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La distancia a Sirio

Olvidaremos el tacto entregado
a la caricia tibia,
olvidaré abrazarte.
Se borrará de nuestra memoria colectiva
la forma de los labios cuando van a besar,
el dulce olor en la piel del recién nacido.

Camas de noventa, sofás unipersonales.

Desaparecerá la mano que recoja
nuestras lágrimas como pétalos transparentes;
pobre hombro arrancado
de su ancestral función alentadora.
Mediremos el saludo en yottámetros.

Muslos hambrientos, ojos despoblados.

Nuestros muertos se irán,
y se nos negará la despedida.

Pero no ganarán:
plantaremos en todos los suburbios
trincheras clandestinas, sociedades masónicas;
narraremos leyendas de hombres y mujeres
que, tiempo atrás, buscaban
el cosquilleo y la piel erizada.

Y cerraré los ojos,
y volaré hasta Sirio.
Presentiré unos labios,
el aleteo de un pecho en mi espalda.
Y, amor, allí recordaré tu abrazo,
y la felicidad me abarcará
como una mariposa
pasajera seducida por la luz.
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Eva

Escúchame, Señor: Adán ha muerto.
Si la divina providencia quiso
convertir en infierno el paraíso,
destierra a esta maldita del Edén,
arráncame del árbol de la vida.

Prefiero callejear por un mundo
que huele a madera santificada
y a pintura virgen. Me iré a vivir
al cráter de Darvaza
y me alimentaré
de cardos, de arcilla negra, de espinos.

Y sé que cuando mis hijos me vean
abrazada a la serpiente, dirán:
«Ahí está Varona amamantando
perros, doliéndose de su semilla.
Se le han vuelto canosas las pupilas.
Ahí gime esa loca inhabitada,
solemnemente sola».

A ti te invoco, sacrílega Lilith:
revélame el secreto
de la piedra domada.

Señor, yo lo ví con mis propios ojos.
Acaricié su cuerpo con mi pecho
desnudo y repetí su nombre tantas
veces que lo deshice.
Y te llamé, Señor.
Y te recé, Señor.
Quise expiar pecados
que no me habían sido revelados.
Pero no respondiste a mis plegarias.
Debías de estar muy ocupado descansando
de una obra que jamás engendraste.
Me duele la costilla de pensarlo.
Así que le dejé
al viento de una tierra prometida
anegada en azufre.

Escúchame Señor: en tu conciencia
deposito mi humilde apostasía.
Desmantela el vergel
porque esta loca inhabitada
rumiará su rabia lejos.
Solemnemente sola.
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Tu espalda

Tu espalda es la tarde que el sol espiga,
el fiel diamante donde se atrinchera
toda la flora de la primavera
que reniega de la escarcha enemiga.

En el secreto que la curva abriga,
soy Sísifo subiendo tu ladera,
un Rimbaud ahogado en su borrachera
haciendo del verso libre su auriga.

El secarral que mi boca humedece;
tu perfil de tigre que se estremece
viendo cómo el cachorro se acurruca.

Tu espalda es un río de piel de hiedra
donde mis dedos trepan, piedra a piedra,
la distancia entre el abismo y tu nuca.
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El baile

Mientras del gin-tonic solo quedan hielos
veo que te acercas con sigilo firme.
Tú preguntas ¿bailas? yo respondo bueno
juntos de la mano vamos a la pista
coges mi cintura mueves las caderas
llevas la batuta de los movimientos
poco a poco siento que me aprietas fuerte
yo apoyo mi frente sobre tu mejilla
tu sudor resbala por mis labios tensos
me pueden los nervios bailo como un torpe
tú me tranquilizas con una caricia
pero de repente siento que una mano
roza mi barbilla y eleva mi cara
hasta tu mirada y en un fotograma
sumamente lento nuestros labios ceden
al muro del aire nos besamos justo
cuando se acababa la postrera nota
que el violín tocaba pero tú seguías
ondeando el cuerpo arrastrando el mío
mientras nuestras lenguas seguían danzando
deteniendo el tiempo. Cuando despertamos
a la realidad fijamente miras
mis pupilas negras y tras abrazarme
con una sonrisa pícaro preguntas
¿quieres un gin-tonic? Yo respondo bueno.
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4comentarios 52 lecturas versoclasico karma: 59

Libre

Encerrado en estas cuatro paredes,
bajo la luz mantecosa del flexo
cuando avanza la noche hacia el deshielo
de mis costras,
soy libre.

Donde mi geografía vertebrada
no es cuarzo sino mar,
abandono la sangre que naufraga
de lunes a viernes de nueve a seis,
y me intuyo trapecista esquivando
de nuevo la caída.
Escucho mi respiración,
soy libre.

