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Buscaba tus dedos

Allí, después de hacer volar las sábanas,
en aquel cuarto de paredes blancas,
donde se podía entrever algunas viejas fotografías,
unos pocos vestidos y tantas hojas
como golindrinas en la playa.
Allí reímos y amamos, y descubrimos
cuerpos nuevos,yo el tuyo y tú el mío.
Allí donde por instantes sentía que no solo te amaba a ti,
si no que amaba a cualquier mujer, a cualquier hombre,
a cualquier parte del universo.
Allí donde el orgasmo se prolongó,
cuatro segundos como cuatro vidas mientras sentía que bautizaba al mundo,
que conectaba con Madre Tierra.
Allí mismo, mis dedos te acariciaron.
Y sentiste mi desesperación en cada tímida caricia,
el aliento de unos dedos que buscaban anhelantes,
suplicantes de otra piel, de otro roce con cariño,
de una vida atrapada en apenas un suspiro.
Una lágrima se deslizaba entre tu frente y la vida,
una lágrima triste, de las que duelen en las mejillas.
Aquella forma que tenía de acariciarte
solo podía causar ternura.
Una compasión tan fuerte que se reflejaba
de tus ojos a los míos.
Incluso cuando acariciaba los pechos
era como los de un niño que busca con sus manos
los pechos de su madre,
los pechos que significan vida.
Sólo había una necesidad tan grande de sentir amor,
que la sexualidad yacía rota.
Todo lo que yo necesitaba después de tanto tiempo,
era simplemente cerrar los ojos,
apretar las lágrimas de rabia,
intentar no huir de esa cama,
agarrarme a la persona que estaba al lado
y acariciar su cabello como el que acaricia el trigo crecido en verano.
Pasado en otros lugares,
demasiados cuerpos distintos y sin embargo
el recuerdo de siempre el mismo.
El recuerdo que se clava en la espalda,
que como un alfiler penetra
y llega por la sangre hasta el pecho,
que revienta la carne y,
atraviesa como las navajas del novio y de Leonardo,
que alcanza el punto más lejano como la flecha de Zenón
que sin embargo también sirve para descubrir que el mundo no es plano,
ese recuerdo del mismo cuerpo,
el cuerpo repetido en cada momento,
necesario no obstante para seguir viviendo,
para seguir cayendo en esa espiral que cada cierto tiempo,
me visita para hundirme en el fango,
para mirarme desde lo alto,
pero sin querer echarme un cabo.
Era la desesperación la que llenaba el aire de aquel cuarto,
mi aliento encerrado en mis pulmones
y la soledad tan palpable que si alguien en aquel momento
hubiese abierto tal habría sido el contrate
que la insoportabilidad de tanto dolor
le hubiese llevado a morir en aquel instante.
Mis manos temblaban,
por eso buscaban a aquellas que también vivían en soledad,
lejos de sus padres o cuerpos demasiado extraños
para los cánones del momento.

Solo buscaba sus dedos, como el perro que lame los dedos de su dueño, el que le acaba de lanzar cuatro huesos, y sin embargo, lame los dedos, los lame. Como el perro que lame los dedos de su dueño.
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Aquellas manos

Te cojo de la mano
y percibo el tacto
de tus cabellos volando
alrededor de la muerte.

Siento el rojo impregnado
en tus uñas,
azafrán de la tierra
que ha visto en tus manos
un lugar de descanso.

Observo mis dedos,
amarillos por la nicotina
de tus palabras,
que ahogan cada noche
a los niños esclavos
de Bangladesh,
en una vano intento
de que el Kharma
se me lleve para siempre.

Pero no lo consigo.
Y tus manos siguen siendo
del color del oro rojo,
y tu cabello se mezcla
con el trigo del campo,
y tus uñas no se clavan
en mi espalda,
y mis dedos.
Mis dedos hace ya demasiado tiempo
que no deshacen tus sábanas.
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Fatalismo

Somos los hijos malditos
que heredamos la tierra maldita
de nuestros padres.

Sonreímos ante el porvenir
porque no esperamos nada.

Solo la fatalidad
de la vida,
la fatalidad de sabernos
vivos
en un mundo
que está pensado
para los muertos.
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Verano del 97

Recuerdo aquel día
de verano en que mi madre
me llevó a la feria.
Los helados se derretían
y los jóvenes buscaban
el amor entre algodón de azúcar.

