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Sencillo

-Pues bien, te lo haré más sencillo.
El mundo se divide en al menos dos personas
que conoces en algún momento:
-Los piromaníacos del amor, que en cuestión de minutos te dejan
en llamas sin control y destrozan todo a su paso.
Y otros, que no encenderían un bosque de eucalipto seco.
-¿Con cuál debería quedarme? Preguntó algo tímida.
-Después de un incendio,
siempre se puede volver a empezar.
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2comentarios 52 lecturas versolibre karma: 62

Mantenerse a salvo

Yo soy de esos hombres
que te abrazan con determinación
y te piden que te quedes
cinco minutos más.
Soy de los que esperan que intentes
agarrarlos con todas tus fuerzas
No porque vaya a escaparme,
sino porque todos los superhéroes tienen
una guarida que los mantiene a salvo.
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Smartlove

-Estimada, déjeme decirle que tengo una mezcla de sensaciones. Un ida y vuelta entre deseo y locura. –Comencé la conversación tratándola de usted.

-Mientras sea locura de la buena, contestó ella rápidamente.

-Es de la buena, ¿Cómo decirlo? –Me preguntaba en modo pensativo– Es de esas en donde si usted estuviera cerca, podríamos hacer algo al respecto.

-Se ve que la locura es mutua, pero no sé muy bien porqué, -cuestionó ella.

– Es algo raro, si, concuerdo con usted.

-Pero quiero confesarle, a todo riesgo, que me encanta esta dinámica rara que se va gestando.

-Ya que se confiesa -repuso ella- debo confesarle dos cosas: La primera es que me siento atraía por sus escritos y, la segunda, es que la otra noche soñé con usted. Vaya uno a saber.

-¿Puedo preguntarle qué fue lo que soñó? ¿Lo recuerda?

-Estábamos en un auto negro y nos besábamos apasionadamente, contestó. Era todo muy confuso pero muy intenso. Podía sentir su perfume y todo se basaba en aromas y besos intensos pero de esos lentos. Le besaba el cuello y podía escuchar su respiración.

-La leo atentamente, contesté.

-Quiero aclararle que soy de soñar siempre cosas raras y demasiado revueltas. Con lo que sea. A veces escribo lo que sueño porque algunas cosas después me pasan en la vida real.

Su comentario era una invitación, o una excusa, o un deseo, o todo junto.

Mientras pensaba en sus palabras y en sus gestos, seguí:

-No quiero decirle cuáles son los perfumes que uso, para mantener la imaginación intacta.

No tiene que excusarse conmigo. No hace falta –le aclaré.

-No necesito excusarme. Es simplemente una aclaración, escribió de manera rápida y seca.

-¿Usted no cree que todo el mundo vive sin decir lo que piensa o siente porque cree que el otro va a pensar mal? La pregunta era desafiante pero era una invitación a indagar en ese sentido de la conversación.

-Es verdad, respondió.

Si ese momento hubiera sido en persona, los dos nos hubiéramos quedado callados y mirando un punto fijo.

-Volviendo a su sueño, ¿puedo preguntarle cómo se sentía en ese auto?

-Alterada hormonalmente, me dijo. De hecho –agregó–, ambos lo estábamos y mucho. Usted tenía puesta una gorra negra.

-Puedo imaginarlo –le contesté y cerré los ojos por unos momentos.

En un instante estaba adentro de ese auto y no dude en contarle lo que venía a mi cabeza:

-Usted está sentada sobre mí, de frente. Respiración agitada y profunda. Le esquivo la boca y la miro a los ojos. Voy directo a su cuello hasta llegar a su oreja.

Respiro. Veo como se va encogiendo de hombros y yo me mantengo ahí por un momento.

Un instante más. Vuelvo al cuello. Perfume. Aroma. Ahora voy hasta su pecho con la lengua en punta. Me freno. Vuelvo a empezar.

-Imaginé algo muy parecido –me dijo y preguntó:

-¿Usted también sueña así tan real?

-Generalmente sí, le contesté cerrando los ojos para no perder ese momento.

Pero luego de algunos momentos quise recuperar la magia del instante anterior, y sin reparo, fui hacia ella nuevamente:

-Quiero confesarle que cuando se vaya a dormir, seguramente sienta una energía extraña, aunque conocida, que viene desde algún lugar. Voy a ser yo poniendo toda mi imaginación para acercarme a usted.

Para besarla y tocarla desde acá. Para ver si calmo la ansiedad que me generó verla a través de una foto y leerla mientras tenía ese sueño hermoso, le dije.

-Ya siento esa energía al leer su confesión.

Casi interrumpiendo sus palabras, le dije: -¿Podría describir lo que siente?

-Voy a imaginarlo a usted. Voy a volver al sueño para darle continuidad.

-¿Cómo quiere que termine el sueño? –Pregunté.

-Quizás en vez de seguir sentados, deberíamos cambiar de posición o al menos sacarnos la ropa. Continuar con los besos y las caricias suaves pero intensas.

En ese momento abrí los ojos grandes como quien agudiza los sentidos en un estado de alerta máxima.

-Puedo verla desnuda. Enseñándome cómo acariciarla mientras sus ojos se cierran y su cabeza se va hacia atrás, le expliqué.