Me llueven logaritmos de las manos;
solo soy un haz de piel magullada
que busca en el mundo su trascendencia,
que ansía tropezar
con el lloro amoratado del verbo,
descoagular mortajas sin nombre.

Y hurgo entre preguntas
que ondean en el aire
con la torpeza de un topo famélico,
de quien palpa el caos para ordenarlo,
para desentrañar aquello que invocamos:
la fragilidad calcárea de un cuerpo.
(Sí, también pienso en ti).

Los recuerdos crujen bajo mi lengua
como cáscaras de constelaciones.
Desde el infinito campo de venas
derretidas, escuchadme,
soy libre.
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El nacimiento de Venus

Yo no nací poeta. Comencé
a rebuscar palabras la primera mañana
que amanecí en tu cama aún electrizado
por la recia tibieza de tu sexo.

El genoma del beso iniciático
me transmitió toda la sabiduría
poemática que otros hombres
anteriores a nosotros
habían heredado
también de otros hombres.
El aliento del Adán cromosómico
abriéndose paso entre la carne.

La glaciación sobrevino después,
cuando la tundra mendigaba soles
y en mi cueva escribía
tu voz rupestre para recordarla.
Porque ya trepaba la madreselva
por el anillero de mis costillas.

Así que decidí enterrarte dentro,
—ángel polícromo, animal simbólico—,
bajo el fuego y la sangre,
bajo la despensa y los alveolos,
bajo el lecho y los huesos.

Pero siempre diré que no nací poeta,
sino que, cierta noche,
Céfiro sopló su viento en mi boca
y desde entonces, solo
desde entonces, amor, siembro palabras.
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Narciso en el siglo XXI

Intuye sus ojos llenos de lluvia
en el fondo marino.
Escuálidas pirañas
maleables y azules.
Cuando intenta ondular
la porosidad carnosa reflejada
en la superficie, un fantasma
glaciar electrocuta su espinazo.
¿Hay alguien ahí? (…ahí, …ahí).
Si al menos… pudiera… (…era, …era)…
—al bellísimo Narciso le asfixia el mito—
remolcar hasta la orilla
los cascotes flotantes (…antes, …antes).

Toda conciencia nació
para vallar silencios.

Eco ríe a carcajadas en su cueva
y el móvil es un verdugo que vibra.
A las tres de la tarde.
Eran las tres en punto de la tarde.
Pero regresará,
como regresa cuando la necrosis
mordisquea los huesos.
Se levanta y enjuga
su apatía con la punta mojada
de la corbata. Debe
volver a la oficina.
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Feliz año nuevo

Han pasado trescientos sesenta y cinco días
como apisonadoras,
como cuentas de un rosario que empiezan
a oler ya a cerrado.
Nos han adelantado las mismas estaciones
(a nosotros, herederos de Heráclito).
Hay esquirlas de sol y lluvia en nuestros ojos.
¿Recordáis vuestras metas?
Esperan en una caja del sótano,
probad a llevarlas a la buhardilla.

Para algunos habrá sido un buen año,
para otros no tanto.
Y a riesgo de que el poema resulte
un cuadro coelhiano,
reconoced que la felicidad
—el hipo previo al susto—
os ha rozado al menos un instante.
También habréis llorado de frustración, de rabia.

Pero a pesar de todo
estoy vivo y escribo,
estáis vivos y perseguís palabras
(o sueños o utopías) que corren como ardillas.
Nos esperan trescientos sesenta y cinco días
tocados con el hormigueo dulce
de lo recién nacido.
Para encontrar asíntotas tangentes
y ventanas abiertas. Y estaciones
pasajeras y piedras afiladas.

Estamos aquí y estamos ahora.
Celebrémoslo. Feliz año nuevo.
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6comentarios 162 lecturas versoclasico karma: 105

El uróboros

Cierta noche en que estaba muy borracho,
en uno de esos bares donde apenas
te tomas cuatro copas y las penas
transmutan por alquimia en desempacho,

se me acercó un tío y dijo: Muchacho,
vente, te ofrezco amor a manos llenas.

Y yo, tan fan de promesas ajenas,
sucumbí a sus ojos color pistacho.

Total, que piqué el anzuelo en su cama.
La luz me trajo a casa. Las certezas
pillaron a la resaca en pijama

cansada de coleccionar rarezas.
Y como no quería hilar un drama
salí a beber para olvidar tristezas.
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2comentarios 29 lecturas versoclasico karma: 55

Pese a todo

Hay algo noble en la gota de sangre
que se estrella contra el suelo
cansada de su solitaria herrumbre.