Yo tenía seis años.
Mi madre llevaba unos pantalones
cortos y a un niño curioso
de la mano.
No recuerdo a mi padre.

Había allí unos ponys dando vueltas
continuamente.
Nadie sabría decir cuantas llevaban ya.
Recuerdo que caía la tarde.

Mi madre me subió en uno de ellos.
A mí siempre me habían gustado
las vacas de mi abuela,
y su perra, Cati.

No recuerdo nada más de aquel día.
Sólo los ojos tristes del caballo
que cargaba conmigo.
Eran ojos humanos.
Como los de los niños que rescatan
en el Mar.
Como los del mendigo
de la puerta del supermercado.
Como los míos propios,
cada mañana
que me miro ante el espejo.
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Bésame mucho

Se llamaba Damián y vivía en el Quinto Izquierda. Yo siempre le recuerdo asomado al balcón, el que daba al patio interior de nuestra casa antes de que la echaran abajo.

Damián era enjuto. Su pelo estaba poblado de canas y su frente cada día era más amplia. Aunque tratase de disumular su incipiente calvicie con kilos de brillantina, apenas funcionaba.

Damián vivía en el edificio con su madre, una anciana que hacía años había entrado en un mundo en constante niebla llamada demencia. Él se desvivía por ella. Le cortaba las uñas, la sacaba a pasear cada día en la silla. Según mi madre, la idolatraba.

Había días en que Damián se asomaba al balcón, y mientras colgaba sus camisas, cantaba:

"Bésame, bésame mucho. Como si fuera esta noche la última vez".

Eran los días que iba a visitarlo un tal Joan. En palabras de mi madre, era un bala perdida. Apenas treinta primaveras, pero demasiados inviernos en su vida. Se pinchaba, robaba y a veces se follaba a Damián. Y éste, inocente, le prestaba el dinero o la vida a cambio de aquellas pequeñas dosis de amor.

Joan a veces le golpeaba. Yo apenas era un niño pero podía escuchar las lágrimas de súplica de mi vecino. Esas noches yo acudía a mi madre, y me acurrucaba tan fuerte en su regazo que incluso le hacía daño.

Hasta que una tarde llegó la policía y una ambulancia. Nunca lo olvidaré. Yo apenas era un niño y nadie supo que ocurrió exactamente aquel día. Los paramédicos se llevaban a Joan en camilla, tapado con una manta térmica y un reguero de sangre.

Pocos minutos después, la policía bajó con Damián. Tenía los ojos inyectados en sangre, mirando al vacío. Yo no podía dejar de contemplar aquella mirada, la primera vez que descubrí como unos ojos podían caer en el abismo. Éste, exposado, llorando y riendo al mismo tiempo no dejaba de cantar:

"Bésame, bésame mucho, Que tengo miedo a perderte, a perderte después".
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Dolores

Tenía 19 años y la vida se le escapaba entre botellas de lejía. Sus manos olían siempre a esa mezcla de desinfectante y soledad, y su espalda se hacía añicos cada día que pasaba. Se llamaba Dolores y a diferencia de la de Nabokov, ella nunca fue Lolita para nadie.

Años después me enteré por Carmen, mi vecina del Quinto, que Dolores tenía una hija en Ecuador. Que ella nunca se había enamorado, y su único primer beso fue a otro niño cuando tenía sólo quince años.

Yo no entendía, a mis trece, como podía ser madre sin estar casada, ni tener un novio.

A Dolores a veces se le caían las lágrimas en el cubo de la fregona y se diluían entre productos que abrillantaban las escaleras de mi bloque de viviendas.

Recuerdo pasar cada día, anhelando un gesto de sus manos en mi pelo, revolviéndolo a la vez que algo lo hacía dentro de mí. A veces, ese gesto se acompañaba de una sonrisa. Esos días cuando llegaba a casa comía incluso la coliflor sin un gesto de fastidio.

Se llamaba Dolores y tenía la sonrisa más bonita que he visto en mi vida. Yo era un niño y estaba enamorado.

Hasta que de pronto un día subí las escaleras y me encontré de lleno con la realidad. 90 kilos, para ser exacto. Una mujer grande y mayor, saludándome con acento peruano.

Corrí hasta casa y me lancé a la cama. Ese día apenas comí. Durante las semanas que vinieron, mi mente pasaba de un lugar a otro, imaginando toda clase de historias alrededor de Dolores. Por fin un día me atreví a preguntar a mi madre:
- Se ha marchado a su casa, con su hijo.