-Yo lo guío con mis manos, porque usted también tiene sus ojos cerrados. Que todo sea sentir, escuchar y oler –me aclaró como quien da las pautas de un concierto.

-Con los ojos cerrados la acompaño hasta que se recuesta totalmente.

Hubo un momento de silencio. Quizás uno de esos en donde uno cierra los ojos y viaja sin moverse un centímetro. O se queda mirando la pantalla esperando una respuesta, imaginando los efectos de las palabras, los gestos, la respiración.

Cuando quise darme cuenta, ya no estábamos ahí. A decir verdad, no sé donde estábamos pero mi cabeza había encendido un motor que no paraba de recrear la situación. Todo se volvió intenso, indescifrable, inquieto y hasta perverso.

–Empiezo en su oreja, luego voy hacia su cuello alternando con su boca que intenta buscarme. Sigo en su cuello y sus orejas. En sus pechos. Les doy una vuelta completa, voy al centro. Lo repito algunas veces más.

Sus pezones están eróticamente tensos y juego con ellos haciendo infinito el contorno y sus límites.

Sigo hasta su ombligo y hago trampa abriendo los ojos para verla: su cabeza y sus labios son el goce hecho gestualidad. Cierro mis ojos y continúo bajando desde el ombligo.

-Confieso que ya logró estremecerme. Ya con sus besos suaves tiemblo –interrumpió ella.

-La siento temblar –le confesé–. Sigo bajando desde el ombligo y siento esa piel viva, caliente y húmeda en exceso. Como rendida al juego sin reglas.

Doy vueltas con mi lengua y le pido que me enseñe una vez más a tocarla. Ahora quiero ver, sentir y escuchar a su cuerpo estremecerse. A sus manos retorcer las sábanas, a su cabeza moviéndose de un lado a otro y a su respiración agitada expulsar un suspiro de alivio.

-Debo seguir confesando que ya no solamente estoy estremecida. Mis manos son sus manos y lo guío en la oscuridad –aclaró ella.

-Agarro sus dedos y los llevo hasta mi boca. Les paso la lengua y los hago recorrer el contorno de mis labios, mi cuello, mis pechos y mi sexo. ¿Puede notar como tiemblan mis piernas?

Tengo primera fila del espectáculo del cuerpo rendido. Mis manos, mis ojos y mi piel no se pueden distinguir de su piel y su cuerpo mojado. Me recuesto a su lado. Le acaricio el pelo detrás de la oreja y le doy un beso en la mejilla aun sonrojada y tibia. Ella está en otra parte.

-Era todo suyo y supo matarme con la seguridad que el torero engaña al toro. Con la suavidad de sus manos en sincronía. Con sus labios. Con su aroma.

– Espero que haya pasado allí, todo lo que acaba de pasar acá.

-Estaba pasando mientras lo leía, me dijo.
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El miedo no existe

El miedo no existe
Según la definición de la Real Academia Española (RAE), el miedo es “angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario” y también “Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”.
No es que uno quiera otorgarle una posición privilegiada a la RAE, ni mucho menos, pero es necesario establecer un punto de partida que nos interpele. Un lugar común sobre cómo y cuáles son las definiciones <aceptadas> por todos nosotros para poder de-construirlas y poner en duda todo aquello que viene definido per se.

Ahora bien, intenta definirlo sin usar otra palabra para ponerlo en relación. ¿Lo viste? El miedo no puede entenderse ni contextualizarse sin ponerse en relación a otro término. Esto, que parece una simple cuestión gramática, nos da el primer gran hallazgo: el miedo no existe. Es un término que necesita de otro término, por lo que carece de sustento en sí mismo. ¿Por qué tanta entidad a una palabra que no puede definirse a sí misma sin depender de otras? Bueno, en principio, es porque así lo aprendimos y así lo transmitimos. El miedo <a>, el miedo <de>, el miedo <del miedo>.

Segundo gran hallazgo: lo normal -lo que alguien puso ahí- crea consensos que son aceptados por todos y generalmente son poco cuestionados. ¿Quién se atreve a discutirle a la RAE el significado de la palabra <miedo>? Incluso, ¿quién se atreve a cuestionarse a sí mismo las palabras más utilizadas?
Volviendo a la definición, se mezclan conceptos interesantes que confunden, más que arrojar algo de claridad: Lo real, lo imaginario y el deseo.

Si bien los tres conceptos coexisten y están fuertemente vinculados unos con otros, vamos a hablar de lo <real> en tanto hechos que vivimos todos los días. Que repetimos -o no- en nuestro devenir. Que construimos con nuestras decisiones de manera consciente o inconsciente y que experimentamos con todos -o algunos- sentidos. En otras palabras, lo real, se configura como el resultado de nuestro pasado y la proyección de lo que va a venir: el presente.

En cuanto a lo <imaginario> que según la persona puede operar en un campo más acotado o más extenso que lo <real> suele adjudicárselo a lo psíquico o lo mental, es decir, a la capacidad propia y adquirida. Vamos a decir que configura aquello que no es posible realizar en el campo de lo real. Esto es, los pensamientos, las proyecciones y todos los dispositivos que ponemos en funcionamiento cuando queremos escapar de nuestro presente, sea esto de manera lúdica, o bien, como un placebo para acallar el presente.