Hay una belleza mórbida
en el vértigo y la pérdida,
en la caída al vacío,
en recitar

Ven, el amor late bajo las ruinas
y sobre el terremoto
aunque tú no lo escuches

aunque tú no lo escuches.

Escribir es anticiparse al grito,
abrir los puños, esperar el golpe.
Y seguir acariciando
el filo
ensangrentado
de los cristales rotos
pese a todo.
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4comentarios 106 lecturas versolibre karma: 115

Creta, julio de 2018

(Isla de Gavdos, 27-7-18)

Gavdos es una ciruela dorada
que madura bajo la tarde ardiente
de finales de julio.

No recuerdo tu nombre,
pero me abrazas como si tu estirpe
griega cantara historias ancestrales.

Es el momento: vamos a la cueva.

Delante de la gruta recitas en voz alta
el canto en que Calipso
debe dejar marchar al noble Ulises
por orden de los dioses.
La de trenzados cabellos le ayuda
a construir la balsa;
prepara vino rojizo y manjares.
Hacen el amor por última vez
y se despiden al día siguiente.

Tú, que honraste mi hogar
durante una semana
con el olor del cedro y del alerce,
vete, navega por el mar ventoso
hacia nuevas playas donde te ampare
la inmortalidad que tanto mereces.
He sido muy feliz aunque la envidia
divina es implacable.
Buen viaje.

(Heraklion, 28-7-18)

Desde el avión Heraklion
es un racimo de uvas nevadas
que madura bajo la tarde hirviente
de finales de julio.

Regreso a Madrid, anfitrión cretense.
También he sido muy feliz contigo.
Porque a pesar de que
los dioses caprichosos solo otorgan
placeres fugaces a los mortales,
yo ya conservo un hilo
de tu eternidad entre mis costillas.
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Promesas de verano

Nos prometimos el oro y el moro
una calurosa noche de agosto.

A horcajadas, la luna apuntillaba
persianas en tu espalda,
y yo observaba mi futuro en tus pupilas
—negrísimas, por cierto—.

Sudábamos.

La felicidad era en ese momento
una brizna de aire fresco en la nuca.

Viajaremos a Volubilis.
Nuestro perro se llamará Lucas.
Te recitaré un poema cada tarde.


Nos habíamos duchado después
de haber hecho el amor
y charlábamos los dos boca arriba,
con una mano apolillando el vientre
y la otra descansando en la almohada.

Sonreíamos.

Besábamos nuestras máscaras,
acariciábamos kilómetros de acero.

Quemaremos el otoño en Canadá.
Compraremos una casita en el campo.
Prepararé yo siempre el desayuno.


Dándonos la espalda nos deseamos
—las buenas noches—.

Habíamos bebido demasiado.
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El estallido de la Revolución

Tras la guillotina de las palabras
la sensibilidad
se separó del cuerpo
y cayó en un viejo saco de cuero.
Temblaba estertoroso.
Y te marchaste así, blandiendo excusas,
sacudiéndote sonrisas y adioses
con las manos aún ensangrentadas.

Un silencio de niebla en el cadalso.

En un último intento
la carne violácea buscó a tientas
naufragios de nervios supervivientes.
Los encontró en una montaña helada
y pudo calentarlos con el hueco
de sus manos. Remendó torpemente
las vísceras y se puso de pie.
Gimió dolorido al bajar las tablas,
mareado, confuso;
todavía silbaban las palabras
como balas rozando los oídos.
Un átomo de libertad
pareció deshacerse en su boca.
En ese momento debió de sentir
lo mismo que el primer hombre
prehistórico cuando fue consciente
de que podía andar
solo
con las patas traseras.

La gran bocanada de aire
le cortó el resuello
y
se encaminó hacia el bosque de nogales.

Amanecía.
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El ancla

Será que está cansada
de sonreír a peces moribundos,
de desfruncir el cielo después de la tormenta.
Ha escuchado contar a marineros
historias sobre flores
que elevan su silencio dócil al mes de junio.
Y se siente como un hilo mojado
que arrastra el légamo tozudamente.

Pero ya nada muerto vive bajo la argolla
(a pesar de las algas putrefactas).

El ancla no nació
para ser esclava de ningún barco.
Prefiere el ruido de los astilleros
y el sol tibio fondeado en su uñas.
El ancla quiere aprender a ser libre
más allá de terrones abisales.

«Iré», dijo.

Y su voz resquebrajó la escafandra.
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Homo amans

Un hombre solo es hombre cuando ama.
Mientras tanto, socava tempestades,
despluma silencios y se derrama
por el opio negro de las ciudades.