Yo no entendía como había podido hacerlo sin despedirse.

La nueva mujer también me despeinaba, pero ya no era lo mismo. Llegué a odiarla, solo por el hecho de que yo la veía como el causante de la huida de mi Dolores.

Hasta que un día, entre susurros, escuché a Carmen contarle la verdad a mi madre:
- Se bebió toda la botella. La lejía le abrasó el esófago, y hasta el estómago. Dicen que los gritos se escuchaban en toda la manzana. Imagínate, ella sola, en aquel cuchitril de mala muerte, con los recuerdos arañándola cada día. Y con lo guapa que era. Pero estaba rota.

Dolores lloraba cada noche y a mí me sonreía cada día. Ella tenía la sonrisa más triste que yo haya visto.
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El té

Me gusta preparar el té.

El ritual de llenar de agua
el cazo.
Calentarla a fuego lento.
Después,
introducir las hojas del té
en su recipiente
y esperar.

A veces me quedo mirando
como hierve.
Pero otras
sigo haciendo tareas.
Escribiendo líneas
o masturbándome.
Y,
cuando me doy cuenta
el té se ha evaporado.

-Contigo ocurrió lo mismo-.
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Miedo

“Asusta querer mucho y que te quieran mucho.”
Gloria Fuertes


Me da miedo imaginar que alguien me quiera,
que alguien me sepa.
Me aterra esa idea.
Me da miedo hacer daño a quien me quiere,
que alguien se muera.
Me apena esa idea.

Me da miedo imaginar quererla a ella,
que alguien lo sepa.
Me aterra esa idea.
Me da miedo que me haga daño quien me quiera,
que yo me muera,
Que no sea sólo esto una idea.
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Mensajes que uno no sabe si debe recibir, o defenestrarse

Ayer estabas borracha. Y lejos. Y por culpa del vino, me hablaste. Supongo que hoy te arrepientes de esa conversación, o tal vez no. Siempre fuiste opaca en estos temas. Un día me dijiste que tenías miedo de enamorarte y de romperte el corazón, como si estar conmigo fuese saltar a un precipicio sin cuerda. Ya sabes que yo de persona cuerda tengo poco, pero la caída habría sido menos dolorosa, si al chocar, hubiese sido con mis labios.

Ayer me preguntaste si lo nuestro habría funcionado. No supe que contestar. Nunca he sabido que es eso de “lo nuestro” o “estamos saliendo”. Yo solo quería estar a tu lado cada noche, acariciando tus pecas en la oscuridad del cuarto. Es increíble cómo no soy capaz de olvidarme, te aferras a mí como una garrapata a un perro, y ni con vinagre te alejas. Solo con vino durante unas horas, y en camas ajenas durante minutos. Curiosamente en ambos casos me siento sucio y muerto por dentro cuando acabo la botella, o me corro en coños que van pasando sin recordarlos, porque no merecen la pena. El tuyo tenía una pequeña asimetría, y puedo paladear todavía aquel sabor que me encendía como ningún otro. Pero he sido expulsado del paraíso que son tus piernas, condenado a vagar por el mundo con un recuerdo anhelante y una sonrisa de tristeza, buscando eternamente algo que no podré volver a encontrar.

Es increíble como con solo unas palabras vuelves a despertar a las mariposas, que cuando parece que están entre cenizas aletean una penúltima vez, y yo aquí sin poder evitarlo. Joder, no aprendo. No hay forma. O no la he encontrado. Qué se yo.
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¿En qué momento un niño se avergüenza de ir de la mano de su madre?

Sé un hombre.
Sé un macho.
Sé fuerte.
Sé roca.
Sé todo lo que tienes que ser, sin preguntarte un porqué.
-¿Porque un hombre no puede ir de la mano de su madre?
-No preguntes.
-¿Por qué un hombre no puede besar en público?
-No preguntes.
-¿Por qué no puedo llorar?
-Te he dicho que no preguntes.
Y si quieres querer, hazlo en silencio. Que no se note. Que para algo eres un hombre.

Sé un hombre. Los hombres y nuestros abrazos. Sabéis de cual os hablo. De ese abrazo con palmada.
Creo que los abrazos son demasiado cortos.
Y más entre colegas.
No vaya a ser que te hagas maricón por abrazar.
Bujarrón.
Julandrón.
Afeminado.
En un abrazo se agarra, se aprieta, se siente a la otra persona.
No en los nuestros.

