierra fértil de la Galia, y los pajarillos de los alrededores cantaban alegremente dando los buenos días al reluciente Apolo. Los legionarios formaban esperando la aparición de su general, el victorioso Cayo Julio César. A los pocos minutos apareció ante sus ojos. Parecía un dios, daba la impresión de haberse reencarnado en el mismísimo Júpiter.
- ¡Soldados de la República!-gritó César.- ¡Hoy es el gran día! Hoy partiremos hacía la mismísima Roma para hacer justicia. Los dioses así lo han querido. Los políticos han convertido nuestra capital en un vertedero de mentiras y crímenes que alguien ha de parar. El espíritu de la República ha de ser reinstaurado. Yo no quiero combatir contra nuestros hermanos, así como vosotros tampoco, pero si es necesario lo haré. Solo hay dos cosas que debemos respetar y amar por encima de nuestras propias vidas: A los dioses y a la República romana. ¡Soldados, Alea iacta est!
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Como indios y vaqueros

Desde que éramos pequeños, Eliot y yo hemos sido inseparables, y a pesar de las muchas diferencias que pudiéramos tener, siempre las acabábamos resolviendo de alguna manera. Nuestro juego favorito siempre fue el de indios y vaqueros, y de críos, pasábamos las horas en el descampado emulando al General Custer y a Toro Sentado. Los días de infancia pasaban plácida y alegremente sin sobresaltos. Del colegio, pasamos al instituto, y luego a la universidad. Allí fue cuando empezaron nuestras verdaderas desavenencias. Hace más de quince años que no nos hablamos, ni siquiera nos hemos vuelto a ver. Durante el último año de universidad nos evitábamos por los pasillos como la peste. Durante todo este tiempo me he preguntado una y mil veces por qué tuvo que cruzarse ese obstáculo en nuestra amistad, un obstáculo fascinador y único. Se llamaba Irene. Eliot acabó ganando la batalla que durante más de tres años llevamos a cabo; Irene finalmente se quedó con el que era mi amigo. No supe más de ellos, y no sé si aún siguen juntos. Lo que sí que se, es que ese día, los indios y los vaqueros dejaron de jugar para siempre.
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Amada desconocida

Fueron eternos los momentos en que te quise olvidar, pero me faltaron segundos para hacerlo, y a pesar de todo, todavía no sé quién eres. Quizá ya nos hayamos visto. Tal vez nos hemos cruzado en cualquier parte, mirándonos sin vernos. Incluso puede que hasta hayamos hablado de cualquier cosa, ignorándonos como lo hacen los amores olvidados. Puede que de todo esto ya hayamos hablado en algún otro rincón del mundo, o probablemente en otra vida u otro tiempo donde fuimos felices.
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No lo permitas

Sonríe la ira.
Mientras, la esperanza llora amargas lágrimas que una vez fueron dulces.
Calla la vida mientras habla el odio.
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De "príncipes" y princesas

Abre los ojos princesa, libera el corazón de las cadenas opresoras del amor esclavo. Olvídate de ese hombre que presume de serlo y que no es nada. ¡Nada! Podredumbre que infecta el honor de los hombres, que destruye a quien camina a su lado. No llores bella dama; nunca dejes que el odio borre esa hermosa sonrisa que dibujan tus labios.
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Amores paralelos

A pesar de verse todos los días, Miguel y Ariadna nunca habían cruzado ni una sola palabra. Cada mañana, sus vidas se cruzaban en la estación de tren, donde cada uno iniciaba su rutina diaria. Él, la observaba fascinado, con disimulo, admirando su belleza y su porte segura. Seguía la delicadeza de su cuerpo con la mirada, parando en sus profundos ojos negros como la noche, y en su brillante pelo dorado como el trigo. Todo en ella parecía esculpido en proporciones perfectas, tal cual las antiguas figuras de los escultores griegos. Ella, por su parte, lo contemplaba sintiéndose extrañamente segura. Era como si lo conociera, como si su sola presencia pudiera salvarla de cualquier peligro. No era un chico extremadamente llamativo, a pesar de ser alto y de cuerpo atlético y firme, aunque en su mirada aceitunada había una fuerza cautivadora que la atraía misteriosamente hacia su persona. Después, cada uno iniciaba su camino, esperando volver a encontrarse al día siguiente para conseguir reunir el valor suficiente de entablar una conversación. Mientras tanto, cada noche, ellos bailaban con la misma canción.
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El soldado de largos bigotes

En un gran hoyo cavado en la tierra baldía de ese siniestro lugar me encontraba agazapado junto a mis dos compañeros. Mis grandes y verdes ojos no podían dejar de mirar a mis dos amigos, asustados como yo por el estruendo infernal de los obuses que caían como granizo a nuestro alrededor. Ellos hacían todo lo posible por protegerme, y yo, no podía hacer otra cosa que acurrucarme junto a ellos. Yo no entendía el porqué de esa guerra, pero mi deber como amigo de esos dos chicos era estar a su lado, a pesar de que yo era el más pequeño de los tres. La niebla cubría todo el frente, y la acometida de unos hombres que vestían prácticamente igual que mis compañeros nos sobrevino de repente. Jurgen y Thomas, mis dos amigos, dispararon sus armas mientras me situaban detrás de ellos. Minutos después ya no respiraban. Habían caído por las balas de esos hombres que a mi inmejorable vista eran como ellos. Acaricié sus mejillas intentando notar su calidez, y los besé por última vez. Allí estaba yo, mirando cara a cara a esos hombres que habían matado a mis amigos, aunque yo seguía sin entender nada. Todos pasaron delante de mí sin hacerme caso, todos, a excepción de un joven de aspecto rudo pero afable. No tuve miedo. El joven se agachó y con una mano acarició mi pequeño cuerpo, olvidando por un momento que las balas pasaban como rayos por encima de nuestras cabezas. Luego, me cogió suavemente y me colocó dentro de su zurrón. Seguidamente el joven continuó corriendo detrás de sus compañeros. Yo era solo un pequeño gato que no entendía de bandos ni de las ideologías que estaban llevando a esos hombres a matarse entre sí. Jurgen y Thomas fueron mis amigos durante mi primer año de vida, luego, lo sería ese joven canadiense que me rescató del campo de batalla. Ahora, en mi vejez convivo con Aarón, al cual le debo una más que cómoda vida, aunque todavía guardo un rinconcito en mi gatuno corazón para esos dos jóvenes alemanes que me cuidaron y protegieron en un tiempo tan convulso.
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Canto fúnebre

Cuando las campanas silenciosas del Apocalipsis repican en el ambiente con estruendo feroz, es hora de ser juzgados por la dama de negro. Esa siniestra figura que señala al vivo sin saber que ya está muerto. Ese ser que aparece y desaparece sin ser visto, y ni tan siquiera, el más preciado de los mortales, puede escaparse de sus helados brazos.
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