Por último, encontramos el deseo. A pesar de que hay mucho escrito al respecto, aquí intento circunscribirlo a una sensación y/o necesidad de obtener algo, aferrarse, hacerlo nuestro, o una de mis favoritas, pasar a la acción. En base a esto, ¿tiene sentido, guiándonos por la definición de la RAE, que alguien desee tener miedo? Porque pensar en tener miedo <a> o <de> es también activar los mecanismos de pensamiento y del deseo involuntario. Es ponerle acción al término <miedo>, o sea, darle entidad. Es creernos la historia del monstruo debajo de la cama.

¿Por qué utilizar tres conceptos tan ricos para definir esto? Porque el miedo no existe y necesita de un vehículo que lo transporte a esas acciones cotidianas que juegan un papel fundamental en nuestro funcionamiento diario.

La respuesta parece estar a la vista. Tenemos que separar en términos cuando construimos una oración que contenga la palabra <miedo>. Esto nos da como resultado, "separar la acción del verbo", es decir, no darle entidad a lo que estamos construyendo en nuestra mente, y así aislar al miedo.
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Carta de despedida

Hacer una carta de despedida es una de las tareas más difíciles.
Primero, porque conlleva no olvidarse de nada. Es un único disparo.
Segundo, porque en general no tiene réplica. Esto la hace más difícil, porque uno escribe para preguntar se y en este caso deberá escribir para despedirse.
Despedirse no es malo, es un gran acto de valentía que suele incluir un fuerte abrazo y un último beso. Meter las manos en los bolsillos, mirar por última vez a los ojos y darse vuelta para caminar en sentido contrario. Algunos, muy valientes, suelen mirar atrás, otros, no nos animamos y mantenemos la mirada hacia abajo.
Si uno lo piensa fríamente, constantemente se está despidiendo: en la calle, en un beso, en las redes, en la sobremesa o en el pasaje del invierno al otoño.
Algunos usan estilos dramáticos, otros románicos, y algún piantao manda una carta sin la certeza de que llegue a su destinatario. ¿Riesgo o acierto?
La carta tendrá sin dudas un posdata, ese renglón que nos salva del olvido o refuerza alguna idea. Esas pocas palabras que envuelven toda la gramática anterior y, como suelo pensar, el posdata es el último abrazo después del abrazo.
Es el que volvió sobre sus pasos para buscar otro último beso.
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Encuentros

Nos habíamos encontrado de casualidad, unos amigos en común de otros amigos, en fin. Siempre cuestioné esa posibilidad porque era como entregarle todo el crédito al azar y nosotros vamos moldeando nuestro día a día con un conjunto de decisiones que nos hacen llegar hasta donde nos encontramos hoy.

Ella era de rasgos más bien definidos: pelo medianamente corto y claro, ojos verdes y un estilo rock perfectamente combinado entre el color negro y las transparencias. Lo metálico, lo brillante en su justa medida. Lo casualmente arreglado por horas. Siempre sonriente. Siempre radiante. Piel perfecta con pecas, ojos delineados que resaltaban una expresión tímidamente desafiante. Sus manos lucían dos anillos: uno en el dedo anular y el otro en su pulgar.

Al principio todo estaba dentro de lo esperable: dos personas que se van conociendo, intiman sexualmente, se vuelven a ver. Intercambian historias, duermen juntos y empiezan a compartir la intimidad de los días de verano. Siempre la misma historia nunca los mismos besos.

Mientras ella se preparaba para irse a trabajar le dije que estaba fascinado aunque algo sorprendido por lo que había pasado hacía tan solo unos minutos. Que habíamos tenido un buen juego previo en todos nuestros encuentros, mucho más del que al yo había experimentado, pero que había sentido que ella quería algo más. Mi inseguridad se resumía en esa afirmación. Me dijo que el juego no debía ser previo. Que el juego era todo y que había que ir más allá del sexo. Me dio un beso agarrándose de mis cachetes y se fue. Su perfume siempre quedaba en la habitación, en las sábanas, incluso en mis camisas. Era algo frutal.

Para nuestro próximo encuentro yo no podía dejar de pensar en esa conversación y en su deseo que iba más allá del sexo. Mis interrogantes iban en aumento, pero ahí estábamos una vez más en el sillón, mirándonos inmóviles y esperando el momento justo para lanzarnos uno sobre el otro. Esa magia que se suspende en el aire, que se siente en la piel sin haber entrado en contacto físico.

Me tomó de la mano muy suavemente y me dijo guió hasta la habitación. Me pidió que me sacara toda la ropa y que no diga nada. Que me dejara llevar por ella. Intenté respirar profundo para calmarme pero mi respiración era muy agitada. Estábamos desnudos frente a frente. La luz de la calle atravesaba la cortina de plástico mal cerrada y daba justo en sus pezones dibujando una línea interminable de rectángulos iluminados. Me dijo que tenía que serenarme, respirar profundo y dejarme llevar entregándole mi cuerpo al cien por ciento.