A veces tengo miedo de caminar solo sin que mi madre me guíe.
Pero tengo más miedo al rechazo de otros hombres.
Aunque no lo puedo decir, porque los hombre no tememos nada.

De pequeño era muy cariñoso.
Si veis mis álbumes de fotos aparezco en todas agarrado a mi madre o a mis hermanas.
Colgando de ellas como el mono Amelio.
En algún momento empecé a entender que eso no estaba bien.
Que hay que curtirse, que somos roca.
Que el agua nos resbala.
Aunque en el fondo, a mí me erosiona.

Tuve que esconder las lágrimas en mis bolsillos,
junto a los barcos de papel con los que jugaba.
Zozobraron todos.
Y con ellos mi infancia.

Adolescencia.
Es ya no ser un hombre. No vale con eso. Toca ser el hombre.
El macho alfa.
El lobo solitario.
El gallo del corral.
A ver quien la tiene más larga.
Golpes en el pecho,
gorilas en la niebla con aroma a patriarcado.

Obligados a conocer mujeres,
Obligados a ir a por ellas,
Obligados a cazarlas,
Obligados a pescarlas.
Obligados casi a follar.
Follar no como una expresión de amor, o simplemente de placer.
Follar porque el hombre tiene que follar.
A cuantas más mejor.
Y tienes que contarlo.
Si no pierde la gracia.

En mi caso, yo llegué a follar para abrazar.
He abrazado con más fuerza a mujeres de una noche que a mis mejores amigos.
Necesito esos abrazos y son la única forma que tengo de conseguirlos.
Me prostituyo por ellos.
Indefensión aprendida.

No contento con esto, soy todo un depredador
Necesito ganar siempre,
no digiero la derrota como algunos no digieren el gluten.
Soy intolerante al fracaso porque me han enseñado que los hombres somos ganadores.
Me encuentro perdido muchas veces,
mi vida se convierte un laberinto del que no puedo salir,
porque no me dejo preguntar.
Nosotros no preguntamos.
Los mapas son cosa nuestra,
igual que aparcar.
Al final lo único que aparco son sentimientos que se quedan hundidos en el tintero,
esperando salir por mi boca
para que tú los puedas oír,
pero eso no pasará porque de nuevo, no quiero parecer débil.

Sé un hombre. Como si fuésemos el sexo fuerte.

Sé un hombre. O no lo seas, me da igual.
Y si quieres llorar, llora.
Y punto.
Y que le jodan al resto.
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Vaginoflexia

"VAGINOFLEXIA
nombre femenino
Técnica de realizar figuras u objetos con tu cuerpo, introduciendo unos dedos girándolos sucesivas veces."



Odio las noches donde apareces para arrastrarme a lo profundo de mi cuerpo.

Tengo un vacío que tú llenaste, pero abriste el sumidero del olvido, sin saber que con él tú también te arrastrabas.

Ya solo recuerdo tus ojos, tus lunares y sus laberintos, porque los aprendí de memoria. Sería capaz de plasmarlos y convencer a la Inquisición de que la Tierra gira alrededor de tus besos. No ardería en la hoguera, si no en tu cuerpo.

Daría mi oreja a cambio de sentir tus pechos en mi espalda otra noche de sexo. No sé si es una prueba de amor mutilarse, o si a Van Gogh le funcionó, pero prefiero eso a un corazón cauterizado.

Recuerdo el timbre de tu voz, y como pronunciabas algunas palabras hasta que estallabas en una carcajada porque yo me reía de ti. Como confundías toros y todos. Como siempre acertabas con mis labios.

La corriente es demasiado fuerte y es más fácil dejarse llevar. Un grupo dijo que eso sonaba demasiado bien. Qué se yo. Lo único que realmente sonaba demasiado bien eran tus orgasmos. Nada más.

Odio estas noches y sin embargo quiero que vengan. Las necesito. Cada vez son menos frecuentes y van doliendo menos. Ya no lloro, ahora sólo sonrío. Mis bolsillos por fin se han vaciado, y ya no flotan barcos de papel en ellos. Ahora pesan menos.

Y sin embargo bastan unas palabras para que este equilibrio se desmorone como un castillo de naipes. Lo sujeto fuerte, pero es difícil. Un mensaje, y es como el huracán que destroza todo a su paso.

Nunca se me dieron bien las manualidades, excepto cuando las practicaba entre tus piernas. No sé si lo que yo hacía era vaginoflexia, creando diferentes formas en tu cuerpo, pero te retorcías y levantabas la espalda, formando una curva perfecta, con mis dedos como guía. Era hermoso ver tu cuerpo desnudo bailando al compás del mío.