Y al buscarse el metálico holograma
en el espejo, vislumbra verdades
—mitad orangután, mitad escama—
que viven deformando realidades.

Pero en el ángulo exacto de un beso,
tras el tibio tacto de los abrazos,
la cáscara se rompe en mil pedazos,

la piedra se transforma en carne y hueso.
Un hombre solo es hombre cuando enrama
en otro cuerpo su fragilidades.
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4comentarios 303 lecturas versoclasico karma: 66

Harmodio y Aristogitón

Eres joven y audaz, amado Harmodio.
Kalós kagathós.
Temo acariciarte por si despiertas,
porque quiero contemplarte así.
El líquido cobrizo
de la luna ateniense
se ha derramado por todo tu cuerpo.
Qué belleza terrible
la de tus cejas como robledales,
la de tus labios y tu pecho,
la de las alas que Nike
despliega poderosamente
sobre tu cinturón de Adonis.

Mañana mataremos al tirano
y el mirto se tiznará de sangre.
Mañana seremos libres, Harmodio.
Cantaremos poemas embriagados
y bailaremos al son de la lira.

Pero si los dioses,
dementes caprichosos,
me arrastran hasta el Hades,
si me impiden admirar,
como admiro esta noche,
la luz de hecatombeón sobre tus muslos,
yo te esperaré, querido Harmodio,
en la isla de los Bienaventurados,
y seguiré cantando
Jamás hubo hombre alguno en Atenas...
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Posverdad

(Contra haters compulsivos y trolls con mucho tiempo libre).

Vuestros 140 caracteres
(actualización: 280
a partir de noviembre de dos mil diecisiete)
hieden a vómito y a purulencia,
apestan a cadáver descompuesto.

La palabra es un arma cargada de futuro,
pero la vuestra, revolucionarios
de cartón piedra, es un vaciado
sordo del (hu)eco de vuestra conciencia.
Lideráis degollinas
con el culo pelado por bandera.
Y sin ser yo muy listo, apostaría
mi futuro a que no
levantáis la vista de la pantalla
por miedo a que la espada
    de Damocles os hiera.

Quitaos las botas y salid del corral,
el combate se libra en otra plaza;
dejad de apuntar a quien está de vuestra parte.

Vosotros, batallón descolorido
de pájaros azules,
secuaces de la inercia,
os habéis convertido
    en escudos humanos
    de trajes y despachos.

Vosotros, masa imprecisa de ombligos,
lacayos de un sistema que os maneja
para desguazar la verdad del otro
(la verdad es un bostezo sin fondo),
eyaculadores de bilis negra,
representáis la cuartada perfecta.
    Libres entre barrotes,
    soberanos con hilos
sobre vuestros tronos de marionetas.

Pero seguid, seguid
   barnizando el estiércol.
Porque un día, inesperadamente,
la realidad os quemará el gañote,
y ese día desearéis haber conservado
un mísero granito
    de amor propio.
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Conticinio

Un frenético convento de monjas
carmelitas custodia
sus votos de pobreza,
castidad y obediencia.
La madre superiora las observa
con rostro menguante
y picado de viruela.

Desconocen que un efímero dios
araña silente
sus hábitos buscando el secreto
del tragaluz enhebrado en la sombra.

Aquí abajo
el mundo enmudece bajo su piel
de pantera, la vida acecha
y al sereno se le han olvidado las llaves.

El inmortal hombre sigue arañando.
Tal vez esta noche
vislumbre la respuesta
entre los asterismos
y las constelaciones.
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Barroquismo Onírico

Cuando en la noche de mi pensamiento
emerges, te sueño rayo argentado
de luna, sátiro o fauno del viento
con cuerpo de roble perfeccionado;
y aunque en un efímero soplo siento
de tu pecho un fuerte latido al lado
del mío, claro y cercano, al instante
me parece misterioso y distante.

Trajeado de savia te imagino,
ceñido con frondosa idolatría,
cubriéndome del verso aguamarino
de tus ojos, que arrojan poesía;
libando un apetito purpurino
en la onírica y vana fantasía
de dejar en mis labios desbravados
la sombra de dos pétalos lacrados.

Y al mostrarme tus gemas engarzadas,
lloras lágrimas de barro y suspiras
un hálito de voces olvidadas;
y al escucharte plañir cinco liras
como aquel cisne con plumas gastadas
que canta al sentirse morir, expiras...
cuando en la noche de mi pensamiento
te sueño sátiro o fauno del viento.
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10comentarios 272 lecturas versoclasico karma: 81