Me hizo sentarme contra el respaldo de la cama, espalda derecha y piernas abiertas y extendidas sobre la cama. Ella se colocó justo delante de mí, bien pegada y con sus piernas también abiertas. El contacto de la piel suave y caliente era un estimulante explosivo. El ambiente que se había generado en la habitación, no tenía precedentes ni en los sueños más profundos. La energía que ella generaba venía desde todas partes. Ella estaba delante de mí, pero también estaba en mi mente, en mi respiración, en el espejo que era testigo desde una esquina. En la piel de mis manos, de mis muslos. De mi lengua seca por intentar respirar pausado con la boca abierta.

Le besé el cuello y largue una respiración profunda producto de la contemplación sin respirar. Empezó a relajarse y agarro mis dos manos. Recorrimos sus pechos grandes y macizos hasta su sexo, sus piernas y subiendo nuevamente por sus costillas. Ya conocía su piel, era perfecta y suave como el algodón pero ese día todo tenía un matiz diferente. Se llevo mis dedos a su boca y los chupo con fuerza para volver rápidamente a su exhibición privada de partes íntimas entregadas al placer que proporciona el otro con la celosa supervisión de uno mismo.

Ese día la conocí por completo. Ella necesitaba conectarse conmigo desde lo esencial del deseo compartido. Ella promulgaba ese encuentro más que nada. Su cuerpo lo pedía a gritos, sus ojos brillaban con la poca luz de la habitación. Su cuerpo se había transformado en una extensión del mío, y el mío, en una extensión de sus manos. No éramos nosotros los que estamos ahí, porque nuestros cuerpos jamás habían logrado ese estado de plena satisfacción.

Manos, piernas, lenguas y brazos se habían convertido en un mecanismo suizo de relojería que se mueve y avanza en perfecta sincronía generando un solo movimiento.

Quedamos tendidos sobre la cama uno junto al otro. Temblando y en silencio. Cada uno asimilando lo que había pasado, disfrutándolo, recuperando el aliento y haciendo un raconto rápido de todo ese momento de éxtasis.

Ella me enseño la importancia de conocernos desde lo más íntimo.Y aunque el cuerpo es algo finito con límites marcados, ella hacia que en todos los encuentros descubra algo nuevo de ella y de mi. De los dos. Juntos y por separado al mismo tiempo.

-Lo importante es cómo te hace sentir la otra persona más que el encuentro de dos cuerpos, me dijo mientras se vestía.

*PH. Pato Azpiri

*She. Florencia Couce
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Los invito

Los invito a fracasar
a perder el miedo frío
a sentir la piel ajena.

A llenarse de coraje
a volar sin instrumentos.

A contar alguna historia
a llenarse de momentos.

Los invito a ser ustedes
en la forma que eso sea.
A evadir la mala vibra
a gritar una canción.

A ser parte de algo grande
a mirarnos con amor.
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Gemido al compás

Terminó su copa mirando por la ventana.
Mientras se acomodaba en el sillón,
se ató el pelo y me sorprendió con un beso.
Sus labios estaban húmedos
y mordían con fuerza.
Me agarró por el cuello,
y me miró buscando mi expresión
entre las sombras.
Se abalanzó sobre mí,
se acomodó sobre mis piernas
y sus labios arremetían
contra los míos una y otra vez.

Corrí la cara y empecé a besarle el cuello.
Aceleraba y frenaba la intensidad.
Recorrí su cuello entero.
De un lado a otro.
Sus orejas y sus mejillas.
Me llené de su perfume.
Corrí su pelo lacio para no perderme
ni un centímetro de piel.
Para hacerme experto
de esa textura fina,
suave, infinita.
Para recorrerla entera.
Para seguir viendo la expresión
de ojos cerrados,
cuello extendido,
y gemidos suaves.

Cuando ella creía que volvía a sus labios,
comenzaba otra vez.
Pasaba mi lengua
y me detenía detrás de sus orejas.
Sus gemidos ahora eran largos
y su respiración agitada.
Sus ojos se cerraban con cada inhalación profunda.

Comenzó a mover su cintura en círculos.
Buscándome.
Haciendo que la fricción
sea su arma infalible.
Las fronteras entre nuestros cuerpos
se habían borrado por completo.
La tomé de la cadera y acaricie su espalda.
Fui subiendo y mis manos llegaron a sus pechos.

Me dijo que pare.
Que estaba mal lo que hacíamos.
Asentí con la cabeza y levanté
mis manos como un ladrón
que se entrega sin salida.
El silencio se hizo eterno.
Nos miramos fijo por algunos segundos.
La luz de la calle entraba por las rendijas
de la persiana mal cerrada.

Busque sus ojos.
Brillaban y me miraban fijo.
No pestañaba y casi no respiraba.
Alerta. Excitada. Seductora.
Entendí lo que sucedía.
Un microsegundo después,
me agarró fuerte,
me pasó su lengua por la cara y
soltó un gemido al compás
de su cadera en círculos.
Se agarró sus pechos con
furia y se transformó.