Encajábamos como dos piezas de Tetris, como rocas de un acueducto romano. Estábamos hechos el uno para el otro, pero creo que por el camino, en el momento en que tuviste que volver a montarme, perdiste las instrucciones
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A Lucía

Contaba trece primaveras el día que dijo basta.
Trece primaveras, donde cada flor se clavaba como una espina.
Era invierno cada día,
Cada mañana que salía de su cama para enfrentarse a ellos.

Pero las ramas, a veces se parten.
Lucía estaba hecha de bambú,
Capaz de doblarse hasta el infinito.
Pero demasiadas noches sus ojos acababan empapados
Y sus brazos, heridos.

Incluso el bambú puede romperse.

Contaba trece primaveras el día que se encerró en su cuarto.
Ella no murió,
A ella la mataron.
La arrinconaron.
La humillaron.
La insultaron.
Consiguieron que, una mentira repetida tantas veces
acabase siendo una verdad.

Llevaba demasiado tiempo sin sonreír.
Demasiado tiempo sola, sufriendo.
Mientras los compañeros
maltrataban su cuerpo.
Hijos de puta.

Ahora existe una niña menos.
No es la primera.
Ni será la última.
Tampoco es número.

Es Lucía.
La chica que no murió.
La chica que fue asesinada.
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Constelaciones en tu espalda

Quiero despertarme y acariciar tu espalda. Perderme en sus límites, poder dibujar carreteras con mis dedos en tu cuerpo libre de fronteras. Quiero que sea domingo y que no huela a café, porque la noche ha sido tan larga que se nos haya acabado. Quiero cerrar mis ojos cuando el Sol entra por la ventana, y tu abrazo desnudo se acompasa al mío.

Domingos astrománticos por todas partes, sueños de papel que vuelan con la brisa del aire que producen tus carcajadas. Días de esos que se dicen perfectos, pero que uno no lo sabe hasta que de pronto una tarde los echa de menos.

Sueño con situaciones imposibles, a las que no me atrevo a hacer frente por miedo.

Instantes perdidos en la maraña que teje mi mente, caricias que rompen cuerpos en lugar de acercarlos. Piel erizada por la culpa de no ser culpable. Dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver. Yo acaricio y no siento. No sé si existe refrán para ello, o si soy el único maldito que lo padece.

Quiero despertarme y que no me importe que día sea. Ponerte una cara sonriente en la tostada, decirte cuatro tonterías y hacer un fuerte en la cama. Que solo exista una bandera, y sean tus bragas izadas. Rendirme ante ti y esperar que me impongas un beso de castigo, y un abrazo de perdón.

Sueño mientras escribo imaginando un cuerpo de arena que se me escapa entre los dedos, y que antes de darme cuenta, ya ha terminado su caída y se ha dado la vuelta. Demasiado tarde para este viajante onírico.

Y yo cobarde, sólo quiero eso.

Ser barro en tus manos,
Pan en tu boca,
Y hambre en tu cuerpo.
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Ella, no había más

Venía siempre despeinada y sin sujetador.
Decía que le oprimían las costillas,
y que nada debía sostenerle el corazón,

porque no era suyo.

Todos los domingos tenía resaca
y la veías ahí sentada,
con la voz del humo de cien cigarros y
los ojos rojos como colillas aún encendidas.
Se reía por nada y cortaba todas sus camisetas.
El ombligo es una cicatriz, y como tal hay que enseñarla.
Quería ser actriz, porque afirmaba
que no se sentía cómoda siendo ella misma,
y aunque riera y bebiera en el fondo,
su sonrisa era de eterna tristeza.

Decía que no estaba preparada para amar,
que le daba pereza toda la parafernalia que hay
en torno a esa palabra.
Que decir te quiero se había devaluado tanto
que ya no significaba nada.

Follaba sin condón porque la vida sin riesgo
no es vida,
y porque sentir piel con piel es imposible
con una barrera de por medio.

Cada noche se emborrachaba.
Cuando reía expulsaba todo el aire de sus pulmones,
e hipaba para aferrarse a la música
que producían sus carcajadas.

Se la pelaba el resto del mundo.
O eso decía.
Era frágil y fuerte,
era risa y llanto sostenidos
por una nota que nunca entonaba.