Ya no estábamos en el sillón.
Nos habíamos ido de viaje.
Ni siquiera estábamos conscientes
de que habíamos encendido la mecha
y nuestra explosión
generaba una onda expansiva
que recorrió el living y la habitación,
más rápido que el sonido.
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Besos

El labial es siempre
el mismo.
Lo que cambia,
son los besos.
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Imaginación

Habíamos tenido un sexo
de esos fuertes.
De conexión con todos los sentidos.
De esos encuentros de traspirar
en pleno invierno y
gemir hasta la planta baja.

De estremecernos hasta los pies.
De quedar uno sobre el otro
hasta recuperar el aliento.

Se fue directo a la ducha
Encendí un cigarrillo y
me quedé sentado en el sillón
totalmente a oscuras.
Mirando de frente la puerta del baño.
Entornada, con ese haz de luz
iluminando el ambiente.

La escuche dejar sus anillos
sobre el lavamanos.
El agua empezó a caer.
Ese ruido despertó mi ansiedad.
La cortina de la bañera
se abrió y se cerró.

Por momentos,
el ruido de la ducha se interrumpía.
Podía ver su cuerpo
embistiendo el chorro de agua
antes de que toque el piso.
Sus manos subían,
y bajaban sobre el cuerpo enjabonado.
Se había formado una aglomeración
de burbujas que persistía
durante un corto tiempo,
agitada por sus manos suaves.

El espejo estaba totalmente empañado.
Ella, de espaldas,
dejaba caer el agua caliente
sobre su cuello.
Relajada por completo.
Cerraba los ojos,
y pasaba sus manos
por los hombros.

El agua le cae en la cara.
Intenta mirar hacia arriba.
Se pasa la mano por las mejillas,
y, sin detenerse,
se toma el cuello;
baja hasta sus pezones;
y termina en su entrepierna.

Se corre el pelo de la cara.
Se mira el cuerpo desnudo,
se toca suavemente.
Acompaña la caída del agua
con paciencia. La enfrenta,
la hace disfrutar de su cuerpo
despojado y entregado.

Piensa en ese momento.
En que hacía solo algunos minutos,
nuestros cuerpos eran uno.
No quiere que el agua
borre todos los recuerdos.
Su piel perfumada a mí.
Mis besos por todas partes.
Mis manos rozando sus piernas.

Mi cuerpo entero sobre ella,
intentando recuperar el aliento.
Haciendo eterno,
el momento del fin.
Dando besos por todos lados,
con las manos todavía apretadas.
Con un silencio que grita.
Con otra hora de la madrugada
que pide ver el sol.

El placer de la imaginación,
de sentir a través de la puerta entornada,
de ver salir el vapor.
De escuchar su cuerpo mojado,
de sentir su piel erizada.
De sus manos recorriendo
el cuerpo desnudo.
Como descubriéndose.
Sentado. A oscuras

.
.
.

Ig: Nacho.luongo
Tw: @NachoLuongo
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Sin conocerte

Había desarrollado
una increíble capacidad
para memorizar tu cuerpo,

y a la noche siguiente,

Volver a comenzar
sin conocerte.



www.ignacioluongo.com
IG: nacho.luongo
Tw: @nacholuongo
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Verte a los ojos

La poesía es lo único que las máquinas
no van a poder escribir.
Porque les va a faltar rozar una piel,
llorar de la emoción.
Sentir el viento en la cara.
Pero sobre todo,
verte a los ojos
y sentir que el mundo se acaba.
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Relato urbano

Una chica corre el bondi mientras un chico pasea a su perro.

Un señor intenta hablar por teléfono público con una carta en la mano.

Esa imagen no se ve todos los días.


Gente pasa al lado de otra gente. Nadie parece conocerse.

Nadie parece escucharse.

Otra chica llora hablándole al teléfono.

Y una señora pide monedas sobre la vereda sin suerte.

Las bocinas de los coches atravesados aturden a todos.

Nadie se detiene. Todos llevan apuro.

El tipo de traje y maletín lleva en su mano un café, su teléfono y un portafolio.

La señora en una mano a su hijo y en la otra la mochila.

La pareja mira vidrieras con sueños de compra

Pero otra pareja camina sonriendo sin que nadie los vea.

Dos nenes se pelean por el tobogán de la plaza

Las madres se miran para ver quién actúa primero

El policía camina mirando el celular.

Un matrimonio discute adentro del auto

Pero un chico joven viene manejando despreocupado.

Tres empleados de una cadena se divierten en la puerta del local.

Otros paran a pedir fuego para encender un cigarrillo.

El del diario de revistas lee el una nota por tercera vez

La señora del puesto de flores acomoda la mercadería

El vendedor de bijouterie habla por teléfono con manos libres

El señor del estacionamiento contempla todo sentado,

es el único que parece prestar atención.

Unos chicos que salen del colegio gritan entre ellos.

El paseador de perros camina con dificultad

Mientras el mozo lo esquiva con un cortado en la bandeja.

Un tipo se acomoda el pelo y el bigote frente a un espejo

Y un chico camina con unas flores en la mano.

En esa misma esquina, una pareja se abraza fuerte.

Tan fuerte que el mozo se detiene a mirarlos

y el paseador de perros se descuida.

El del puesto de diarios deja de leer la nota

y el chico de las flores espera ansioso ese abrazo.

El chofer del bondi le dice a la chica que se subió apurada

que no la lleva a ese destino. Se baja.

La chica de detiene a ver como la señora acomoda las flores.

Las madres no intervienen. La pareja ya no mira vidrieras.

El policía ya no mira su celular, ahora charla con el peluquero.

El camión de reparto intercepta el paso de la esquina,

tapando la postal del abrazo fuerte.

Todo vuelve a ser lo que era.
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Estímulos

Se sentó en el sillón con las piernas cruzadas
Luego de un rato de observar todo el ambiente,
descruzó las piernas y se soltó el pelo.
Puso su mano en el cuello y llevo todo su pelo hacia delante
Sus movimientos eran suaves pero firmes.
Se empezaba a relajar como si yo no estuviera ahí.

Hasta ese momento no me había mirado a los ojos.
Estaba invadido por un estado de alerta.
El aire se había detenido.
Mordiéndose el labio y girando la cabeza
balbuceó algo que no logre escuchar.
Me hizo un gesto de que me calle
y que me siente frente a ella

Sostuve la mirada.
Era difícil mirar fijo a esos ojos
delineados que no parpadeaban.
Que brillaban.
Que contaban más de lo que se veía.
Ella empezó a desprenderse el vestido,
creí entender lo que iba a suceder
hasta que se paró junto a mi silla,
me vendó los ojos y me susurró al oído.

Mi pulso y mi respiración se agitaron.
El taco de sus zapatos en el parquet
hacían eco en todo el living.
Podía percibir como me rodeaba,
dejando que su perfume me inunde la piel
en cada respiración profunda
y entre cortada.

Su dedo índice recorría mis hombros,
hasta que el ruido de su ropa interior cayendo al suelo,
invadió la sala y el silencio se hizo eterno.
Mis fantasías aumentaban en cada segundo sin contacto.

Estaba completamente a ciegas.
Los sentidos alertas
y ansiosos.
Las palmas de las manos algo transpiradas
Y las piernas inquietas.
Cada vez que ella daba un giro completo
Alrededor de mi cuerpo sentado
podía sentir los roces de su piel desnuda
Como si fuera su presa ya vencida.
Como el ritual del león ante su próxima cena
Servida en un plato de cristal
Entregada
Los tacos dieron su último golpe
y su boca recorrió mi cuello de manera intermitente
pensé en levantarme
y ella leyó esa señal de supervivencia
esa última energía de la presa que intenta escapar.
me agarro fuerte los hombros,
casi arañándome,
y me volvió a susurrar al oído pasando su lengua.
Repiré profundo y volví a conectarme con el ritual
No era suyo
No era mío.
Era algo diferente.
Del momento mismo.

Me levantó la remera con suavidad
y pude sentir sus pechos rozando mi piel.
Me tocaban amenazando toda la escena
-¿Por qué no darle fin en ese momento?
Porque no fundirse entre los dos
y terminar con el sufrimiento placentero.

Pude sentir que estaba delante de mí.
Me observaba mientras respiraba algo agitada.
Me agarró la mano y la llevo a su boca
Bajamos,
hasta sus pechos excitados.
Redondos.
Firmes.
Mis manos temblaban.
Se dio vuelta.
Hizo que mi lengua recorra su espalda
sus manos, su cintura.
Toda su sensualidad vestida de piel
su piel infinita.
Esbelta y libre.
Sedosa y mojada.

Sus caderas se apoyaron
sobre mi cuerpo sentado
y desnudo.
La columna arqueada acompañaba
el movimiento delicado y circular.
Mis manos extendidas recorrían su boca y sus pechos.
Me agarraba fuerte de las manos
me hacía sentir que le gustaba.

Se sentó sobre mis piernas,
de frente.
Mis manos no se contuvieron.
La tome por la espalda buscando su boca
Liberamos un gemido fuerte y seco.

Se levantó bruscamente
y soltó una carcajada.
Volvió a susurrarme al oído,
ésta vez poniendo mis manos
en sus caderas.
Llevándome la cara a sus pechos.
Apretándome los hombros,
y ajustando la venda.
Me hizo reconocerla a ciegas.
Tocarla. Besarle la piel erotizada.
Recorrerla con mis cinco sentidos,
sin mirarla.

Cuando todo había terminado
Ella volvió a comenzar.



Gracias @Namirita por la edición
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Noche

Se cruzan los vértices más oscuros
En donde la luna sale de día
Donde las manos recorren todo el cuerpo dormido
Y beben en festejos heterogéneos y efímeros

De champagne barato y drogas de diseño

Se regodean de éxitos y promesas hechas en vano
Ahora beben de un whisky un poco triste
que se hizo agua de tanto esperar

Se duerme en una entraña de mar
Un mar color violeta
Que le tapaba los ojos
con dos manos de diamantes

Que puede ver en el ahora
Lo que no encuentra en un quizás
Que puede redondear las sombras
De cualquier persona que juegue a ser alguien más

Que lleva un sombrero prístino e impecable
De cuero rojo traído de Europa
Que mira con desden a aquellos que cantan y bailan
Pero que tiene las manos suaves como un campo primaveral

Repiquetean los tambores
Cuando ella pasa por los albores
Y maquillada para la batalla
Entiende que su mundo es muy canalla

Que los príncipes quedaron en los cuentos
Que nadie la va a salvar
Que su noche se hace eco de otras noches
Que siempre la miran al pasar

Lleva la calle a flor de piel
No entiende de mañanas ni de tal vez,
Su vida es siempre hoy
Su vida así lo sabrá

Pasa la noche sin poder pensar
Y cuando sale el sol se alivia un poco
Entre caricias y manos en la espalda
Resuena como una esmeralda

Pintando el cielo de algún color
Entiende que sin temor
En su vida hay que vivir
Que no puede dejarse morir
Que no está aquí para dormir.