Era la locura que yo necesitaba en mi vida. Siempre he perseguido ese afán por autodestruirme, por quemar mi cuerpo y olvidar que es mío, por sonreír a la muerte y que ésta me mande un beso no de despedida, pero sí de hasta luego. Ella era mi cerilla. Mi Garfunkel. Ella era justo lo que necesitaba para arder en llamas sin importarme un para siempre, o un luego te llamo. Era todo lo que yo buscaba, y hasta ese momento, jamás había encontrado.

@pelerowski
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Tú, que te haces llamar poeta

Tú, que te haces llamar poeta, ¿acaso has vivido?
He bebido hasta caer rendido,
he bebido buscando el olvido,
he bebido tragos, uno tras otro,
he bebido porque tú has dolido
(y todavía dueles).
He bebido porque te has ido.
He bebido porque el dolor,
ese que palpita en cada vaso,
era sólo mío.

Tú, que te haces llamar poeta, ¿acaso conoces el sabor de la derrota?
Putas, travestis y fulanas
a todas las he amado.
Las he adorado.
En noches etilícas he vuelto
a sus balcones,
y bajo los girasoles muertos
les he cantado.
Llorado.
En las noches de verano,
y bajo la lluvia,
mi voz sonaba a un fado.
Ellas han sido la cuerda,
las que me han atado
cuando estaba a punto de caer.
Las que me han levantado
cuando mis pies han dicho basta,
y mi corazón, callado
ha traicionado mi canto.
Las he endiosado.
Porque es lo que ellas son,
Diosas.
Les beso los pies
como un santo,
como un loco
o como un paria,
simplemente porque las amo.

Tú que te haces llamar poeta, ¿acaso la calle te ha mirado a los ojos?
Si no conoces el dolor
de la vida.
Si no te has parado nunca a escuchar
a quien nadie escucha.
Si tus versos de trovador
no hurgan en la herida,
¿de qué escribes?
Si no has abierto tu alma
en canal,
si no has visto las estrellas de madrugada,
desnudo y ebrio de dolor y vino,
¿a quién escribes?
Si nunca antes has sido el apátrida
al que todos miran.
Si no eres de una minoría,
u homosexual,
o tullido.
¿Qué te inspira?
Sólo te queda una opción.
Duele,
Lacera,
Hiere.
Pero en el momento en que sientas
como te invade, sabrás que es la correcta.
Bebe,
hazte daño,
drógate,
piérdete en la calle y no recuerdes como llegar a casa.
Pégale a alguien.
O mejor, que te partan la cara
una noche.
Pero vive, joder.
Y luego, escribe.
Y hazte llamar poeta.

Porque la poesía,
cuando te mueves,
sientes como te mira.
Porque cuando algo duela,
allí estará ella.
Cuando no recuerdes que ocurrió,
allí estará ella.
Cuando llores,
allí estará ella.
Cuando sientas que no puedes más
Allí estará ella.
Y si no aparece,
sal en busca de su abrazo,
porque ella, siempre,


te estará esperando.
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Cadenas

''Tu lengua es una exploradora que rompe las prisiones de mi cabeza''
Diane di Prima

Tu boca es extraña, diferente. Sabe a magia mezclada con tabaco, a palabras que se escapan como el humo, a te quieros que se quedan esperando en tus pulmones. Tu boca es capaz de acabar con el hambre en mi cuerpo.

Tus ojos son cálidos, me acogen más que tus piernas. Miradas que no dicen nada, porque está todo dicho. Tus ojos a veces queman más que el hielo. Es entonces cuando no me atrevo con ellos.

Tus pechos son dos colinas que buscan ser conquistadas. Encuentro un canal de paso entre ellos a través de mis labios.

Tus caderas no acaban nunca cuando las desafío. Eterna batalla, siempre dispuestas a luchar por ellas. Tus caderas son libres, son indomables.

Tu coño es un altar creado por los dioses, que, como los de Benedetti, son una mujer. Tu coño no necesita llave, porque rompe cualquier cadena. Tu coño es capaz de romperme en mil pedazos.

Tu lengua rompe las prisiones de mi cabeza, consigue que durante unos instantes vuele sin miedo a quemar mis alas por acercarme demasiado al Sol. Tu lengua es capaz de eso y mucho más, de encerrarme con dos palabras y liberarme en cualquier momento. Tu lengua es el arma más poderosa que conozco, pero yo no me rindo ante ella.

Tu lengua, a veces, consigue hacerme libre.
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