Prefiere ir siempre de frente
Sin mucho que mirar atrás
Prefiere tener la gloria
Preferiría un nunca más.

Camina haciendo sonar sus tacos
Y no hay ninguna sombra que la siga
Ni que se le pueda igualar

Si usted me entiende y me disculpa
Me gustaría recordarle,
Que en estos versos cuento la historia
De una mujer y muchos cobardes.

Y la trato de usted y con distancia
Porque no encuentro un motivo
Que pueda acercarme a usted

Que en este verso tan maldito
Está mi deseo más real.

En el mundo hay un cinismo
Que no deja de asustarme
Me levanto y me hago carne
Pero no lo dejo convivir

Entiendo que el mundo es vil
Y también un poco canalla
Entiendo que si me callan
No me van a hacer morir

Y si el poeta necesita versos
Que los encuentre de manera aleatoria
Le recuerdo y le repito
En este verso está su historia.
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Un mundo en todos lados

Ahí estaban una y otra vez. Mirándose y tocándose las mejillas.
Suspirando el aire caluroso que llega de las ventilaciones.
Que llega de un cuarto en el que ocupan de a dos, o de a tres.

Mirada firme y estilizada. Percepción encendida en todos partes.
Como náufragos en el océano que no pueden dormir por si no llega el mañana. Sueños profundos de mareas etílicas que vienen a romper lo cotidiano de un martes en la catedral. Que sueñan.

Que tropiezan con todos los escalones de la facultad. Arriesgan besos y se endeudan en el más costoso amor, el perfecto, el cruel, el desacuerdo. Piensan y sienten en un mismo pentagrama, pero suenan diferentes, en sueños recurrentes de gente que no pasa sus noches pensando en mañana.

Alistan los suspiros y salen a caminar bajo algunas nubes. La ciudad duerme. Los sueños se mantienen despiertos. Despilfarran abrazos pero cuidan sus cicatrices por demás, por si acaso, por los que vendrán. Caminan, se mueven, se multiplican, y se regocijan de su poder. Encienden luces en sus ojos para no perderse. Otros pueden ver la magnífica obra que dejan a su paso, algunos la ignoran, algunos la sienten, algunos la administran.

Corren desesperados, sienten que no llegaron, inyectan a los árboles de una savia vejez. Recorren el bosque, caminan la tierra, dan besos por doquier. Pelean desnudos, juegan en círculos y el mundo no los ve. Avanza todo girando sin despertar pero manteniéndolos en su superficie, callándolos, arropándolos, amándolos. Son ellos, somos nosotros una y otra vez.
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Flechas

Y si las palabras nos atraviesan, dejemos que sean flechas.
Y si el amor ya no es en mismo, dejemos que se vaya.
Y si ya no sos el mismo, dejalo fluir.
Dejalo. Dejalo ser.

Atrapalo solamente para dejarlo ir
Y si no vuelve, será así.
Convertite en un arco templado y flexible y lanzalo lejos.

Con toda tu fuerza. Seguí su camino; ¿Lo encontraste?
Las flechas no vuelven hacia atrás pero caen.
Caen ya sin fuerza para continuar,
o se incrustan en un lugar sin sentido.

Ahí está tu camino,
en seguir la flecha que lanzaste,
recogerla del campo y volverla a lanzar.

Si acaso se ha deteriorado, consigue una nueva.
Lo importante siempre será la libertad que otorga el arco.
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Por si no vuelvo a verte

-¡Despierta! - Dije susurrando.
Y tus ojos se entreabrieron.
-Necesito besarte antes de irme -Exclamé
-¿Por qué tanta urgencia?
-Por si no vuelvo a verte nunca más.
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Mi elocuente realidad

Pintate los labios de rojo furioso
Quedate todo el día despeinada. Ponete un jogging
Tardá el tiempo que quieras en producirte
pero ten presente que ya producís
por el solo hecho de estar presente
delante de mí, yendo y viniendo
caminando algo alterada. Caminando despacio.
Levantate con mi camisa
y que el sol te ilumine la cara.
Acordate que la mujer que enamora
es la que se levanta la mañana siguiente
despojada de su vestido y su carruaje
Ponete mis pantuflas y trae un café a la cama
Haceme cosquillas con tu sonrisa
Reite de mis chistes malos
y mostrame ese lunar que tanto te molesta
No te asustes de mis locuras,
soy inofensivo. Soy un niño que quiere jugar.
Acostate en mi pecho
Quejate de todo lo que te molesta
Seducime mientras intento leer
Intenta ayudar a alguien sin esperar nada a cambio
Pedime que te abrace fuerte
Pedimelo de vuelta.
Inventemos códigos secretos
Inventemos otra forma para querernos
Contradecime y desafíame todo el tiempo
Invitame a una cita, reite de nuevo
Toma una copa conmigo y contame tus secretos.
Escribime bien tarde para contarme cómo te fue
No voy a escribirte de madrugada,
prefiero tenerte en ella.
Llora porque te volvieron a decepcionar
Porque tus viejos no entienden nada
Porque nadie te entiende, y de seguro yo tampoco
pero puedo hacerte sentir mejor.
Escuchame hablar de mis sueños
Reite de mis planes para triunfar
Bailemos una canción desconocida
Volvamos ebrios y sin poder estar en pie
Contame tus sueños más perversos
Acostate en la oscuridad sin decir nada
Quejate de que la comida tarda en llegar
que moris de hambre y queres bañarte
Quejate porque estoy fumando mucho
porque tengo todo desordenado,
porque nada cambió.
Gritame que sos libre y que elegís quedarte
Mirame dormir. Reite de vos misma.
Atropellame para llegar primera al baño
Dejame leerte lo que escribo
Interesate por cosas sin sentido
Pedime que te cocine tu comida favorita
Chapame sin avisarme. Fuerte.
Cantemos a los gritos, salgamos al balcón
Abrázame intentando levantarme
Sé vos pase lo que pase
Atrévete a enfrentar tus miedos
Mírame, mírame de vuelta.
Se mi cómplice perfecta, mi elocuente realidad
Sentate en el piso a contemplar una canción
Quedate dormida en el sillón.
Contame un cuento antes de dormir
Debatamos sobre política y literatura
Regalame un libro que hayas leído.
Saludame cuando hayas despertado.
Cuidame de todo lo que me da miedo
Abrazame fuerte. Susúrrame al oído.
Chapemos en la calle. Chapemos de verdad
Subite a caballito mío y reite con la boca abierta
Hagamos el amor a los gritos.
Sentí mi corazón latiendo agitado.
Besame el cuello. Mostrame mi límite
Dejame que te cuente mis demonios
Decime que todo va a estar bien
Se fiel a tu corazón
Mirame a los ojos. Dejame ver tu alma
Sentate con las piernas cruzadas en una silla
Dejá la mirada perdida en el horizonte
Jugá conmigo a ser una extraña
Extrañame cuando te vas
Sentite completa y abraza al futuro
Destrozame los miedos y hacelos volar
Entrelaza los dedos para pensar
Mirame a los ojos; ¿qué ves?
Escribime una carta, cantame una canción
Tira toda tu ropa vieja
Decime que no queres verme
Que debería haberme dado cuenta
Que te lastime sin querer
Decime que me perdonas
que esta todo bien cuando todo va mal
decime que me extrañas
que quisieras viajar
que tu mundo es muy complejo
y que no entiendo porque soy hombre
abrazame de vuelta.
Volvamos a empezar.
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¿Por qué escribo cuando escribo?

Hay un momento en que la palabra oral necesita ser escrita. Como si ocupara otro momento de la historia. Otro cantar, como el tango.

Un momento que allana las posibilidades más básicas desde la invención de la escritura. Desde que aprendimos que debemos anotar las cosas para no olvidarlas. ¿Realmente olvidamos todo lo que no anotamos? No, rotundamente no. Porque entran en juego acciones mentales que hacen que no nos olvidemos. La memoria selectiva, dicen.

Escribir es poner fin y dar comienzo. Es un punto de partida y llegada al mismo tiempo. Como un túnel íntergaláctico que vaya a saber a dónde nos conecta. Es terminar de hacer real lo verbalizado. Porque a las palabras se las lleva el viento, y el viento, sopla cada vez más fuerte.

Escribir implica escribir. Pasarlo a otro soporte, perder la inmediatez que tienen los días de invierno. La calidez que tiene la primavera. Bajarle la velocidad a la locución descontrolada. Saludar con palabras y besos, cruzar la frontera con el mensaje. ¿Besos? Sí, piensen en cuántas palabras se necesitan para un beso. Cientos, miles, algunas pocas. Da lo mismo. Se necesitan al menos dos: te amo.

Pero escribir también es dedicarte un momento único. Sentir los sentimientos desde la cabeza hasta el acto mismo. Es confesarnos, pedir perdón, declarar la guerra y rehacer constantemente la oración. Borrarla, mejorarla, no cometer los mismos errores, tomar distancia y volver a comenzar. La vida misma. La escritura.

No escribo para esconderme en mis palabras. Nada más errado, que pensar que un escritor se esconde. Se ponen en juego los sentimiento y las emociones, se construyen mundos que nunca existieron o se reviven otros que murieron. Se nutren historias de las historias, pero nunca se esconden. Jamás.

Esconderse en las palabras, o entre ellas, es tartamudear una carta de amor, no cantar en la ducha. Decirlo en voz bajita, aceptar con vehemencia lo que no estamos de acuerdo. Yo, prefiero la voz fuerte y clara, las palabras duras y escritas, mi amigo. Que la vida se nos pasa escribiendo.
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